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viernes, 8 de marzo de 2013

MIEDO Y DEPRESIÓN

 
 
Poco a poco se van contrastando con informes policiales y documentos elevados ante el juez todas las apariencias que quitan el sueño y el don de la palabra a los dirigentes del PP. Cada vez más, la batalla por el castigo a lo que en apariencia no ha sido más que un corrupto abuso de poder por parte del PP que, con el dinero público, que es de todos, que pagaba obras y concesiones, compensaba todas esas generosas donaciones "en negro" de los adjudicatarios, con las que, a su vez, pagaba SOBREsueldos a sus dirigentes y todos los excesos electorales que desde hace décadas vienen dándoles ventaja ante las urnas.
Sería triste y muy frustrante que, ahora que ya lo vamos sabiendo todo, una vez más se durmiera el caso ante los tribunales para, con las artimañas de siempre, conseguir su anulación o, lo que sería aún más insultante, la prescripción de los delitos investigados, algo que me mosquea y, más aún, después de haber escuchado a Carlos Floriano que ayer dijo en Radio Nacional, a propósito de las acciones legales que emprendería su partido, en principio contra EL PAÍS y, supuestamente, contra Bárcenas, "tenemos cuatro años".
¿A qué se refería el secretario de Comunicación del PP? Si a la legislatura le quedan sólo tres años, le sobra uno a su plazo ¿Hablaba entonces del plazo para que prescriban los delitos que investiga Ruz? Espero que no, pero, visto lo visto, creo que "dormir" el caso para agotar los plazos legales sería lo único que permitiría a Rajoy pavonearse de presidir el único partido de gobierno no condenado por corrupción, pese a que sea evidente que se ha corrompido. Parece, como digo, que es esa la única estrategia que les queda, eso que, con ese amaneramiento tan propio de oficina de prensa del PP y otros partidos, se denomina "gestionar los tiempos", técnica en la que -dicen- Rajoy es un maestro.
Algo tienen que hacer, alguna ficha deben mover, porque la unificación de las investigaciones sobre la trama Gürtel y los papeles de Bárcenas está a punto de hacer saltar los plomos en el cuarto de máquinas del PP, especialmente en su asesoría jurídica, que tanta visión ha demostrado -es ironía, claro- en la contratación y despido de los apestados Bárcenas y Sepúlveda.
El truco estaría en restar diligencia a las diligencias -valga la redundancia- emprendidas por el juez Ruz. La instrucción de este caso es compleja, porque hay que remover una montaña de papeles que los agentes de la Policía asignados al caso y el personal de la Agencia Tributaria que deben atender sus peticiones deben recibir a tiempo. Por eso, el magistrado Ruz necesita más que nunca toda la ayuda que se le pueda prestar. Necesita refuerzos aquí y allá. Y la asignación de ese personal está en manos del gobierno del partido que está siendo investigado.
A mí me falta fe. Y más, si pienso en que la Agencia Tributaria depende del ministro que, desde el día siguiente a la gala de los Premios Goya, está utilizando partidariamente la información de que dispone, aunque siga siendo privada, sobre el estado de la tributación de actores, partidos y, ahora, "creadores de opinión". No me tranquiliza mucho más saber que al frente del Ministerio de Justicia, del que dependen los presupuestos de los juzgados, está Gallardón, el ministro que forzó y justificó la dimisión del fiscal jefe de Cataluña, o que el ministro de la policía no es capaz de sobreponerse a sus creencias y opiniones, aunque vayan en sentido contrario de las leyes.
Produce miedo y depresión pensar en todo ello ¿verdad?
 
 
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jueves, 15 de noviembre de 2012

MENTIRAS

Recuerdo que, de pequeño, mi madre ponía a manudo cebolla en algunas sopas y, sobre todo, en las lentejas, riquísimas por otra parte. Lo hacía para darles el buen sabor que tenían y hoy, cuando yo mismo las cocino, le supongo una buena cantidad de cebolla que paso por la batidora antes de terminar la cocción. Pero a mí, que ni soportaba entonces ni soporto ahora su textura, encontrarme la cebolla en mis lentejas o en mi sopa era casi como una afrenta. Más, cuando mi madre, para que las comiera, negaba la existencia de lo que yo estaba viendo en mi plato y que me producía arcadas incontenibles.
¿Qué consiguió mi madre con ello? No que acabase acostumbrándome a ver la cebolla asomar en mi comida y mucho menos que disfrutase de ella como creo que hay quien disfruta, no. Lo que consiguió es que le perdiese la fe en todo lo demás. Lo mismo me ocurrió con los curas, la iglesia y su tinglado. Tanto amenazarme con las penas del infierno y con terribles enfermedades si no me sometía a la absurda castidad que predican y rara vez practican, tanto afear lo que no es más que un impulso y un comportamiento natural que aquel día en que me acerqué al altar a comulgar en pecado, sentí alivio y no tormento, al comprobar que todo era mentira. Eso, dejar de ir a misa los domingos como quería mi madre, navarra y católica practicante fue todo uno.
Lo mismo me ha ocurrido en el trabajo y en la vida. Me molesta sobremanera que engañen o que traten de hacerlo. Al primer renuncio que le descubro, pierdo la fe en quien sea. Por eso me esforzaba en comprobar los datos de mis informaciones y por eso aconsejaba a mis compañeros que hiciesen otro tanto, porque siempre y más en la radio, hay alguien al otro lado que se va a dar cuenta de que, con buena o mala voluntad, lo que dices es exagerado o sencillamente falso y va a perder la fe en ti y en el medio para el que trabajas.
Quien se siente engañado por alguien una vez no tiene obligación de creerle en todo lo demás y quien engaña una vez puede sentirse tentado por el tobogán de la mentira, como constantemente lo hacen los palmeros del gobierno, especialmente los que engordan en los establos digitales donde tan graciosamente les dejó instalados doña Esperanza Aguirre, antes de sus lágrimas de despedida. Un solo ejemplo: Herman Tertchs, ese esperpéntico personaje de la derecha más montaraz que voló muy alto en los despachos de EL PAÍS -todo acaba por tener sentido- dejó grabado el martes su sermón para ser emitido después de las doce de la noche del miércoles, una vez concluida la huelga, en el que hablaba del fracaso de las movilizaciones sin que si siquiera hubiesen comenzado y consciente de que la televisión de la que cobra iba a dejar de emitir cualquier programación.
Pero lo de Tertchs sería una anécdota frente a las grandes mentiras del Gobierno y su partido, capaz de dejar las farolas encendidas a plena luz del día para maquillar las cifras de consumo eléctrico y, con ellas, la estimación del seguimiento de la deuda, capaz también de decir al mismo tiempo que la huelga ha fracasado y que le ha costado a España cuatro mil millones de euros, capaz, en fin, de retorcer la realidad hasta acomodarla a sus oscuras necesidades.
Pero si alguien se lleva la palma de la mentira, esa es la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, que fue capaz de decir que a la manifestación-concentración de Madrid -era muy difícil moverse y acabó llenando los grandes bulevares que quedan en Madrid- sólo habían acudido 50.000 personas ¿Es que no se da cuenta de que fuimos muchos los que estuvimos allí, es que no ha visto las fotos de su helicóptero?
No sé qué puede moverles a mentir de esa manera. La gente está harta de saber que, según su policía, en el Madrid Arena había entre quince mil y veinte mil jóvenes y que en el Bernabéu caben cerca de noventa mil personas. Y anoche, señora Cifuentes, en las calles de Madrid había más de una docena de bernabéus y los que estuvieron allí no volverán a creerla nunca más. Ni siquiera cuando les dé la hora.
Luego habrá quien, como Rajoy, se atreverá a decir sin sonrojo que la realidad le ha impedido cumplir su programa. Que hable con Gallardón y Fernández Díaz, tan distintos en su vida privada y tan complementarios en la pública, para que detengan a esa realidad tan tozuda y desagradable.
 
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viernes, 19 de octubre de 2012

ESCONDER LA REALIDAD

 

Nuestro presidente, que por desgracia lo es, habla poco, pero, cuando lo hace, sus palabras podrían fundirse en bronce. Qué frases, qué pensamientos tan profundos. Lástima que el motor que mueve su verbo suba con dificultad las cuestas y no esté pensado para circular por el espeso y pegajoso tráfico de las ruedas de prensa y los "canutazos" improvisados. En ellos, renquea, a veces se cala y, en ocasiones tiene que llevárselo al garaje la grúa de la escolta. Pero cuando se arranca a hablar, como digo, nos suele regalar pensamientos profundos.

Recordáis, por ejemplo, de aquella su primera entrevista en nueve meses de gobierno, la sublime frase que lo explicaba todo, aquella que rezaba "la realidad me ha impedido cumplir mi programa electoral". Quién puede negarle la razón. Quién puede decirle que no desde el convencimiento que tal cosa ocurre porque su programa era irreal. Quién desde quienes le apoyan y aún se fían -y cada vez son menos- de su buena voluntad. Quién, desde la indiferencia, puede no calibrar el peso, tremendo, de la realidad.

Por eso, Rajoy y su gobierno han llegado a la conclusión de que el enemigo no es la crisis, qué va, el verdadero enemigo, lo que puede poner en peligro su continuidad en ese poder que tanto les ha costado alcanzar, es la realidad. Y, si el enemigo a combatir es la realidad y la realidad es tan tozuda y tan evidente, lo mejor es esconderla. Ocultarla bajo las alfombras, en lo más profundo de los telediarios, tras las portadas y los titulares de los periódicos o en las tertulias grandilocuentes y mentirosas de las radios.

Estos señores de la derecha no son más que el instrumento del poder que impera que estos tiempos, ese poder económico que tiene por el mango la sartén en que nos freímos los demás y el cucharón dispuesto para devolver al fuego a quien pretenda escapar de él. No hay más que ver el resultado de todo lo que han hecho hasta ahora, resultado que puede resumirse y así lo resumen las agencias internacionales que se pronuncian, en "ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres y más numerosos". Por eso, los sesudos propagandistas del Gobierno ya no se esfuerzan en manipular la información, en maquillar la verdad. Sería una tarea inútil, porque nadie mejor que los parados, los desahuciados, los padres de alumnos, los que han perdido sus ahorros por culpa de la codiciosa ludopatía de los bancos, para saber lo que está pasando sin matices ni maquillaje. Por eso en lo que consumen su esfuerzo es en ocultar esa odiosa realidad, para que quienes se quedan en casa, quienes no ven más que los telediarios de orden, quienes, si leen prensa, la leen en el mejor de los casos con grapa, y quienes escuchan la radio prefieren los cuentos de terror al sentido común, no sufran, para que crean que lo de la realidad es algo pasajero y para otros, sigan confiando en la buena voluntad del presidente.

Pero, todo el mundo lo sabe, la realidad es muy tozuda y acaba por imponerse. Rajoy y sus palmeros se han pasado dos días, vendiéndonos la importancia y lo crucial de la cumbre de la pasada noche en Bruselas, hablando de ella como la gran esperanza, todo bien aderezado con la intervención de Rajoy en Bucarest, para que, al final, todo sea otra vez decepcionante y Rajoy no haya pasado de ser en la cumbre más que un convidado de piedra.

Pero, ellos, erre que erre. Negando la evidencia de que, ayer, la mayoría de las aulas se quedaron casi vacías y de que muchos de los padres que mandaron a sus hijos al cole lo hicieron porque, trabajando los dos, no tenían con quién dejarlos. Negando también lo concurrido de las manifestaciones, así como la diversidad de quienes defendían en ellas la enseñanza pública. Ellos tienen el poder, el sueldo, el coche oficial, la escolta, los gabinetes de prensa y un futuro asegurado, al igual que Nacho Vidal, en alguna tertulia o algún "reality show".

Ellos a lo suyo, a ocultar la realidad que, como todo el mundo sabe, es perniciosa. Por eso y porque nada hay más peligroso para el honor y la carrera de un policía que verle actuar en determinadas y recientes circunstancias, el ministro más de la porra que hemos tenido desde que Fraga lo fue en los tiempos de la matanza de Vitoria, auxiliado por su director general de la Policía, que se como el marrón de proponerlo, quiere prohibir, bajo penas quién sabe si de prisión, que se tomen y difundan imágenes de policías en plena acción.

Parece que, como quienes, conscientes de su fealdad y de sus malas intenciones, apagan la luz, quieren jodernos, pero a oscuras.
 
 
 

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martes, 21 de agosto de 2012

DOPING



Es lo que tiene doparse. Ganas carreras, consigues marcas, pero, al final, siempre te pillan y te quedas sin medalla o sin el record. Sin embargo, el doping no es exclusivo del deporte. A veces el doping se da en otros ámbitos y se da bajo formas curiosas, aunque las consecuencias son parecidas, porque cuando quienes se dopan se encadenan a la sustancia con que lo hacen y, por más que se empeñen, en su organismo quedan trazas de la sustancia tramposa.
Acaban de comprobarlo Rajoy y, con él, el Partido Popular. Como ya es sabido, Rajoy no dudó en recurrir a los "tea party" españoles ni a lo más ultramontano de la formación cuando de lo que se trataba era de socavar la imagen de Zapatero y el PSOE. Tanto es así que estuvieron a punto de arruinar el ahora posible fin de ETA, con tal de no permitir a Rubalcaba, quien, por cierto, nunca lo intentó, colgarse la medalla de haber conseguido ese final.
Para esa carrera al sprint, Rajoy consumió las peligrosas tesis de Jaime Mayor Oreja y todas esas manifestaciones en las que se mezclaban el odio, el deseo de venganza y las acusaciones de traición.
Nunca sabremos si la cosa le dio resultado al líder del PP, porque lo que se llevó por delante a Rodríguez Zapatero fue la crisis, la económica claro, porque desde hace tiempo parece que no ha habido otra en este país.
Nunca sabremos si las inyecciones de integrismo y ultranacionalismo tuvieron consecuencias en la fortaleza de los populares, pero lo que sí suponíamos y, para perjuicio de sus intereses, ya estamos comprobando, es que todos esos discursos, todas esas banderas y todas esas pancartas han contaminado su discurso y están bloqueando su capacidad de cambiar de discurso.
Rajoy y su ministro de Interior, Fernández Díaz, se enfrentan ahora a la ocasión de hacer un gesto, dar una salida legal y razonable, al pulso que le viene planteando desde hace días una parte importante del colectivo de presos de ETA, pidiendo el cambio de régimen, por razones humanitarias, de uno de los secuestradores de Ortega Lara, enfermo de cáncer terminal, para que pueda pasar sus últimos meses de vida en casa y con los suyos. El ministro ha sido remolón a la hora de tomar las decisiones, pero las está tomando. Entre otras cosas, porque la ley es la ley y por más que la retuerza y demore los trámites, no puede hacer otra cosa. Ese gesto, nadie lo duda, puede ser trascendental para el rumbo que tome el, de momento, paralizado final de ETA, y abrirá camino a nuevos pasos.
Hasta aquí, todo perfecto. El PP está haciendo, a su manea, claro, lo único que puede y debe hacer, pero eso ha bastado para despertar de su sopor al ex ministro Mayor Oreja, profeta de la venganza y el odio, de los que tanto partido ha sabido sacar, resucitando su extinta figura para la política nacional y quién sabe si para algo más.
Volvemos a oír hablar de traición a las víctimas, de que se está dando oxígeno a ETA y toda esa letanía que creíamos olvidada. Rajoy lo quiso. Porque Rajoy debería haber tenido en cuenta que aquellos apoyos, aquel dopaje, acabarían teniendo consecuencias.


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