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lunes, 29 de junio de 2015

¡¡INDIGNANTE!!



Ha sido éste un fin de semana de calor e indignación. Lo del calor es indiscutible. Yo, en todos mis años de vida, no he sentido una asfixia como la de ayer, que invitaba sólo a quedarse quietecito en un rincón, a la sombra y a ser posible cerca del agua y en medio de una brisa, natural o artificial, en tanto llega la noche, aunque, al final, uno no sabe si la larga noche y la obligación de descansar que dicen que conlleva es lo mejor para aliviarse del fuego aquí en la tierra.
Algo así es lo que está pasando en la pérfida Europa, madre desnaturalizada, que abandona a sus hijos cuando no pueden seguirla en el camino. Algo así, insisto, porque uno no sabe que es mejor, el calor del día o el de la noche o el estar en Europa o fuera de ella. Lo cierto es que los ciudadanos griegos, los hijos repudiados de la pérfida Europa han perdido ya tantas cosas que lo único que les queda por perder es el miedo y parece que lo están perdiendo.
Un miedo que deberíamos haber perdido todos hace ya mucho tiempo. Temo repetirme, pero he de recordar una vez más que, si Zapatero hubiese tenido ante el chantaje de la troika el mismo arrojo que tuvo hace diez años y que ahora celebramos, para aprobar los matrimonios entre parejas del mismo sexo. si hubiese tenido el valor de hacer frente al "lado oscuro" que habita en Bruselas, sometiendo a referéndum la reforma del artículo 135 de la Constitución, el que, una vez reformado, nos entregó atados de pies y manos a la troika y sus cuentas  perversas, otro gallo nos cantara y, probablemente, otro gallo les cantara a los griegos.
Todo esto viene a cuento de la abrupta ruptura de las negociaciones entre el Eurogrupo y Grecia sobre el pago de su deuda imposible de pagar, tras una serie de medidas aplicadas por un gobierno sintético y antidemocrático de tecnócratas, impuesto tras la propuesta de referéndum de  Papandreu, que, con sus crueles medidas, llevaron al empobrecimiento y la radicalización de la ciudadanía, expresada con la elección de Tsipras como expresión de la resistencia ante la tiranía europea.
Tal fue la insistencia de la Unión y lo más florido de la derecha y la prensa más conservadora del continente que convirtieron la elección de Tsipras en una especie de anatema ante la posibilidad de contagio en otros países martirizados. Y tal fue la simpatía y la esperanza despertadas por Txiriza entre la izquierda europea, que la actitud de los negociadores de la troika se ha pervertido por la necesidad de humillar, primero al ministro Varoufakis y más tarde al primer ministro Tsipras, para hacerle pagar su insolencia al hacerles frente.
Esto y la creciente sospecha de que alguien se está "forrando" con el tira, afloja y parece que rompe de las negociaciones, me tiene indignado. Y es que no me puedo quitar de la cabeza que gran parte de los ministros de Economía, los que imponen las condiciones a Grecia, los que aceptan o rechazan sus contraofertas, provienen como Luis de Guindos de la banca especulativa mundial, la que compra y vende en función de informaciones más que privilegiadas que les permiten manejar los mercados a su antojo.
Y, para acabar con mis razones para la indignación, no puedo dejar de mencionar  a la prensa o al menos a una gran parte de la prensa, la que, como hizo EL PAÍS ayer domingo, condenan a Grecia a los infiernos por la decisión de su primer ministro de consultar al país las imposiciones de Bruselas.
Quién ha visto y quién ve a quienes se suponen que representan a sus lectores, poniendo en duda la capacidad para decidir su futuro de la ciudadanía griega  Es indignante, muy indignante, que nadie, mucho menos un periódico que se dice independiente, se permita poner en duda uno de los instrumentos de la democracia. Es indignante que los gobiernos y la prensa no defiendan ya a quien se deben, sino a las empresas, a la superestructura capitalista que se han hecho con ellos.


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miércoles, 13 de julio de 2011

NOSTALGIA



No hay más que ver la americana que lleva Felipe en la foto para caer en la cuenta de que eran otros tiempos. Eran, pese a la chaqueta, tiempos de grandeza, de solidaridad y de sueños, tiempos en los que la marca Europa se anteponía a cualquier otra marca nacional o ideológica. La sincera colaboración entre el joven socialista español y el viejo conservador alemán, que devino en sólida amistad alimentó nuestra fe en Europa y nos hizo creer que dejábamos atrás siglos de vivir a espaldas de nuestros de continente.
Quizá por ellos, los españoles nos convertimos en los más entusiastas de la idea de Europa. Gracias a nuestros nuevos socios nuestro país tuvo acceso a infraestructuras que hasta entonces habían sido un sueño y aceptamos más o menos de buen grado que, de la noche a la mañana, nos cobrasen por un café las 166 pesetas de un euro, frente a las 100 que costaba antes. Adorábamos Europa y el hecho de ser europeos. Hoy, difícilmente diríamos lo mismo si nos preguntasen por nuestra fe en Europa.
Kohl tuvo arrojo suficiente como para aprovechar el desmoronamiento de los regímenes del Este para plantear la reunificación de Alemania, un proceso costoso y arriesgado, en el que se arriesgaban las proverbiales estabilidad y riqueza alemanas a cambio de un sueño perseguido durante medio siglo.
Habría que saber qué diría hoy el viejo canciller ante los desmanes teñidos de egoísmo y cortedad de miras de quien ocupa hoy la cancillería alemana y pretende liderar Europa con escaso éxito, qué diría de Ángela Merkel, una mujer que, pese a proceder de la Alemania del Este y a militar en el mismo partido que pilotó Kohl, tiene tan poco que ver con la grandeza -y no sólo física- tiene tan poco que ver con él.
Dónde están aquellas largas reuniones de los líderes europeos que no se levantaban hasta tener una solución. Qué poco tienen que ver con los simulacros de hoy que apenas consiguen calmar durante unas horas la ansiedad de quienes sienten el peso de un futuro hipotecado como consecuencia de la falta de coraje de sus gobernantes.
Hoy, esos intentos de acuerdo, sin voluntad de conseguirlo, que acaban siempre en aplazamientos que alimentan la voracidad de quienes especulan contra el euro y las economías del sur de Europa, aunque a veces el Sur, como ocurre con Irlanda, haya que buscarlo en el Norte. Es más, uno podría llegar a pensar que, como los pescadores de caña, buscan, con ese tira y afloja, que el anzuelo se clave firme e irremediablemente en nuestra boca.
No sé si ahora echo de menos aquellos días como también echo de menos aquella primera vez que leí a Camus. El caso es que, ante tanta mediocridad y tanta miseria de pensamiento, hoy siento nostalgia, una dulce y, a la vez, amarga nostalgia.