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viernes, 29 de junio de 2018

YA ESTÁ TARDANDO


De todos es conocida la irresistible tendencia de los dictadores a hacerse enterrar en templos. Iglesias, basílicas y catedrales en el caso de quienes oprimen a sus pueblos en el nombre de dios o en templos del pueblo o de la república, como en el caso de Lenin o Bonaparte. Es como si quisieran, incluso después de muertos, continuar estando por encima de sus víctimas o de quienes, de buen grado o por miedo, les sostuvieron, como si quisieran estar más cerca de dios o del paraíso sea cual sea aquel en que creyeron.
En el caso de España, el enterramiento del dictador, frente al altar mayor de la basílica del llamado Valle de los Caídos, es una terrible afrenta a la memoria de un país que, habiéndole olvidado, aún recuerda sus fechorías y, en muchos casos, sufre las consecuencias de las barbaridades cometidas en casi cuatro décadas de dictadura, consecuencias evidentes, unas, tan invisibles como indelebles, otras. Una afrenta a los miles de familias de quienes, sin el permiso ni el conocimiento de sus deudos fueron arrancados, a veces de noche, de las fosas o las cunetas en que fueron ejecutados para rellenar con sus restos las criptas de ese templo excavado con dolor en la roca de la sierra madrileña, como el que coloca sin orden ni concierto libros robados en los estantes de una biblioteca que sólo va a servir para ser mostrada con ostentación.
La basílica con su enorme cruz, erigidas en el hermoso valle de Cuelgamuros, son un monumento al odio y el dolor, un lugar, se dijo, en el que se quería honrar la memoria de las víctimas de uno y otro bando, pero que, ya desde su construcción, que se llevó a cabo con el sudor y la sangre de miles de presos, se convirtió en eso: una afrenta para los vencidos, que se vieron obligados a salir fuera de España, a veces de guerra en guerra o a vivir en silencio el exilio interior, después de haber perdido, si no la vida, si la hacienda, el empleo, la carrera e, incluso, la familia.
Si todo acaba como debe, en un mes los restos del dictador saldrán del recinto en el que llevan más o menos los mismos años que lleve España en, mejor o peor, democracia y alguno más de los que este país vivió bajo su dictadura. Será una señal, la prueba de que España y los españoles se han hecho ya mayores y responsables, la prueba de que este país y quienes los habitan ya no necesitan tutelajes, manos firmes ni miedo para conducirse. Si todo va como debe, se pasará una página, quizá la página más trascendente, de la reciente historia de España.
Con ese gesto, se pondrá fin al espeso silencio, a la aparente inviolabilidad, que parece rodear a todo lo que tenga que ver con Franco y su dictadura. Con ese gesto estará mucho más cerca la hasta ahora imposible condena del Parlamento a aquel régimen, se disiparán los miedos de unos y de otros y será posible hablar de lo que pasó, de lo que hicieron los abuelos de unos y otros, que podrán pedir perdón en su nombre. Con este gesto, quizá se lleve hasta sus últimas consecuencias la incumplida Ley de la Memoria Histórica y, después de enfrentarnos al pasado, abriendo las viejas heridas para que de ese modo supuren, sanen y dejen de doler.
Ojalé llegue por fin ese momento que ya está tardando.

lunes, 16 de abril de 2018

EL CULO Y LAS TÉMPORAS


Entre las orillas de la verdad y la mentira hay todo un océano de matices que hay que navegar cada vez que se escribe o se abre la boca, más, si lo que afirma quien habla o quien escribe tiene, por razón del cargo que ocupa o por su notoriedad, mayor trascendencia que lo que dice la gente "de a pie", por eso me apena tanto que determinados personajes se dejen llevar por el escenario y el momento y, sin meditar mucho lo que dicen, "la suelten" sin medir las consecuencias y "la armen", poniendo en peligro su credibilidad, salpicando, demás, a quienes representan.
Lo hizo ayer la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, a la que se le calentó la boca a la hora de defender la decisión de su ayuntamiento de cambiar el nombre de la calle "Almirante Cervera" por el del actor Pepe Rubianes, vecino de la misma y muy querido por el público en Cataluña y fuera de ella. Una decisión que no necesitaría de más explicación que la de que se ajusta a la Ley de Memoria Histórica y que el anterior nombre, el del almirante que mandaba en 1898 la flota que fue masacrada por los buques enviados por los Estados Unidos en apoyo de los rebeldes cubanos en su afán de dejar de ser súbditos del rey de España. Lo hizo, tildando de facha al almirante, con estatuas en el país que logró la independencia a su pesar, a pesar de que murió en 1909, cuando el fascismo ni siquiera era un proyecto en la mente de Benito Mussolini ni, mucho menos, una coartada en manos del franquismo.
Lo de la alcaldesa vino a ser como considerar feminista a Agustina de Aragón o llamar demócratas a los Comuneros de Cartilla, una consecuencia más del maniqueísmo en que nos movemos, arrastrados por la simplificación del lenguaje y de los hechos a que se refieren con él a que tan acostumbrados nos tienen nuestros políticos. Quiero pensar que lo de Ada Colau fue sólo un descuido, que, por no sé qué motivo, no tuvo tiempo de enterarse de quién era el almirante o en qué época vivió, otra cosa, la ignorancia temeraria o la costumbra de asimilar los uniformes con el fascismo sería mucho más preocupante, lo quiero pensar y dese que, en breve, convenientemente asesorada, de algún modo se disculpe ante los herederos del almirante y antes quienes, como yo, nos hemos sentido ofendidos por tan tremendo desliz.
También quiero dejar constancia de que me encanta que el genial Pepe Rubianes, con cuya crónica del prendimiento de Jesús en el huerto de los olivos aún me río, tenga su calle en Barcelona y que ésta sea precisamente la calle en que vivió. Cómo no, ni me planteo que la decisión de cambiar el nombre de una calle que fue bautizada por el franquismo, en 1942, en plena posguerra, con el nombre del almirante, el mismo que llevaba un acorazado, tristemente famoso por haber bombardeado a la población civil durante la guerra, me parece correcto, faltaría más.
Lo que ya es difícil de explicar es que se haga pensando que el almirante Cervera fue un militar franquista o, como dijo la alcaldesa, un facha. Eso sería confundir el culo con las témporas y no lleva más que a equivocar a la gente y a extender y justificar el sectarismo.

viernes, 7 de abril de 2017

LA CRUZ Y LA ESPADA


De siempre, durante la reconquista o en la tan poco edificante conquista de América, los españoles hemos confundido la cruz y la espada. Y es que los vencedores de casi todas nuestras guerras han sometido al contrario a mandobles, pero también a cristazos, Por eso, cada vez que, desde la carretera, camino del túnel de Guadarrama que cruza tan fantástica sierra, cuando miro a la izquierda, y contemplo la belleza herida del valle de Cuelgamuros, que así se llamaba el rebautizado lugar, no puedo dejar de ver la monstruosa cruz de hormigón, monstruosa por su tamaño y por el significado que allí adquiere, como una espada clavada en el corazón y en la memoria de los miles de hombres ¿hay también mujeres? arrancados de la tierra de las cunetas y las fosas comunes en que fueron enterrados después de ser vejados, apaleados y fusilados por defender el gobierno que habían votado.
Solamente una vez he estado en Cuelgamuros, Fue en una de esas excursiones en que, a bordo del utilitario familiar, un SIMCA 1000, de esos que fabricaba Barreiros, se nos sacaba los niños a "tomar el sol" al campo o la sierra, cerca de Madrid. Recuerdo de esa excursión el contraste entre la belleza del paraje y el calor de la tarde de primavera con el frío y lo macabro de aquellas criptas junto a las que pasábamos camino del altar junto al que estaba, entonces solitaria y triunfante, la tumba del fundador de la Falange, el fascista José Antonio Primo de Rivera.
Recuerdo que, sin entender muy bien qué era aquello ni su significado, no me gustó la excursión, ni siquiera la contemplación de las mastodónticas esculturas de Juan de Ávalos, a las que el tiempo está desmenuzando, pedazo a pedazo, como quisiéramos muchos romperlas con nuestras manos, por todo lo que allí significan y por todos los que tanto sufrieron, algunos hasta la muerte, prisioneros de una guerra que habían perdido, trabajando como esclavos para levantar lo que, por más que se empeñen monjes y seglares, no es más que un descomunal monumento a la humillación del vencido,
La basílica de Cuelgamuros, con su cruz y su abadía es un mausoleo a mayor gloria del dictador. El mausoleo que hubiesen deseado levantar Hitler o Mussolini, de haber muerto en la cama como murió "nuestro" Franco. Esa basílica, con sus criptas, no puedo verla más que como una de esas increíbles sepulturas de algunos emperadores chinos, en las que se encerraba a sus concubinas y sirvientes, con todas sus riquezas, para que le sirvieran en el más allá. Lo que ocurre es que, aquí, el dictador quiso rodearse de sus enemigos muertos, quizá para seguir castigándoles, y que las riquezas amasadas a costa de los vencidos y los silenciados, se las quedaron los vivos de su familia.
Todo esto, los recuerdos infantiles, la aversión a ese lugar y a quienes la convirtieron en lo que es, me han venido a la memoria desde que ayer supe que la Audiencia Provincial de Madrid, ha admitido esa histérica demanda contra Dani Mateo y el Gran Wyoming, por un presunto delito de "ofensa de los sentimientos religiosos" cometido al calificar de mierda el "monumento" levantado en Cuelgamuros.
También me ha llevado a preguntarme por qué sólo se defienden los sentimientos de los vencedores y nunca los de los vencidos o los que no queremos estar junto a quienes nos imponen los suyos. y, más aun, recuerdo ese cartel colgado, creo en un bar de Pamplona o Bilbao, no lo recuerdo, que rezaba "prohibido blasfemar sin motivo"
En el caso de Dani y Wyoming, creo que había motivo, porque a mí, amén de las cuestiones estéticas, el significado de la herida causada en la sierra de Madrid y en la memoria de los vencidos me lleva a ver la cruz de hormigón, una cruz es, antes que un símbolo, una figura geométrica, como una espada clavada en la roca, y en la dignidad y la memoria de todos, para recordar a los vivos lo que les pasó a los muertos.

viernes, 24 de marzo de 2017

NOMBRES


Hace unos días escuché a Pablo Casado, ese joven valor del PP forrado de títulos académicos de rimbombantes nombres en inglés, criado a los pechos de Aznar, del que fue jefe de gabinete con sólo veintiocho años, decir que hay quienes, se refería a Podemos y el PSOE, para ser felices, tienen que cambiar el nombre de las calles, pero que ellos, el PP, sólo quieren ser felices. Olvida y, lo que es peor, desprecia el hecho de que hay en España demasiada gente que, para poder ser felices, necesitan que desaparezcan de las calles y plazas los nombres de quienes acabaron con la vida de muchos de los suyos y, de paso, con la felicidad y la esperanza de los derrotados, gentes obligadas a pasar todos los días por delante de estatuas y placas que les traían malos recuerdos de años y años de dolor y miseria.,
Las palabras de este petimetre pretendían dar respuesta a la decisión del Ayuntamiento de Madrid por la que, en cumplimiento de la decisión aprobada por la mayoría de los vecinos en consulta pública y abierta de devolver el nombre original de Parque Forestal de Valdebebas al parque apresuradamente bautizado como Parque Felipe VI, por una Ana Botella en fuga tras su más que desastrosa gestión del ayuntamiento madrileño. Una decisión que parece ser, para el PP, motivo de existencia hasta que, de aquí a dos años, se celebren nuevas elecciones a las que, por lo anunciado por el escudero de una más que callada Esperanza Aguirre, abrumada por el aliento del juez y la Guardia Civil en su nuca, el PP llevará la restitución del regio nombre como principal promesa. Una polémica, ésta, que el rey podría zanjar renunciando públicamente a que el parque lleve su nombre en contra de la voluntad de los vecinos expresada en las urnas.
La de los nombres, es una polémica demasiado viva en un país de vencedores y vencidos, en el que tras la sangrienta guerra civil se rebautizaron calles y plazas con los nombres de los "mártires" de uno de los bandos, el "generalísimo" o la fecha de aquel pésimo golpe de estado que tardó tres duros años de guerra, centenares de miles de muertos y gran parte de la nación destruida en imponerse. En casi cuarenta años de guerra y dictadura se apearon de las paredes las placas con los nombres de poetas y escritores, alcaldes, diputados y presidentes, virtudes del hombre y su civilización, países alineados en "el otro bando", intelectuales, músicos y todo aquel que no hubiese dejado claro desde el primer momento su adhesión al régimen.
Un espectáculo horrendo, de consecuencias nada éticas ni estéticas, al que nos cuesta poner fin, echar el telón, porque hay quien no está dispuesto a devolver las cosas a su ser, en cumplimiento de la ley y no hace sino poner palos en las ruedas del sentido común. En uno y otro lado, porque también hay, Madrid es un ejemplo, quien irreflexivamente se ha apresurado a arrancar placas que tenían su razón de ser y que han tenido que ser repuestas, con los consiguientes sonrojo y pérdida de argumentos y de razón para quienes pretenden hacer las cosas serenamente.
Simultáneamente, se ha aprobado una moción para retirar de varios hospitales madrileños el nombre que se les impuso y que no es otro que el de miembros de la familia real, nombre que confunde a quienes tienen que acudir a ellos, porque nadie o casi nadie sabe que él, "Infanta Leonor" está en Vallecas o el "Infanta Cristina" en Parla. Creo que, en el caso del hospital de Parla, que lleva el nombre de quien se lucró con los trapicheos de su marido y que por ello fue condenada al pago de una importante multa, el cambio está más que justificado. Y no sólo eso debería servir de precedente para que, en el futuro, no se dé a lo que es de todos el nombre de personas vivas, más aún, de niños que, cuando crezcan, puedan avergonzarnos como lo ha hecho la hermana del rey.
El consejero del PP ya se ha opuesto al cambio de nombre porque, dice, nos va a costar medio millón de euros. Yo, personalmente, creo que valdría la pena y que bastará con que "los suyos" dejen de meter la mano en la caja, para compensarlo sobradamente.
Por último y sin dejar de lado los nombres, en un precioso barrio de Madrid, cuyas calles se llenan cada día de gentes de toso los colores y todas las lenguas, una fuente, la de Cabestreros, justo al lado de un popular restaurante africano, conserva la placa que acredita que fue construida en tiempos de la república, un poco más abajo, siguiendo la calle Mesón de Paredes, una plaza, la ·de las Escuelas Pías", reducto que fue de los sublevados en julio del 36, acaba de ser bautizada con el nombre de un extremeño de nacimiento, Arturo Barea, madrileño de adopción hasta que, como perdedor, tuvo que emprender el exilio y, desde Londres, dio a conocer a todo el mundo el Madrid más popular. Un poco más allá, un pequeño rincón, apenas una plaza, recibirá muy pronto el nombre de Gloria Fuertes la poeta, poeta de guardia, más querida, sin ellos saberlo, de los madrileños, símbolo de tantas cosas, que nació un poco más allá, en la calle de la espada.
Me dijo una vez mi amigo Fernando Delgado que nada hay más triste que que den tu nombre a una calle y, pasados los años, nadie se acuerde que quién eras. Creo que aún es más triste que tu nombre en una placa traiga sólo malos recuerdos.

viernes, 20 de noviembre de 2015

CUARENTA AÑOS YA


Ahora que se cumplen cuarenta años de la muerte de Franco, caigo en la cuenta de que se cumplen cuarenta años de muchas cosas. Por ejemplo, cuarenta años de mis veinte, de mi pelo largo, de mis casetes de música selecta de mis primeras lecturas apasionadas, del descubrimiento de la vida, el amor y el sexo, en aquel entonces no éramos precisamente precoces y yo, particularmente, nunca fui de los más avispados. También los años del descubrimiento del activismo político, fundamentalmente y como muchos otros, en la universidad.
Recuerdo los ecos de la larga agonía del dictador, la gravedad en la voz de , por ejemplo de Florencio Solchaga, a la hora de recitar aquellos partes firmados por el equipo médico habitual, las flebitis, las hemorragias, ese goteo constante de datos oscuros en los que algunos eran capaces de leer la luz del final. La larga agonía de un sátrapa en manos de su codicioso yerno que fue capaz de fotografiarle inconsciente, ensartado por vías y tubos, lleno de electrodos, más muerto que vivo, mantenido en este mundo cruel y artificialmente quizá con el único fin de arreglar las cuentas de la familia antes de su desaparición, cuentas de las que aquellas  fotosespeluznantes, por las que años más tarde obtuvo una suculenta suma, formaban parte sin duda 
Recuerdo la tarde de aquel día buscando champán, creo que entonces no le llamábamos cava, por las tiendas de ultramarinos de los alrededores de Bravo Murillo, aún eran raros los supermercados y no digo ya las "grandes superficies" y recuerdo que a esas horas ya nos costó, porque se había agotado. Recuerdo los días siguientes y recuerdo, en el comercio de mis padres, las lágrimas de algún vecino que por fin se atrevía a contar entre sollozos el dolor causado por el muerto y recuerdo también las imágenes del duelo. Aquella larga cola en la calle Bailén en la que, luego lo ha comprendido, no sólo estaban los fieles al "caudillo", sino muchos otros españoles que, simplemente, no querían perderse tan histórico momento o, lo sé de alguno, querían darse el gusto de ver al tirano muerto.
Han pasado cuarenta años y, de nuevo, los nostálgicos pretenden reunirse en una cena homenaje al responsable quizá de su fortuna, grande o miserable, y, de nuevo, a las "redes" que aquel militar bajito y resentido por no haber podido ser marino jamás pudo imaginar, llegan millares de firmas para que se impida.
Han pasado cuarenta años y, hoy, Franco es apena un recuerdo, unas líneas en los textos de historia de nuestros hijos, en ese capítulo que nunca se da. Han pasado cuarenta años y los jóvenes que ya no saben ni sabrán quién fue son legión- Han pasado cuarenta años y, para muchos, estría mejor en el olvido, pero no sería justo, porque cuarenta años después de su muerte, no diré que plácida, en la cama de un hospital, público, por cierto, hay muchos españoles, demasiados, que aún lloran todas esas heridas, todavía abiertas, que el dictador causó a su familia en los cuarenta años de sangre y miedo que tubo a España sometida. Familias que lo perdieron todo, familias que tuvieron que huir de noche de su pueblo, familias que tuvieron que dejar el país, familias que se partieron, familias que aún buscan a sus muertos. Por eso y dejando constancia de que, a la mía, aquella tragedia apenas la rozó, creo que ni Franco ni sus fechorías deben ser olvidados. Por eso me indigna que personajes, como ayer Bertín Osborne, se "encabronen" porque haya quien quiera recordar, encontrar y enterrar dignamente a sus muertos y nos restrieguen a los suyos para obligarnos a olvidar. Nunca una mancha puede limpiar otra y, estoy seguro, sus muertos fueron enterrados ya con dignidad.
Han pasado cuarenta años desde que aquellos cuarenta años ominosos llegaron a su fin y espero que no haya que esperar otros cuarenta para que se sepa por fin la verdad y se le cuente, toda, a las nuevas generaciones de españoles, para que tales errores, tales horrores, no se vuelvan a repetir.


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lunes, 27 de mayo de 2013

PARADOJAS

 
 

Este país en que nos ha tocado vivir está lleno de paradojas. Ha ocurrido siempre y me temo que seguirá ocurriendo. Sin ir más lejos, pese a la merecida fama que nos ha dado por el mundo la figura del mítico macho español, nuestro país fue el primero en legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo y, si lo hizo, fue porque la sociedad hacía ya años que había asimilado la existencia de ese tipo de uniones y había probado sobradamente ser una de las sociedades más tolerantes de Europa y del mundo. Curioso que, mientras los españoles aún cargamos con el sambenito de intolerantes y retrógrados frente a otros países, especialmente Francia, sea la sociedad francesa la que con más virulencia se ha opuesto y se opones a una  medida legal similar a la nuestra.

Es sólo una de nuestras muchas paradojas. Otra, sangrante, es la de que a la justicia española, la que sentó las bases para la persecución y el esclarecimiento de los genocidios en la América Latina de las últimas décadas, se le impida hacer otro tanto para que los restos, desperdigados en cunetas y en fosas comunes, de las víctimas de los perdedores de la guerra civil sean devueltos a sus deudos para que de una vez puedan ser llorados como corresponde a seres humanos. Una cuenta pendiente que tiene este país con el pasado, cuando nuestros forenses y arqueólogos llevan años ayudando a hacer otro tanto con los restos de las víctimas de guerras y represiones en los Balcanes y Centroamérica. Una paradoja que sólo se explica si tenemos en cuenta que el cómodo presente de algunos se sustenta en ese negro pasado que "por nuestro bien" insisten en no querer remover. Y todo, mientras los restos de dos de los responsables de tanto odio reposan en un faraónico mausoleo construido con el dolor y el sudor de sus víctimas, junto a los restos de miles de sus víctimas, cuyos restos fueron desenterrados de las fosas comunes y almacenados sin orden ni concierto en enormes osarios, de los que ya nunca será posible rescatarlos. 

Sigamos con las paradojas. Qué decir del hecho de que nuestros jóvenes científicos tengan que cambiar de país o, incluso, de continente para hacer valer los conocimientos adquiridos gracias al esfuerzo de todos los españoles que, con sus impuestos, sufragaron sus estudios. Y hay que dar las gracias porque su talento no se pierda entre las paredes de un aula de instituto o en una oficina. Pero duele que estos españoles tengan que salir de su país para jugar en otras "ligas", mientras aquí se dilapidan millones y millones para que deportistas de otros países jueguen cada domingo como corren os caballos en un hipódromo, para satisfacción de sus propietarios y para dar sentido al negocio de las apuestas, que antes eran deportivo-benéficas y, ahora, a saber si pagan impuestos.

Son las paradojas de este país contradictorio en el que los ricos son cada vez más ricos y contribuyen menos al sostenimiento del bien común, mientras los pobres son cada vez más pobres, en el que muchos niños padecen hambre y malnutrición y en el que la mitad de los jóvenes no tienen trabajo ni futuro. El mismo país que vive angustiado y empobrecido por las imposiciones de austeridad de la misma Alemania que ahora pretende rescatar con el crédito de sus bancos a los pequeños y medianos empresarios que lo están perdiendo todo con la austeridad impuesta desde Berlín para que la temeraria concentración de préstamos de la banca alemana en la burbuja inmobiliaria. Paradoja que confirma que, como siempre ocurre, el poderoso gana siempre, tanto en los tiempos de bonanza, como cuando toca el rechinar de dientes.

Paradojas que no nos hacen pintorescos sino infelices y que sería bueno desterrar de una vez  fuera de sus fronteras.

 
 

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jueves, 2 de febrero de 2012

LA JUSTICIA Y EL FRÍO


Un viejo dicho, basado menos en la razón que en la experiencia, que dios va con los malos cuando son más que los buenos. Algo de eso debe haber, cuando lo que ayer se pudo vivir en la sala del Supremo en que se juzga al todavía juez Garzón ha quedado enterrado por las vertiginosas contrarreformas del gobierno, la salvaje tragedia de Port Said y una ola de frío que, cuando llegue, ya nos encontrará congelados de tanto oír hablar de ella.
Y hablando de frío, qué pena que la justicia antes que justa sea fría. Cómo es posible, si no, que las ancianas que ayer contaron su tragedia sin fin ante el tribunal, sin fin porque aún no han aparecido los restos de sus seres queridos, no hayan obtenido respuesta después de tres cuartos de siglo de presunta paz, la de los cementerios y las cunetas, y de treinta y cinco años de democracia.
Dicen que, cuando la justicia llega tarde, ya no es justicia y, desde luego, en este asunto no lo va a ser. Apenas quedan supervivientes entre los hijos, hermanos, maridos y esposas de aquellos que fueron asesinados fría y sistemáticamente por un régimen impuesto tras una guerra sangrienta que duró más de lo militarmente razonable, porque lo importante era el exterminio de quienes, con mayor o menor acierto osaron acabar con la incultura, la injusticia y el hambre, endémicas en España.
¿Qué pretende la magistratura española? ¿Quizá restablecer su honor y sus derechos cuando hayan pasado varios siglos, como hace la iglesia católica con aquellos a quienes persigue? Ni siquiera sería ya justo hacerlo ahora. Sí un alivio para sus deudos que podrían tener un sitio al que ir para pensar en ellos después de tantos años de apretar los dientes y guardar silencio.
No he conocido en mi familia casos como los que de quienes reclaman justicia, excepción hecha de algún exilio, aunque hace poco he sabido que mi abuelo podría haber sufrido la misma suerte que sus desaparecidos. Sin embargo, tengo grabado en mi pensamiento el relato que nos hizo en la radio una mujer, creo que de Salamanca, que contó como domingo tras domingo veía comulgar en la iglesia del pueblo al hombre que se llevó a su padre y una caja de plata maciza que nunca apareció. Por eso me pregunto qué temen los hijos de los verdugos. Sus padres o están muertos o no están en edad de ir a prisión. Y la única respuesta que encuentro es que temen que alguien ponga en duda el origen de su patrimonio. Incluso el del dinero con que se pagó su carrera. Alguno, incluso, hoy será juez. Pero se equivocan. Lo que pretenden estos ancianos es que se sepa donde están sus desaparecidos y qué pasó con ellos.
Lo dicho, dios está con los que callan, porque siempre va con los malos cuando son más que los buenos y la justicia es capaz de una frialdad infinita antes de llegar a ser justa.
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