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miércoles, 29 de mayo de 2013

EL BOCA A BOCA A UN CADÁVER

 
 

Ayer, por fin, Europa tomó una iniciativa en favor de los jóvenes en paro. No está mal. Ha sido necesario que dos de cada tres jóvenes españoles estén parados y que uno de cada tres parados europeos sea español. No está mal, cuando toso sabemos que en  los últimos años, los anteriores al estallido de la crisis, los jóvenes se habían constituido cm el principal motor del consumo, pese a que ya se estaban experimentando en ellos las técnicas de "bonsaización" del empleo, en las que quienes nos gobiernas se están mostrando como expertos jardineros.

Han tardado más de cuatro años en darse cuenta de que estaban sacrificando a toda una generación que, como ayer decía Hollande, aunque con otras palabras, acabará ajustándoles las cuentas a quienes hoy gobiernan Europa. Cuatro años, en los que se ha cerrado el paso a los jóvenes al empleo de calidad, mientras se expulsaba a sus padres a las tinieblas del paro de larga duración y se les  cerraban las puertas de la enseñanza superior y se les empujaba a la frontera como mano de obra cualificada y barata para quienes, además de sus coches, sus electrodomésticos y su refinada tecnología, nos están imponiendo su "maldita" austeridad.

Han caído en la cuenta del tamaño del desastre y han decretado el urgente zafarrancho para reanimar el empleo juvenil. Han decidido acudir en auxilio del náufrago, pero, para cuando lleguen, en lugar de supervivientes braceando desesperados, van a encontrar el mar sembrado de cadáveres flotantes y, todo el mundo lo sabe, tratar de hacer el boca a boca a un cadáver es tan inútil como desagradable.

Llegan muy tarde. Llegan, cuando la sociedad está no, sólo desencantada como lo estaba en los últimos años, sino polarizada y movilizada, porque quién iba a decirle a Felipe González, el mismo que hace ya tiempo que perdió el contacto con la calle y, con él, aquella sensibilidad que algún día tuvo, el mismo que no fue capaz de entender la indignada desesperación de quienes se plantan ante el portal de un diputado para manifestarle su indignación, quién iba a decirle que, él mismo iba a ser el objetivo de un escrache compartido con Rajoy, a cargo de los mismos jóvenes que quizá crecieron escuchando de sus padres alabanzas para quien supo traer el cambio a este hoy denostado país del sur de Europa.

Llegan tarde y muy bien tiene que hacerlo, para que el bálsamo que apliquen llegue a calmar el dolor y el resentimiento que han causado en la generación con más iniciativa y más preparación de que ha disfrutado este país. Dentro de poco, seremos convocados a las urnas para elegir a quienes nos han de representar en el Parlamento Europeo y sería bueno que alguien fuese capaz de aunar la voz de los descontentos. La iniciativa del PSC, dispuesto al parecer a acudir a ellas en coalición con Iniciativa, es un buen síntoma. Como lo es el de que la Izquierda Plural y los sindicatos quieran unir sus voces contra tanto desatino y tan injusto.

Como cantó Pablo Guerrero allá en los últimos años del dictador, "es tiempo de vivir y de soñar y de creer que tiene que llover a cántaros. Tenemos que vivir luchando para cambiar esto, tenemos que soñar que otro mundo es posible y tenemos que creer que es posible para conseguirlo. Mientras, critiquémosles sus buenas palabras y sus trapicheos. Todos vimos que íbamos al desastre y que la solución jamás podía ser dejarnos en medio del mar, sin comida ni combustible a bordo de un barco que se hundía. Ahora, pretenden hacer el boca a boca a los cadáveres de sus víctimas y eso, como que llueva sobre el mar, no sirve para nada.

 
 

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sábado, 6 de abril de 2013

HIJOS DE...


Por un momento, hoy me había resignado a tener que escribir de nuevo del "calvario" judicial que está viviendo la hija menor del rey por la mala cabeza, en principio de su marido y quién sabe si también suya. No deja de ser una lástima que una pareja que se las prometía tan felices y que ya había superado el estatus social del que provenía, una pareja que había cambiado un bonito piso en Barcelona por un chalé de ensueño en el barrio de Pedralbes, con su correspondiente hipoteca de infarto, tenga que replantearse su vida al borde de la cincuentena porque, también a ellos, les ha golpeado la crisis, privándoles de su principal fuente de ingresos, ahora que, después de años de yates, carreras de Fórmula 1, calatravas a cuál más igual y más caro, congresos, viajes, regalos y demás zarandajas, las administraciones han cerrado el grifo de los dispendios.

Nada que ver la vida que han llevado  con la de quienes han nacido después y de cuna más baja, que también se las prometían felices y que contaban que, con su propio esfuerzo y el de sus padres, les correspondería una vida segura y más fácil que a que llevaron sus padres, trabajando en aquello para lo que tenían vocación y se habían preparado sobradamente. Mucho menos con quienes ni siquiera tuvieron acceso a esa formación. A unos y otros no les está permitido soñar con una casa propia, mucho menos en el lujos Pedralbes, tampoco un trabajo con el que evitar enfrentarse cada mañana al no futuro que la avaricia de unos y la nefasta gestión de otros, que, por cierto, colocan bien colocados a sus hijos, les ha dejado como escenario.

Creí que me vería obligado a un nuevo capítulo del drama de doña Cristina y mientras rumiaba con desgana la obligación autoimpuesta de hacerlo he escuchado -siempre escucho la radio- a alguno de los organizadores de las concentraciones que, bajo el lema "No nos vamos, nos echan" pretenden reunir mañana día 7, a las siete, en un montón de ciudades de España y algunas en el resto del mundo a los jóvenes que se ven obligados a buscar fuera de su tierra el futuro por el que tanto han luchado ellos y, en ocasiones, sus padres.

Tengo una hija de esa edad de la que hablamos, con dos licenciaturas, con experiencia laboral aquí y en el extranjero, mucho mejor preparada de lo que yo, sin ninguna experiencia, lo estaba a su edad y que, sin embargo, en lugar de tener ante sí un futuro por construirse, se ve obligada -y da gracias por ello- a llevar a cabo trabajos tan cualificados como mal pagados, al tiempo que pone en marcha, con unas cuantas colegas, su propio proyecto profesional del que apenas esperan, en el mejor de los casos, un trabajo digno, orientado a las que son su formación y su vocación, y un salario de subsistencia.

Pese a ello, mi hija, su madre y yo podemos considerarnos afortunados. Mi incapacidad, después de muchos años de cotización, me ha dejado una pensión decente, con la que, sin demasiado esfuerzo, puedo cubrir algunas carencias que el Estado ha dejado en su camino. Así, vaya paradoja, de esa pensión están saliendo las cuotas a la Seguridad Social que le van a permitir "rescatar" los dos años de vida laboral consumidos mientras trabajó con contratos de prácticas para una empresa estatal. Además, su madre trabaja, con lo cual y de momento, los tres tenemos cubierto lo imprescindible. 

También, y tiene más importancia de la que parece, a mi hija el paraguas familiar, del que nunca ha abusado, le permite y le ha permitido decir no a ofertas laborales que no pasaban de la estafa o el insulto a la dignidad. Pero, pese a todas esas dificultades y paradojas de las que os hablo, el caso de mi hija puede considerarse afortunado, porque el de muchos que comparten con ella edad y formación es muy distinto y, por desgracia, mucho más desesperanzado.

Nos han engañado. Han desmontado ese decorado de anuncio de operadora telefónica en el que nos hicieron creer que vivíamos. Por eso, los mejores se han ido. No porque quisieran, no por ese insultante espíritu aventurero que eles atribuyó la responsable de migraciones de este torpe gobierno que nos ha tocado. Simplemente, porque tienen derecho a vivir y a crecer. Las familias y el Estado hemos consumido muchos recursos. Hemos aconsejado a nuestros hijos el estudio y el sacrificio, para, ahora, tener que verles así. Por eso, nos vemos obligados a aconsejarles que tiren por la borda todo ese esfuerzo y busquen fuera lo que aquí no les damos, con el dolor de que, fuera, se están quedando con lo mejor de cada casa, esta vez sin comillas ni ironía. Mientras, aquí, en su país, los hijos de muchos hijos de... seguirán poniendo sus ilustres culos en los sillones de cuero desde los que se está arruinando el futuro a nuestros hijos.

 
 

 
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