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lunes, 23 de noviembre de 2015

SOBRE MOSCAS Y CAÑONAZOS


Uno de los mayores vicios del periodismo, especialmente en los últimos tiempos es y ha sido el de reducirlo todo a balances, especialmente cuando al hablar de hechos o situaciones que originan víctimas. Me parece que esa actitud es errónea y lo vengo diciendo siempre que tengo ocasión. No se puede, por ejemplo, reducir la violencia machista  a eso. No se debe, pero se puede, porque se hace, asignar a cada una de las víctimas un numero de orden, como su la estuviésemos colocando en un tablero, en un marcador. No debe hacerse, porque se las despersonaliza, se borran las causas y las consecuencias de tan horrendos crímenes.
Con el terrorismo ocurre otro tanto. Al final, los atentados quedan reducidos a cifras, mucho más si se cometen fuera de nuestras fronteras  y falta análisis, se echa de menos que alguien admita los errores que llevan a ellos y la respuesta se reduce a los consabidos actos de repulsa, a las grandes palabras, a los funerales de Estado, sin que nadie nos diga qué y por qué ha fallado, con lo que al ciudadano lo que le queda es poco más que la pena y el miedo.
Y es aquí donde aparecen los cañonazos, los grandes despliegues, la invasión de los espacios públicos con millares de policías y soldados armados hasta los dientes, persiguiendo sombras y cerrando con su desproporcionada presencia en las calles la ecuación perfecta del terror, porque lo que persiguen los terroristas es multiplicar cuanto puedan el eco de sus acciones.
Por eso y por el tremendo despliegue de seguridad que acompaña a los grandes mandatarios, el terror ya no apunta a quienes los terroristas señalan como responsables de sus males, por eso buscan a sus víctimas en el anonimato de unos trenes, de unas estaciones, unas tranquilas terrazas en un barrio de moda, un estadio de fútbol o una sala de conciertos. Y es así porque saben que la gran injusticia que supone esa elección siembra el desconcierto y asusta más a los ciudadanos. Lo que parece ignorar es que, desde los atentados de septiembre de 2001, los gobiernos han aprendido a rentabilizar ese dolor y ese miedo. Y lo hacen.
Más allá de que el terror que padecemos ahora, aquí, en Iraq, en África o en Siria sea consecuencia de la sobreactuación de Bush que, en lugar de asumir la culpa de la descoordinación de sus servicios de inteligencia, puso en marcha todo un despliegue de leyes "patrióticas", alianzas histéricas y guerras ilegales, más allá de ello, los gobernantes de los países de su órbita, salvo el torpe de Aznar, saben ya cómo enfrentarse a estas salvajadas y lo vienen demostrando desde los atentados de hace diez días.
Sin decirlo abiertamente, sin hacer el reproche que merecería, se insinúa que en la ineficacia de los servicios de inteligencia y policiales de Bélgica está parte del origen de la tragedia, aunque insisto en dejar claro, como no podía ser de otro modo, que los verdaderos responsables han sido los fanáticos asesinos de detonaron sus explosivos o vaciaron sus kalashnikov sobre víctimas inocentes. Porque no tiene explicación que individuos fichados y clasificados como peligrosos para la seguridad por Francia y la propia Bélgica entren y salgan del país, alquilen vehículos y apartamentos, contraten hoteles y compren armas de guerra sin levantar ninguna sospecha.
Esa es la explicación del despliegue, tan desproporcionado como inútil, de las últimas horas en París y Bruselas. Enterrar en miedo y preocupación las sospechas y las dudas de los ciudadanos sobre la eficacia de sus servicios de inteligencia. Enterrar lo que podía terminar en crítica más que justificada e indignación bajo la perplejidad de unos ciudadanos que se ven privados de sus calles, sus medios de transporte y, hoy, de los colegios y las universidades, por una sospecha, más o menos fundada, y a cambio de nada, porque tras haber convertido a Bruselas durante setenta y dos horas en una ciudad fantasma, el "balance" de tanto despliegue ha sido nulo.
La estrategia que a Hollando, por ejemplo, ya le ha llevado a lo alto de las encuestas, consiste en matar moscas, o peligrosas avispas, a cañonazos, porque el ruido, convenientemente amplificado por los medios, aturde e hipnotiza a los ciudadanos, impidiéndoles reflexionar sobre el porqué de lo que ha pasado. A lo peor esa es la única finalidad de un despliegue que apenas ha tenido resultados, pero que, sin embargo, ha tenido paralizado, asustado y mudo a todo un país.


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viernes, 25 de octubre de 2013

ESPIADOS

 
 
Andamos todos muy revueltos y preocupados porque a Angela Merkel y François Hollande les espían desde Washington. Y yo, más que preocupado, ando más bien y muerto de risa y preguntándome qué se pensaban estos señores, en un mundo en el que, afortunadamente no siempre, pero demasiado a menudo ni el teléfono o el correo de la pareja se respetan, porque vivimos en un mundo en apariencia sencillo, en el que, sin embargo, todo es mucho más complicado.
Y en ese mundo aparentemente perfecto y feliz en el que, si no fuese por el soldado Bradley Manning y, especialmente, el analista de información Edward Snowden, seguiríamos jugando alegremente con nuestras vidas y nuestra intimidad, creyendo que lo hacemos con el teléfono. Algo que, pese a todo, seguiré haciendo, pero de forma consciente, porque, si he de poner en una balanza, lo que he ganado y lo que puedo perder haciéndolo, no lo dudéis, el platillo de lo que he ganado y puedo ganar -amigos impensables, culturas hasta ahora negadas, libertad, afinidad, pensamiento que ya no es ni podrá ser nunca único- pesaría mucho más.
De lo que sí debemos ser conscientes es de que, ahora, la vida de cada uno de nosotros -recuerdos, fotos, poemas, canciones, pensamientos- cabe dentro de un teléfono, qué digo un teléfono, dentro de la uña de un meñique, y, también, de que para que tenga lugar la magia de ese nuevo jugar a la vida tenemos que dejar la llave a alguien que ya no es la portera o un vecino de confianza.
Estamos en manos de las empresas que no dejan jugar con sus aparatos y programas y vamos mal, muy mal, si pensamos que lo hacemos sin pagar nada a cambio. No se trata sólo, como hemos llegado a  pensar inocentemente, que abramos nuestras ventanas para que entre por ellas la publicidad, qué va, es que nosotros mismos somos la moneda de cambio, el valor añadido en sus negocios, porque Microsoft o Apple tienen copia de la llave de nuestros secretos y no dudan en dejarse presionar a cambio de dársela al gobierno que se la pida, como tampoco dudan en vender lo que han llegado a saben de nuestros gustos y costumbres. O es que alguien cree que para seleccionar la publicidad que nos llega, de cosas que nos interesan o nos han interesado en algún momento, se la inspira el pajarito de Chaves.
No hay que darle vueltas, estamos en manos de los gigantes del software y las redes y, si no llegamos a notarlo, es porque aún les importamos un pimiento. Porque, si alguna vez deja de ser así, nos vamos a enterar. Y, no nos engañemos, el problema no está sólo en el tráfico de la información, sino en su almacenamiento, porque las compañías de teléfono, Twitter, Facebook o cualquiera otra red, pasada o futura, almacenan todo lo que escribimos o decimos y lo hacen por mucho tiempo. Cómo creemos, si no, que graban y transcriben nuestras conversaciones, hasta las más íntimas, con personas en las que confiamos plenamente. Las almacenan y, cuando hace falta, previa autorización de un juez, dejan de ser privadas. Pero eso sólo cuando se quiere utilizar legalmente, porque, para un chantaje, o para el espionaje puro y duro, basta con tener los instrumentos o los amigos apropiados.
Hoy, los gerifaltes de la Unión Europea -uno de los cuales, el nuestro, acaba de decir que alguna que otra ley o sus consecuencias no le gustan- han mostrados su preocupación, no porque Estados Unidos nos espían, sino porque es a ellos a quienes espía, lo que es tan inútil como se alzar los brazos con cara de no haber roto un plato en su vida de los defensas leñeros.
En fin, que quizá estábamos más a cubierto cuando para espiarnos tenían que buscar el cable de nuestra línea y puentearlo, algo que siempre notábamos, pero, ahora, la misma enfermedad nos hace fuertes y quizá corramos peligro, pero como en las carreteras de alta montaña, el paisaje lo merece.
 
 
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domingo, 20 de octubre de 2013

LEONARDA Y MALALA

 
 

Andaba ayer distraído con mis cosas y, como casi siempre, con la radio puesta, cuando escuché que el presidente francés, el que fuera la gran esperanza de los europeos del sur frente a Merkel, se iba a pronunciar sobre la truculenta y cruel expulsión de la niña gitana Leonarda, "capturada" por la policía mientras viajaba en autobús con sus compañeros de clase, camino de una excursión. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que los casos de Leonarda y Malala, la niña pakistaní que recibió un disparo en la cabeza por haberse significado en la rebeldía contra los deseos de los talibán que quieren a las mujeres como meros animales reproductores y generadores de placer, acudiendo a clase cada día contraviniendo las consignas de los fanáticos.

Me di cuenta de que el escenario de uno y otro crimen, porque la detención de Leonarda, fue un crimen" con todas las de la ley, había sido el mismo: un autobús escolar repleto de niños. Caí en ese detalle y comencé a pensar en que no era lo único que unía ambas historias, porque en ambos casos lo que, si no se pretendía, sí se conseguía era impedir que ambas niñas prosiguiesen sus estudios. Es una lástima que los policías que se llevaron a la niña a la fuerza del autobús no grabasen las imágenes de su heroica acción, Estoy seguro de que, tras su oportuno filtrado, hubiesen triunfado en la red, con el aplaudo de más de uno.

Leonarda y Malala son víctimas de la misma intransigencia, la que no entiende o, por el contrario, entiende muy bien que la educación es un instrumento de la libertad y la igualdad a la que tenemos derecho todos los seres humanos. Amas son también víctimas del fanatismo. Malala es víctima del fanatismo religioso, de la sumisión a un inventado y cruel dios que da la razón a quienes sólo aspiran a colocarse encima de los demás, y Leonarda lo es de otros, y no menos, fanáticos, en esta ocasión de ese dios terrible que impone a los políticos la doctrina de ganar el poder y mantenerlo a toda costa, aunque para ello hayan de subir los principios al desván y encerrarlos con siete llaves, alimentando al monstruo del miedo y el odio al diferente, chivo expiatorio perfecto para quienes no quieren asumir sus propias responsabilidades.

Seguro que el ministro del Interior francés, el socialista Manuel Valls, tiene claro que en una situación como ésta, en la que la ultra derecha crece electoralmente en Francia, resulta más fácil acosar a los extranjeros, especialmente si son gitanos, que explicar las causas del paro, los recortes, la subida de la cesta de la compra o la delincuencia. Y ya se sabe cómo se comporta el perro cuando se le suelta la correa, y que me perdonen los policías que no se comportan como tales, tiende a ladrar y a morder ciegamente.

Por eso, las explicaciones dadas ayer por Hollande y su "generosidad" al autorizar el regreso a Francia de Leonarda y sólo Leonarda, no ha sido más que un parche horrendo a sumar a una tan poco estética metedura de pata como la de su ministro. La respuesta de Leonarda, la sociedad que aún cree en lo valores de la República y una parte importante de su propio partido, no se ha hecho esperar: o todos o ninguno. Lo siento, señores Hollande y Valls, pero habéis perdido el norte y vais dando tumbos golpeándoos contra la realidad. Habéis renunciado al GPS de los principios para acortar el camino y estáis dando vueltas en la rotonda de la realidad que no siempre es la que os cuentan los asesores o los medios.

A riesgo de repetirme como un abuelo Cebolleta, insisto: cuando alguien, también un político, obra de acuerdo a sus principios, o los de su partido, puede ganar o perder elecciones, pero difícilmente se equivocará. Por eso, por dar de lado a los principios, Hollande y Valls han hecho de Leonarda una nueva Malala, mientras ellos han quedado a la altura de los talibán. Lo mismo les ha ocurrido a los socialistas de aquí, perdidos en la rotonda de la crisis, sin que nadie se atreva a coger el volante, mientras muchos de sus votantes se limitan a contemplar cómo se estrella.

miércoles, 29 de mayo de 2013

EL BOCA A BOCA A UN CADÁVER

 
 

Ayer, por fin, Europa tomó una iniciativa en favor de los jóvenes en paro. No está mal. Ha sido necesario que dos de cada tres jóvenes españoles estén parados y que uno de cada tres parados europeos sea español. No está mal, cuando toso sabemos que en  los últimos años, los anteriores al estallido de la crisis, los jóvenes se habían constituido cm el principal motor del consumo, pese a que ya se estaban experimentando en ellos las técnicas de "bonsaización" del empleo, en las que quienes nos gobiernas se están mostrando como expertos jardineros.

Han tardado más de cuatro años en darse cuenta de que estaban sacrificando a toda una generación que, como ayer decía Hollande, aunque con otras palabras, acabará ajustándoles las cuentas a quienes hoy gobiernan Europa. Cuatro años, en los que se ha cerrado el paso a los jóvenes al empleo de calidad, mientras se expulsaba a sus padres a las tinieblas del paro de larga duración y se les  cerraban las puertas de la enseñanza superior y se les empujaba a la frontera como mano de obra cualificada y barata para quienes, además de sus coches, sus electrodomésticos y su refinada tecnología, nos están imponiendo su "maldita" austeridad.

Han caído en la cuenta del tamaño del desastre y han decretado el urgente zafarrancho para reanimar el empleo juvenil. Han decidido acudir en auxilio del náufrago, pero, para cuando lleguen, en lugar de supervivientes braceando desesperados, van a encontrar el mar sembrado de cadáveres flotantes y, todo el mundo lo sabe, tratar de hacer el boca a boca a un cadáver es tan inútil como desagradable.

Llegan muy tarde. Llegan, cuando la sociedad está no, sólo desencantada como lo estaba en los últimos años, sino polarizada y movilizada, porque quién iba a decirle a Felipe González, el mismo que hace ya tiempo que perdió el contacto con la calle y, con él, aquella sensibilidad que algún día tuvo, el mismo que no fue capaz de entender la indignada desesperación de quienes se plantan ante el portal de un diputado para manifestarle su indignación, quién iba a decirle que, él mismo iba a ser el objetivo de un escrache compartido con Rajoy, a cargo de los mismos jóvenes que quizá crecieron escuchando de sus padres alabanzas para quien supo traer el cambio a este hoy denostado país del sur de Europa.

Llegan tarde y muy bien tiene que hacerlo, para que el bálsamo que apliquen llegue a calmar el dolor y el resentimiento que han causado en la generación con más iniciativa y más preparación de que ha disfrutado este país. Dentro de poco, seremos convocados a las urnas para elegir a quienes nos han de representar en el Parlamento Europeo y sería bueno que alguien fuese capaz de aunar la voz de los descontentos. La iniciativa del PSC, dispuesto al parecer a acudir a ellas en coalición con Iniciativa, es un buen síntoma. Como lo es el de que la Izquierda Plural y los sindicatos quieran unir sus voces contra tanto desatino y tan injusto.

Como cantó Pablo Guerrero allá en los últimos años del dictador, "es tiempo de vivir y de soñar y de creer que tiene que llover a cántaros. Tenemos que vivir luchando para cambiar esto, tenemos que soñar que otro mundo es posible y tenemos que creer que es posible para conseguirlo. Mientras, critiquémosles sus buenas palabras y sus trapicheos. Todos vimos que íbamos al desastre y que la solución jamás podía ser dejarnos en medio del mar, sin comida ni combustible a bordo de un barco que se hundía. Ahora, pretenden hacer el boca a boca a los cadáveres de sus víctimas y eso, como que llueva sobre el mar, no sirve para nada.

 
 

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lunes, 7 de mayo de 2012

LA LECCIÓN FRANCESA


Francia, el 52% de sus ciudadanos con derecho al voto, ha demostrado que no el dinero, el poder económico, no lo puede todo. Pese a la amenaza de los mercados, que han afilado sus dientes estas dos últimas semanas. Pese a la presión de los sondeos que uno nunca sabe si reflejan la verdad o tratan de modificarla, los franceses han escogido a un candidato sin glamour ni grandeur que, sin embargo, cumplía con las expectativas de quienes están sufriendo la crisis, no sólo en Francia, sino en el resto de Europa.
Ahora le toca a François Hollande la difícil tarea de demostrar que hay otra forma de hacer las cosas. Le toca cumplir sus promesas de podar el árbol de la economía por la copa de los grandes patrimonios y las todopoderosas empresas, en lugar de hacerlo por las raíces de la gente, humilde o no, que cree en la solidaridad, en la justicia social y, sobre todo en la juventud. Hollande hizo hincapié anoche en su discurso de celebración que va a salvaguardar el Estado de Bienestar y esa sola frase abre grandes esperanzas para quienes estamos viendo cómo aquí lo desmantelan.
Falta por comprobar cómo los mercados que no tienen corazón o, si lo tienen, late a un ritmo distinto del de la gente, reciben con los brazos y las cotizaciones caídas a quien puede acabar con su imperio de chantaje y terror. De momento, lo que parece claro es que la victoria del socialista, la primera de la izquierda en 17 años, ha supuesto una inyección de esperanza entre tanto abatimiento sin salida.
Los franceses han conseguido cambiar el rumbo falsamente inexorable de las cosas. Lo han logrado en Francia y pueden lograrlo también en Europa.
Después de lo de ayer, a mí, a muchos españoles que no votamos a Rajoy o que le votaron con u programa falso y hoy se sienten estafados, se nos van a hacer muy largos los tres años largos de servilismo y dureza innecesaria que, sobre el papel, nos quedan por sufrir.

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domingo, 6 de mayo de 2012

¿VUELVE LA GENTE?


Si escribo "la gente" y no "el pueblo", es porque parece que, en tiempos como estos, de desprestigio de todo lo que tenga que ver con la política, algunas palabras adolecen de un exceso de connotaciones y de un pasado que las contamina.
Formo parte de una generación que creció añorando una libertad que nunca había tenido y fiándolo todo a la democracia y las urnas. Aún recuerdo el primer día, la primera mañana, en que me acerqué con mi papeleta a unas urnas en la confianza de que el pueblo, ahora sí, la gente nunca podría equivocarse. Luego, con el tiempo he llegado a darme cuenta de que no siempre es así o de que, mejor dicho, a la gente no siempre le dan todos los datos para que pueda elegir sin equivocarse.
Eso es lo que ha venido ocurriendo á lo largo de los últimos años, no sé si en Europa, pero sí, al menos, en España: se han dejado al alcance de la gente demasiadas armas, cargadas y peligrosas para quien no es capaz de ver las consecuencias de gestos tan simples como depositar un voto o apretar un gatillo.
La labor de aturdimiento y encanallamiento de las conciencias que ha venido llevando a cabo por la gran mayoría de las televisiones, de un modo perfectamente consciente, si no científico, ha trastocado cualquier sistema de valores que pudiera existir.
Como el esos programas que, en medio de gritos y gestos soeces, echan abajo el honor y la intimidad de "los famosos", en nuestra clase política se han instalado el tú mas, las mentiras y los insultos, a la búsqueda, más que del apoyo propio, el desprestigio y la estigmatización del otro.
Los españoles, hayamos votado o no al Partido Popular, hemos comprobado en nuestras carnes hasta qué punto es importante no dejarse llevar por chascarrillos y mensajes superficiales, porque nada de lo que prometió el PP en campaña se ha convertido en realidad, mientras que, muy al contrario, Rajoy ha llevado a cabo hasta límites insospechados aquello de lo que acusaba a su antecesor.
Hoy Francia elige al presidente de la república. Y tiene que escoger entre un sobreactuado Sarkozy y un discreto y sereno Hollande. Eso en la superficie. En realidad opta entre una Europa sometida a la dictadura del neocapitalismo insaciable que, como una enorme araña va atrapando a sus presas en sus redes, tendidas contra el sol para deslumbrarlas, y, luego, vaciarlas, dejarlas secas e inertes, mientras el monstruo se retira a descansar sobre las sedas de los mercados, bien tensas ellas, para detectar cualquier movimiento desesperado de una futra presa.
Esta noche, en Francia, puede ocurrir que vuelva al Eliseo, si no el pueblo, sí la gente. O, al menos, los problemas de la gente. Del voto de los franceses depende no sólo su futuro, sino el de toda Europa, tan atiborrada de audis, vacaciones exóticas y segundas residencias, para que deje de pensar en "pelotazos" y comience a hacerlo en que funcionen hospitales y las consultas, los colegios y las universidades y para que nunca más volvamos a caer en los mismos errores.


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lunes, 23 de abril de 2012

Y SI FUESE EL COMIENZO DE ALGO

Como con el Real Madrid y la liga, aún es pronto para cantar el necesario triunfo de la izquierda en las presidenciales francesas, pero no cabe duda de que ambos ya están llamando a la puerta. A la espera de los resultados de la segunda vuelta que recolocarán los votos de la izquierda no socialista y los que se llevó casi por sorpresa el ultraderechista Frente Nacional, parece que Angela Merkel se ha quedado sin pareja de baile en Europa y eso no puede ser más que una buena noticia para todos los europeos, especialmente para los denostados ciudadanos del sur, angustiados por tener que pagar las cuantas de una banca que, ella sí, ha hecho negocio muy por encima de sus posibilidades, endeudándose en el exterior y haciéndonos creer que nos era posible vivir mejor, mientras nos sacaban los higadillos.
Que un socialista llegue a la presidencia de Francia después de tantos años y armado de un proyecto de redistribución del coste de la crisis no puede ser más que una buena noticia.
La frialdad, el carácter implacable y, por qué no decirlo, el desprecio hacia los derrochadores del sur de la canciller alamana no tendrá ya el acompañamiento de palmas de Sarkozy, al que los franceses, y ya era hora, parece que que le han visto el plumero.
Era más que ingenuo pretender que los europeos que han tumbado gobiernos de todos los colores para sustituirlos por otros que, por desgracia, no han hecho otra cosa que decir "si señora" a toso los deseos de Merkel o de quien quiera que esté detrás de ella, sin que las cosas mejorasen, sino todo lo contrario.
Parece claro que las cartas de esta partida estaban mal dadas y que ha llegado el momento de repartir de nuevo. La responsabilidad de Hollande, si gana la segunda vuelta, va a ser mucha, porque va a ser el espejo en el que se miren quienes en la Europa del euro creemos, estamos convencidos, de que otra política económica es posible.
Por eso lo de ayer no hace sino traer esperanzas de que el triunfo de la izquierda sea el comienzo de algo más grande.


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lunes, 23 de enero de 2012

PONER CARA AL ENEMIGO


En cualquier contienda -y la vida es una sucesión de contiendas- es primordial saber quién es el enemigo, algo que no siempre resulta fácil y más si el enemigo es un monstruo insaciable que se alimenta de nuestros miedos y nuestras miserias, mientras sentimos su aliento en nuestros cogotes cansados ya de tanta humillación.
Acostumbrados como estábamos a localizar a nuestros adversarios entre "los clásicos", nos hemos dejado embaucar por la marea liberal que ha sabido implicarnos en su juego, borrando de nuestro pensamiento el orgullo de clase que tan lejos llevó a la izquierda en otros tiempos.
Ese es el mayor pecado de la izquierda en los últimos tiempos. Haber sido capaz de avergonzarse de lo que más debería enorgullecerla, como lo son la búsqueda de la justicia y la solidaridad. También, haber pretendido aplicar a la contienda por el poder las mismas reglas que se aplican a la venta de un detergente o un refresco, haber difuminado las señas de identidad de la izquierda para no provocar rechazo en esa gran masa acobardada y ventajista que huye de cualquier cambio que perturbe su fin de semana de sofá y centro comercial.
La izquierda se ha dejado demasiados jirones de su piel en ese afán de mimetizarse con ese ciudadano indeterminado y gris. La izquierda ha apartado su mirada de los problemas cotidianos de los barrios y los centros de trabajo, la izquierda de ha desdibujado y se ha desmovilizado entre los halagos de la banca y los aliados de fuera, convirtiéndose en un tigre reumático al que le cuesta ya salir de su cómodo refugio para cazar y defenderse.
Lo hicieron muy bien Tatcher y sus muchachos. Vendiendo a los desfavorecidos unas viviendas que, por humildes que fuesen, constituían un derecho, consiguieron convertir a Cenicienta en una princesa soberbia e inconsciente, que no tardó en volverse un juguete del príncipe y sus lacayos. Hicieron creer a los de abajo que los de arriba eran los suyos. Y no era cierto.
Por eso reconforta escuchar discursos como el del líder socialista francés, François Hollande que que ha dicho alto y claro que su adversario es el sistema financiero, para el que propugna una reforma radical. Ojalá les vaya bien a él y a los franceses. Ojalá Francia vuelva a ser el escenario de otra victoria contra la tiranía que ya no gasta pelucas empolvadas, sino yates, coches caros y otros lujos que no son más que un insulto a sus víctimas.