lunes, 30 de noviembre de 2015

LA RESPONSABILIDAD DE LOS POLÍTICOS


Una de las cosas que más claras me quedaron a lo largo de mis años de profesión es la de que, al final, las cosas son tan sencillas como parecían en un principio. Esa y la de que si los políticos, nuestros políticos, a la hora de tomar sus decisiones, en lugar de arriesgar el bienestar o la riqueza de todos, arriesgasen la suya propia, serían mucho más prudentes y ecuánimes. Pero no, como, hagan lo que hagan, las consecuencias, hagan lo que hagan, si lo que hacen se ajusta a las leyes que ellos mismos han dictado, no va a producirle mermas en su patrimonio ni va a llevarles a prisión.
¿Alguien puede pensar que, si Alberto Ruiz Gallardón, hubiese arriesgado algo más que el bolsillo de los madrileños y el de los hijos y nietos de los madrileños en las suntuosas obras que emprendió en sus años al frente del ayuntamiento de la capital las hubiese llevado a cabo? Estoy seguro de que no. Es más, también estoy seguro de que una obra como el soterramiento de la M-30, un enorme túnel envenenado, construido al margen de la ley, del que los grandes beneficiados han sido las grandes constructoras que, como siempre, dispararon los costes y acabarán devolviendo los favores recibidos en diferido y en forma de asesoramiento simulado, jamás se hubiese llevado a cabo si el entonces  alcalde de Madrid se hubiese jugado algo suyo en ella.
Pero Gallardón no se jugó nada. Ni siquiera perder las elecciones cuando se descubrió el pastel. ya que, cegado por su ambición política, tuvo a bien emprender una huida hacia adelante que acabó en el Ministerio de Justicia, donde, sin obras que ejecutar, juegos olímpicos que prometer, ni espectáculos en los que lucirse, dio la justa medida de su mezquindad, acabando con un prestigio, el suyo, tan inmerecido como inexplicable, porque he de reconocer que lo tuvo y que combatirlo me costó más de un disgusto con aquellos a quienes, deslumbrados por su inmerecido y convenientemente cultivado "don de gentes", les costó quitarse la venda para ver quién era en realidad este pequeño faraón.
Dicen que lo que perdía a Gallardón era su afán de cortar cintas,  dejar su nombre grabado en placas conmemorativas o al pie de las leyes que promovió por más retrógradas que fuesen. Afán por pasar a la Historia, un afán parecido al de alguien que, aunque parezca imposible, guarda muchos parecidos con él en su trayectoria.
Estoy hablando, claro está, del presidente en funciones de la Generalitat de Catalunya, experto, como Gallardón, en el derroche, en su afán de trascender y hábil, o no, quién sabe, practicante del arte de huir hacia adelante, porque lo que viene haciendo Artur Mas desde que comenzó la crisis no es otra cosa que huir hacia adelante para camuflar en su nube de tinta independentista su pésima gestión al frente de la Generalitat que ha tenido como consecuencia el desmantelamiento, anterior y quizá más profundo, del estado de bienestar de los catalanes, así como el hundimiento de sus cuentas, incapaz de hacer frente a los compromisos más elementales, en tanto que extendía la presencia de Cataluña en el mundo, en algo que retrataría así una vieja canción infantil "Tanto coche de lujo, tanto boato y en llegando a casa no tienes plato".
En esa loca huida ha acudido a las urnas tres veces, cada vez con peores resultados, ha destrozado la  que parecía indestructible CiU, ha disuelto su propio partido, se ha inventado coaliciones y, todo, para mantenerse, o al menos intentarlo, al frente de la Generalitat, dejando atrás un pasado cada vez más turbio e indigno. Un desgaste en el que él siempre saca la cabeza de entre los escombros, a costa, eso sí, y es mi opinión, de Cataluña y los catalanes.
Su empecinamiento en presidir la Generalitat  de la transgresión, la que desconectaría de España, va camino de descuartizar el sueño independentista, porque, ahora que las bases de las CUP le han dado su no definitivo ha colocado a Cataluña en un impasse en el que los verdaderos problemas de los catalanes, independentistas o no, parecen no tener importancia y, sobre todo, no se resuelven. Dos meses en los que el prestigio de Cataluña en el exterior va minándose poco a poco y en los que el balance entre las empresas que se van y las que llegan es francamente desfavorable para los intereses de Cataluña.
La pregunta es ¿alguien reclamara a Mas algún día toso el dinero y el prestigio que le está costando su aventura a Cataluña? Me temo que no, pero Mas, al igual que Gallardón y tantos otros, debería hacer frente con algo más que su prestigio, que no parece importarle, a tanto desastre.


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viernes, 27 de noviembre de 2015

EL NIÑO DE RAJOY



A estas horas, raro será el español que no haya visto, pixelado o no, a "Marianito" Rajoy recibiendo sendas collejas de su padre como premio a su desparpajo al criticar a mi viejo amigo Manolo Lama por sus comentarios en el videojuego FIFA, del que, al parecer, es hábil jugador. Mi sorpresa, al ver las imágenes del momento, repetidas hasta la saciedad en todas las televisiones, fue mayúscula, porque no podía creer que un niño de diez años, supongo que escolarizado, estuviese fuera de su casa a esas horas de la noche y, naturalmente, por la ejemplar lección de pedagogía que nos brindó el presidente del Gobierno, propinando, no una, sino dos expertas collejas a su tan redicho primogénito.
Pasada la sorpresa y dejando aparte el castigo físico que, por más en broma que fuese, castigo fue y tan automático que denota la soltura de la costumbre, mi cabreo fue en aumento al caer en la cuenta de la utilización que se hacía de "Marianito" en el afán de humanizar la imagen de su padre, tan poco querido y valorado por los españoles tras estos cuatro años de gestión.
No me gustó ver a ese niño expuesto ante las cámaras, participando en un programa de radio, dentro del alambicado aparato preelectoral con que quienes asesoran al líder y candidato del PP pretenden recuperar en apenas dos meses la penosa imagen con que sale de la legislatura. No me gustó, porque, aunque valiese la excusa de que Marianito quería ir a la radio para conocer a los propietarios de las voces que tanto deben sonar en su casa a la hora de los partidos, el presidente y sus asesores nunca debieron permitir que fuese expuesto a los micrófonos y cámaras.
La presencia de ese niño en lo que no de ja de ser un acto de precampaña me recuerda demasiado a aquel "Alonsito" Aznar jugueteando entre las piernas de sus padres en los actos de su padre. No es bueno que los niños se mezclen en asuntos de adultos y mucho me temo que, a partir de la noche del miércoles, Marianito Rajoy se convertirá en objetivo de paparazzi, si no en algo peor. El mundo de los niños debe ser sólo eso, de los niños y, sacarlos de él, no puede ser bueno.
Está claro que hay gente dispuesta a hurgar en la vida privada de los famosos y los políticos también lo son y no parece lo más adecuado facilitarles la tarea. En eso, el matrimonio Zapatero, también los González, hizo muy bien en preservar la vida privada de sus hijos. Y sólo por una imprudencia del personal de la Casa Blanca circuló la fotografía que sus hijas quisieron tomarse con el matrimonio Obama.
Recuerdo ahora otra pareja que siempre hizo gala de su prole y que supongo ahora arrepentido de ello. No es otro que el matrimonio Pujol Ferrusola cuyas fotos de familia, todos juntos en torno a un sofá, porque esa foto familiar se ha convertido en la base de los distintos croquis con que la policía y la prensa tratan de seguir el entramado corrupto de la que fue la familia más poderosa de Cataluña.
Rajoy hizo mal en inventarse o dejar que le inventaran aquel cuento de la lechera de aquella niña, la famosa "niña de Rajoy", que sería feliz en los mundos de Yupi que pintaba frente a Zapatero, porque si llegase a comparar aquellas promesas electorales con la terrible realidad en que ha crecido junto a sus padres difícilmente se reconocerá en ellas. Pero si mala fue aquella impudicia de candidato, peor fue la de la noche del miércoles, porque "Marianito" es de carne y hueso y merece ser tratado como lo que es, un niño.


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jueves, 26 de noviembre de 2015

MENUDO PAÍS



Menudo país éste en que nos ha tocado vivir. Menudo país y menudo presidente, aunque que no sea otro que Rajoy quien lo presida no es casualidad, porque fuimos los españoles los que le dimos nuestros votos o, en todo caso, quienes no hicimos lo bastante como para que no obtuviese la maldita mayoría desde la que lleva cuatro años gobernándonos.
Menudo país éste en que el líder de la oposición, que no sabe qué gobierno aprobó la primera ley de divorcio de la guerra civil, que se supone que se presenta por un partido de izquierdas se va a "jugar" a las cocinitas con un pijo repijo, sin ninguna conciencia ni sentido de la realidad, y a relajarse en los salones de su casa, mientras muchos de quienes, si las cosas fuesen como deben ser, le darían su voto se iban a la cama sin cenar y sin calefacción, pero, eso sí, después de ver lo bien que vive Bertín y lo bien que se lleva con su invitado.
Mientras, Mariano Rajoy que, como Pedro Sánchez, no estará presente en el paripé de la firma de ese pacto antiyihadista que ambos se inventaron, empleaba parte de su precioso tiempo y acomodaba su agenda para pasar dos horas en la radio comentando la jornada de Champions, como si todo lo demás pudiese esperar.
No sé qué pensará Hollande, en pleno ataque de ardor guerrero, si se entera de que su aliado estuvo más pendiente, al menos durante esas dos horas, de los goles de "su" Real Madrid que de su llamada a la colaboración en el despliegue militar iniciado por Francia, a la que, según el Tratado de Lisboa, firmado por España, estaría obligado.
Les critico,  a ambos, y no tendría por qué, porque, en el fondo, lo que buscan no es la coherencia ni la claridad en sus mensajes. Lo que buscan es "caer simpáticos", meterse en casa de los ciudadanos, posibles votantes, cuando andan con la guardia baja e incapaces de defenderse de la campechanía de tan simpáticos candidatos que hacen el gazpacho "como mamá" o son del equipo de sus amores. Lo saben bien, Como también saben bien que vale más cantar un gol con ganas o reír un chiste que dar una opinión que podría volverse contra ellos.
Rajoy está tratando de compensar el silencio de estos últimos años, la distancia que puso entre su cargo y la prensa, con un acercamiento amable a los medios, sin riesgos, aunque, en su caso, abrir la boca es arriesgarse a meter la pata, para saturar las retinas y los oídos de los ciudadanos con su no siempre deseable presencia. Y lo hace, supongo que perfectamente asesorado, allá donde no haya preguntas demasiado comprometidas o periodistas solventes, como Carlos Alsina, capaces de ponerles en evidencia, practicando la casi olvidada costumbre de repreguntar o no callar ante las barbaridades, las diga quien las diga.
Quizá por eso prefiere soportar -el dontancredismo es lo suyo- estoicamente las críticas por su no participación en el debate a cuatro organizado por A3 Media, enviando a él a la primera figura del ballet de La Moncloa, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, y reservarse para un cara a cara con Pedro Sánchez, tan inconsistente como él mismo, con lo que los ciudadanos nos veremos privados, más allá de cualquier foto protocolaria, de ver y escuchar a Rajoy, o al mismo Sánchez, frente a los "nuevos", Pablo Iglesias y Albert Rivera.
Menudo país el que nos ha tocado vivir y menudos representantes, los que tenemos. Ojalá esta vez los ciudadanos sepan discernir, entre tanto mensaje envuelto en celofán y papel perfumado cuáles son las verdaderas intenciones de los candidatos y a quién y qué representan en realidad. Porque, si no, menudo país nos espera los próximos cuatro años.


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miércoles, 25 de noviembre de 2015

INTELIGENCIAS


No sé si es lo habitual, pero soy de los que crecieron pensando que la inteligencia era sólo una, esa que la Real Academia Española define como "capacidad de entender o comprender o capacidad de resolver problemas". Con el tiempo y gracias, primero al cine y las novelas de espías y luego a la sopa de siglas, supe de otra inteligencia, la que tiene que ver con el espionaje y con su reverso, el contraespionaje. Siglas como MI 6, SIS, por otro nombre, CIA, CNI o SIM, en las que la i hace referencia a la inteligencia, como asunto de espías y analistas, pero que, a la vista de los resultados, en ocasiones tienen poco que ver con ella, porque en lugar de sumar esfuerzos, a veces se empeñan en ocultarse los avances, cuando no en engañarse, unos a otros
Decía que, según la RAE, inteligencia es la capacidad de entender o comprender y la capacidad de resolver problemas y, visto lo visto, los servicios de inteligencia y quienes toman decisiones después de consultar sus informes no entienden ni comprenden la realidad ni, mucho menos, son capaces de resolver o anticiparse a los problemas. Eso, en el mejor de los casos, porque demasiado a menudo son esos servicios los que "arman" las guerras o, como parece que hay que llamarlas ahora, los conflictos.
Tal parece que a nuestros dirigentes les fallan una y otra inteligencia, del mismo modo que parecen más dispuestos a esforzarse en tapar los fallos de sus inteligencias que en tomar decisiones inteligentes.
De no ser así las cosas, sería impensable que un grupo de "no tan descerebrados", como parecen ser los responsables de Daes, pueda poner en jaque a tantos países a la vez, de uno y otro continente, de una y otra ideología. De no fallar tan estrepitosamente las dos inteligencias de esos dirigentes, la que debería entender y comprender y la que debería resolver los problemas, no se habría revuelto como se ha revuelto el tablero del próximo oriente, en el que son cada vez más los frentes abiertos y más los actores tan irreconciliablemente enfrentados.
Bastaría con pararse a pensar en las consecuencias, aún por definir, del derribo de un avión militar ruso por dos cazas turcos en territorio sirio, junto a la frontera turca. Será difícil saber si el aparato ruso entró, como dicen las autoridades turcas, en su territorio, pero más difícil aún será entender quién y por qué tomó la decisión de abrir fuego contra él, convirtiéndolo en el primer avión ruso derribado por fuerzas de la OTAN en tantos años de guerra fría y, ahora, templada, porque es de suponer que una decisión de consecuencias tan graves no la toma un simple piloto de caza, ni siquiera el responsable de su base. Es de suponer que, antes de apretar el disparador, se haría alguna consulta y más en un momento en el que Rusia actúa como un "casi" aliado de la OTAN. El caso es que se disparó y el aparato cayó en territorio sirio, con uno de sus tripulantes muertos y que la tensión entre unos y otros está en lo más alto, mientras cabe suponer que el Daes se frota las manos.
Lo mismo que se frotará las manos tras el nuevo atentado en Túnez, esta vez asesinando a miembros de la guardia presidencial. Una acción que sostiene el ruido de las bombas y las sirenas, esta vez en el norte de África, ahora que, si no la inteligencia, si la contumacia de las policías de Francia y Bélgica ha desbaratado sus planes más inmediatos en Europa. Un frente reabierto, este de Túnez, que le ayuda a desviar la atención y mantener entre sus seguidores la moral bien alta.
Falta inteligencia para entender y comprender que el Daes, A Qaeda y todos los que se escudan en un falso islamismo, tan cruel como radical, viven del abandono en que las prósperas sociedades europeas han sumido, no a una, sino a varias generaciones de hijos de la emigración magrebí en Europa, miles de jóvenes sin esperanza ni futuro, encerrados en jaulas de cemento, fracasando en la escuela, sin nada que hacer día tras día, que de vez en cuando estallan con violencia y a los que únicamente se les responde con el falso orden restituida con la violencia policial y que se convierten en presa fácil para quienes les prometen el paraíso y ser, por fin, alguien vengándose de su vida anterior.
Les falta inteligencia para comprender el porqué de esta situación e inteligencia para poner los medios que permitan acabar con el problema. Falta una inteligencia al servicio de todos, porque de inteligencia para quedarse con lo que debería ser de toda la comunidad y para abrir y agrandar las brechas, más bien zanjas, abiertas entre unos y otros parece que van sobrados.


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martes, 24 de noviembre de 2015

BLACK FRIDAY


Los pobrecitos españoles vivimos estos días acosados por la moda del "black friday", esa costumbre importada de los Estados Unidos, por la que los comercios saldan gran parte de sus existencias con el fin de salir de los números rojos en el balance de final del año. Venden barato, incluso rozando lo escandalosamente barato porque saben que es la única manera de llenar sus tiendas y hacer la caja que les permita vaciar las trastiendas para volver a llenarlas con una oferta renovada. Y, al final, nosotros más de una y de dos veces nos vamos a casa con lo que no necesitamos.
Pues bien, algo así es lo que están haciendo nuestros políticos, vendiéndose a precio de saldo en los escenarios más variopintos, sorprendiéndonos lo barato que se venden, como a veces nos sorprenden esos productos estrella inalcanzables, que, en apenas veinticuatro horas, se venden más que baratos, a precios ridículos so pena de quedarse acumulando polvo en cualquier estantería.
Llevamos ya varias semanas  comprobándolo. Desde que el apolíneo candidato socialista se prestó a "jugar" con Pablo Motos en su Hormiguero,  han sido muchos, comenzando por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría y su disco-baile, los políticos que se han prestado a aparecer programas de televisión y radio tan variopintos como alejados de la solemnidad y profundidad que se espera de una entrevista "de verdad" o de un debate en las páginas de un periódico o en los programas informativos de cualquier televisión o radio.
Una estratégica moda que nos ha llevado a tener que tragar a Rajoy "hasta en la sopa". Toparnos con él a todas horas, tener que soportar a ese mismo presidente que se escondió tras un monitor de televisión para negarlo todo "salvo algunas cosas", cuando se vio obligado a dar explicaciones porque su partido había sido pillado con las manos en la caja, comentando alineaciones y resultados de fútbol o contándonos quién lee primero el MARCA en Moncloa a la hora del desayuno.
Creo que, en el fondo, nos merecemos que "nuestro" presidente aparezca, con Europa patas arriba, en el descanso del partido Real Madrid-Barça haciendo bromas con el resultado. Creo que también nos merecemos que horas antes se quejase en "El larguero" de que, mientras fue ministro de Educación, Cultura y Deporte, la Educación y la Cultura le quitasen tiempo para su gran pasión, el deporte. Nos lo merecemos. Y nos lo merecemos, porque tenemos unos líderes, desde el primero al último, con coleta o sin coleta, que no dudan en vender su alma al diablo con tal de unos minutos de televisión. Y nos lo merecemos, porque damos mayor importancia y tienen más audiencia las trivialidades dichas en cualquiera de esos programas que las respuestas que puedan dar a una pregunta inteligente en una entrevista seria o en una rara rueda de prensa "con preguntas".
Nuestros políticos, a menos de un mes de las elecciones generales, están en su particular black friday, en su particular y alocada venta de ideas y chascarrillos y se saldan con el único fin de hacerse con las simpatías de los votantes en horas bajas, desprevenidos ante el televisor y, para ello, no paran en barras  a la hora de colarse en casa de los hipotéticos votantes, especialmente a la hora de la cena. Ni siquiera hacen ascos al "desmemoriado" cantamañanas, líder de audiencia televisiva, que, este fin de semana, confesaba que los programas que había grabado con dios copas habían resultado ser los mejores. 
Si, definitivamente, Rajoy y Sánchez, en su particular black friday, se ponen en oferta en el escaparate de Bertín Osborne, habrá que saber quién paga las copas, aunque me temo que, como siempre, seremos nosotros, los votantes, que, de momento, y con la que está cayendo, entre risas y flexiones, aún no sabemos cuál va a ser el papel de España en la ofensiva internacional contra Daes.
El riesgo, después de este black friday, es el de llevarnos a casa a los políticos en oferta que no necesitamos.


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lunes, 23 de noviembre de 2015

SOBRE MOSCAS Y CAÑONAZOS


Uno de los mayores vicios del periodismo, especialmente en los últimos tiempos es y ha sido el de reducirlo todo a balances, especialmente cuando al hablar de hechos o situaciones que originan víctimas. Me parece que esa actitud es errónea y lo vengo diciendo siempre que tengo ocasión. No se puede, por ejemplo, reducir la violencia machista  a eso. No se debe, pero se puede, porque se hace, asignar a cada una de las víctimas un numero de orden, como su la estuviésemos colocando en un tablero, en un marcador. No debe hacerse, porque se las despersonaliza, se borran las causas y las consecuencias de tan horrendos crímenes.
Con el terrorismo ocurre otro tanto. Al final, los atentados quedan reducidos a cifras, mucho más si se cometen fuera de nuestras fronteras  y falta análisis, se echa de menos que alguien admita los errores que llevan a ellos y la respuesta se reduce a los consabidos actos de repulsa, a las grandes palabras, a los funerales de Estado, sin que nadie nos diga qué y por qué ha fallado, con lo que al ciudadano lo que le queda es poco más que la pena y el miedo.
Y es aquí donde aparecen los cañonazos, los grandes despliegues, la invasión de los espacios públicos con millares de policías y soldados armados hasta los dientes, persiguiendo sombras y cerrando con su desproporcionada presencia en las calles la ecuación perfecta del terror, porque lo que persiguen los terroristas es multiplicar cuanto puedan el eco de sus acciones.
Por eso y por el tremendo despliegue de seguridad que acompaña a los grandes mandatarios, el terror ya no apunta a quienes los terroristas señalan como responsables de sus males, por eso buscan a sus víctimas en el anonimato de unos trenes, de unas estaciones, unas tranquilas terrazas en un barrio de moda, un estadio de fútbol o una sala de conciertos. Y es así porque saben que la gran injusticia que supone esa elección siembra el desconcierto y asusta más a los ciudadanos. Lo que parece ignorar es que, desde los atentados de septiembre de 2001, los gobiernos han aprendido a rentabilizar ese dolor y ese miedo. Y lo hacen.
Más allá de que el terror que padecemos ahora, aquí, en Iraq, en África o en Siria sea consecuencia de la sobreactuación de Bush que, en lugar de asumir la culpa de la descoordinación de sus servicios de inteligencia, puso en marcha todo un despliegue de leyes "patrióticas", alianzas histéricas y guerras ilegales, más allá de ello, los gobernantes de los países de su órbita, salvo el torpe de Aznar, saben ya cómo enfrentarse a estas salvajadas y lo vienen demostrando desde los atentados de hace diez días.
Sin decirlo abiertamente, sin hacer el reproche que merecería, se insinúa que en la ineficacia de los servicios de inteligencia y policiales de Bélgica está parte del origen de la tragedia, aunque insisto en dejar claro, como no podía ser de otro modo, que los verdaderos responsables han sido los fanáticos asesinos de detonaron sus explosivos o vaciaron sus kalashnikov sobre víctimas inocentes. Porque no tiene explicación que individuos fichados y clasificados como peligrosos para la seguridad por Francia y la propia Bélgica entren y salgan del país, alquilen vehículos y apartamentos, contraten hoteles y compren armas de guerra sin levantar ninguna sospecha.
Esa es la explicación del despliegue, tan desproporcionado como inútil, de las últimas horas en París y Bruselas. Enterrar en miedo y preocupación las sospechas y las dudas de los ciudadanos sobre la eficacia de sus servicios de inteligencia. Enterrar lo que podía terminar en crítica más que justificada e indignación bajo la perplejidad de unos ciudadanos que se ven privados de sus calles, sus medios de transporte y, hoy, de los colegios y las universidades, por una sospecha, más o menos fundada, y a cambio de nada, porque tras haber convertido a Bruselas durante setenta y dos horas en una ciudad fantasma, el "balance" de tanto despliegue ha sido nulo.
La estrategia que a Hollando, por ejemplo, ya le ha llevado a lo alto de las encuestas, consiste en matar moscas, o peligrosas avispas, a cañonazos, porque el ruido, convenientemente amplificado por los medios, aturde e hipnotiza a los ciudadanos, impidiéndoles reflexionar sobre el porqué de lo que ha pasado. A lo peor esa es la única finalidad de un despliegue que apenas ha tenido resultados, pero que, sin embargo, ha tenido paralizado, asustado y mudo a todo un país.


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viernes, 20 de noviembre de 2015

CUARENTA AÑOS YA


Ahora que se cumplen cuarenta años de la muerte de Franco, caigo en la cuenta de que se cumplen cuarenta años de muchas cosas. Por ejemplo, cuarenta años de mis veinte, de mi pelo largo, de mis casetes de música selecta de mis primeras lecturas apasionadas, del descubrimiento de la vida, el amor y el sexo, en aquel entonces no éramos precisamente precoces y yo, particularmente, nunca fui de los más avispados. También los años del descubrimiento del activismo político, fundamentalmente y como muchos otros, en la universidad.
Recuerdo los ecos de la larga agonía del dictador, la gravedad en la voz de , por ejemplo de Florencio Solchaga, a la hora de recitar aquellos partes firmados por el equipo médico habitual, las flebitis, las hemorragias, ese goteo constante de datos oscuros en los que algunos eran capaces de leer la luz del final. La larga agonía de un sátrapa en manos de su codicioso yerno que fue capaz de fotografiarle inconsciente, ensartado por vías y tubos, lleno de electrodos, más muerto que vivo, mantenido en este mundo cruel y artificialmente quizá con el único fin de arreglar las cuentas de la familia antes de su desaparición, cuentas de las que aquellas  fotosespeluznantes, por las que años más tarde obtuvo una suculenta suma, formaban parte sin duda 
Recuerdo la tarde de aquel día buscando champán, creo que entonces no le llamábamos cava, por las tiendas de ultramarinos de los alrededores de Bravo Murillo, aún eran raros los supermercados y no digo ya las "grandes superficies" y recuerdo que a esas horas ya nos costó, porque se había agotado. Recuerdo los días siguientes y recuerdo, en el comercio de mis padres, las lágrimas de algún vecino que por fin se atrevía a contar entre sollozos el dolor causado por el muerto y recuerdo también las imágenes del duelo. Aquella larga cola en la calle Bailén en la que, luego lo ha comprendido, no sólo estaban los fieles al "caudillo", sino muchos otros españoles que, simplemente, no querían perderse tan histórico momento o, lo sé de alguno, querían darse el gusto de ver al tirano muerto.
Han pasado cuarenta años y, de nuevo, los nostálgicos pretenden reunirse en una cena homenaje al responsable quizá de su fortuna, grande o miserable, y, de nuevo, a las "redes" que aquel militar bajito y resentido por no haber podido ser marino jamás pudo imaginar, llegan millares de firmas para que se impida.
Han pasado cuarenta años y, hoy, Franco es apena un recuerdo, unas líneas en los textos de historia de nuestros hijos, en ese capítulo que nunca se da. Han pasado cuarenta años y los jóvenes que ya no saben ni sabrán quién fue son legión- Han pasado cuarenta años y, para muchos, estría mejor en el olvido, pero no sería justo, porque cuarenta años después de su muerte, no diré que plácida, en la cama de un hospital, público, por cierto, hay muchos españoles, demasiados, que aún lloran todas esas heridas, todavía abiertas, que el dictador causó a su familia en los cuarenta años de sangre y miedo que tubo a España sometida. Familias que lo perdieron todo, familias que tuvieron que huir de noche de su pueblo, familias que tuvieron que dejar el país, familias que se partieron, familias que aún buscan a sus muertos. Por eso y dejando constancia de que, a la mía, aquella tragedia apenas la rozó, creo que ni Franco ni sus fechorías deben ser olvidados. Por eso me indigna que personajes, como ayer Bertín Osborne, se "encabronen" porque haya quien quiera recordar, encontrar y enterrar dignamente a sus muertos y nos restrieguen a los suyos para obligarnos a olvidar. Nunca una mancha puede limpiar otra y, estoy seguro, sus muertos fueron enterrados ya con dignidad.
Han pasado cuarenta años desde que aquellos cuarenta años ominosos llegaron a su fin y espero que no haya que esperar otros cuarenta para que se sepa por fin la verdad y se le cuente, toda, a las nuevas generaciones de españoles, para que tales errores, tales horrores, no se vuelvan a repetir.


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