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jueves, 21 de junio de 2018

NIÑOS


Quienes hemos tenido la fortuna de ser padres sabemos de sobra que los hijos son la parte no más débil, pero sí la más sensible, de nuestro cuerpo. Sabemos que la paternidad y la maternidad nos vuelven más cobardes, o más prudentes, como prefiráis, entre otras cosas, porque nos cuesta creer que esos niños que a veces no entendemos o no nos entienden serían incapaces de arreglárselas solos, sin nosotros. Una idea un tanto soberbia por nuestra parte, los niños son capaces de soportar lo que ni siquiera imaginamos, pero nosotros no, nosotros podemos volvernos locos si los niños enferman o nos faltan, nos volvernos locos sólo por no saber de ellos. Por nuestros hijos, por nuestros niños, somos capaces de hacer o dejar de hacer cosas impensables.

Por eso Trump, ese animal vestido de traje que recibe a reyes y presidentes, tiranos o no, ese horrendo ser que se abraza a la bandera como un niño se abraza a las rodillas de su padre para no dejarle ir, se sirve del llanto de niños separados de sus padres en la frontera sur de los Estados Unidos para asustar a otros padres que probablemente están pensando en cruzarla para dar a sus hijos una vida mejor que la que tienen o, simplemente, para ponerles a salvo de la muerte que galopa a su antojo en su tierra.
Esas imágenes que han dado la vuelta al mundo y que, finalmente, han obligado al energúmeno de la Casa Blanca a volver sobre sus pasos no tienen un origen muy claro. Hay quien dice que se grabaron en tiempos de Obama, el Zapatero de turno al que cargar con la culpa de todo en los Estados Unidos de Trump, y quizá sea cierto, aunque lo que importa es saber quién y para qué las ha difundido, quién ha buscado con ellas llenar de congoja el pecho de los padres y madres a punto de adentrarse en el desierto o de echarse al agua para poner pie en los Estados Unidos.
Podría ser que hubiese sido la propia Casa Blanca o sus genios de la comunicación, buscando frenar con ellas las intenciones de quienes esperan al otro lado de la frontera, o podrían haber sido quienes velan por los derechos de los migrantes, para avergonzar a quienes se creen con derecho a todo sobre todos. Da igual quien haya sido. Lo que importa es que, viéndolas, hemos sentido algo indescriptible en el pecho, un nudo en la garganta que nos ha devuelto a esa noche en que, siendo niños, solos en la oscuridad creímos estar solos y perdidos y gritamos desconsolados llamando a nuestros padres.
Ya digo que no sé qué buscaba quien difundió las terribles, insoportables, imágenes, pero lo que sé de sobra es que, si lo que pretendían era atar con miedo a los posibles migrantes, el resultado ha sido el de mostrarnos el hielo que se esconde en el corazón, si es que lo tienen, de quienes dicen defender la ley y el bien común.
Pero no nos engañemos, no hay que irse a la frontera de Tejas para comprobarlo. Basta con acercarse a cualquiera de las playas o puertos a as que llegan pateras cargadas de niños con o sin sus padres y ver como, una vez atendidos por las ONG, el siguiente paso es la desconfianza y, si es posible, la repatriación sin garantías al país de origen, sea lo que sea lo que les espere allí. A veces, incluso, basta con asomarse al barrio, al colegio público de al lado, para comprobar el calor insoportable que los niños soportan en sus aulas, un calor que recuerdo sofocante y soporífero en las clases a primera hora de la tarde y que al portavoz del PP en la Asamblea de Madrid no le parece tan importante como para justificar la instalación de aire acondicionado en las aulas, porque dice "ocurre una vez cada veinte años".
Se nota que Enrique Osorio o no tiene hijos en edad escolar o, si los tiene, estudian en un buen colegio privado, fresquito y refrigerado, con sombras en los patios. Se nota que en su casa o en su despacho de la Asamblea de Madrid no falta el aire acondicionado, aunque puede ser que el calor le recuerde a su Badajoz natal y le guste. En cuanto a lo del calor cada veinte años, se ve que no se acuerda del patán Rafael Sánchez Matos, consejero de Sanidad de Madrid por entonces, para más señas, que recomendó el “dobla, dobla y dobla”, hasta hacer el abanico para combatir el calor en las aulas y, de paso, hacer terapia ocupacional. Ambos coincidieron en el gobierno madrileño y eso no fue hace veinte años.
En cualquier caso, parece mentira que ignoremos de esa manera el bienestar de los niños que no son nuestros, sin pensar que el futuro no es nuestro sino de ellos y que, de donde les pongamos y como les tratemos, dependerá lo que sean, para bien o para mal.

jueves, 5 de abril de 2018

MAQUILLAJE DOCUMENTAL


Ayer, Cristina Cifuentes, como la rubia profesional que dice ser, acudió a la Asamblea de Madrid, a la que, aunque parezca tener dudas, debe el respeto que no mostró, luciendo uno de sus muchísimos  modelitos, con su pelo, pobre y castigado por el tinte, de rata, que diría mi madre, recogido en una coleta de esas que dan dolor de cabeza, con unos largos pendientes hipnotizantes, los ojos, chiquitines, con las pestañas más que resaltadas, sobrecargadas, la boca requetepintada y nada discreta, al igual que las uñas de esas manos que acabarían sujetando no uno ni dos ni tres, sino bastantes más, documentos que creía salvadores,  se presentó, en fin, mitad Caperucita, mitad Cruella. para tratar de pasar con bien el examen de todos los torpes pasos que, desde que se supo de la manipulación de las notas de su máster.
Además, del maquillaje y de su impostación, primero como víctima y como agresiva y vociferante verdulera, con perdón de las señoras con tan noble oficio, después, además de esta teatralización a la que traicionó la soberbia, insisto, la señora Cifuentes recurrió a la exhibición de toda una serie de papeles, presuntamente oficiales y compulsados unos, sacados de los buzones del correo electrónico de profesores, alumnos y funcionarios, supongo que afines, otros, con el fin de maquillar o intentarlo al menos, su caótico y quizá virtual paso por la Universidad Rey Juan Carlos.  
Lo intentó pero, al menos en mi opinión y la de muchos, no lo consiguió, porque, pese a la claque que, como un solo hombre, aplaudía a la señal correspondientes los pasajes oportunamente señalados de su discurso, la exhibición de papeles insignificantes, algunos con la tinta aún fresca, a esa distancia y sin otro aval que el de quienes, estando bajo sospecha, los han puesto en sus manos, no aclaró nada, salvo el merdé en que se ha convertido una universidad nacida de parte, para calmar los celos que la progresista Carlos III produjo en el PP. Poco más que eso consiguió, eso y bajarle los pantalones a la cúpula de la Rey Juan Carlos, que, hasta que no esclarezca y depure lo que ha pasado, paseará sus vergüenzas ante el mundo académico.
Sin embargo, la comparecencia de la presidente ante el pleno de la Asamblea sirvió también para que nos enterásemos de lo poquito que vale el portavoz del Grupo Popular, Enrique Osorio, incapaz de nada que no fuese el "y tú más", con el aspersor de mierda a tope, de lo que aún le impone al inequívocamente honrado Ángel Gabilondo leer un discurso ante el pleno, de lo previsible de la portavoz de Podemos y, sobre todo, de las dos caras de Ciudadanos, capaz de ladrar a la presidenta con un discurso sólido y bien expuesto, mientras le menea el rabo, alargando en el tiempo su caída al proponer una comisión de investigación tan lejana como inútil.  Para eso y para escuchar, en una cámara habitualmente tan chabacana, estas palabras de Rousseau tan apropiadas para el momento: "las mentiras no sólo se contradicen con la verdad sino que, cuando son muchas, se contradicen entre sí"
De eso fue el pleno de ayer, de maquillaje, de cómo esconder las miserias de unos y otros, de cómo parecer más alto y más guapo de lo que en realidad se es. de cómo invocar el interés público y la decencia, mientras se busca en las cloacas de una universidad un título que se desprecia a cambio de nada, porque, salvo que Cifuentes sea capaz de probar lo contrario, a su máster, sin asistencia a clase, sin exámenes, sin trabajo final, sólo le faltó haberlo comprado y recibido por Amazon.
Maquillaje y más maquillaje para esconder el rostro de la verdad, aunque conviene no olvidar que también se maquillan los cadáveres.