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miércoles, 1 de abril de 2015

TORPES E INSOLIDARIOS



Los argumentos dados ayer por el ministro Alfonso Alonso, condenado, no lo olvidemos, por malgastar el dinero de los vitorianos cuando fue su alcalde, para explicar la improvisada devolución a los inmigrantes cenados a la atención sanitaria primaria, exactamente los mismos con que, hace tres años, cuando era portavoz de su grupo en el Congreso, defendió la exclusión de los inmigrantes sin papeles de la atención sanitaria universal, sólo pueden ser interpretados como una siniestra broma. Una broma que da idea de lo que le importamos los seres humanos, con papeles o sin ellos, al Partido Popular y, más aún, lo que le importa nuestra salud.
La decisión de hace tres años, tomada por Ana Mato, la ministra pasmarote incapaz de contar los coches que guarda en su garaje, o por quien la aconsejase, ha llevado la desgracia a muchos de los ochocientos mil inmigrantes sin papeles que, hasta entonces, estaban cubiertos por el paraguas de la Sanidad Pública, el mismo que, con esa atención a los sin papeles, reforzaba la nuestra, y que, con la expulsión de tres cuartos de millón de usuarios, se ha vuelto más ineficaz e injusto.
Lo dijo ayer Alonso, con mejores palabras, pero con el mismo desparpajo con que sus compañeros anuncian las medidas más crueles y peregrinas. Los inmigrantes colapsan las urgencias, del mismo modo que, según su partido, especialmente Esperanza Aguirre, aseguraban que había que expulsarlos de las consultas porque las colapsaban. Pero ni una cosa ni la otra son ciertas, porque la verdadera causa de las urgencias, que sí se produce, está en la escasez de personal sanitario para atenderlas o en la falta de camas hospitalarias en que ingresar pacientes, diezmados unos y otros por los salvajes recortes de quienes, salvo cuando se trata de ellos o los suyos, son incapaces de ver el mundo como otra cosa que un estadillo de sumas y restas.
Las verdaderas razones para tan singular bandazo en una de las medidas estrella de este gobierno hay que buscarla en las ganas de agradar a esos egoístas que lo sustentan, a aquellos a los que, no les gustan los médicos ni los pacientes extranjeros, los primeros, porque son, dicen, los que obligan a emigrar a los médicos españoles, sin pararse a pensar que son los sueldos de miseria y los contratos de días o apenas semanas los que fuerzan que los médicos y enfermeras hagan sus maletas y se vayan en cuanto al turismo sanitario del que hablan, es tan falso como lo anterior, porque, yo que visito las salas de espera con una cierta asiduidad, no veo en ellas más que enfermos y en la misma proporción en que hay extranjeros que veo en las calles o en los comercios.
Están asustados. Son una secta y están asustados. Habían llegado a creer que negando la realidad, ésta se transformaría, que negando las advertencias del Consejo de Europa, los representantes de médicos y enfermeras o de Naciones Unidas, que, tapándose las orejas o repitiendo una y otra vez la salmodia de los argumentarios de la sede de Génova, la realidad acabaría transformándose en uno de esos folletos o en uno de esos publirreportajes con los que les gusta saturar los telediarios que controlan, Pero no, los pequeños egoístas que les votan comienzan también a indignarse. Y es que en las salas de urgencias de los hospitales, donde el único criterio es el de la gravedad, sus trajes y sus visones no soportaban la espera. Y no sólo eso. Ahora, hay más gente buscando el voto de esa gente. Albert Rivera, por ejemplo que propone en Ciudadanos algo parecido a lo que ahora acaba de aprobar, de la noche a la mañana, el gobierno más torpe insolidario que hemos tenido y que, al menos eso espero, no volveremos a ver en mucho tiempo. Pero, una cosa más, cuando hablo de torpes e insolidarios, no me quedo en el gobierno, extiendo el calificativo a todos los que les votaron y que, hasta hace poco, les defendían


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martes, 7 de mayo de 2013

CRUELDAD GRATUITA

 

Podría pensarse que los hados se pusieron de acuerdo ayer para que aflorasen, una detrás de otra, una serie de noticias que hablaban todas de lo mismo, de la crueldad innecesaria y gratuita, adjetivo que, en su segunda acepción en el diccionario de la RAE, equivale a arbitraria e innecesaria. Ayer, la larga huella de las tijeras del Gobierno y la visión exclusivamente mercantilista y contable, según a quién afecten los recortes, de los gestores interpuestos, dejaron al descubierto toda una serie de acciones u omisiones del gobierno que debería ser de todos y para todos, más propia del naturalismo de Émile Zola que de un país de la Unión Europea en pleno siglo XXI.

No encuentro palabra más adecuada que crueldad, para definir lo que, si no, simplemente habría que calificar de estúpida irresponsabilidad. Porque cómo puede describirse el desprecio miserable de los responsables de la consejería de Salud del gobierno balear que negaron asistencia médica apropiada a un enfermo de tuberculosis -que además era inmigrante sin papeles, pero esto para quien se ocupa de la salud ciudadana debería ser accesorio- que, finalmente, no sólo ha fallecido, sino que, además, ha contagiado la enfermedad a quienes compartían su entorno. La decisión implacable de la consejería no sólo es miserable, sino que, a la larga, va a costarles a los ciudadanos mucho más que la atención que, como enfermo, merecía quien padecía la enfermedad y portaba una temible bacteria que no pide los papeles a sus víctimas ni distingue de razas, a la hora de minar sus pulmones y que, con el tiempo, se ha hecho resistente a los tratamientos convencionales que no hace tanto la detenían. Ante esto, sólo se me ocurre decir que los ciudadanos de las islas tienen un serio problema. Mejor dicho, dos, el del foco de tuberculosis detectado y el del otro foco de imprudencia que se ha detectado entre quienes deberían velar por su salud.

De regreso a la península, frente a las islas, está Valencia, modelo de tantas cosas en otros tiempos, los de Aznar, que ahora hace agua por todas partes y que también ha sido ridícula y cruelmente implacable al retirar a un paciente la prótesis con la que debería curar su lesión de rodilla porque su familia que, como tantas, atraviesa dificultades económicas no disponía de los ciento y pico euros que pedía por ella la ortopedia suministradora y que, entre comportarse como una ONG y repetir la genial escena de "El cochecito", optó por dejarse llevar por Azcona y por Ferreri. Ridículo carpetovetónico que estoy seguro de que a estas horas habrá dado ya la vuelta al mundo.

Cruel y miserable es también la decisión del ministro de Hacienda, el inefable Montoro, que, pesa a poder someterlas a un IVA reducido del 6%, tal y como autoriza y recomienda Bruselas, ha decidido aplicar el tipo más alto, 21%, a los servicios de comedor escolar. El histrión que tenemos por ministro ha retratado de un plumazo el afán exclusivamente recaudador y el estilo claramente chapuza con que toma sus decisiones.

Pero eso no es todo. En un episodio, denunciado por sindicatos médicos y propio de tiempos en los que quienes ostentaban el poder gustaban de advertirlo con gafas de sol, finos bigotes y barrigas prisioneras de guerreras blancas y ocurrido en el hospital de Hellín, el gerente del centro trasladó todo un equipo de neurocirugía, supongo que con el instrumental apropiado para el caso, a "su" hospital, para operar en él a su madre fuera del horario establecido para el resto de ciudadanos, utilizando para ello uno de los quirófanos del centro, a sabiendas de que el hospital de referencia de su madre, del que vinieron cirujanos y enfermeras, es el de Albacete. Espero que la madre del gerente de Hellín haya podido celebrar su día con la satisfacción y la tranquilidad que da saberse querida por su hijo, pero, si las cosas son como debieran, debería ser cesado por tamaña cacicada.

No sé si, dentro de unos años, estás cosas arrancarán de los que sobrevivamos o de nuestros hijos la misma sonrisa amarga que nos arranca el cine de Berlanga o de Ferreri. Sería bueno extraer tan inteligentes lecciones de una época, esta que vivimos, tan llena de crueldad innecesaria. 

 

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martes, 4 de septiembre de 2012

APENDICITIS

 
 
Tengo la opinión, y ayer la expresé la red, de que todos esos islotes y peñones de soberanía española que hay frente las costas de Marruecos son tan inútiles como el famoso apéndice vermiforme del intestino grueso, porque nadie tiene muy claro para que sirven y, a la postre, sólo traen problemas, problemas que hay que solucionar con urgencia y de manera atropellada.
Esos peñones, como el mismo apéndice, no son sin un vestigio del pasado. Quizá cumplieron en su día algún cometido en el proceso digestivo, uno, o en la defensa del territorio, en el otro, pero, hoy por hoy no dan más que disgustos, porque se convierten en puerta de entrada para los problemas.
Un militar nos diría que los tales peñones e islotes tienen interés estratégico. Y hace falta mucha fe para creer que un trozo de tierra indefendible tiene alguna importancia en la defensa del territorio. No hay más que ver la que se organizó a propósito de la isla de Perejil, curiosamente también con el PP, en el gobierno, que, tras una simbólica invasión marroquí, hubo de ser reconquistado y abandonado de nuevo en medio de una operación incruenta, los marroquíes no llevaban armas, en la que el ministro Trillo, el del Yak-42, asumió, "con fuerte viento de Levante, el papel de vedette de opereta.
No ocurrió nada irremediable, pero pudo haber ocurrido. De hecho, durante aquella crisis, se pusieron en grave peligro las relaciones hispano marroquíes y hubo de mediar en ella Estados Unidos, como aliado común e influyente.
No pasó nada entonces, pero sí ha pasado ahora. Anoche los setenta y un inmigrantes que ocupaban la Isla de Tierra fueron desalojados por la Guardia Civil y entregados a la gendarmería marroquí, salvo los menores de edad y sus madres, dieciséis en total, que fueron trasladados a Melilla. Y esto ocurrió después de intensas negociaciones entre los ministerios de Exteriores de España y Marruecos, intensas negociaciones, en las que nadie parece haber consultado a los "invasores".
El destino que le espera a ese medio centenar de hombres y mujeres desesperados es el que ya han corrido los "sin papeles" cuando Marruecos quiere hacer ver que muestra dureza, cuando resulta evidente que consiente a las mafias que los explotan. Lo que hace Marruecos en estos casos es abandonarlos, a saber en qué condiciones, en pleno desierto argelino. Algo más propio de la Edad Media que del siglo en que vivimos y que España, el gobierno de España, consiente al entregarlos.
Otra vez se ha infamado el apéndice, otra vez ha habido que acudir a urgencias. Otra vez parece que se ha llegado a tiempo. Pero algún día el apéndice reventará y el daño será incalculable. Frente a ese riesgo, está claro que quienes carecen de  apéndice, porque nunca lo han tenido o porque se lo han extirpado, viven felices y sin problemas.
Mientras, dentro de unas horas, medio centenar de seres humanos vagarán de nuevo por el desierto argelino hasta que reúnan las fuerzas o el dinero para volver a asomarse a la Europa con la que sueñan.
 
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miércoles, 29 de agosto de 2012

NO TODOS SOMOS IGUALES

 
 
Hoy me he despertado antes de tiempo y con una cierta inquietud. Cuando, como todas las mañanas, he medido el nivel de azúcar en mi sangre, he comprobado que estaba un poco por debajo de lo que debería ser normal. Afortunadamente, cuento con la "maquinita" y las "tiras" para poder hacer el test y la información suficiente para poder "recuperarme" del bajón, lo mismo que cuento con insulina para tratar mi diabetes y mis médicos me revisan periódicamente para ajustar mi dieta y mis hábitos a mi enfermedad e impedir así que la glucosa haga más estragos en mi organismo.
Aunque parezca duro, no lo es tanto. Toso es cuestión de saber en qué consiste mi enfermedad y obrar en consecuencia. No son tantas las limitaciones y, además, los sofisticados bolígrafos de insulina, que deben ser carísimos, me los dispensan en la farmacia con la receta de mi médico de cabecera, gratuitamente hasta hace dos meses y abonando un 10% desde entonces.
Es algo tan natural que apenas le doy, le damos, importancia, pero la tiene y mucha. Esta mañana, mientras preparaba el desayuno que me ha devuelto a la normalidad, me ha dado por pensar en qué sería de mi si, en lugar de ser un pensionista con toda la atención médica que requiero cubierta por ese Estado de Bienestar que el PP está asfixiando, fuese un inmigrante que se ha quedado sin trabajo, no tiene papeles y, sin embargo, padece la misma enfermedad que yo. Quizá no tendría ni el vaso de leche que le repusiese del bajón ni, mucho menos, la posibilidad de acercarse a un centro de salud a pedir ayuda.
Quizá no seamos conscientes, pero, a partir del viernes, en este país, los hombres dejaremos de ser iguales, Ya sé que en la práctica nunca lo hemos sido, pero después de años de lucha y sacrificio de muchos hombres y mujeres buenos y valientes, con la democracia llegaron los mecanismos que, si no nos hacían iguales, sí nos ponían en el camino de serlo. Estoy hablando, claro, de la sanidad y la enseñanza para todos. Pero al Partido Popular, desde su egoísmo y el de gran parte de sus votantes, otros han obrado simplemente con ignorancia, quiere ponernos etiquetas y decidir quién debe y quien no debe ponerse enfermo en este país.
Hablaba de la ignorancia de algunos votantes del PP y también debo hacerlo de quienes están al frente del Ministerio de Sanidad, porque nada hay de mayor ignorancia que pretender poner plazos al tratamiento de enfermos crónicos, como yo. Un año exactamente y siempre que el diagnóstico y el tratamiento se decida antes del viernes, porque, a partir del viernes, ni eso. A partir del viernes, si a algún inmigrante sin papeles le ocurre lo que a mí esta mañana y, por no tener qué llevarse a la boca, cae en coma, si tiene suerte le trasladarán a un hospital, donde le tratarán en urgencias y muy probablemente le hospitalizarán hasta sacarle del coma y estabilizarle. Luego, a la calle, quizá con una factura imposible de cobrar en el bolsillo, a no comer y a volver a ponerse en riesgo.
Os he hablado de la diabetes, porque es una enfermedad que, para mi desgracia, conozco, pero lo mismo les ocurrirá a quienes tengan un tumor, a quienes padezcan SIDA o tuberculosis. Ya no serán hombres como nosotros sino inmigrantes sin papeles. Lo malo es que me temo que ellos sólo sean los primeros de la lista, los más fáciles de expulsar del sistema, pero luego iremos los demás, los crónicos a los que, como se ha hecho en Reino Unido, se les pueda achacar una cierta responsabilidad en su enfermedad, los demasiado ancianos, los crónicos y, en general, los que no sean rentables para el sistema.
Menos mal que muchos trabajadores de la Sanidad Pública ya han manifestado su intención de objetar las órdenes del ministerio, menos mal que muchas comunidades autónomas seguirán atendiendo a esos seres humanos "de segunda" y menos mal que de aquí a tres años habrá de nuevo elecciones y podremos corregir la deriva incompetente y egoísta que ha tomado este país. Al menos eso espero.
 
 
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jueves, 16 de agosto de 2012

DESOBEDIENCIA DEBIDA


Desde el Gobierno se han empeñado en borrar de la cara de este inmigrantes y de las de otros ciento cincuenta mil, seres humanos, semejantes, como dicen en esas iglesias a las que van a pedir las soluciones que ellos no nos saben dar, mujeres y hombres como nosotros que trabajan, ríen y sufren como cualquiera de nosotros, a los que Rajoy y su cuadrilla de incompetentes quieren dejar sin el derecho a la sanidad universal que recoge la Constitución.
Desde que Sanidad, con su ultra católica ministra al frente, tomó la decisión, todos los expertos en la materia han hablado de disparate irresponsable, amén de denunciar que el gasto que se trata de evitar sacando a los "sin papeles" del sistema es una nimiedad comparada con el coste del riesgo en que se pone a toda la población desatendiendo a la gente sin medios con enfermedades contagiosas.
Al mismo tiempo, los miembros del PP t los responsables del Ministerio que han hablado sobre el asunto han ido de despropósito en despropósito, diciendo burradas dignas de un colegial y proponiendo salidas al asunto propias de "Antoñita la fantástica".
Tratar de cobrar 700 euros al año a los inmigrantes por una igualdad que la constitución les reconoce es un verdadero contra dios, entre otras cosas, porque la población de la que estamos hablando no dispone de ese dinero. Tratar de que sean las ONGs las que se hagan cargo de la asistencia a estos irregulares, es volver a la España de los dispensarios de las monjitas y la beneficencia pública. Pretender, como pretenden, cobrar la atención a los gobiernos de origen de los inmigrantes, eso ya alcanza el grado de gilipollez supina. Boutade tras boutade, ocurrencia tras ocurrencia, no han hecho más que dar testimonio de lo poco preparado que está este gobierno para este asunto y para tantos otros.
Si hay que meter las tijeras sin dejarnos desprotegidos, mejor harían en sacar los cuartos de los astronómicos presupuestos de Defensa, incluso recortando o abandonando misiones que apenas merecen el reconocimiento de los países que luego nos ponen al pie de los caballos.
Cinco comunidades autónomas están dispuestas a no obedecer la orden de Sanidad para dejar a estos hombres y mujeres sin asistencia y yo les aplaudo. Así como existe una "obediencia debida" que permitió por ejemplo que algunos de los más entusiastas golpistas del 23-F salvasen el culo, existe una desobediencia, también debida, que es la que surge cuando, ante órdenes injustas o absurdas, se practique la sabia rebeldía de hacer caso a los códigos éticos, la solidaridad y el sentido común, antes que al "piernas" de turno.


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viernes, 10 de agosto de 2012

SOYLENT GREEN


Son los más entregados. Son quizá quienes mejor conocen nuestra sociedad, porque son los que están en contacto con nosotros cuando menos disfraces llevamos, cuando estamos más indefensos. Saben de nuestras miserias y de nuestras grandezas. Entran en nuestras casas, algo no siempre agradable, para ellos y para nosotros. Saben mejor que nadie, a veces mejor que nosotros mismos, quiénes somos, cómo vivimos y lo que necesitamos. No se esconden detrás de uniformes ni placas, no les alimenta ninguna fe, salvo la que tienen en sí mismos, su vocación y sus compañeros, una vocación que, de no existir, haría imposible su trabajo.
Son los trabajadores de la Sanidad Pública que, pese a todo lo anterior, quizá sean, junto a los enseñantes, el colectivo peor tratado por una administración que vive más pendiente de las cifras que de las personas. Una administración para la que todas las virtudes de este colectivo son un forúnculo molesto que habría que extirpar.
Para todos esos gerifaltes, los que ven el mundo como un libro de cuentas en el que se borra más que se escribe, hay un nuevo motivo para no encariñarse con ellos, porque, desde el primer minuto, se han opuesto a los planes excluyentes con que el gobierno pretende negar la asistencia, y, con ello, la salud, a los colectivos más necesitados.
Lo ha dejado claro la portavoz del Ministerio que ha recordado, para negar a los médicos su derecho a objetar la ley que les obliga a dejar sin atención a los sin papeles, ellos atienden, pero no facturan. Ahí está la clave: los médicos, las enfermeras y enfermeros tocan a los enfermos, mientras los señores del ministerio los cuentan y les facturan.
Mil médicos han puesto ya su nombre y apellidos en una lista, comprometiéndose a atender a estos inmigrantes lo permita o no la ley, porque su código deontológico les obliga a ello. Mientras tanto, desde los despachos se mantiene como si nada la intención de dejar sin tratamiento a enfermos que sufren enfermedades tan terribles como el cáncer. Espero por nuestro bien que ninguno de esos personajes con poder y sin pudor ni compasión haya visto la película "Soylent Green", de Richard Fleischer, que aquí se tituló "Cuando el destino nos alcance", en la que se describe un mundo futuro, dominado por una dictadura que alimenta a la gente con una substancia llamada soylent green que, al final se descubre, se fabrica con los cadáveres recogidos en las calles.
El día que en los despachos descubran que se puede hacer algo parecido con los expulsados del sistema, comeremos soylent, verde o de cualquier otro color.
Mientras tanto, debiéramos apoyar a los médicos y los enfermeros en su oposición a las normas que les prohíbe cumplir con lo que les dicta su conciencia. Hoy son los inmigrantes, pero mañana pueden ser los parados, los ancianos, los enfermos crónicos o los que tengan los ojos azules. Al final todo dependerá del algoritmo que de pie a la fórmula contable que más "ahorro" permita.
Lo que ocurre es que todos estos ahorros acabarán volviéndose contra todos. Los trabajadores de la salud lo saben mejor que nadie, sería bueno escucharles.


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