martes, 10 de abril de 2018

LA UNIVERSIDAD DEL PP


Vayan por delante mi agradecimiento y mi más sincera admiración al Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid por haber desplazado de los titulares y de las portadas todo lo relacionado con el procés y con ese juego perverso en que se está convirtiendo la formación de un gobierno legal y viable para Cataluña, puesta en libertad de Puigdemont incluida. Admiración y agradecimiento por haber conseguido lo que hace sólo tres semanas parecía imposible: escribir el guion de un culebrón que lo mismo interesa a catedráticos de universidad que a los viajeros del Metro o a quienes desayunan en los bares.
Pero no nos equivoquemos, este culebrón que nació casi con la primavera no es un raro accidente, no es sólo una anécdota, este culebrón consecuencia directa de cómo entienden en el Partido Popular la sociedad y el papel que en ella debe cumplir la universidad. Un papel que, a la vista de cómo han tratado a la universidad y los universitarios allá donde han gobernado y gobiernan, es bien distinto del que yo, alumno hace casi medio siglo y profesor durante seis años hace dos décadas, había pensado.
Mis padres, propietarios de un pequeño comercio, trabajaron toda su vida y requirieron de nuestro trabajo adolescente para dar carrera a cuatro hijos y lo consiguieron. 
Nosotros, mis hermanos y yo, con esos estudios, conseguimos ascender un escalón en la sociedad, un médico, dos periodistas, Miguel fallecido demasiado joven y muy brillante, y una farmacéutica. Con esas herramientas, salvo yo que preferí quedarme, pudimos salir del barrio en que crecimos y acceder a trabajos, cuando menos interesantes durante un tiempo. Y así, como nosotros, decenas de miles, si no centenares de ciudadanos como yo y mis hermanos pudimos alcanzar, al menos en parte, nuestros sueños, recompensando así el esfuerzo de nuestros padres.
En el PP, el de las cafeterías del barrio de Salamanca, esa universidad que nos dio títulos a mí y mis hermanos nunca gustó, porque se vio como una amenaza. De qué, como diría un castizo, el hijo de una portera podía llegar a ser tan abogado, tan cirujano, tan ingeniero o tan notario como los suyos. No digamos ya, de qué tenían que pagarles la carrera a esos que luego iban a tener delante en las gradas del Congreso o cualquier parlamento autonómico.
La cosa no podía seguir así. Con las becas, con las universidades cercanas, con los campus en la periferia de las grandes ciudades, a un viaje de autobús o un paseo, los títulos, las carreras, de sus hijos se estaban devaluando. Sólo pagando carísimas y prestigiosas universidades en el extranjero, y no todos podían, se marcaría la diferencia. Había que hacer algo y lo hicieron: dinamitaron el modelo de universidad del que yo, mis padres y mis vecinos estábamos tan orgullosos.
Por eso recortaron las becas, degradaron los títulos, partiendo las licenciaturas en grados y másteres, dejando los grados para la gran masa, sin posibilidades laborales y sin futuro, salvo que a esos grados se sumasen los másteres, caros y exclusivos, inasequibles para quienes no toman los domingos los pasteles de las confiterías de la calle Goya y sólo accesibles económicamente si se compatibilizan con un trabajo que difícilmente se encuentra. Una estrategia perfectamente calculada y perversa que, a las familias no tan pudientes, les ponía otra vez ante el viejo dilema de Cabrera Infante "Cine o Sardina", transformado en "comida de calidad, vacaciones y ropa nueva o carrera".
Dicho y hecho. Pero, por si fuera poco, había que adornar también los currículos, los nuevos escudos de armas, de los suyos con esos títulos de nueva creación, los másteres, sobre materias tan raras como exclusivas, a veces perfectamente inútiles, si no se está ya a bordo del autobús del poder. Másteres que, lo estamos viendo, se envolvían en papel de regalo o en celofán y, con lazos, se enviaban a la sede del partido y los organismos colonizados, sin molestias ni esfuerzo. Dicho y hecho, pero no sólo eso, porque, en los planes de la presunta inocente Cristina Cifuentes, estaba sacar adelante una nueva ley de universidades que posibilitaba la designación a dedo del profesorado, convirtiendo lo que ha sido nuestro sueño y uno de los grandes éxitos de la democracia española en un enorme Instituto de Derecho Público, en el que se fabrican títulos para los de siempre, abriendo otra vez la odiosa brecha académica del franquismo. Eso y no otra cosa es lo que significa para el PP la universidad, un foso, otro, que les separe de los de abajo, por muy inteligentes que sean, que, además, para algunos se convierte en negocio.

lunes, 9 de abril de 2018

SÓLO COREOGRAFÍA


A Cristina Cifuentes, colgada como estaba de la brocha de su máster mentiroso, sólo le quedaba una salida, la de peregrinar a ese Lourdes particular y sevillano, coreografiado a imagen y semejanza de tantos y tantos otros Lourdes "made in Correa, made in Gürtel", con los que, el PP capeaba temporales y recuperaba aliento y brillo en otros tiempos.
El viernes, hace sólo tres días, dejamos a Cifuentes bajo mínimos. Nadie daba un duro por ella y, si no lo daba, era porque, una a una, todas sus excusas, todas sus mentiras, se habían ido desmontando mediante evidencias y, sobre todo, gracias a la dignidad recuperada tardíamente por la profesora Gómez de los Mozos que, entre lágrimas, echó por tierra la coartada que sus "jefes", está por ver cuántos y quiénes, habían fabricado para Cristina Cifuentes y su presunta inocencia.
Al menos eso creíamos quienes no estábamos al tanto de las negociaciones que, entre bambalinas, estaba llevando a cabo la todavía presidenta madrileña con el todavía presidente del Gobierno y del PP, negociaciones en las que, con mucho tiento y mesura, se pactaron las presencias, las menciones, los abrazos y los aplausos del fin de semana. También lo creíamos quienes no estábamos al tanto de la "contravigilancia" emprendida por el PP y los suyos, repasando los expedientes académicos de sus adversarios, repasando currículos, mirando títulos del revés y del derecho, escudriñando, en fin, el infinito, a la búsqueda de falsedades y maquillaje con las que atenuar la gravedad de todos los pasos tan torpemente dados por Cifuentes.
El trabajo ha debido ser arduo pero, al final, ha dado resultado, porque un redactor de EL MUNDO, traicionando la confianza que en él había depositado, señaló a un profesor de la Universidad Rey Juan Carlos como la "garganta profunda" que reveló a diario.es los pormenores de la fraudulenta obtención del máster de Cifuentes, y lo señaló como señalan a los autores de una travesura los niños deseosos de "chivarse" de sus compañeros, sin dar su nombre, aunque sí la inicial de su apellido, su estatus y la "reveladora" circunstancia de su militancia socialista.
A este clavo, calentado a soplete por la prensa amiga, se han agarrado Cifuentes y su partido, para, en su más rancio estilo, descubrir tramas y conspiraciones y para acusar al PSOE y sus dirigentes de usar esa información en beneficio propio más depurado, convirtiendo a este profesor en el único culpable, con la connivencia, eso sí, de los dirigentes de su partido, del escándalo que nos ocupa, algo así como culpar a los periodistas Woodward y Bernstein, redactores del Washington Post, junto a su fuente, el funcionario que se hacía llamar "garganta profunda", en culpables de la dimisión de Richard Nixon, el presidente que mandó a una panda de mafiosos a reventar y registrar, en el edificio Watergate las oficinas electorales del Partido Demócrata.
Pues, ni cortos ni perezosos es eso lo que han hecho, no sin antes elaborar una alambicada fórmula para describir las fechorías de Cristina Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos: "se matriculó, cursó y obtuvo el máster". Una fórmula en la que no se habla de plazos, de asistencia, de exámenes ni de trabajos, mucho menos de tribunales inexistentes, una fórmula empleada ya por todos los que se dignaron hablar del asunto, desde la misma Cifuentes al sibilino Núñez Feijoo, gallego en su máxima expresión.
No es de extrañar que, el domingo, la presidenta madrileña, una mueca el viernes de la mueca que ya de por sí es, el domingo, tras los aplausos, los besos y las informaciones sesgadas de EL MUNDO, se transformase en la mujer sonriente y juguetona que se permite esfumarse entre la nube de periodistas, no con la cara de acelga de días anteriores sino con la mejor de sus sonrisas.
Cifuentes necesitaba un milagro, si no para salvar su carrera, sí para mantenerse un poco más en el despacho de la Puerta del Sol, y el milagro acabó por materializarse convenientemente fabricado y coreografiado desde las cloacas y la sala de máquinas de su partido. Aun así, no hay que olvidar que tan ágil, escurridiza y ambiciosa señora tiene, esta mañana y hasta las doce, otro máster que aprobar: el que, en contra de su opinión, pero forzada por Ciudadanos, la colocará ante una comisión de investigación en la Asamblea de Madrid en la que, no lo dudéis, por más coreografía y aplausos que medien, la pondrán, a ella y a su máster, como chupa de dómine.

viernes, 6 de abril de 2018

LOS PELOS DE PUNTA


El de hoy está siendo uno de esos días en que me da pánico que la radio despertador se conecte y comience a contarme lo estúpida, lo mentirosa y lo despreciable que es la mayor parte de la clase política de este país, capaz de enredarse en dimes y diretes, versiones y más versiones de una verdad que, casi por definición, sólo puede ser una, olvidando, y eso sí que es grave, los problemas reales de la gente que cada cuatro años confía o se resigna a confiar en ellos y, con sus impuestos y su esfuerzo, paga sus sueldos.
La de ayer fue una tarde digna, más que del camarote de los Hermanos Marx, de alguna comedia de los Monty Python, porque, si en casi todo el cine de Terry Gillian abundan el ridículo y los personajes "pasmaos", como el rey de Torrente, en la política española, de ridículos y pasmados vamos más que sobrados.
No quiero ni imaginar la reacción del gobierno español, especialmente la de su ministro de Justicia, Rafael Catalá, ocupado durante toda la mañana de defender la honestidad de la presunta inocente Cristina Cifuentes, cuando se enteraron, se enteró, de que el tribunal del pequeño estado alemán en que fue detenido el fugitivo Puigdemont rechaza el delito de rebelión incluido en la euroorden con la que se pretendía su extradición. Los imagino como en un hormiguero recién pisoteado, empeñados en la evaluación de los daños y la reconstrucción de las galerías, si es que aún es posible, correteando de despacho en despacho, de teléfono en teléfono, en una escena parecida a la que tantas veces he vivido en la redacción de la SER, cuando, ante algunos acontecimientos, anteponía la cantidad a la eficacia y la calidad.
A estas horas, de confirmarse el pronóstico de la mayoría de juristas a quienes he podido escuchar, la ofensiva judicial del gobierno contra los líderes del soberanismo se habrá desmoronado, porque, si la justicia alemana entrega al detenido y lo hace sólo por el delito de extradición, no sólo quedará en libertad tras ser presentado ante el juez español, Llarena por más señas, sino que éste se verá obligado por coherencia a poner en libertad a “los jordis”, Junqueras y el resto de encarcelados. Todo un vuelco que obligará a los unos, los políticos catalanes, soberanistas o no, y a los otros, Rajoy, pero no sólo Rajoy, a ponerse a trabajar, a dejarse de bravuconadas y trampas y hacer, por fin, eso para lo que les pagamos: política.
Lo peor de todo es que, casi al mismo tiempo y ante la evidencia de que el máster que presuntamente consiguió la presidenta de la Comunidad de Madrid y también presunta inocente Cristina Cifuentes, de haber existido, debe estar perdido en el orinal en el que la cúpula de la Universidad Rey Juan Carlos vacía su dignidad, flotando entre mentiras, coacciones y servilismos.
Ni veinticuatro horas le ha durado a la presidenta, la tranquilidad. Una tarde y una mañana, lo justo para que la presidenta del inexistente tribunal que evaluó su improbable trabajo se desmoronase ante los investigadores de la causa en la universidad y confesase que ni presidió tal tribunal ni firmó el acta exhibida por Cifuentes. Y lo hizo ella, con plaza en propiedad, mientras sus dos compañeras, sin esa plaza en propiedad, se ausentaron con la excusa de una depresión sobrevenida.
Hoy, hace apenas dos horas, ha sido el propio director del máster, el catedrático Enrique Álvarez Conde, ha reconocido ante los micrófonos de Onda Cero que fabricó el acta en cuestión por orden del rector, el de aquella ridícula rueda de prensa que "todo lo aclaraba" y que tuvo sólo tres horas para hacerlo, "reconstruirla" en palabras suyas.
No sé en qué acabarán una y otra historia. En ambas Ciudadanos juega un papel importante, porque que Cifuentes se vaya a su casa de la calle Malasaña depende se sus diputados en la Asamblea de Madrid y que se desbloquee la política catalana tiene también que ver con que acaben los vetos y las intransigencias de los soberanistas, pero, también, de Arrimada y los suyos.
Mientras tanto, yo, aquí, temiendo encender la radio y con los pelos de punta.

jueves, 5 de abril de 2018

MAQUILLAJE DOCUMENTAL


Ayer, Cristina Cifuentes, como la rubia profesional que dice ser, acudió a la Asamblea de Madrid, a la que, aunque parezca tener dudas, debe el respeto que no mostró, luciendo uno de sus muchísimos  modelitos, con su pelo, pobre y castigado por el tinte, de rata, que diría mi madre, recogido en una coleta de esas que dan dolor de cabeza, con unos largos pendientes hipnotizantes, los ojos, chiquitines, con las pestañas más que resaltadas, sobrecargadas, la boca requetepintada y nada discreta, al igual que las uñas de esas manos que acabarían sujetando no uno ni dos ni tres, sino bastantes más, documentos que creía salvadores,  se presentó, en fin, mitad Caperucita, mitad Cruella. para tratar de pasar con bien el examen de todos los torpes pasos que, desde que se supo de la manipulación de las notas de su máster.
Además, del maquillaje y de su impostación, primero como víctima y como agresiva y vociferante verdulera, con perdón de las señoras con tan noble oficio, después, además de esta teatralización a la que traicionó la soberbia, insisto, la señora Cifuentes recurrió a la exhibición de toda una serie de papeles, presuntamente oficiales y compulsados unos, sacados de los buzones del correo electrónico de profesores, alumnos y funcionarios, supongo que afines, otros, con el fin de maquillar o intentarlo al menos, su caótico y quizá virtual paso por la Universidad Rey Juan Carlos.  
Lo intentó pero, al menos en mi opinión y la de muchos, no lo consiguió, porque, pese a la claque que, como un solo hombre, aplaudía a la señal correspondientes los pasajes oportunamente señalados de su discurso, la exhibición de papeles insignificantes, algunos con la tinta aún fresca, a esa distancia y sin otro aval que el de quienes, estando bajo sospecha, los han puesto en sus manos, no aclaró nada, salvo el merdé en que se ha convertido una universidad nacida de parte, para calmar los celos que la progresista Carlos III produjo en el PP. Poco más que eso consiguió, eso y bajarle los pantalones a la cúpula de la Rey Juan Carlos, que, hasta que no esclarezca y depure lo que ha pasado, paseará sus vergüenzas ante el mundo académico.
Sin embargo, la comparecencia de la presidente ante el pleno de la Asamblea sirvió también para que nos enterásemos de lo poquito que vale el portavoz del Grupo Popular, Enrique Osorio, incapaz de nada que no fuese el "y tú más", con el aspersor de mierda a tope, de lo que aún le impone al inequívocamente honrado Ángel Gabilondo leer un discurso ante el pleno, de lo previsible de la portavoz de Podemos y, sobre todo, de las dos caras de Ciudadanos, capaz de ladrar a la presidenta con un discurso sólido y bien expuesto, mientras le menea el rabo, alargando en el tiempo su caída al proponer una comisión de investigación tan lejana como inútil.  Para eso y para escuchar, en una cámara habitualmente tan chabacana, estas palabras de Rousseau tan apropiadas para el momento: "las mentiras no sólo se contradicen con la verdad sino que, cuando son muchas, se contradicen entre sí"
De eso fue el pleno de ayer, de maquillaje, de cómo esconder las miserias de unos y otros, de cómo parecer más alto y más guapo de lo que en realidad se es. de cómo invocar el interés público y la decencia, mientras se busca en las cloacas de una universidad un título que se desprecia a cambio de nada, porque, salvo que Cifuentes sea capaz de probar lo contrario, a su máster, sin asistencia a clase, sin exámenes, sin trabajo final, sólo le faltó haberlo comprado y recibido por Amazon.
Maquillaje y más maquillaje para esconder el rostro de la verdad, aunque conviene no olvidar que también se maquillan los cadáveres.

miércoles, 4 de abril de 2018

TORPE, TORPE, MUY TORPE


A estas alturas del escándalo creado por el dudoso máster obtenido por Cristina Cifuentes, me pregunto qué puede llevar a quién ocupa la cúpula del poder político en Madrid a enfangarse de la manera que lo ha hecho la presidenta madrileña. No lo sé ni me lo puedo imaginar, quizá es una cuestión de diván para psicólogos, pero, la verdad, a mi corto entender ese máster en algo que, a quien ha presidido el gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, debiera dársele por supuesto o por convalidado. Quizá sea como los pendientes que llaman desde un escaparate o el último modelo exhibido en el concesionario de una marca automovilística de lujo. Lo cierto es que el broche que Cristina Cifuentes ha querido poner a su currículum, más que broche ha sido un desgarro o, en todo caso, un borrón imposible ya de blanquear.
Esta tarde, a las cuatro y media y a regañadientes, Cristina Cifuentes tiene la difícil misión, imposible diría yo, de lavar su nombre, su prestigio y, de paso, el de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, creada a imagen y semejanza del Partido Popular, considerada por algunos como refugio y fábrica de títulos para los militantes del partido.
En primer lugar, Cifuentes tendría que explicar por qué a ella, que está al frente de la administración autonómica madrileña le está resultando tan difícil hasta ahora presentar la documentación oficial, no fotocopias o descargas sin compulsar, que acredite la formación que dice haber recibido y está por ver si algún día lo consigue.
A lo largo de estas dos semanas hemos centrado nuestra atención en el desaparecido trabajo fin de máster, un hecho gravísimo, si es que como parece nunca existió, para, poco a poco, caer, de la mano de los autores de la información de eldiario.es en otros detalles que, no sólo no aclaran lo ocurrido, sino que abren nuevas incógnitas, tan graves o más que las ya abiertas, preguntas que revelan trampas de unos y otros que afectan, no ya al prestigio de Cifuentes, sino, de paso, al de la Universidad Rey Juan Carlos, incapaz de resolver por sí sola el embrollo, sino el futuro laboral y penal de quienes, todo indica que así ha sido, han ayudado a "fabricar" este máster fantasma de la tan dicharachera y "rubia" dirigente del PP madrileño.
Hoy ha sido El Confidencial, tomando el relevo a eldiario.es, quien ha revelado un escalofriante dato: dos de las tres firmas que figuran al pie de la presunta acta exhibida por Cifuentes horas después de que se hiciese público el escándalo, acta que acreditaría la reunión en la que se evaluó a Cifuentes, son falsas, Por si fuera poco, también se sabe de una reunión en un despacho de abogados, entre las dos profesoras a quienes se falsificó la firma y un tercer profesor para elaborar una única versión de los hechos, algo lógico, porque, de confirmarse lo publicado por El Confidencial, el futuro académico y quién sabe si penal de los implicados estaría en juego.
Lo que está claro es que, desde que, tras una vergonzante campaña de la prensa de la derecha Leguina perdió el gobierno de la Comunidad de Madrid, parece que un gafe ha caído sobre quienes ocuparon su despacho, incluido Rafael Simancas que ni tan siquiera llegó a pisarlo. El resto, Ruiz Gallardón, Esperanza Aguirre, Ignacio González y, ahora, Cristina Cifuentes han acabado o van a acabar muy mal por culpa de los escándalos y la justicia.
Cifuentes podría haber acabado su mandato con mayores o menores dificultades, pero la aparición de este escándalo del máster y, sobre todo, su inútil defensa, sus trampas, su silencio y, por qué callarlo, su chulería, van camino de acabar con su carrera política, con el futuro que estaba preparándose en la docencia universitaria, porque quién va a dejarse examinar por un personaje así, con el prestigio de la Universidad Rey Juan Carlos, con el de su consejero de Educación, incapaz de explicar con solvencia lo ocurrido y con la carrera de más de un profesor y más de un funcionario que han faltado a su sagrado deber de custodia de verdades y documentos que son de todos.
Cristina Cifuentes, tan lista que se cree y tan soberbia que se muestra, ha sido torpe, torpe, muy torpe.

martes, 3 de abril de 2018

ENCEFALOGRAMA PLANO


El PP se comporta desde hace meses como esos viejos boxeadores pasados de años y de kilos que se mueven en el ring más por oficio y gestos aprendidos que conscientes del rival que tienen enfrente, y no parece que, desde luego, que esa sea la mejor estrategia ahora que tiene enfrente, no a su enemigo de siempre, del que tiene aprendidos los golpes y la esgrima, sino a tres o cuatro al mismo tiempo, con otro ritmo y otros estilos, a los que ni tan siquiera es capaz de medir la distancia.
Lo que parece claro es que, en algún momento de ese combate tan desigual, más, acostumbrado como estaba a la lucha fácil, al PP le han "arreado" un guantazo en condiciones o quizá más de uno que han hecho bailar su cerebro, con sus recuerdos y experiencias, dentro del cráneo, alterando las señales que recibe del exterior y entorpeciendo, si no confundiendo, las reacciones que debiera tener.
Qué es, si no la reacción confusa de un boxeador sonado la propuesta hecha ayer por el vicesecretario de política social y sectorial del PP, Javier Maroto, que en su comparecencia de ayer lanzó sus puños de forma alocada y completamente inútil contra todo lo que se movía, en una intervención absurda y desenfocada que en nada beneficia a su partido. Maroto tuvo, por ejemplo, la brillante idea de pedir al PSOE que le prestase el voto de cinco de sus diputados, los mismos que le niega el PNV, para aprobar los que, con un descaro de proporciones bíblicas, calificó como "los presupuestos más sociales de la historia de la democracia" el trampeado proyecto que pretende presentar al Congreso, si es que al fin es capaz de encontrar los cinco votos que complementen el apoyo que sus parientes ideológicos de Ciudadanos ya le han garantizado.
Hace falta estar mal, o despistado, para llegar a pensar, por mucho que haya cinco o más diputados socialistas dispuestos a hacerlo, que el PSOE vaya a darle la llave para aprobar estos presupuestos que, por más que se empeñe Maroto, no hacen otra cosa que consagrar la injusticia en el reparto de la recuperación, en el que, salvo el caramelo bien ganado por los pensionistas levantados en las calle, da alas al beneficio de multinacionales y grandes propietarios, olvidándose de quienes lo perdieron todo o casi todo a consecuencia de la crisis.
Por si fuera poco, el torpe vicesecretario de política "social" y sectorial del PP no perdió la ocasión para, a propósito del anuncio de su próxima paternidad / maternidad, arremeter contra Pablo Iglesias e Irene Montero, a los que acusó de controlar como pareja un partido que nació con idea de asamblea, como si en el PP no hubiese en su partido casos flagrantes de nepotismo, compadreo y no sé cuántas aberraciones democráticas más. 
En fin y al margen del culebrón de Cifuentes y su máster y las consecuencias que podría tener su comparecencia mañana en la Asamblea de Madrid, si lo de ayer es lo mejor que puede subir al ring el Partido Popular, más le vale tirar la toalla y dejar el combate para restañar sus heridas y, sobre todo, hacerse mirar a conciencia, porque el encefalograma que presenta es ahora más bien plano.

lunes, 2 de abril de 2018

SÉ TODOS LOS CUENTOS


Lo escribió León Felipe, poeta maltratado por unos y por otros, lo escribió hace muchos años como reproche y advertencia, pero sigue siendo válido, sigue estando vigente: "Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto". Y lo que ha visto el poeta, lo que todos, si dejamos de lado el egoísmo y la ceguera que antes o después nos inoculan, como a ruiseñores a los que se ciega cruelmente para adornar con su canto la soberbia del amo, es que nos callan, nos ahogan, nos duermen y nos entierran con cuentos.
A los españoles nos toca ahora bracear y tomar aire para sobrevivir en el torbellino en que se ha convertido el sumidero de los "años Rajoy", años que los jardineros desalmados subcontratados por la Unión Europea han arreglado el jardín español, podando nuestro bienestar, nuestro futuro y nuestra felicidad, para acomodarlo a los gustos y necesidades del gran capital, verdadero líder europeo.
Nos han contado siempre los mismos cuentos. El del patriotismo, por ejemplo, repetido una y otra vez a los dos lados del Ebro, cuando deberíamos saber, los de aquí y los de allá, que el patriotismo no es más que otro cuento, con distintos protagonistas, en distintas lenguas, que nos cuentan los ricos, los poderosos, para que el resto, los demás, las víctimas de ésta y otras crisis, defendamos con nuestras lágrimas y nuestra sangre sus riquezas.
Siempre nos cuentan los mismos cuentos y no debemos creerles, porque es más lo que tienen en común un obrero de la SEAT o un jornalero andaluz, Rajoy o Puigdemont, que lo que une a ese obrero o ese jornalero con el ex president encarcelado o con el gallego impasible. Nos distraen con los cuentos de héroes, cristos y banderas, mientras meten sus manos en nuestros bolsillos para, con sus triquiñuelas, quedarse con lo que es nuestro.
Hace menos de una semana, Los de Albert Rivera y los de Rajoy competían por llevarse al agua el gato de esos mágicos presupuestos, en los que, con rebajas fiscales increíbles, con menos impuestos y con menos españoles pagándolos, se iba a repartir más riqueza, se iban a fomentar la natalidad, la conciliación y no sé cuántas cosas más.
Se nos dijo también con firmeza, nos lo dijo ella, sin rubor y casi de madrugada, que lo del máster de Cristina Cifuentes era una cacería, porque la presidenta madrileña, que debe tener el don de la ubicuidad, había ido a clase, había hecho los exámenes y los trabajos y tenía papeles para acreditarlo.
Pero las mentiras tienen las patas muy cortas y ésta es la hora en que la presunta inocente que preside la Comunidad de Madrid aún no ha presentado nada y quien ha tenido el tiempo y la paciencia necesarios para estudiarlos ha podido comprobar que, en los presupuestos aún por aprobar n hay magia alguna sino falacias y muchos "quítame de aquí para ponerme allá", siempre en perjuicio de los de abajo y a favor de los de arriba, porque ellos, el gobierno y los de arriba tienen y , si no hacemos algo, seguirán teniendo muy claro que lo suyo es sólo de ellos y lo de los demás, de todos.
Tenemos que aprender, de una vez por todas, que, cuando nos dicen a bombo y platillo que nos bajan los impuestos, aún a costa de aumentar el déficit, si es que tal rebaja es efectiva, lo hacen para justificar que se los bajan, esta vez sí, de manera efectiva a sus amigos los ricos, sean los de la casa de Alba o multinacionales.
Que no nos engañen otra vez, ya lo han hecho muchas veces, Por eso, aprendamos la lección del poeta que hace ya mucho escribió "Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos... y sé todos los cuentos".