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martes, 17 de abril de 2018

CIFUENTES, CON "CI" DE CINISMO


¿Se puede renunciar a lo que no se tiene? ¿Se puede devolver como si nada lo que se ha comprado a un perista? ¿Se puede recoger una medalla en una maratón después de haberse incorporado a la carrera en la última curva, fresco como una rosa? Al parecer, Cristina Cifuentes así lo cree y, cada día que pasa, se empeña en demostrárnoslo.
La todavía presidenta presidenta de la Comunidad, sólo porque el PP de Mariano Rajoy así lo quiere, sigue empeñada en demostrarnos que su cinismo no tiene límites y que tiene pánico a que sus faltas, sus pecados se vean en los juzgados. Ha bastado que el rector de la Rey Juan Carlos anuncie primero y consagre después en una Tribuna de EL PAÍS que se le retirará el polémico máster si los tribunales determinan que ha habido irregularidades en su obtención, para que, en una carta dirigida al rector se permita anunciar que renuncia a ese título y que su falta ha sido la de acceder a las facilidades que se le dieron para obtenerlo.
Hace falta tener descaro o mucho morro, como se dice en mi barrio, para pretender resolver con una simple carta esta polémica, de las más largas y con mayores consecuencias que ha vivido la política de este país, Hace falta tener mucho morro para creer que se puede seguir así, como si nada, después de haber mentido un día y al siguiente, en "las redes" o en sede parlamentaria, en la convención de su partido o en entrevistas amigas, nunca en rueda de prensa. Hace falta ser algo más que inmoral para pretender salir sin daño, después de haber dejado en las cunetas de su camino de perdición la carrera de tantos funcionarios y el prestigio de toda universidad.
Hace falta, sin duda, pero todas esas "cualidades" de Cifuentes que acabo de enumerar no bastarían si Rajoy, especialista en momificar los cadáveres de tantos muertos vivientes como hay en su partido, no hubiese tomado la decisión de darle refugio en su armario, hasta que el hedor de sus fechorías hiciese insoportable su vecindad. 
Cristina Cifuentes ha demostrado de sobra su amoralidad, anunciando querellas insostenibles para dar credibilidad a sus mentiras o exhibiendo públicamente documentos falsificados, reconstruidos dijo el director del susodicho máster, que supuestamente certificaban su defensa de un trabajo fin de máster que, ni en sueños se había producido, entre otras cosas, porque ese trabajo nunca apareció ni en sus archivos ni en los de la universidad, porque difícilmente existió. Cristina Cifuentes ha demostrado no tener el más mínimo respeto por el esfuerzo de sus compañeros ni por el de los miles y miles de universitarios que, trabajando para poder mantenerse y pagar sus matrículas, robando horas al sueño y al ocio, "cursan", ellos sí, unos estudios que, ahora, gracias a las trapacerías y mentiras de Cifuentes se han visto devaluados y arrastrados por el barro.
Cristina Cifuentes, con "ci" de cinismo, dice renunciar a un título que despreció desde la tribuna de la Asamblea de Madrid y que, si lo tuvo, fue porque lo compró con dinero y con favores. Ahora, recogerá el aplauso de sus compañeros de partido que, confundiendo la honradez con el aplomo temerario, se limitan a esperar, como en la Edad Media, el veredicto de un dios inexistente, Rajoy, rodeado de los despojos de su apática política. Lo malo, lo peor, es que estas estratagemas de Cifuentes y su partido van a surtir el efecto deseado con bastantes de sus votantes que serán capaces de ver en esta villana una heroína llena de dignidad que renuncia a lo que es suyo para no hacer más daño a su partido. Lo dicho, Cifuentes con "ci" de cinismo, lo que se merecen y, al parecer, admiran sus votantes.

viernes, 13 de abril de 2018

TITULITIS


Vaya por delante que no creo en los currículos, que, si me apuran, no creo en los títulos, quizá porque mi profesión, el periodismo, es poco más que un oficio que se aprende trabajando día a día, un oficio en el que los títulos, especialmente el de Periodismo, poco o nada garantizan. De hecho, yo, que lo he ejercido durante más de tres décadas, pese a que enseñe periodismo en la universidad, no tengo la licenciatura en Periodismo sino en Imagen Visual y Auditiva.
No creo en los en los currículos, tampoco en algunos títulos, quizá también porque con currículos tan extensos y brillantes como los de Cristina Cifuentes o Pablo Casado hay jóvenes repartiendo pizzas, preparando hamburguesas, sirviendo copas o preparando oposiciones, no por falta de brillantez, sino porque no tienen o en su día no tuvieron el carné de partido o el padrino apropiados.
Recuerdo que, a mis alumnos de Periodismo, alguno lo recordará también, les desconcertaba saber que, de ninguno de los compañeros que he tenido en mis años de profesión, he sabido cómo era de brillante su expediente académico. No me interesaba, a mis jefes tampoco, bastaba con saber cómo conseguían las informaciones, cómo la elaboraban, cómo la escribían y cómo la ponían en antena.
Todo esto me viene a la cabeza, porque en mi comida de los viernes, una especie de tertulia para pasarlo bien, en la que cada uno es ·de su padre y de su madre", surgió hace una semana el asunto del máster de la cada vez menos presunta inocente Cristina Cifuentes y, de paso, el de eso que llamamos la "preparación" que deben tener los políticos y que, curiosamente, fuimos los licenciados quienes más en duda pusimos que fuese necesaria, quizá porque llevamos a cuestas la experiencia de haber sentido en el mundo laboral, en nuestra primera redacción, la decepción de comprobar lo poco y mal preparados para ejercer esa "profesión" para la que supuestamente estábamos capacitados.
Mi abuelo decía que, para hacer cualquier cosa, reparar un reloj, por ejemplo, el mejor es siempre "un pastor que sepa", pues en la mayoría de las actividades ocurre lo mismo y en la política, además, que sepa y que sea honrado. De que nos sirve a los ciudadanos que nuestros gobernantes saquen brillo cada mañana a sus currículos y quiten el polvo a sus títulos. De nada, absolutamente de nada. Lo que deberíamos conocer de ellos, lo que deberían demostrarnos cada día, a cada momento, es lo capaces que son de velar por todos nosotros, administrando con honestidad y con justicia nuestros impuestos.
Lo malo es que, antes de comprobar para qué sirven las carreras y los másteres de nuestros jóvenes, en este país estaba muy extendida la idea de que quien fuese capaz de enseñar más títulos mejor nos gobernaría, pero nada más lejos de la realidad, porque, como en el sexo, el tamaño, del currículo, no importa o, al menos, importa poco.
Me las daría de listo si dijese que sospechaba de Pablo Casado por tan brillante y extenso currículo, conseguido además en tan pocos años, como era capaz de lucir. Más que sospechas lo que anidaba en mí era la envidia y un cierto desapego hacia un tipo tan empollón como él. Sin embargo, al enterarme esta mañana de que lo que Casado luce como posgrado en Harvard no es más que un curso de cuatro días en Aravaca y que su máster “cifuentitil” consistió sólo en cuatro trabajos que, juntos, ocupaban poco más de noventa folios.
Llegado a este punto, me pregunto por qué se ha sido tan benevolente con Pablo Casado, en comparación con la presidenta madrileña y su máster ¿Sólo porque es guapete y simpático? ¿Quizá porque nos abrumó con las "pruebas" que Cifuentes no fue capaz de mostrar? Como ya voy teniendo una edad puedo recordar a Luis Roldán paseando por los medios una voluminosa carpeta con las pruebas de su inocencia. Más bien me inclino a pensar que fue sólo porque Casado aún tiene poder en la calle Génova y tuvo tiempo para poner a remojo sus barbas.
En fin, seamos positivos y quedémonos con esa fiebre limpiadora de currículos que les ha dado a nuestros políticos, alegrémonos de que, aunque sea por miedo a las consecuencias, dejarán de pasarnos por los morros todos esos títulos del "todo a cien", con que nos apabullaban. Alegrémonos y conjurémonos para exigir a nuestros representantes un sólo título, el de su honradez.

jueves, 12 de abril de 2018

LA JUSTICIA COMO COARTADA


Curioso país este nuestro, en el que las fachadas de los edificios que albergan tribunales son más conocidas por quienes siguen la actualidad a través de los telediarios que muchos monumentos y paisajes. Curioso país en el que los niños podrían coleccionar cromos, me extraña que a nadie se le haya ocurrido, de jueces y tribunales, en vez de hacerlo con los rostros de los futbolistas y los escudos de sus equipos.
Vivimos en un país en el que, pese a llevar a cuestas la peor de las famas, la justicia es siempre, si no el último recurso, sí la gran coartada para quienes no quieren asumir sus responsabilidades y sí que sean otros quienes las asuman por ellos. En este país, especialmente desde que Federico Trillo asumió el papel de "trotajuzgados" del PP, llevando a los tribunales todo aquello que su partido era incapaz de ganar en buena lid en el parlamento, todo acaba en los juzgados, desde lo más insignificante a los asuntos más trascendentes.
Así, por ejemplo, el estatut aprobado por el Parlament de Catalunya, refrendado por la mayoría de los catalanes, respaldado por la mayoría del Congreso de los Diputados y firmado por el rey Juan Carlos, acabó en el Tribunal Constitucional que, después de años de discusión limó tanto sus presuntas aristas que, en algunos aspectos, lo dejó más romo, incluso, que los estatutos de Andalucía o Extremadura. Todo un triunfo para el PP que, desaparecida la amenaza de ETA, había hecho del enfrentamiento con Cataluña su razón de existir y la coartada para todos sus excesos. Mal asunto, porque, a veces, la ley se queda en papel y llena de insatisfacción a quienes nos vemos sometidos a ella.
No es la primera vez que digo que desde aquel "Pacto por la Justicia", que, con Zapatero aún en la oposición, el luego ministro Juan Fernando López Aguilar firmó con el PP en aras del talante, sin caer en la cuenta de que estaba entregando a Aznar y os suyos las llaves de casi todos los tribunales, permitiéndole sentar en ellos a "sus" magistrados a la espera de que tan alta dignidad, ese broche en sus carreras, les fuese oportunamente "cobrada".
Quizá por eso, por saberse bien representado en todas las instancias, Mariano Rajoy ha dejado que todo se pudra entre sus manos, sin tomar decisiones, sin mancharse las manos, como un Pilatos de este siglo que, antes de sentarse a dialogar con sus adversarios, opta por llevar las disputas a los juzgados, a sabiendas de que en ellos se alargan los plazos y se diluyen las responsabilidades.
Lo hemos visto en todos y cada uno de los casos de corrupción en que su partido o su gobierno se han visto implicados. Lo estamos viendo en el Parament de Cataluña, en el que, en lugar de hablar para encontrar soluciones, se optó por llevar ante los tribunales a los responsables del imposible en que se ha convertido esa autonomía, con peticiones fiscales gravísimas, legales o no, arriesgando su prisión y, por lógica, el conflicto callejero con sus votantes. En cualquier caso, una mala, una cobarde solución, que tardaremos años en pagar.
Lo peor es que la actitud de Rajoy ha creado estilo y ya son muchos, lo hace cualquiera, quienes, en lugar de asumir sus responsabilidades, optan hipócritamente por lavarse las manos en la fuente de la Justicia, en lugar de cumplir con las responsabilidades para las que han sido elegidos. Lo acabamos de ver en el tenebroso asunto de la Universidad Rey Juan Carlos, que se ha dejado convertir en nido de chiringuitos clientelares, en los que, según quién seas, previo pago de las correspondientes tasas, te envían el título a casa, sin más esfuerzo que alguna que otra foto. Su rector, después de dar por buena en solemne rueda de prensa la versión de Cristina Cifuentes, agobiado por las evidencias que la desmentían puso en marcha una investigación interna, con la CRUE como testigo o como coartada, de la que se desprende como resultado la existencia de gravísimas irregularidades en ese y otros casos. Suficiente para castigar, incluso con la expulsión, a los profesores responsables de la trampa. Pero, como perro no come perro, en vez de asumir la capacidad disciplinaria que tienen, esperarán a lo que digan los tribunales. O sea, poner a la Justicia como coartada.

martes, 10 de abril de 2018

LA UNIVERSIDAD DEL PP


Vayan por delante mi agradecimiento y mi más sincera admiración al Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid por haber desplazado de los titulares y de las portadas todo lo relacionado con el procés y con ese juego perverso en que se está convirtiendo la formación de un gobierno legal y viable para Cataluña, puesta en libertad de Puigdemont incluida. Admiración y agradecimiento por haber conseguido lo que hace sólo tres semanas parecía imposible: escribir el guion de un culebrón que lo mismo interesa a catedráticos de universidad que a los viajeros del Metro o a quienes desayunan en los bares.
Pero no nos equivoquemos, este culebrón que nació casi con la primavera no es un raro accidente, no es sólo una anécdota, este culebrón consecuencia directa de cómo entienden en el Partido Popular la sociedad y el papel que en ella debe cumplir la universidad. Un papel que, a la vista de cómo han tratado a la universidad y los universitarios allá donde han gobernado y gobiernan, es bien distinto del que yo, alumno hace casi medio siglo y profesor durante seis años hace dos décadas, había pensado.
Mis padres, propietarios de un pequeño comercio, trabajaron toda su vida y requirieron de nuestro trabajo adolescente para dar carrera a cuatro hijos y lo consiguieron. 
Nosotros, mis hermanos y yo, con esos estudios, conseguimos ascender un escalón en la sociedad, un médico, dos periodistas, Miguel fallecido demasiado joven y muy brillante, y una farmacéutica. Con esas herramientas, salvo yo que preferí quedarme, pudimos salir del barrio en que crecimos y acceder a trabajos, cuando menos interesantes durante un tiempo. Y así, como nosotros, decenas de miles, si no centenares de ciudadanos como yo y mis hermanos pudimos alcanzar, al menos en parte, nuestros sueños, recompensando así el esfuerzo de nuestros padres.
En el PP, el de las cafeterías del barrio de Salamanca, esa universidad que nos dio títulos a mí y mis hermanos nunca gustó, porque se vio como una amenaza. De qué, como diría un castizo, el hijo de una portera podía llegar a ser tan abogado, tan cirujano, tan ingeniero o tan notario como los suyos. No digamos ya, de qué tenían que pagarles la carrera a esos que luego iban a tener delante en las gradas del Congreso o cualquier parlamento autonómico.
La cosa no podía seguir así. Con las becas, con las universidades cercanas, con los campus en la periferia de las grandes ciudades, a un viaje de autobús o un paseo, los títulos, las carreras, de sus hijos se estaban devaluando. Sólo pagando carísimas y prestigiosas universidades en el extranjero, y no todos podían, se marcaría la diferencia. Había que hacer algo y lo hicieron: dinamitaron el modelo de universidad del que yo, mis padres y mis vecinos estábamos tan orgullosos.
Por eso recortaron las becas, degradaron los títulos, partiendo las licenciaturas en grados y másteres, dejando los grados para la gran masa, sin posibilidades laborales y sin futuro, salvo que a esos grados se sumasen los másteres, caros y exclusivos, inasequibles para quienes no toman los domingos los pasteles de las confiterías de la calle Goya y sólo accesibles económicamente si se compatibilizan con un trabajo que difícilmente se encuentra. Una estrategia perfectamente calculada y perversa que, a las familias no tan pudientes, les ponía otra vez ante el viejo dilema de Cabrera Infante "Cine o Sardina", transformado en "comida de calidad, vacaciones y ropa nueva o carrera".
Dicho y hecho. Pero, por si fuera poco, había que adornar también los currículos, los nuevos escudos de armas, de los suyos con esos títulos de nueva creación, los másteres, sobre materias tan raras como exclusivas, a veces perfectamente inútiles, si no se está ya a bordo del autobús del poder. Másteres que, lo estamos viendo, se envolvían en papel de regalo o en celofán y, con lazos, se enviaban a la sede del partido y los organismos colonizados, sin molestias ni esfuerzo. Dicho y hecho, pero no sólo eso, porque, en los planes de la presunta inocente Cristina Cifuentes, estaba sacar adelante una nueva ley de universidades que posibilitaba la designación a dedo del profesorado, convirtiendo lo que ha sido nuestro sueño y uno de los grandes éxitos de la democracia española en un enorme Instituto de Derecho Público, en el que se fabrican títulos para los de siempre, abriendo otra vez la odiosa brecha académica del franquismo. Eso y no otra cosa es lo que significa para el PP la universidad, un foso, otro, que les separe de los de abajo, por muy inteligentes que sean, que, además, para algunos se convierte en negocio.

viernes, 6 de abril de 2018

LOS PELOS DE PUNTA


El de hoy está siendo uno de esos días en que me da pánico que la radio despertador se conecte y comience a contarme lo estúpida, lo mentirosa y lo despreciable que es la mayor parte de la clase política de este país, capaz de enredarse en dimes y diretes, versiones y más versiones de una verdad que, casi por definición, sólo puede ser una, olvidando, y eso sí que es grave, los problemas reales de la gente que cada cuatro años confía o se resigna a confiar en ellos y, con sus impuestos y su esfuerzo, paga sus sueldos.
La de ayer fue una tarde digna, más que del camarote de los Hermanos Marx, de alguna comedia de los Monty Python, porque, si en casi todo el cine de Terry Gillian abundan el ridículo y los personajes "pasmaos", como el rey de Torrente, en la política española, de ridículos y pasmados vamos más que sobrados.
No quiero ni imaginar la reacción del gobierno español, especialmente la de su ministro de Justicia, Rafael Catalá, ocupado durante toda la mañana de defender la honestidad de la presunta inocente Cristina Cifuentes, cuando se enteraron, se enteró, de que el tribunal del pequeño estado alemán en que fue detenido el fugitivo Puigdemont rechaza el delito de rebelión incluido en la euroorden con la que se pretendía su extradición. Los imagino como en un hormiguero recién pisoteado, empeñados en la evaluación de los daños y la reconstrucción de las galerías, si es que aún es posible, correteando de despacho en despacho, de teléfono en teléfono, en una escena parecida a la que tantas veces he vivido en la redacción de la SER, cuando, ante algunos acontecimientos, anteponía la cantidad a la eficacia y la calidad.
A estas horas, de confirmarse el pronóstico de la mayoría de juristas a quienes he podido escuchar, la ofensiva judicial del gobierno contra los líderes del soberanismo se habrá desmoronado, porque, si la justicia alemana entrega al detenido y lo hace sólo por el delito de extradición, no sólo quedará en libertad tras ser presentado ante el juez español, Llarena por más señas, sino que éste se verá obligado por coherencia a poner en libertad a “los jordis”, Junqueras y el resto de encarcelados. Todo un vuelco que obligará a los unos, los políticos catalanes, soberanistas o no, y a los otros, Rajoy, pero no sólo Rajoy, a ponerse a trabajar, a dejarse de bravuconadas y trampas y hacer, por fin, eso para lo que les pagamos: política.
Lo peor de todo es que, casi al mismo tiempo y ante la evidencia de que el máster que presuntamente consiguió la presidenta de la Comunidad de Madrid y también presunta inocente Cristina Cifuentes, de haber existido, debe estar perdido en el orinal en el que la cúpula de la Universidad Rey Juan Carlos vacía su dignidad, flotando entre mentiras, coacciones y servilismos.
Ni veinticuatro horas le ha durado a la presidenta, la tranquilidad. Una tarde y una mañana, lo justo para que la presidenta del inexistente tribunal que evaluó su improbable trabajo se desmoronase ante los investigadores de la causa en la universidad y confesase que ni presidió tal tribunal ni firmó el acta exhibida por Cifuentes. Y lo hizo ella, con plaza en propiedad, mientras sus dos compañeras, sin esa plaza en propiedad, se ausentaron con la excusa de una depresión sobrevenida.
Hoy, hace apenas dos horas, ha sido el propio director del máster, el catedrático Enrique Álvarez Conde, ha reconocido ante los micrófonos de Onda Cero que fabricó el acta en cuestión por orden del rector, el de aquella ridícula rueda de prensa que "todo lo aclaraba" y que tuvo sólo tres horas para hacerlo, "reconstruirla" en palabras suyas.
No sé en qué acabarán una y otra historia. En ambas Ciudadanos juega un papel importante, porque que Cifuentes se vaya a su casa de la calle Malasaña depende se sus diputados en la Asamblea de Madrid y que se desbloquee la política catalana tiene también que ver con que acaben los vetos y las intransigencias de los soberanistas, pero, también, de Arrimada y los suyos.
Mientras tanto, yo, aquí, temiendo encender la radio y con los pelos de punta.

miércoles, 4 de abril de 2018

TORPE, TORPE, MUY TORPE


A estas alturas del escándalo creado por el dudoso máster obtenido por Cristina Cifuentes, me pregunto qué puede llevar a quién ocupa la cúpula del poder político en Madrid a enfangarse de la manera que lo ha hecho la presidenta madrileña. No lo sé ni me lo puedo imaginar, quizá es una cuestión de diván para psicólogos, pero, la verdad, a mi corto entender ese máster en algo que, a quien ha presidido el gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, debiera dársele por supuesto o por convalidado. Quizá sea como los pendientes que llaman desde un escaparate o el último modelo exhibido en el concesionario de una marca automovilística de lujo. Lo cierto es que el broche que Cristina Cifuentes ha querido poner a su currículum, más que broche ha sido un desgarro o, en todo caso, un borrón imposible ya de blanquear.
Esta tarde, a las cuatro y media y a regañadientes, Cristina Cifuentes tiene la difícil misión, imposible diría yo, de lavar su nombre, su prestigio y, de paso, el de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, creada a imagen y semejanza del Partido Popular, considerada por algunos como refugio y fábrica de títulos para los militantes del partido.
En primer lugar, Cifuentes tendría que explicar por qué a ella, que está al frente de la administración autonómica madrileña le está resultando tan difícil hasta ahora presentar la documentación oficial, no fotocopias o descargas sin compulsar, que acredite la formación que dice haber recibido y está por ver si algún día lo consigue.
A lo largo de estas dos semanas hemos centrado nuestra atención en el desaparecido trabajo fin de máster, un hecho gravísimo, si es que como parece nunca existió, para, poco a poco, caer, de la mano de los autores de la información de eldiario.es en otros detalles que, no sólo no aclaran lo ocurrido, sino que abren nuevas incógnitas, tan graves o más que las ya abiertas, preguntas que revelan trampas de unos y otros que afectan, no ya al prestigio de Cifuentes, sino, de paso, al de la Universidad Rey Juan Carlos, incapaz de resolver por sí sola el embrollo, sino el futuro laboral y penal de quienes, todo indica que así ha sido, han ayudado a "fabricar" este máster fantasma de la tan dicharachera y "rubia" dirigente del PP madrileño.
Hoy ha sido El Confidencial, tomando el relevo a eldiario.es, quien ha revelado un escalofriante dato: dos de las tres firmas que figuran al pie de la presunta acta exhibida por Cifuentes horas después de que se hiciese público el escándalo, acta que acreditaría la reunión en la que se evaluó a Cifuentes, son falsas, Por si fuera poco, también se sabe de una reunión en un despacho de abogados, entre las dos profesoras a quienes se falsificó la firma y un tercer profesor para elaborar una única versión de los hechos, algo lógico, porque, de confirmarse lo publicado por El Confidencial, el futuro académico y quién sabe si penal de los implicados estaría en juego.
Lo que está claro es que, desde que, tras una vergonzante campaña de la prensa de la derecha Leguina perdió el gobierno de la Comunidad de Madrid, parece que un gafe ha caído sobre quienes ocuparon su despacho, incluido Rafael Simancas que ni tan siquiera llegó a pisarlo. El resto, Ruiz Gallardón, Esperanza Aguirre, Ignacio González y, ahora, Cristina Cifuentes han acabado o van a acabar muy mal por culpa de los escándalos y la justicia.
Cifuentes podría haber acabado su mandato con mayores o menores dificultades, pero la aparición de este escándalo del máster y, sobre todo, su inútil defensa, sus trampas, su silencio y, por qué callarlo, su chulería, van camino de acabar con su carrera política, con el futuro que estaba preparándose en la docencia universitaria, porque quién va a dejarse examinar por un personaje así, con el prestigio de la Universidad Rey Juan Carlos, con el de su consejero de Educación, incapaz de explicar con solvencia lo ocurrido y con la carrera de más de un profesor y más de un funcionario que han faltado a su sagrado deber de custodia de verdades y documentos que son de todos.
Cristina Cifuentes, tan lista que se cree y tan soberbia que se muestra, ha sido torpe, torpe, muy torpe.

jueves, 22 de marzo de 2018

IMPRESENTABLES


Ayer, extraño día de frío y viento en Madrid, lo que muchos madrileños sentimos fue bochorno, el bochorno de comprobar que nuestra sanidad, nuestra educación, nuestros mayores, están en manos de un personajes como Cristina Cifuentes o el bochorno de que el prestigio de la universidad, tan en duda últimamente, se deterioró ayer un poco más, tras la penosa actuación del "trío de la Rey Juan Carlos".
Nos habíamos desayunado con una impecable información del digital eldiario.es, según la cual, dos de las calificaciones que permitieron a la presidenta de la Comunidad de Madrid obtener un máster en derecho autonómico habían sido manipuladas por una funcionaria. La manipulación, evidente, no fue negada, incluso había sido admitida por la persona que entró en el expediente para cambiar las notas de "no presentado" a notable, pero, más allá de ese reconocimiento, no hubo más que silencio, horas y horas de un estruendoso silencio sólo roto por versiones y justificaciones balbuceantes, aceptables para el niño que ha roto un cristal con su balón, pero intolerables en un rector y dos catedráticos o en todo un gabinete presidencial.
Nada sería más fácil que presentar las actas, el trabajo que dice haber presentado a la universidad o las oportunas certificaciones de los pagos de las matrículas abonados a la universidad. Nada sería más fácil para quien presume una y otra vez de ser hija de un militar, general de Intendencia para más señas, que tener ordenados sus papeles personales tan bien como ordenado debe tener su bien surtido ropero. Nada sería más fácil y, sin embargo, el trabajo de fin de máster que en la universidad nadie recuerda, no aparece, quizá porque, en la época en que debería haberlo redactado y presentado ante la universidad, Cifuentes estaba al frente de los antidisturbios encargados de reprimir las protestas en contra los recortes impuestos por su partido.
Por si fuera poco, la comparecencia del rector y los dos catedráticos responsables de las materias en duda fue de lo más penoso que recuerdo. Los tres llevaban escrita en la cara la poca consistencia de lo que estaban diciendo, al tiempo que los gestos y los tropiezos en su discurso desmentían, como sólo puede hacerlo el lenguaje no verbal, sus aseveraciones. Un esfuerzo inútil, el de Cifuentes y los profesores, si previamente no coordinan, visto el resultado no lo hicieron, sus versiones. 
El espectáculo fue lamentable. Malo, muy malo, para la universidad que, ayer, en lugar de un lugar pulcro y respetable pareció más bien el obrador de una pizzería en día de partido. Quién puede fiarse ahora de una universidad cuyo rector plagia, que contrata a la gente por sus apellidos y sus afinidades políticas, que más parece una fábrica de puertas giratorias que un lugar de respeto y que, tartamudea a la hora de dar el paradero de un trabajo del que dependería el futuro académico de una presidenta de Comunidad que, pronto, puede quedar en paro.
No sabéis cómo me alegro de que mi hija haya pasado ya por la universidad y que la suya no fuese esa casa de "tócame Roque" que parece ser la Rey Juan Carlos, creada a imagen y semejanza del Partido Popular de "los buenos tiempos", llena de cargos del PP y viceversa, todo a cuenta de los impuestos de los madrileños.
El de ayer fue, como digo, un día de bochorno y que deje de serlo depende de los partidos de la oposición en la Asamblea de Madrid. Para ello, deben exigir todas las aclaraciones, explicaciones y responsabilidades que haya menester. Sólo así, con serenidad y rigor, podremos recuperar, yo al menos, la confianza perdida en ambas instituciones, la Rey Juan Carlos y la Comunidad de Madrid.
Cristina Cifuentes tardó más de catorce horas en aparecer y, cuando lo hizo, fue en terreno amigo, con control de daños asumido. No fue capaz de hacerlo en rueda de prensa, ni siquiera en un pasillo, para someterse a los "canutazos". Tampoco apareció su trabajo y dudo que lo haga, quizá porque una y otro no pueden presentarse en público, porque son eso: impresentables. El trabajo porque no parece haber existido nunca y la presidenta porque no tiene vergüenza.