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martes, 24 de noviembre de 2015

BLACK FRIDAY


Los pobrecitos españoles vivimos estos días acosados por la moda del "black friday", esa costumbre importada de los Estados Unidos, por la que los comercios saldan gran parte de sus existencias con el fin de salir de los números rojos en el balance de final del año. Venden barato, incluso rozando lo escandalosamente barato porque saben que es la única manera de llenar sus tiendas y hacer la caja que les permita vaciar las trastiendas para volver a llenarlas con una oferta renovada. Y, al final, nosotros más de una y de dos veces nos vamos a casa con lo que no necesitamos.
Pues bien, algo así es lo que están haciendo nuestros políticos, vendiéndose a precio de saldo en los escenarios más variopintos, sorprendiéndonos lo barato que se venden, como a veces nos sorprenden esos productos estrella inalcanzables, que, en apenas veinticuatro horas, se venden más que baratos, a precios ridículos so pena de quedarse acumulando polvo en cualquier estantería.
Llevamos ya varias semanas  comprobándolo. Desde que el apolíneo candidato socialista se prestó a "jugar" con Pablo Motos en su Hormiguero,  han sido muchos, comenzando por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría y su disco-baile, los políticos que se han prestado a aparecer programas de televisión y radio tan variopintos como alejados de la solemnidad y profundidad que se espera de una entrevista "de verdad" o de un debate en las páginas de un periódico o en los programas informativos de cualquier televisión o radio.
Una estratégica moda que nos ha llevado a tener que tragar a Rajoy "hasta en la sopa". Toparnos con él a todas horas, tener que soportar a ese mismo presidente que se escondió tras un monitor de televisión para negarlo todo "salvo algunas cosas", cuando se vio obligado a dar explicaciones porque su partido había sido pillado con las manos en la caja, comentando alineaciones y resultados de fútbol o contándonos quién lee primero el MARCA en Moncloa a la hora del desayuno.
Creo que, en el fondo, nos merecemos que "nuestro" presidente aparezca, con Europa patas arriba, en el descanso del partido Real Madrid-Barça haciendo bromas con el resultado. Creo que también nos merecemos que horas antes se quejase en "El larguero" de que, mientras fue ministro de Educación, Cultura y Deporte, la Educación y la Cultura le quitasen tiempo para su gran pasión, el deporte. Nos lo merecemos. Y nos lo merecemos, porque tenemos unos líderes, desde el primero al último, con coleta o sin coleta, que no dudan en vender su alma al diablo con tal de unos minutos de televisión. Y nos lo merecemos, porque damos mayor importancia y tienen más audiencia las trivialidades dichas en cualquiera de esos programas que las respuestas que puedan dar a una pregunta inteligente en una entrevista seria o en una rara rueda de prensa "con preguntas".
Nuestros políticos, a menos de un mes de las elecciones generales, están en su particular black friday, en su particular y alocada venta de ideas y chascarrillos y se saldan con el único fin de hacerse con las simpatías de los votantes en horas bajas, desprevenidos ante el televisor y, para ello, no paran en barras  a la hora de colarse en casa de los hipotéticos votantes, especialmente a la hora de la cena. Ni siquiera hacen ascos al "desmemoriado" cantamañanas, líder de audiencia televisiva, que, este fin de semana, confesaba que los programas que había grabado con dios copas habían resultado ser los mejores. 
Si, definitivamente, Rajoy y Sánchez, en su particular black friday, se ponen en oferta en el escaparate de Bertín Osborne, habrá que saber quién paga las copas, aunque me temo que, como siempre, seremos nosotros, los votantes, que, de momento, y con la que está cayendo, entre risas y flexiones, aún no sabemos cuál va a ser el papel de España en la ofensiva internacional contra Daes.
El riesgo, después de este black friday, es el de llevarnos a casa a los políticos en oferta que no necesitamos.


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viernes, 2 de agosto de 2013

RAJOY SE EQUIVOCA

 
 
Ayer, pese a los intentos de Rajoy de "dormir el balón" en ese extraño pleno del Congreso celebrado en el Senado, me esforcé y, con serio riesgo para mi salud, seguí tan señalada y a priori frustrante sesión prácticamente en su totalidad. Subrayo que, a priori, la sesión iba a ser frustrante, y lo hago porque, dijese lo que dijese el presidente, salvo que anunciase su dimisión y ni al más patán de los mandatarios podía ocurrírsele hacerlo un uno de agosto, no iba a aclarar nada respecto al caso que tanto ocupa y preocupa a este país ni iba a anunciar medida alguna que permita evitar en el futuro otros hechos similares.
La estrategia con que Rajoy acudió ayer al pleno era tan simple que sus adversarios la desactivaron antes, incluso, de que subiese al estrado. Y el presidente, nada partidario de las sorpresas, cumplió punto por punto lo pronosticado, tratando de esconderse tras una tediosa enumeración de aparentes buenos datos económicos, leída a toda prisa, porque hasta a él mismo le aburría, para esquivar el verdadero asunto que la había llevado, arrastrado por la oposición y los acontecimientos, pese a que empleó gran parte de su intervención en negarlo, a convocar este pleno fuera de fecha y fuera de escenario para tratar de justificarse ante su partido y sus votantes.
Porque ni siquiera intentó hacer otra cosa. Se limitó a levantar acta, como buen registrador de la propiedad que es, de lo que resulta innegable: que hubo sobresueldos -complementos salariales, en su jerga- y que Luis Bárcenas, su hombre de confianza en las cuentas del partido, es un delincuente, sin concederle siquiera la presunción de inocencia que reclamó para él y su partido. Algo, esto último, que sin duda tendrá consecuencias mediáticas en los próximos días, porque tan "pillado" debía tenerle el extesorero que le dejó carta blanca para retirar de Génova y poner a  buen recaudo los documentos con que probar todas sus acusaciones para arrastrar en su desgracia al partido entero.
Desde la prensa y la opinión de la derecha se viene cantando desde ayer el acto de contrición de don Mariano admitiendo el error que había supuesto confiar en Bárcenas, algo que, de no ir seguido de una dimisión, no es más que un intento de autoexculpación sin el más mínimo mérito, porque es evidente que quien dio a Bárcenas el control absoluto de las cuentas fue él. Nada o casi nada dicen de la admisión, en sede parlamentaria, de la existencia de esos complementos salariales, extendidos en la cantidad y en el tiempo, que, en el caso de los ministros, los cargos del gobierno y, por tanto, él mismo, supondría una grave infracción de lo legislado.
Por eso creo que se equivocó t que éste es sólo el principio de los que vendrá en los próximos meses. Admitir lo que admitió ha de tener consecuencias, porque, de ser cierto que Bárcenas le engaño, le engañó demasiado tiempo y demasiado, porque, como le dijo el socialista Rubalcaba, después de conocerse la existencia de las cuentas millonarias en Suiza, intercambió con él mensajes SMS más propios de dos socios en dificultades que de un presidente de gobierno y un delincuente.
Como también se le dijo todo es como aparenta ser. Bien es verdad que aún falta probarlo, pero, como en el juego de las familias sólo hay que cuadrar los asientos de los donativos en el libro de cuentas de Bárcenas con los ingresos que hacía en las cuentas bancarias del PP y eso parece que va muy avanzado. Tampoco hay que descartar que comiencen a detectarse desfasen entre los ingresos, ya admitidos por Rajoy y en sede parlamentaria, de algunos dirigentes populares y sus declaraciones a Hacienda.
Como bien le recordó la habilidosa Rosa Díez lo de ayer transcurrió en sede parlamentaria y en sede parlamentaria no se puede mentir. Quizá por eso Rajoy no hizo ninguna afirmación categórica del tipo "nadie "prodá", podrá probar. Sabe de sobra que hacerlas en falso sería muy grave y que la capacidad probatoria de la justicia puede llegar a ser muy grande. Por eso ni se molestó en contestar a sus tan certeras veinte preguntas. Es más, Rajoy ni siquiera se tomó la molestia de escucharla con el respeto que merece cualquier diputado. Y aquí también se equivocó, porque parece no ser consciente de que los votos que marcaron la diferencia para darle la mayoría absoluta de que hoy disfrutan están hoy más cerca de Rosa Díez que de su partido. 
Rajoy se equivocó porque, después de haber admitido lo poco o nada que admitió, debería haberse marchado, no lo hizo y, por no hacerlo, ha puesto y seguirá poniendo en peligro la estabilidad y las perspectivas de recuperación de España que, aparentemente, tanto le interesan. De momento, desde Alemania ya están señalando a Soraya Sáenz de Santamaría, su limpia vicepresidenta como sucesora.
 
 
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