viernes, 7 de septiembre de 2012

DESFACHATEZ

 
No encuentro otra palabra que defina mejor la actitud de la presidenta de Castilla La Mancha, que, no lo olvidemos, es también secretaria general del PP. Tampoco debemos olvidar que esta ambiciosa mujer -no conozco a nadie que esté en política si carece de ambición- lleva décadas viviendo, y viviendo muy bien, de la política. De hecho, en los últimos tiempos ha estado en el centro de la polémica por los varios y cuantiosos sueldos que ella misma percibía y por el escandaloso, bien pagado, y finalmente frustrado fichaje de su marido, Ignacio López del Hierro, como consejero de la empresa pública Red Eléctrica de España,
No parece, pues, que esta madrileña de origen manchego le haga muchos ascos a la entrada de dinero público en casa. Más bien al contrario, lo que parece es que la cosa le ha gustado siempre. Y aunque no tengo claro si su cuna daba para mucho lujo, el hecho es que lleva veinte años a sueldo del Estado de uno u otro modo, lo que, sin duda, le ha permitido picar tan alto en los círculos del poder y la sociedad del lujo.
Resulta paradójico que esta señora que ha compatibilizado tantos puestos en la estructura del Estado y, sobre todo, tantos ingresos públicos, salga ahora con que hay que reducir a la mitad el número de diputados en el parlamento autonómico -lo que quizá no es tan disparatado- y con la estrafalaria propuesta de que los diputados no cobren por serlo, a cambio de poder seguir ejerciendo su profesión, de la que, claro, tendrían que vivir.
Otra vez el clasismo miserable de quien piensa que el mundo es como lo son sus alrededores. Naturalmente, su marido, Ignacio López del Hierro, consejero de no sé cuántas empresas, que cobra salario y dietas sólo por aparecer en carne mortal en las reuniones, podría compatibilizar su dura "profesión" con un escaño en ese parlamento que ha soñado la señora Cospedal. Pero ¿podrían hacerlo los diputados que son profesores, médicos del Insalud, empleados, trabajadores autónomos o, por qué no, sindicalistas?
Esos no podrían, claro. Por eso el parlamento soñado por la secretaria general del PP, estaría lleno de Guillermo Collantres que podrían seguir pagando sus caras hipotecas "levantándose" los 12.000 euros que reconoce que se levantaba al mes, en lugar de los escasos 5.100 del escaño y la concejalía, que no le dan para llegar a fin de mes.
El parlamento imaginado por doña Dolores sería como una especie de Club de Campo, al que los diputados, ricos de familia, empresarios profesionales de reconocido prestigio y abultada minuta, como en tiempos de Franco, los obispos, acudiesen a intercambiar pareceres y a pulsar un botoncito de vez en cuando. Las leyes, se las darían hechas desde arriba y, quién sabe, podrían, incluso, cerrar algún negocio. Los trabajadores, los intelectuales, los políticos con vocación de hacer esta sociedad más justa, que también los hay, los representantes de los trabajadores, los que quieren transformar el mundo, no tendrían sitio en su hemiciclo.
A la señora Cospedal, discípula adelantada en su día de doña Esperanza Aguirre, de la más rancia nobleza de España, sólo le falta meter en el Congreso, ella misma y de las riendas, el caballo de Pavía.
 
 
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jueves, 6 de septiembre de 2012

DESENFOQUE

 
Es evidente que el modo en que los españoles vemos a los alemanes ha cambiado. Del mismo modo, es evidente que, desde hace tiempo, ha cambiado el punto de vista que los alemanes tienen sobre nosotros. Ya no somos los tipos amables y simpáticos del "Que viva España". Ahora formamos parte del batallón PIGS que tan caro le salía a Alemania, Y digo salía, porque desde que a nosotros nos va mal, a ellos les va muy bien, al menos en lo que a la financiación de su deuda toca.
Ya no nos vemos igual, aunque unos y otros seguimos haciendo los caminos trillados de otros tiempos. Nosotros para trabajar en sus fábricas y ellos para descansar en nuestras playas y comprar a buen precio una vejez tranquila en cualquier playa arrasada por la burbuja inmobiliaria. Seguimos haciendo ese viaje, pero, como digo, ya no es igual. Yo mismo me he sorprendido en un escalofrío, no sé si de envidia o de desconfianza, cuando, en un museo, en el Rastro, en una taberna o en una playa, oigo hablar alemán en voz alta. Sé que no es justo, sé que es absurdo, pero me pasa.
Quizá soy injusto. Quizá ellos no saben el daño que está haciendo a este país la tozudez, la rigidez metodista de los planteamientos de su canciller. Quizá en Alemania, como a nosotros, no les cuentan toda la verdad. Quizá les dicen que aquí vivimos del cuento, que tomamos el sol y tocamos la guitarra mientras atamos los perros con longanizas. Quizá les hablan de pensiones y piensan en las suyas, en esas que les permiten comprar aquí una casa donde vivir todo el año de vacaciones. Quizá creen que la atención sanitaria universal no es tan importante, aunque ellos la disfruten también en España. Quizá tampoco les parezca necesaria una política de becas que acerque la Universidad a todos, aunque a ellos les venga muy bien contratar baratos a todos esos titulados sin empleo que salen de ellas. Quizá pesa demasiado en ellos esa filosofía de hormiga que se ve obligada a despreciar a las cigarras, sin parase a pensar en más.
Todo es una cuestión de desenfoque. Desenfoque de ellos cuando miran hacia nosotros y de nosotros cuando les miramos a ellos. Todo es consecuencia de la deformación de la realidad que produce mirar a Europa pensando sólo en la política interna de Alemania o mirar a España pensando sólo en Europa y viceversa. Demasiadas de las decisiones tomadas aquí y allá se han tomado con tan cruel desenfoque.
Angela Merkel está demasiado pendiente del calendario electoral alemán. Decide desde una posición de fuerza que podría cambiar y, como hacen las figuras en esas peleas coreografiadas tan propias del flamenco o de la danza moderna, cada uno de sus gestos, cada uno de sus desplantes va dirigido, no a quien tiene frente a sí, sino a la troupe que tiene detrás.
Lo que parece ignorar Angela Merkel es que forzar la mirada de esa manera lleva a la aberración. El ojo que no es sino un sistema óptimo como otro cualquiera se acomoda y se deforma y acaba por no dejar ver lo que realmente tenemos delante. La soberbia y la rectitud metodista de Merkel le impiden ver que, como decía esta misma mañana Javier Solana, cada vez hay menos países europeos entre los más poderosos del mundo. También debería pensar que agobiar de esa manara a sus socios del Sur está dejando a sus fábricas sin clientes. Y tan malo es tratar de comprar sin tener con qué pagar, como tratar de vender sin tener a quién.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

CUENTAS

 
 
Es lo que pasa por hacer mal las cuentas, por hacerlas con las tijeras en una mano y el rosario en la otra. Es lo que pasa por creer que un país se gobierna como se dirige una empresa. Es lo que pasa por llegar al poder con poco más que una campaña electoral de siete años, los que pasó el PP en la oposición, sumando mentira tras mentira, exageración tras exageración y ofreciendo salidas irreales a problemas tan graves como el que tienen muchos ciudadanos a la hora de poner la mesa cada día.
Las cuentas de las que salieron los presupuestos impuestos por el Gobierno sin discusión posible, que para eso tienen como renta esa mayoría absoluta que maldita la hora en que la obtuvieron y que estamos pagando, se hicieron pensando en los escenarios más favorables posibles, me temo que jugando, incluso, con intercesiones divinas, con golpes de suerte y con la enorme simpatía del líder capaz de convencer al resto de gobiernos europeos de su bondad y sus buenas intenciones.
Hicieron las cuentas como hacen sus deberes los niños que son malos estudiantes, cumpliendo plazos, pero no objetivos y sin pensar que cada planilla es un escalón para el objetivo final, algo que no tiene por qué saber los niños, pero sí ellos. Hicieron las cuentas como hacen su cama los adolescentes, cubriendo con la colcha esas sábanas arrugadas a las que habrán de enfrenarse al acostarse. Así de mal hicieron las cuentas y así de mal les han salido.
Entraron como elefantes en cacharrería en los gobiernos autonómicos que ganaron antes del 20-N, fecha teñida de azul que, espero, ningún progresista vuelva a elegir para nada, y entraron poniéndolo todo patas arriba, cerrando empresas públicas, despidiendo interinos, parando obras, cerrando colegios y hospitales, negando becas y ayudas y todas esas salvajadas que tan fácil es hacer desde un despacho y tan difícil de justificar en la calle y ante las víctimas.
Tres cuartos de lo mismo han hecho en los ocho meses que llevan en el gobierno. O quizá ha sido peor lo que han hecho desde Moncloa. Porque la reforma laboral que parieron y aprobaron por su cuenta ha funcionado como decapante que ha adelgazado las plantillas de las empresas a base de librarlas de sus trabajadores con más experiencia, menos manejables y, claro, mucho más caros, con la facilidad pasmosa y cruel que da tener un instrumento legal que permite poner en la calle a trabajadores de más de cincuenta años, dándoles apenas una limosna con la que sobrevivir un año sin ese trabajo que nunca más volverán a encontrar. Y, todo eso, sin que las presuntas virtudes de animadora del mercado laboral y estimuladoras de la creación de empleo se hayan manifestado.
Ahora, cuando han comprobado que la realidad, al contrario de lo que ocurre con la opinión pública, no lee la prensa amiga. La realidad no se moldea a voluntad, por más que la legión de carísimos asesores que anidan en los centros de poder se empeñen en edulcorarla, cuando descubren que, si las empresas no venden, no hacen caja y, si no hacen caja no pagan impuestos, cuando han caído en la cuenta de que, si no hay trabajadores cotizando, difícilmente se va a poder pagar las pensiones, cuando el número de parados crece y no hay expectativas de que cambie de tendencia, cuando lo que en el programa electoral era un delirio de cifras optimistas sobre la creación de empleo se ha disuelto en la frustrante realidad, como el azúcar se disuelve en el agua caliente, ahora, las cuentas no salen, el ovillo está lleno de nudos y no son capaces de encontrar el cabo del que tirar para deshacerlos.
Han hecho las cuentas de la lechera mientras pasaban las cuentas de su rosario, confiando en la providencia y en credos abominables como el neoliberalismo analfabeto de Esperanza Aguirre y sus invitados al te. Pero la realidad se ha interpuesto en su camino y el cántaro se ha roto, eso sí, sobre nuestras cabezas.
 
 
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martes, 4 de septiembre de 2012

APENDICITIS

 
 
Tengo la opinión, y ayer la expresé la red, de que todos esos islotes y peñones de soberanía española que hay frente las costas de Marruecos son tan inútiles como el famoso apéndice vermiforme del intestino grueso, porque nadie tiene muy claro para que sirven y, a la postre, sólo traen problemas, problemas que hay que solucionar con urgencia y de manera atropellada.
Esos peñones, como el mismo apéndice, no son sin un vestigio del pasado. Quizá cumplieron en su día algún cometido en el proceso digestivo, uno, o en la defensa del territorio, en el otro, pero, hoy por hoy no dan más que disgustos, porque se convierten en puerta de entrada para los problemas.
Un militar nos diría que los tales peñones e islotes tienen interés estratégico. Y hace falta mucha fe para creer que un trozo de tierra indefendible tiene alguna importancia en la defensa del territorio. No hay más que ver la que se organizó a propósito de la isla de Perejil, curiosamente también con el PP, en el gobierno, que, tras una simbólica invasión marroquí, hubo de ser reconquistado y abandonado de nuevo en medio de una operación incruenta, los marroquíes no llevaban armas, en la que el ministro Trillo, el del Yak-42, asumió, "con fuerte viento de Levante, el papel de vedette de opereta.
No ocurrió nada irremediable, pero pudo haber ocurrido. De hecho, durante aquella crisis, se pusieron en grave peligro las relaciones hispano marroquíes y hubo de mediar en ella Estados Unidos, como aliado común e influyente.
No pasó nada entonces, pero sí ha pasado ahora. Anoche los setenta y un inmigrantes que ocupaban la Isla de Tierra fueron desalojados por la Guardia Civil y entregados a la gendarmería marroquí, salvo los menores de edad y sus madres, dieciséis en total, que fueron trasladados a Melilla. Y esto ocurrió después de intensas negociaciones entre los ministerios de Exteriores de España y Marruecos, intensas negociaciones, en las que nadie parece haber consultado a los "invasores".
El destino que le espera a ese medio centenar de hombres y mujeres desesperados es el que ya han corrido los "sin papeles" cuando Marruecos quiere hacer ver que muestra dureza, cuando resulta evidente que consiente a las mafias que los explotan. Lo que hace Marruecos en estos casos es abandonarlos, a saber en qué condiciones, en pleno desierto argelino. Algo más propio de la Edad Media que del siglo en que vivimos y que España, el gobierno de España, consiente al entregarlos.
Otra vez se ha infamado el apéndice, otra vez ha habido que acudir a urgencias. Otra vez parece que se ha llegado a tiempo. Pero algún día el apéndice reventará y el daño será incalculable. Frente a ese riesgo, está claro que quienes carecen de  apéndice, porque nunca lo han tenido o porque se lo han extirpado, viven felices y sin problemas.
Mientras, dentro de unas horas, medio centenar de seres humanos vagarán de nuevo por el desierto argelino hasta que reúnan las fuerzas o el dinero para volver a asomarse a la Europa con la que sueñan.
 
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lunes, 3 de septiembre de 2012

BIENVENIDOS A LA REALIDAD

 
 
Mal asunto ese de noo contar con la realidad. A mi me ocurre de tanto en tanto y, os lo aseguro, de esa actitud apenas saco más que frustración y dolor. A otros parece no importarles mucho. Le pasa, por ejemplo a Rajoy que tan poca importancia le da a vivir en una cintinua ficción que acaba por considerarlo tan normal que no le importa reconocerlo, sin pensar que su frasecita de ayer en ABC le ha puesto la soga al cuello.
Mal asunto creer que los paseos por la playa al atardecer, las cenas en la terraza, el desyuno frente al mar iban a durar. Hoy, en el metro, el autobús o al volante de tu coche, en el atascoo, quedan muy lejos. Mal asunto creer que nunca más ibas aver a ese compañero de trabajo empeñado en conservar su puesto a costa de "vender" a los demás ante tus jefes. Mal asunto pensar que con poco más de diez euros podrías pagar el cafe, el restaurante de menú yquién sabe si una caña. Olvídate.
De lo que no debes olvidarte es de preparar unos cuantos, bastantes, euros más para pagar los libros, los lápices y cuadernos, la mochila y la ropa para que los niños vayan al colegio. Y no digamos, si los nilos ya son grandes, han terminbado en el instituto y lo que tienes que pagar es, en el mejor de los casos, la matrícula en la Universidad.
Mal asunto también el de tener que volver a la amarga rutina de la oficina del paro. Ahora se va a complicar más, porque este gobierno se ha vuesto desconfiado y, para todo, ha multiplicado los trámites, penosos y humillantes casi siempre.
Mal asunto ponerse enfermo si uno vino a este país a trabajar, trabajó, cotizó, pagó sus impuestos y, al final, perdió el trabajo. La va a ser muy complicado conseguir que el médico le vea. Y eso, a pesar de que la mayoría de los médicos saben que están obligados por un juramento sagrado a atenderles. Pero hay personajes, como Esperanza Aguirre, que hacen o apoyan leyes injustas y luego se agarran a eso de !queremos atenderles pero la ley dice que no podemos hacerlo".
Mal asunto el de ser funcionario. Desmotivados, maltratados demasiado a menudo por la opinión pública, desprovechados en sus capacidades y castigados economicamente por un gobierno que, entre recortes y pagas -la paga no es un regalo sino una fracción del salario- le ha quitado, sobre el papel, más del veinte por ciento de sus ingresos y, ahora, con la subida del IVA otro diez por ciento de su poder adquisitivo. Mal asunto, pero, pese a todo sé que la mayoría de ellos cumpliran con su trabajo y nos atenderán con la amabilidad o la corrección de siempre.
Mal asunto ser profesor o trabajador de la sanidad y volver a un trabajp que va a ser más penoso de lo que era antes de las vacaciones. He escuchado en la radio que hay profesores que se incorporan hoy a sin saber aún cuál va a ser su destino. O que no tienen mesas, material o, a veces, incluso, aulaspara sus alumnos. Algo que no sólo denota ineptitud, sino crueldad, que, al paso que vamos, va a ser la imagen de marca de este gobierno, dure lo que dure.
Tan mal o peor lo tendran quienes trabajesn en Sanidad, porque cómo se le dice a un enfermo, por muy pocos papeles que tenga que no es posible atenderle, que
Mal asunto ese de no contar con la realidad. A mí me ocurre de tanto en tanto y, os lo aseguro, de esa actitud apenas saco más que frustración y dolor. A otros parece no importarles mucho. Le pasa, por ejemplo a Rajoy que tan poca importancia le da a vivir en una continua ficción que acaba por considerarlo tan normal que no le importa reconocerlo, sin pensar que su frasecita de ayer en ABC le ha puesto la soga al cuello.
Mal asunto creer que los paseos por la playa al atardecer, las cenas en la terraza, el desayuno frente al mar iban a durar. Hoy, en el metro, el autobús o al volante de tu coche, en el atasco, quedan muy lejos. Mal asunto creer que nunca más ibas a ver a ese compañero de trabajo empeñado en conservar su puesto a costa de "vender" a los demás ante tus jefes. Mal asunto pensar que con poco más de diez euros podrías pagar el café, el restaurante de menú y quién sabe si una caña. Olvídate.
De lo que no debes olvidarte es de preparar unos cuantos, bastantes, euros más para pagar los libros, los lápices y cuadernos, la mochila y la ropa para que los niños vayan al colegio. Y no digamos, si los niños ya son grandes, han terminado en el instituto y lo que tienes que pagar es, en el mejor de los casos, la matrícula en la Universidad.
Mal asunto también el de tener que volver a la amarga rutina de la oficina del paro. Ahora se va a complicar más, porque este gobierno se ha vuelto desconfiado y, para todo, ha multiplicado los trámites, penosos y humillantes casi siempre.
Mal asunto ponerse enfermo si uno vino a este país a trabajar, trabajó, cotizó, pagó sus impuestos y, al final, perdió el trabajo. La va a ser muy complicado conseguir que el médico le vea. Y eso, a pesar de que la mayoría de los médicos saben que están obligados por un juramento sagrado a atenderles. Pero hay personajes, como Esperanza Aguirre, que hacen o apoyan leyes injustas y luego se agarran a eso de "queremos atenderles pero la ley dice que no podemos hacerlo".
Mal asunto el de ser funcionario. Desmotivados, maltratados demasiado a menudo por la opinión pública, desaprovechados en sus capacidades y castigados económicamente por un gobierno que, entre recortes y pagas -la paga no es un regalo sino una fracción del salario- le ha quitado, sobre el papel, más del veinte por ciento de sus ingresos y, ahora, con la subida del IVA otro diez por ciento de su poder adquisitivo. Mal asunto, pero, pese a todo sé que la mayoría de ellos cumplirán con su trabajo y nos atenderán con la amabilidad o la corrección de siempre.
Mal asunto ser profesor o trabajador de la sanidad y volver a un trabajo que va a ser más penoso de lo que era antes de las vacaciones. He escuchado en la radio que hay profesores que se incorporan hoy a sin saber aún cuál va a ser su destino. O que no tienen mesas, material o, a veces, incluso, aulas para sus alumnos. Algo que no sólo denota ineptitud, sino crueldad, que, al paso que vamos, va a ser la imagen de marca de este gobierno, dure lo que dure.
Tan mal o peor lo tendrán quienes trabajan en Sanidad, porque cómo se le dice a un enfermo, por muy pocos papeles que tenga que no es posible atenderle, que eso que le aqueja y que podría tratarse con medicación, tendrá que resolverlo en las urgencias de un hospital, donde tendrá que soportar horas de espera en medio de la hostilidad de quienes se creen con más necesidad y más derechos para ser atendidos. Esto último denota, no solo la ineptitud y crueldad de que hablábamos por parte del Gobierno. Es, además, de una falta de humanidad y de sentido de la justicia que algún día habrán de pagar sus ministros.
No sé qué consecuencias tendrá todo lo que ha arrancado, pero las tendrá. Así lo presiento y deseo con toda mi alma que podamos soportarles. De todos modos, bienvenidos a la realidad.
eso que le aqujea y que podría tratarse con medicación, tendrá que resolverlo en las urgencias de un hospital, donde tendrá que soportar horas de espera en medio de la hostilidad de quienes se creen con más necesidad y más derechos para ser atendidos. Esto último denota, no solo la ineptitud y crueldad de que hablábamos por parte del Gobierno. Es, además, de una falta de humanidad y de sentido de la justicia que algún día habrán de pagar sus ministros.
No sé que consecuencias tendrá todo lo que ha arrancado, pero las tendrá. Así lo presiento y deseo con toda mi alma que podamos soportarles. De tosos modos, bienvenidos a la realidad.
 
 
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domingo, 2 de septiembre de 2012

LA REALIDAD Y RAJOY

 
 
Escucho en un resumen de prensa radiofónico que Rajoy culpa del incumplimiento del programa con que llegó a la Moncloa en la realidad. Pues, la verdad, llevar toda la razón al quejarse, porque, acostumbrado como estaba a moldear la voluntad de los electores a base de exageraciones, mentiras y falsas promesas, debe resultarle muy duro comprobar que la realidad, eso que reemplaza a los espejismos y las falsas ilusiones se haya manifestado por fin ante los ciudadanos, por más que sus ministros y "sus" periódicos se hayan empeñado y se empeñen en negarla.
Hablando de periódicos, confieso que me he indignado cuando, al acudir a la edición digital de ABC para comprobar que, efectivamente, lo que creía haber escuchado era cierto, he leído el titular del periódico conservador, un titular que no es otro que éste "La primera entrevista en prensa de Mariano Rajoy, en ABC". Menudo autobombo, he pensado. Pero, de inmediato, he caído en la cuenta de que es tan cierto como reseñable: el presidente del gobierno de un país que tiene casi cincuenta millones de habitantes de los que casi la décima parte está en paro, el presidente de un país acosado por las deudas y que desde hace meses tiene su economía paralizada, el presidente de un país cuya banca está en absoluto entredicho, el presiente de un país en el que la sanidad y la educación se están desmantelado a marchas forzadas, el presidente de un país en el que los funcionarios, quienes mueven la máquina del Estado, han visto disminuir su poder adquisitivo en un 36%, Mariano Rajoy Brey, ha tardado más de seis meses en conceder su primera entrevista a un medio impreso. Desde luego, ABC hace bien en apuntarse el mérito de haber roto tan clamoroso silencio y destacar eso que es quizá lo único reseñable de tan larga conversación.
Pero, volviendo a la tozuda realidad, lo que Rajoy parece ignorar es que esa realidad que tuerce sus sus planes y que yo, como él mismo, no puedo creer que le fuese desconocida, lleva meses, si no años fastidiando la vida de millones de españoles a los que no sólo les impide cumplir un programa, sino que les está impidiendo vivir como quieren y merecen.
No hace tanto que España era un país alegre y confiado, con su puntito de mala leche, bendita mala leche que ayuda a vivir, pero alegre y confiado. Hoy, el nuestro es un país triste, amargado y, sobre todo, desconfiado, muy desconfiado, porque le han mentido tanto que, como el gato escaldado, ya no puede creer ni a quien le dice la verdad.
Es una lástima que las cosas sean así, pero lo son. Nos mienten a cada minuto, retuercen la realidad que no les gusta, propagan rumores en los que Andalucía aparece como una comunidad en bancarrota y, luego, es Valencia, la estrella de la gestión aznarista del Estado, la que más podrida está por dentro, tanto que necesita 4.500 millones de euros para no declararse en bancarrota. Nos engañan con los datos y nos engañan con los plazos. La mayor parte de su tiempo la emplean en buscar palabras que escondan esa realidad que ahora les impide cumplir su programa, ese programa de duros a peseta y nubes de colores con que engatusaron a tantos españoles que hoy se cortarían la mano antes que volver a votarles.
Dice Rajoy que la realidad le ha impedido cumplir su programa. Pues que sepa que él y los suyos me están impidiendo, nos están impidiendo, ser felices.
 
 
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sábado, 1 de septiembre de 2012

LO QUE SE HA LLEVADO AGOSTO

 
Para algunos, los que ya han regresado o están a punto de hacerlo de su lugar de vacaciones, agosto se ha llevado ese sensación de estar en un limbo balsámico en el que curan o al menos se atenúa el dolor de las heridas del día a día, las preocupaciones y los miedos que atenazan incluso a los que tienen un puesto trabajo.
Con ser dura ese regreso, nada tiene que ver con lo que está viviendo quien no tiene trabajo y está agotando las prestaciones que le corresponden, porque para eso se financian con su salario y el de quienes tiene la fortuna de ejercer su derecho al trabajo. Gente que ha pasado el mes paseando su ciudad como un autómata, convertida en parte del paisaje de parques y plazas o encerrada en su casa, contando los días que quedan para cobrar "el paro" y hacer frente con esa paga a los recibos que, a pesar de las privaciones y de los recortes en gastos, se empeñan en devorar toda o casi toda la paga.
Peor lo tienen quienes tienen que conformarse con ese susidios de 400 eraros, eso sí, después de superar la "pista americana" de las condiciones, algunas verdaderamente crueles, impuestas por el Gobierno. Para ellos, si tienen niños, comienza el calvario de mendigar, porque no es otra cosa, a la familia y a los amigos ese puñado de euros que les permita llevarlos al colegio con una cierta, quizá mínima, dignidad.
Pero qué es lo que pierden quienes, además de toso lo anterior, se encuentran en un país que no es el suyo, pero a cuya riqueza pasada contribuyeron, y en peores condiciones, con su trabajo de sol a sol, con sus impuestos con sus cotizaciones a la Seguridad Social, que también pagaban, pero que lo han perdido todo: el trabajo, la casa, el médico, el colegio al que sus niños no pueden llevar ni siquiera el "taper".
Y qué han perdido los que acaban de cruzar el mar en una peligrosa travesía a la búsqueda de un mundo mejor que el que dejan atrás hecho de miedo, hambre y miseria. Ellos, aún no lo saben, deben ir perdiendo la esperanza de emprender una vida mejor en éste.
No hay que fijarse mucho para ver los escalones que nos separan y nos clasifican. Escalones que, de alguna manera, podían salvarse con un poco de suerte, esfuerzo y tesón. Pero este septiembre que hoy comienza se ha llevado por delante esa débil soga de la solidaridad de nación, esa que no es caridad, amor fraterno, ni siquiera entrega, sino que es la expresión de un derecho ciudadano, el que tenemos quienes podemos pagar impuestos a que, con ellos, se ayude a quienes ni siquiera eso pueden.
Este Gobierno de desalmados que rezan y patriotas con el corazón en la cartera está rompiendo uno a uno los cabos de esa cuerda por la que un día treparon nuestros padres cuando dejaron sus pueblos para intentar una nueva vida, que nadie les regaló, en la ciudad. Están cortando ese cabo que permite sanar a quien enferma en el camino, para reemprender después la marcha. Están deshaciendo otro cabo, quizá el primordial, el de la educación, que une directamente el suelo con la cima, permitiendo que ese hijo del inmigrante humilde pueda llegar a ser lo que quiera y merezca.
Todo eso, con la subida del IVA que ha agrandado todos los escalones, pero especialmente el primero. Se está perdiendo, como también se perderá el derecho de muchos padres que no pueden dársela ellos mismos, a que sus hijos reciban al menso una comida equilibrada al día. Se pierde también la bendita seguridad que da saber que una enfermedad no se va a comer los ahorros y el futuro de tu familia.
Todo eso se lo ha llevado agosto. El septiembre que comienza va a ser el más duro que podamos imaginar y la calle va a reventar. El Gobierno, que no ignora que la injusticia es mucha y que la gente está perdiendo la paciencia, llenará las calles de policías de azul, amenazados ellos mismos, para evitar que la gente se junte, se mire, se cuente y se pregunte qué es lo que hacen esos tipos sentados en sus despachos ahí arriba.
 
 
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