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lunes, 23 de noviembre de 2015

SOBRE MOSCAS Y CAÑONAZOS


Uno de los mayores vicios del periodismo, especialmente en los últimos tiempos es y ha sido el de reducirlo todo a balances, especialmente cuando al hablar de hechos o situaciones que originan víctimas. Me parece que esa actitud es errónea y lo vengo diciendo siempre que tengo ocasión. No se puede, por ejemplo, reducir la violencia machista  a eso. No se debe, pero se puede, porque se hace, asignar a cada una de las víctimas un numero de orden, como su la estuviésemos colocando en un tablero, en un marcador. No debe hacerse, porque se las despersonaliza, se borran las causas y las consecuencias de tan horrendos crímenes.
Con el terrorismo ocurre otro tanto. Al final, los atentados quedan reducidos a cifras, mucho más si se cometen fuera de nuestras fronteras  y falta análisis, se echa de menos que alguien admita los errores que llevan a ellos y la respuesta se reduce a los consabidos actos de repulsa, a las grandes palabras, a los funerales de Estado, sin que nadie nos diga qué y por qué ha fallado, con lo que al ciudadano lo que le queda es poco más que la pena y el miedo.
Y es aquí donde aparecen los cañonazos, los grandes despliegues, la invasión de los espacios públicos con millares de policías y soldados armados hasta los dientes, persiguiendo sombras y cerrando con su desproporcionada presencia en las calles la ecuación perfecta del terror, porque lo que persiguen los terroristas es multiplicar cuanto puedan el eco de sus acciones.
Por eso y por el tremendo despliegue de seguridad que acompaña a los grandes mandatarios, el terror ya no apunta a quienes los terroristas señalan como responsables de sus males, por eso buscan a sus víctimas en el anonimato de unos trenes, de unas estaciones, unas tranquilas terrazas en un barrio de moda, un estadio de fútbol o una sala de conciertos. Y es así porque saben que la gran injusticia que supone esa elección siembra el desconcierto y asusta más a los ciudadanos. Lo que parece ignorar es que, desde los atentados de septiembre de 2001, los gobiernos han aprendido a rentabilizar ese dolor y ese miedo. Y lo hacen.
Más allá de que el terror que padecemos ahora, aquí, en Iraq, en África o en Siria sea consecuencia de la sobreactuación de Bush que, en lugar de asumir la culpa de la descoordinación de sus servicios de inteligencia, puso en marcha todo un despliegue de leyes "patrióticas", alianzas histéricas y guerras ilegales, más allá de ello, los gobernantes de los países de su órbita, salvo el torpe de Aznar, saben ya cómo enfrentarse a estas salvajadas y lo vienen demostrando desde los atentados de hace diez días.
Sin decirlo abiertamente, sin hacer el reproche que merecería, se insinúa que en la ineficacia de los servicios de inteligencia y policiales de Bélgica está parte del origen de la tragedia, aunque insisto en dejar claro, como no podía ser de otro modo, que los verdaderos responsables han sido los fanáticos asesinos de detonaron sus explosivos o vaciaron sus kalashnikov sobre víctimas inocentes. Porque no tiene explicación que individuos fichados y clasificados como peligrosos para la seguridad por Francia y la propia Bélgica entren y salgan del país, alquilen vehículos y apartamentos, contraten hoteles y compren armas de guerra sin levantar ninguna sospecha.
Esa es la explicación del despliegue, tan desproporcionado como inútil, de las últimas horas en París y Bruselas. Enterrar en miedo y preocupación las sospechas y las dudas de los ciudadanos sobre la eficacia de sus servicios de inteligencia. Enterrar lo que podía terminar en crítica más que justificada e indignación bajo la perplejidad de unos ciudadanos que se ven privados de sus calles, sus medios de transporte y, hoy, de los colegios y las universidades, por una sospecha, más o menos fundada, y a cambio de nada, porque tras haber convertido a Bruselas durante setenta y dos horas en una ciudad fantasma, el "balance" de tanto despliegue ha sido nulo.
La estrategia que a Hollando, por ejemplo, ya le ha llevado a lo alto de las encuestas, consiste en matar moscas, o peligrosas avispas, a cañonazos, porque el ruido, convenientemente amplificado por los medios, aturde e hipnotiza a los ciudadanos, impidiéndoles reflexionar sobre el porqué de lo que ha pasado. A lo peor esa es la única finalidad de un despliegue que apenas ha tenido resultados, pero que, sin embargo, ha tenido paralizado, asustado y mudo a todo un país.


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sábado, 25 de mayo de 2013

NOSTALGIAS

 
 
Siempre me ha inquietado esa sensación cada vez más habitual en mí de sentir nostalgia por algo no vivido. No sé cómo explicarlo, quizá sólo sea afinidad por aquello que creo añorar o, simplemente, el anhelo de haberlo vivido. Me pasa mucho con París, pero no con el Paría al alcance de un billete de avión, un hotel o la casa de un amigo. No, el París que añoro es un París imposible de recuperar. El París que imagino con olor a pan recién hecho y lecheros que acarrean su mercancía en triciclos, sobre la calzada de calles brillantes que acaban de ser regadas o con gente sentada en la terraza de un café, leyendo el periódico o mirando pasar la vida ante una taza de infusión o un aperitivo.
Sé que es absurdo, porque ese París que añoro es sólo imaginado o reconstruido a partir del pasaje de una novela, los versos de un poema, el estribillo de una canción, el humo, los murmullos, las risas y el jazz improvisado en una cava, una foto no posada de Doisneau o una escena de cualquier película en blanco y negro, eso sí, de François Truffaut o Louis Malle.
Me gusta París, como me gustan los recuerdos, vividos o inventados, y no siempre los míos. Me gusta compartir con amigos esos retazos de vida, suyos y míos, que dibujan una sonrisa y encienden los ojos de quienes escuchamos. Es algo que me ocurre con más frecuencia últimamente, no sé si porque vivo solo o porque estoy ya en esa etapa de la vida en la que pesan mucho más los recuerdos que las expectativas. Quizá sea por eso, aunque también puede deberse a que tengo unos amigos interesantes a los que no dejo de descubrir cada día, con los que las horas pasan lentas y placenteras ante una mesa o en torno a unas cañas en la barra de un bar. Ese es el gran secreto. Comparto con mis generosos amigos mi vida y sus vidas. Y aprendo, siempre aprendo, siempre descubro en ellos matices y vivencias que no dejan de sorprenderme y, claro está, de sorprenderme.
Es curioso que, como en el caso de mi nostalgia de ese París irrecuperable, con mis amigos, tengo la sensación de asomarme a sus vidas como un espectador privilegiado, al que permiten compartir amistades, poemas, canciones o recuerdos. De vez en cuando, incluso, se enredan en los versos de un tango, en una escena de "La venganza de Don Mendo" o en la explicación de un juego de manos, dejándome con la sensación de que es poco lo que yo les aporto, salvo, quizá, las fotos. Esas fotos en que mi Canon, en modo todo automático, les saca tan guapos, pese a que, con mis ojos, apenas puedo hacer otra cosa que encuadrarles y aislar el momento en el espacio y el tiempo.
Es una suerte tenerles cerca, como es una suerte haber pisado las calles de París después de una de esas tormentas que se desatan allí en julio que multiplican la belleza de esa ciudad, como multiplican ellos la de mi vida.
En fin, es una suerte poder edificar mi nostalgia con los ladrillos de sus recuerdos y, teniendo eso, no creo que deba envidiar nada.
 
 
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