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viernes, 25 de octubre de 2013

ESPIADOS

 
 
Andamos todos muy revueltos y preocupados porque a Angela Merkel y François Hollande les espían desde Washington. Y yo, más que preocupado, ando más bien y muerto de risa y preguntándome qué se pensaban estos señores, en un mundo en el que, afortunadamente no siempre, pero demasiado a menudo ni el teléfono o el correo de la pareja se respetan, porque vivimos en un mundo en apariencia sencillo, en el que, sin embargo, todo es mucho más complicado.
Y en ese mundo aparentemente perfecto y feliz en el que, si no fuese por el soldado Bradley Manning y, especialmente, el analista de información Edward Snowden, seguiríamos jugando alegremente con nuestras vidas y nuestra intimidad, creyendo que lo hacemos con el teléfono. Algo que, pese a todo, seguiré haciendo, pero de forma consciente, porque, si he de poner en una balanza, lo que he ganado y lo que puedo perder haciéndolo, no lo dudéis, el platillo de lo que he ganado y puedo ganar -amigos impensables, culturas hasta ahora negadas, libertad, afinidad, pensamiento que ya no es ni podrá ser nunca único- pesaría mucho más.
De lo que sí debemos ser conscientes es de que, ahora, la vida de cada uno de nosotros -recuerdos, fotos, poemas, canciones, pensamientos- cabe dentro de un teléfono, qué digo un teléfono, dentro de la uña de un meñique, y, también, de que para que tenga lugar la magia de ese nuevo jugar a la vida tenemos que dejar la llave a alguien que ya no es la portera o un vecino de confianza.
Estamos en manos de las empresas que no dejan jugar con sus aparatos y programas y vamos mal, muy mal, si pensamos que lo hacemos sin pagar nada a cambio. No se trata sólo, como hemos llegado a  pensar inocentemente, que abramos nuestras ventanas para que entre por ellas la publicidad, qué va, es que nosotros mismos somos la moneda de cambio, el valor añadido en sus negocios, porque Microsoft o Apple tienen copia de la llave de nuestros secretos y no dudan en dejarse presionar a cambio de dársela al gobierno que se la pida, como tampoco dudan en vender lo que han llegado a saben de nuestros gustos y costumbres. O es que alguien cree que para seleccionar la publicidad que nos llega, de cosas que nos interesan o nos han interesado en algún momento, se la inspira el pajarito de Chaves.
No hay que darle vueltas, estamos en manos de los gigantes del software y las redes y, si no llegamos a notarlo, es porque aún les importamos un pimiento. Porque, si alguna vez deja de ser así, nos vamos a enterar. Y, no nos engañemos, el problema no está sólo en el tráfico de la información, sino en su almacenamiento, porque las compañías de teléfono, Twitter, Facebook o cualquiera otra red, pasada o futura, almacenan todo lo que escribimos o decimos y lo hacen por mucho tiempo. Cómo creemos, si no, que graban y transcriben nuestras conversaciones, hasta las más íntimas, con personas en las que confiamos plenamente. Las almacenan y, cuando hace falta, previa autorización de un juez, dejan de ser privadas. Pero eso sólo cuando se quiere utilizar legalmente, porque, para un chantaje, o para el espionaje puro y duro, basta con tener los instrumentos o los amigos apropiados.
Hoy, los gerifaltes de la Unión Europea -uno de los cuales, el nuestro, acaba de decir que alguna que otra ley o sus consecuencias no le gustan- han mostrados su preocupación, no porque Estados Unidos nos espían, sino porque es a ellos a quienes espía, lo que es tan inútil como se alzar los brazos con cara de no haber roto un plato en su vida de los defensas leñeros.
En fin, que quizá estábamos más a cubierto cuando para espiarnos tenían que buscar el cable de nuestra línea y puentearlo, algo que siempre notábamos, pero, ahora, la misma enfermedad nos hace fuertes y quizá corramos peligro, pero como en las carreteras de alta montaña, el paisaje lo merece.
 
 
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jueves, 13 de septiembre de 2012

HAY VIDA (ARTIFICIAL) EN LAS REDES SOCIALES

 
 

Vaya por delante que soy y seré, y no sólo como usuario, defensor de las redes sociales en la web. Es más, creo que, en tiempos de regresión democrática, las redes sociales han vendido a cubrir las carencias de unos medios de comunicación que hace ya tiempo se han entregado al poder y se han convertido en la gran pradera en la que volar las cometas de nuestras ideas para que todo el mundo -y nunca mejor dicho, todo el mundo- pueda verlas y compartirlas.

También se han convertido, particularmente Facebook, en el foro en que, mediante un proceso de selección "natural" los usuarios se van agrupando por afinidades ideológicas, estéticas o, por qué no, sentimentales. Quién no sabe de antemano a estas alturas a cuál de nuestros "amigos" les va a gustar esa foto, esa canción, ese relato o ese poema que colgamos. Quién desconoce el impacto que pueden causar determinados comentarios, con o sin humor, sobre personajes o acontecimientos. Quién no lee los artículos o las informaciones que les sugieren sus amigos. Quién no ha ejercido de "voyeur" asomándose a las vidas y los amigos de los demás a través de sus perfiles. Quién no se ha suscrito a las publicaciones de alguien.

Quién no se esfuerza en parecer más joven, más alto, más guapo y más listo en la red. Quién, jugando o no, miente en todo y se inventa un otro yo desde el que mirar a los demás. Y qué decir de quienes crean comunidades de juego en las que se juega, se viaja o se vive sin salir de casa. Las redes son tan versátiles y sus cabos llegan tan lejos que no caer en ellas sería difícil.

Está claro que las redes, pero, sobre todo, el ser como somos permite el gran juego de crear o ampliar nuestras vidas. En ellas se ríe, se aprende, se enseña, se encuentran la felicidad y el sufrimiento, la alegría y la pena, se ama y se odia... Pero, ojo, todo eso desde nuestro teclado y ante nuestra pantalla.

Yo que he trabajado muchos años en la radio sé de la fuerza de la comunicación incompleta, del poder evocador, que, para bien y para mal, tiene la comunicación incompleta. Sé de cómo las voces, las músicas, los ruidos y los silencios, siempre incompletos se recomponen en el cerebro de quien los recibe, reinventando personajes, paisajes y circunstancias.

Hasta aquí todo parecen virtudes de las redes. Y tienen muchas, algunas tan importantes como la capacidad de mover a la gente saltando el sórdido cerco que habían impuesto los medios siempre complacientes con el poder o, al menos, con su poder. El 15-M, sin ir más lejos. Pero pueden también llegar a ser muy peligrosos y, sobre todo, pueden hacer creer a alguien que su verdadera vida es esa, que no necesita otra, porque es cómoda y, aparentemente, fácil de controlar.

Sin embargo detrás de un comentario y de quien lo recibe hay seres humanos, con sus circunstancias, con sus razones y sus sentimientos. Y, a veces, una simple frase escrita quizá sin otra intención que la de ser un poco frívolo o gracioso, puede herir y ofender. Es sólo un ejemplo, pero todos vosotros sois capaces de imaginar otros muchos.

De vez en cuando es bueno salir a la calle y buscar a la gente en ella. De vez en cuando es bueno tocar y abrazar. Siempre es necesario hablar. Es mucho mejor que escribir. La voz encierra matices y revela sentimientos que en el "no papel" de una pantalla electrónica no se intuyen y lo que es peor, pueden llegar a malinterpretarse. Hay que mirarse a los ojos, hay que reírse y hay que llorar. Hay que tocarse, hay que olerse, hay que besarse, hay que lamerse.  Siempre es mejor compartir emociones que pegar emoticonos al pie de las frases.

En las redes hay vida, es verdad, pero es artificial. Gracias a esa vida artificial se puede enriquecer o descubrir la vida real, pero quedarse sólo en ella es como encerrarse en un invernadero, en el que las plantas crecen al abrigo del frío, pero crecen incompletas y frágiles y sus frutos no saben a nada.

Pulsar “me gusta” es muy fácil. Escribir juasssss, en vez de compartir una risa, también. Lo difícil es iluminar una mirada con una sonrisa o reír con toso sus matices hasta las lágrimas. En las redes hay vida, pero es artificial. Sal a buscar la real, con espinas, pero llena de aromas.
 
 

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viernes, 20 de enero de 2012

CASTRAR A UN TIGRE


Al FBI no le gusta la circulación libre de la información, Ya pasaba en tiempos de ese ser contradictorio y a menudo despreciable, Edgar Hoover, que, con la ley y el orden como excusa, anduvo, por ejemplo, husmeando la bragueta de Martin Luther King.
La poderosa Oficina Federal de Información acaba de cerrar Megaupload, uno de los portales de descargas en la red con mayor volumen de tráfico, y dicho cierre ha desatado de nuevo el debate larvado de un tiempo a esta parte sobre todo lo concerniente a la propiedad intelectual.
El cierre de Megaupload puede ser sólo el principio de una ofensiva mayor que lleve al cierre de instrumentos de comunicación tan importantes hoy día como Google o, por qué no, Youtube, Twitter o el mismo Facebook.
Resulta curioso que la razón aducida para el cierre es la de que los responsables del portal se lucraban con el tráfico de archivos generadores de derecho de autor. Yo me pregunto entonces para cuándo el cierre de Movistar, Orange, Vodafone y cualquier otro operador de telefonía que viven de la circulación de megas y megas de música, cine, literatura e información, pública o privada, por sus canales de distribución de Internet a cambio de importantes mensualidades.
Yo, que he tenido cerca y he sufrido el mal entendido negocio de la música, tengo que rebelarme contra este abuso que, de ir más allá o, simplemente, de no dar marcha atrás, nos llevará de nuevo a la tiranía de las discográficas que deciden qué debemos consumir, dónde y cuándo, cono ocurría no hace tanto, cuando los sobres, los favores y la cocaína tenían más que decir sobre éxitos o fracasos que el libre juicio de los consumidores de esos productos musicales.
Internet y todas las herramientas que han crecido y se han extendido en ella han roto el embudo a través del cual los propietarios de las industrias culturales decidían que autores publicaban, cuánto tiempo permanecían sus libros en los estantes o cuando quedaban descatalogados. Eso por no hablar de las fronteras que nos impedían conocer otras músicas, otras literaturas u otro cine.
El embudo ha dejado de serlo y, ahora, nadie o casi nadie decide qué debe gustarnos.
Los éxitos no los decide la cadena de turno y, en esencia, las obras de un autor o un músico consagrados tienen las mismas oportunidades en la red que la de un desconocido.
La música, la literatura y el cine han evolucionado en estos últimos años como no lo habían hecho nunca y ha sido gracias a la red y a que la red impide el control absoluto de la distribución. Si sigue adelante esta barbaridad, si se cierran los canales donde los usuarios cuelgan y retiran lo que quieren difundir o conocer, volveremos a las tinieblas. Eso, sin olvidar que esos espacios de libertad sirven también para que quienes carecen de ella puedan conquistarla.
A quienes ostentan el poder, que se parecen demasiado entre ellos, no le gustan los rugidos ni la agresividad del tigre. Por eso quieren castrarlo. Ahora bien, si lo hacen, lo que tendrán ya no será un tigre. Quizá lo que ocurre es que es precisamente eso lo que pretenden.

viernes, 2 de diciembre de 2011

BENDITAS REDES

Sí ¡benditas redes! Quién me iba a decir hace sólo unos años, cundo, como casi todos, vivía alegre y confiado en una sociedad aún más alegre y confiada, que ese "invento" de las redes sociales, creado por y para jóvenes, para al que atribuía -tics de viejo "progre" que todavía le persiguen a uno- toda una serie de perversaintenciones de control sobre la sociedad.
Qué equivocado estaba. No porque quienes lo persiguiesen no lo hayan intentado ni vayan a seguir intentándolo, sino porque la "herramienta" es tan simple y tan liviana que hace imposible su control absoluto y, mientras quede abierto un resquicio para la libertad, por él va a salir a borbotones.
La principal virtud de las redes sociales -yo uso facebook y lo uso con bastante intensidad, es que han doblado el mapa, convirtiéndolo en una bola de papel en el que todas las coordenadas coinciden en una, poniendo en contacto a quienes, en la realidad, están separados por miles de kilómetros y, centenares de escalones en la sociedad.
Lo bueno de esta nueva manera de comunicarse es que se extiende como y con la fuerza del agua, que cuando intentan frenarla se refuerza en la presa y rompe los muros con que quieran retenerla. Lo mejor es que, por más que intentemos maquillarnos y emboscarnos en ella, y todos lo hacemos un poco, al final acabamos por asomar fuera del disfraz o el escondite y aparecemos más desnudos y más ciertos de lo que pensábamos.
A mí, las redes me han devuelto amigos, me han permitidosegur sintiéndome útil, cuando "los que dicen saber" te apartan de un plumazo de tu trabajo, tus ilusiones y tus compañeros, y, sobre toso, me han regalado felices sorpresas que no era capaz de imaginar.
Y, cómo no, ha roto las puertas que los dueños del parchíshan pretendido poner al campo abierto de la cultura. Nunca hemos tenido mayor acceso que ahora a las ideas, la música, la literatura y el arte. Nunca la belleza ha estado, como ahora, en la punta de nuestros dedos, nunca la hemos tenido tan cerca y nunca ha sido tan nuestra.
A los jóvenes, en momentos en que ser joven es lo más difícil, les ha dado una tribuna para expresar sus angustias, para divertirse, para crear, reís y gritar. También, la lucidez para saber que también ellos tienen el derecho y el deber de intentar cambiar el mundo y la fuerza para hacerlo.
Por todo ello ¡benditas redes!

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