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miércoles, 25 de mayo de 2016

¿DE QUÉ VAN?


Yo creía, tonto de mí, que los partidos políticos estaban en nuestras vidas para hacerlas mejores, que los políticos se nos ofrecían cada cuatro años, en cada elección, para gestionar nuestro bienestar. Y no, nada más lejos de la realidad. Por desgracia, en la mayoría de los casos, unos y otros están para mejorar sus vidas o las de sus amigos y para gestionar su bienestar, a costa de lo que sea.
Acabamos de conocer por el INE que un 28% de los españoles, casi tres de cada diez, no llega a fin de mes, si no es dejando de comer carne o pescado como mandan la tradición o el sentido común y que, además, no pueden calentar su casa ni el agua de sus duchas ¿Y de qué creen que hablan los políticos en "precampaña", en esta sempiterna campaña en la que vivimos? ¿De la casi pobreza de esos casi trece millones de españoles o de "lo suyo"? Felicidades, habéis acertado, hablan únicamente de lo suyo. Mejor dicho, no hablan de lo suyo ni de lo poco que hacen por nosotros, hablan de lo de los oros.
Cuesta creer que el PSOE, por ejemplo, hable tan poco de Rajoy y sus fechorías, del Partido Popular y sus saqueos. Cuesta creerlo, pero es así. A Pedro Sánchez lo que le preocupa es que Podemos, junto a Izquierda Unida, representantes de la izquierda dolida y desencantada puedan superarle en votos, puedan llevarle por primera vez en democracia a ocupar el tercer puesto en las próximas elecciones. Lo que le preocupa al PSOE, a Pedro Sánchez, es dejar de ostentar el título de jefe de la oposición y, para ello, se esfuerza no en diagnosticar problemas y buscar soluciones, sino en meter el dedo en el ojo de sus rivales en la izquierda, en hacerse eco de cualquier bulo que se lance contra ella y, cómo no, en minimizar, cuando no en despreciar, cualquier logro de ésta en los ayuntamientos donde han alcanzado el gobierno.
No ve Pedro Sánchez el continuo saqueo a que ha sometido el PP a ciudades como Madrid. No lo ve y se empeña en impedir, con manguerazos de demagogia y falsedad, cualquier intento por parte de sus compañeros para reforzar desde el gobierno la gestión de las coaliciones progresistas que logró arrebatar por fin a la derecha los ayuntamientos de ciudades tan importantes o simbólicas como Madrid, Barcelona, Coruña, Zaragoza o Cádiz. No. Pedro Sánchez, ese maniquí con cara de curita joven y guapo, que recita lo que le escriben como recitaría un niño su papel en las absurdas, si no ridículas, fiestas escolares, prefiere ver esas capitales en manos de la derecha a permitir que otros demuestren que una gestión más honrada y más justa es posible.
Y qué decir de Albert Rivera, que viaja a Caracas y lo hace después de haberlo anunciado durante días, para crear la expectación y el morbo suficientes como para convertir su visita en un acto más de campaña y obteniendo a cambio de su presencia en la Asamblea Nacional la esperada recompensa de reforzar las dudas, negadas una y otra vez por la justicia española, sobre la financiación de Podemos, dejando en un segundo plano el evidente sufrimiento del pueblo venezolano.
Nada hacen ni dicen los partidos españoles, ninguno o casi ninguno, sobre la situación de países que, como Guinea Ecuatorial o el Sahara, tienen más cercanía en responsabilidad, espacio y el tiempo con nosotros que la patria de Simón Bolívar.
No. No hablan de lo que nos preocupa, no hablan de nuestros problemas. A cambio se tiran pellas de barro e insidias, como niños a la salida del colegio o como borrachos tras una noche de juerga, No se enfrentan a la realidad, porque no buscan nuestro bienestar y lo único que les interesa es nuestro voto, tratando de mostrar su lado más centrista, ignorando que el centro no existe en política, porque todos los partidos, incluida la tan llorada UCD -llorada con lágrimas de cocodrilo, claro- son de derechas o de izquierdas, como lo son los ciudadanos, los votantes, porque en asuntos de moral o de dinero sólo se puede ser eso: de izquierdas o de derechas. Y basta con hablar de impuestos o de los derechos de la mujer para comprobarlo.
Si Pedro Sánchez emplease la mitad del tiempo que ocupa en criticar a Podemos y a los "comunistas" en construir un proyecto claro para los españoles y en explicar claramente sus intenciones, si Albert Rivera, en lugar de insistir en relacionar a Podemos con Venezuela, explicase sin tapujos su relación con las empresas del IBEX y sus finanzas, probablemente todo estaría más claro.
Mientras tanto ¿de qué van?

viernes, 13 de mayo de 2016

SE ADELANTA POR LA IZQUIERDA


A mes y medio de las elecciones del 26 de junio, que no son ni una segunda vuelta ni un desempate, creo que conviene, como se debe hacer en los adelantamientos, no quitar la vista del frente, el futuro,
ni dejar de mirar de vez en cuando al retrovisor, el pasado. Sólo así tendremos las cosas claras en el momento de ir a votar. Mientras tanto, como en un coche cargado de niños, de familiares, de amigos o de desconocidos, conviene abstraerse de toso el ruido que nos rodea y nos va a rodear, para que lo único que nos importe es avanzar con nuestro vehículo, rebasar ese obstáculo que tanto nos retrasa y situarnos con bien ante la carretera despejada.
Quienes hemos conducido, especialmente en carretera, sabemos que, a la hora de adelantar, lo peor es la indecisión, las dudas, el miedo que agarrota los músculos y confunde los sentidos y, sobre todo, la falta de visibilidad, el no saber qué hay adelante y no tener claro si el vehículo que conducimos va a responder como esperamos y necesitamos. Porque, si me apuráis, nada hay peor que no saber cómo va a reaccionar el vehículo al que nos subimos, si se va a quedar sin potencia, si le van a fallar los frenos cuando los necesitemos o si tiene vicios en la dirección, si a la hora de la verdad se va a vencer hacia la derecha o hacía la izquierda, llevándonos a donde no queremos ir o, lo que es peor, a la cuneta.
Venimos de cuatro largos años de injusticia, de cuatro largos años en los que hemos retrocedido, unos más que otros, décadas en el tiempo, en el que quienes nos creíamos ya a salvo nos hemos visto de nuevo en peligro. Años en los que el capitalismo, ese gran capital oscuro y duro del que hoy hablaba Almudena Grandes, ha saqueado nuestra despensa, quitándoles el pan a quienes más lo necesitan para almacenarlo sin control y sin vergüenza en sus paraísos. De ahí venimos y de ahí necesitamos salir lo antes posible y, para salir, necesitamos subir a un vehículo potente, sólido y fiable que nos saque de ese infierno.
Ese vehículo no puede ser de ningún modo el que hace cuatro meses nos prometió el paraíso y trató por todos los medios de aparcar en un área de servicio, la de color naranja, porque el conductor, Pedro Sánchez, tenía necesidades que cubrir. Nos engañó entonces y, con el coche lleno de buitres graznando y esperando hacerse con sus despojos, es cualquier cosa, menos seguro, porque, aunque el propio Sánchez quiera ignorarlo, es imposible que acabe por llevarlo y llevarnos por sí mismo a buen puerto, porque va a necesitar ayuda y tiene el vicio o lo tienen los que le sujetan el volante de buscarla en la derecha.
La otra oportunidad que tenemos de salir de este barrizal es la de subirnos al tándem, improvisado, si queréis, que han formado Podemos e Izquierda Unida. La izquierda emergente, la surgida, si no en dirigentes, sí en votantes, del 15-M y la izquierda de siempre, tras años de intentos de renovación y de relativa marginalidad, juntos, sumando votantes, para rebasar a quienes nos dejaron en la cuneta, junto a compañeros de viaje indeseables a los que dio las llaves de contacto y el volante.
Estas elecciones que se acercan son muy importantes, quizá las más importantes que vamos a vivir quienes tenemos derecho a votar en ellas. Y no podemos equivocarnos. Tenemos que tener muy claro que cualquier rebaja en los impuestos, el reclamo con que nos engatusa le derecha, se transformara en un aumento del déficit y en recortes que nos quitarán lo que es de todos para dejarlo en manos de los que luego nos lo revenderán más caro y peor. En estas elecciones no tenemos que hacer caso de los que reniegan de "los comunistas", los mismos que impulsaron desde dentro, bajo el franquismo, la defensa de la libertad y los derechos de todos.

Estas elecciones deben servir para salir cuanto antes de esta región tenebrosa y para ellos, nada mejor que ignorar toso ese ruido que nos rodea y nos va a rodear los próximos días, sujetar bien el volante, mirar al frente. sin perder de vista el retrovisor e ir rebasando, uno por uno, todos los obstáculos, sin olvidar que, aquí y ahora, sólo se puede adelantar por la izquierda.

miércoles, 11 de mayo de 2016

PARA QUE SE JODA EL SARGENTO...


Hay una frase hecha, una de esas sentencias de la sabiduría popular, que resume a las mil maravillas la negativa de Pedro Sánchez o de quien esté detrás o encima de él en el PSOE. Una sentencia que pone de relieve la estupidez de quien pretende castigar a otro causándose daño a sí mismo. La frase en cuestión, escuchada o evocada más de una y más de dos veces en los cuarteles por los que hicimos el servicio militar, la "mili", no es otra que la que reza así: "para que se joda el sargento, no como rancho".
Qué es sino una autoflagelación o, lo que es peor, un castigo para quienes quieren, queremos, que, de una puñetera vez se vayan y dejen de hacer y deshacer a su antojo leyes y normas aquellos que llevan cuatro largos años desmontando lo que queda de nuestro bienestar y, con ello, nuestra felicidad. Lo de Sánchez ayer, rechazando sin apenas meditarla, la oferta de Podemos para compartir listas al Senado, es como dejar de comer el rancho que se sirve en la mesa para castigar a Pablo Iglesias a expensas del futuro de la izquierda, en la que se supone que habría que incluir también a los socialistas.
Aún recuerdo aquella Entessa del catralans que, en plena transición barrió con su lista al Senado por Barcelona las elecciones, convirtiendo a Joan Benet, pese a lo que Esperanza Aguirre de sí misma, en el senador más votado de la historia de la democracia española. Y, porque lo recuerdo, no me cabe en la cabeza que un partido que se dice de izquierdas y que jura y perjura querer desalojar al PP del poder, el PSOE, renuncie a arrebatártele la mayoría del Senado, dejando en manos de quienes han dejado en la miseria y el dolor a tantas familias, de quienes ha sentado en esos escaños a quienes pasan por ser las estrellas de la corrupción en Valencia, el control de una cámara que no sirve para otra cosa que para bloquear cualquier reforma constitucional que se abra paso en el Congreso.
No me cabía en la cabeza hasta que, escuchando a Óscar López, se ha hecho la luz para mí. Dicen decir no a la propuesta, y valga el trabalenguas, para que Podemos y sus socios no saquen adelante el referéndum en el que se consultaría a los catalanes por el futuro de su relación con el Estado. Y lo dice "tan pancho", sin mover una pestaña, confundiendo o pretendiendo al menos que confundamos gobierno con parlamento. Agitando el señuelo del anti catalanismo o el estandarte de una pretendida unidad inquebrantable de España, a qué me suena esto, para justificar su estrategia de zapador, su ansia de minar cualquier intento de construir una izquierda fuerte que ensombrezca y minimice su estéril hegemonía, al menos en estos últimos años.
Pero no nos engañemos. Ni siquiera ese anti catalanismo, ese veto a cualquier propuesta de consulta homologada y democrática, no muy distinta de las de Escocia o el Quebec, es la verdadera razón de la negativa. La verdadera razón hay que buscarla en el pánico ciego de quienes controlan el partido socialista a que la izquierda pueda acceder, como ya pasa en ayuntamientos y comunidades, a los despachos que han visto y oído tanto a lo largo de tantos años de gobiernos corruptos y oposiciones consentidores y complacientes. No quieren que el aire limpio y la luz entren en ellos y levanten las alfombras que esconden tanta basura. No quieren que aumente el número de senadores progresistas para que no multipliquen y no controlen las comisiones que investiguen y barran tanta basura.
Oscar López y Pedro Sánchez pretenden que confundamos una alianza que acabaría el día que cada senador electo recibiese su credencial, con un pacto de gobierno que sí implicaría compromisos para el futuro.
Que lo digan claro, que digan que no quieren senadores con restas, de se dejen de sumas y restas que se hicieron en los tiempos de Almunia y Paco Frutos, cuando este país padecía una izquierda y una juventud desmovilizadas, cuando aún creía que era rico y no había habido un 15-M. Está claro que juntos sumarían más. No hay más que ver el "canguelo" que les ha entrado con la alianza de Podemos e Izquierda Unida, no hay más que recordar aquellos tiempos en que España salió de la dictadura con socialistas y comunistas, sí. comunistas, de la mano.
Como reza la sentencia han decidido que para que se joda el sargento, no van a comer el rancho de la unidad, aunque sean sus votantes y quienes quieren que este país cambie los que resulten jodidos.

martes, 10 de mayo de 2016

SÍ. POR FIN JUNTOS



Con cuatro meses de retraso, con alguna que otra inocencia perdida y, a lo mejor, gracias a eso, ayer llegó por fin el acuerdo que puede unir, si no a los partidos, sí a las bases de la izquierda española que, ahora puede verse, es muy amplia.
Dicen que el gato escaldado del agua fría huye y no me parece que Pablo Iglesias, a pesar de sus torpezas, ni quienes le rodean, escaldados en noviembre quieran mojarse en junio. Quizá por eso y con la calculadora en la mano, Podemos se ha apeado de su exceso de arrogancia y se ha avenido a ceder en algunas de las condiciones planteadas por Alberto Garzón en nombre Izquierda Unida – Unidad Popular.
Por eso estoy seguro de que Pablo Iglesias, sabedor de su desgaste en estos cuatro meses, o más, de soberbia intransigencia, y Alberto Garzón, el líder mejor valorado de la izquierda estatal si no de todo el arco parlamentario y deseoso de transformar por fin en escaños todos esos votos recibidos por IU-UP, que se vieron malogrados en las últimas elecciones.
Sea por lo que sea, Podemos e IU, las fuerzas que solas o en compañía de otros se disputaron hace cinco meses los votos a la izquierda del PSOE, acuden juntos a esta nueva convocatoria y, por las primeras reacciones, de entusiasmo por parte de unos y de pánico y resentimiento por parte de otros, parece que la suma de sus expectativas en votos se traducirá en un importante número de escaños que podría llevar al desgastado y descastado PSOE al lugar que, a mi modo de ver, mereció ya en noviembre.
En las próximas horas, las bases de IU y Podemos tendrán que ratificar este acuerdo, aún con incógnitas, pero que, dada la distinta situación de partida y, esto es personal, la confianza que me merece Alberto Garzón, superará fácilmente el trámite. Será entonces cuando, al menos en Izquierda Unida, comiencen a retratarse, si no lo han hecho ya, quienes prefieren, lo he dicho muchas veces, ser cabeza de ratón antes que cola de poderoso león transformador, cuando algunos traten de defender su chiringuito en perjuicio de los ciudadanos que depositamos el voto y la confianza en esas siglas.
Llegarán también las meteduras de pata de unos y otros que, espero, se resolverán rápido y con bien, y llegará el acoso de los poderosos que no quieren perder el control del parlamento, consolidado durante años de tratar con la vieja política y engatusar a sus líderes. Llegará lo peor de esos partidos, tan acostumbrados a las componendas que tendrán que entenderse ahora con una izquierda emergente y esa otra izquierda, la vieja izquierda, según los pipiolos del PSOE, a la que siempre han marginado a la hora de repartir las armas electorales.
No les van a resultar fáciles, no, los nuevos tiempos a los “compañeros” diputados del PSOE, porque después de tantos años y, por desgracia, están más cerca en intereses y en amistades de sus “colegas” del PP que de quienes lleguen ahora al hemiciclo. Tampoco les va a resultar fácil a los opinadores, anoche mismo pudimos comprobarlo, que perderán “soplos” y favores de sus viejas fuentes y que ahora, algunos ya añosos, tendrán que reconfigurar el mapa de la información parlamentaria.
Supongo que más de uno andará ahora ajustando consignas con sus “padrinos” y recibiendo las correspondientes filtraciones insidiosas para minar la fuerza de este acuerdo que puede hacer tambalearse las estructuras de la que ha sido la política española en los últimos treinta años. Supongo que no tardarán en pintarnos apocalipsis varios para el caso de que se produzca el tan temido “sorpasso” que convierta a Pablo Iglesias y Alberto Garzón en líderes de la leal oposición o, quién sabe, en el núcleo duro del nuevo gobierno.
Estoy expectante por saber en qué va a acabar todo esto. Hay quien dice que, a pesar de los cambios que se produzcan en la composición del hemiciclo, el equilibrio entre la izquierda y la derecha será el mismo, que PP y Ciudadanos podrían sumar escaños para equilibrar el ascenso de Podemos-IU. En ese caso el papel del PSOE, seguro que ya sin Pedro Sánchez, será decisivo y será bueno conocer su posición y la de sus bases, porque quizá opte por dificultar de nuevo un gobierno de la izquierda. Será excelente, porque, facilitando, la permanencia de la vieja y cruel derecha económica en el poder, el PP azul y el PP naranja, que dice Garzón, se retratará para siempre y dejará libre y despejado el espacio de la izquierda.

Nos van a contar muchas patrañas, se van a emplear a fondo en las insidias. Nos van a mentir una vez más, pero esta vez lo harán a la desesperada y con miedo. Nuestro deber, como le decía ayer a mi amigo Víctor Claudín, es convencer a quienes nos rodean, propios y extraños, de que nunca como ahora votar va a ser imprescindibles, porque, por fin la izquierda, nuestra izquierda acude unida a las urnas. Sí, después de tantos años, por fin juntos.

martes, 3 de mayo de 2016

PERDER LA VIRGINIDAD


España es un país al que, como se cuenta por ahí que hacen algunos cirujanos plásticos con mujeres que han de ir vírgenes al matrimonio, le han reconstruido el himen para devolverle la virginidad perdida que tuvo cuando en tiempos ya lejanos se atrevió a dejarse llevar por sus pasiones, pero también y, sobre todo, por las necesidades de sus gentes. Una sangrienta guerra civil y una dolorosa posguerra, sumadas a una prudente transición, han grabado a fuego en el imaginario de los españoles que la unión de las izquierdas, lo que despectivamente se ha dado en llamar "frentepopulismo" lleva al caos y a la ruina.
Esa ha sido la sutil reconstrucción del himen a que ha sido sometida nuestra sociedad para que nunca más se atreva a bajar del caballo a los señoritos, para que no crea en sus propias posibilidades, para que agache a la cabeza y se deje guiar, como en la dictadura, por la gente de orden o por la que, al menos, trata de parecer de orden. Sólo en aquellos primeros años de democracia, en los que el PSOE se atrevió a dejarse apoyar por el Partido Comunista de Carrillo en aquellos ayuntamientos que tanto ilusionaron a los ciudadanos y tanto hicieron por ellos, se venció el miedo a perder la virginidad y se tuvo el coraje de doblar el brazo a la derecha, hasta entonces imbatible.
Y, pese a todo, no sobrevino el Apocalipsis, los autobuses siguieron funcionando, los parques siguieron regándose y en las escuelas hubo clase todos los días. Bien es verdad que quienes, como las sanguijuelas de la sangre de los mamíferos, habían vivido de los presupuestos de esos ayuntamientos no tardaron en arreglárselas para seguir haciéndolo mediante contratos vergonzantes, las primeras privatizaciones, que a algún concejal que se atrevió a denunciarlos le costaron la carrera.
Ese fue el comienzo. A partir de ahí, y poco a poco, el PSOE fue alejándose de la izquierda y de la dente hasta llegar a la situación actual en la que, claramente, ha preferido, si no unirse a la derecha para gobernar con ella, sí rechazar con todas las excusas posibles cualquier posibilidad de hacerlo con la izquierda. Pedro Sánchez o quien le tiene cogido por ahí mismo no han querido bajar al río con los pretendientes que le hacían ofertas desde la izquierda. Y para ello se dejó acompañar a todas horas por Ciudadanos, que, como buena carabina, no le ha dejado ni a sol ni a sombra a solas con todos esos desharrapados y melenudos que le pretendían, vistiéndola, además, con los adustos ropajes de un acuerdo áspero y maloliente, capaz de ahuyentar a cualquiera que pretendiese la preciada flor de su virginidad.
Todo eso nos ha traído a donde estamos, sin haber disfrutado de los pecados, que son placeres, del río. Y ahora estamos de nuevo cada uno por su lado, con Pedro Sánchez sólo y sin haber dado con el imposible de entregarse a la derecha, pero vistiendo los ásperos ropajes que le impuso la carabina que para él ha sido Albert Rivera, uno ropajes que le van a perseguir en cada debate, en cada debate, poniendo en duda todos y cada uno de los puntos de su programa.
Quienes hubiésemos preferido verle en el río, dejándose acariciar por quienes más se parecen a nosotros, deseamos con todas nuestras fuerzas que, por fin, se dé ese acuerdo entre todas las fuerzas de la izquierda que lleve a la sociedad española a atreverse a perder esa virginidad reconstruida para volver a soñar ese sueño interrumpido que a punto estuvo de hacer realidad aquella suma de fuerzas progresistas de las izquierdas y alguna derecha, capaz de volver a colocar a España y, por qué no también, a Europa sobre los raíles de la Historia. Quizá, si se consigue esa alianza, al PSOE no le quede más remedio que sumarse.
Nunca como ahora será posible perder esa virginidad y nunca como ahora será más necesario, para acabar con la desigualdad, la injusticia y los trágalas que nos vienen de la anquilosada y egoísta Europa y, ahora, de los poderosos Estadios Unidos.

jueves, 21 de abril de 2016

JUNTOS, MUCHO MEJOR


Sé que la mayoría de las veces no es bueno plantear y plantearse qué hubiera pasado si se hubiese hecho o dejado de hacer tal o cual cosa. De acuerdo. Las cosas siempre son como son y no como podrían haber sido. Sin embargo y, aun así, creo que tenemos derecho a pensar que la situación política actual sería muy distinta si, cuando se planteó hace unos meses, Izquierda Unida y Podemos hubiesen llegado a un acuerdo para acudir juntos a las elecciones.
De momento, los votos de unos y otros, sumados al innegable efecto de arrastre que cualquier oferta unitaria de la izquierda produce en electorado hubiesen superado de sobra los obtenido por el PSOE, porque no hay que olvidar que Izquierda Unida, pese a que apenas se le permitió dar su mensaje en las televisiones y pese a que quedó injustamente excluida de los debates obtuvo casi un millón de votos, votos que, por la injusta ley de D'Hont, quedaron, salvo en Madrid, donde obtuvo dos, sin la recompensa del escaño.
Aunque en política se puede estar seguro de pocas cosas, también estoy seguro de que esa suma de votos que no pudo ser hubiese tenido una traducción en escaños que hubiese arrumbado al PSOE de Sánchez al papel de tercera fuerza política y, con esos resultados, hubiese sido más que improbable que el rey encargase a Sánchez la formación de gobierno. Bien es verdad que quizá la consecuencia
de ese resultado hubiese sido "la santa alianza", esa gran coalición tan acariciada por el IBEX 35 y la CEOE. Bien es verdad que tal posibilidad preocupa, y mucho, en la izquierda, pero, como sentencia el dicho, "más vale una vez colorado que ciento amarillo", porque ese sería el penúltimo paso, si no el último, que diese el PSOE como partido de la izquierda.
Dicho esto, ahora viene lo más difícil. Y lo más difícil es la gestión de egos y recelos de unos y otros para que, si se repiten las elecciones, esta vez sí sea posible una lista unitaria de la izquierda, a la que nosotros los votantes, los tontos útiles, los olvidados, pudiésemos votar, sin tener que escoger a quién queremos más, sin tener que elegir "entre papá y mamá". Para ello, para hacer posible esa lista, Pablo Iglesias tendría que mostrar la cintura política que no tuvo en las conversaciones previas al 20-D y admitir a Izquierda Unida como grupo dentro de sus listas y no como un ramillete de nombres que sirvan de reclamo a los votantes.
Bien es verdad que ahora, sabiendo lo que sabemos y sabiendo lo que saben Podemos e Izquierda Unida del comportamiento de unos y otros en el Congreso. Sabiendo, por ejemplo, lo que Izquierda Unida puede esperar de Podemos y lo que Podemos puede esperar de sus mareas, las mareas de Podemos y, unos y otros, del presunto pedigrí de izquierdas del PSOE. Bien es verdad que con todos esos datos el acuerdo, si lo hay, será, si bien más difícil, sí más sólido.
Lo que parece ya seguro es que, si finalmente vamos a elecciones, ese falso equilibrio que ahora se da desaparecerá, porque los votantes acudiremos a las urnas con la lección aprendida y conscientes de lo que podemos esperar del partido a que votemos, conscientes del lugar al que van a llevar esos votos.
Sabremos, por ejemplo, que los votos entregados al PSOE creyendo en la posibilidad de un gobierno de izquierdas se podrán utilizar y se utilizarán para marginar a otras fuerzas de la izquierda a la hora de configurar los grupos y los órganos de la cámara.
No sé cuánto de lo que aquí he escrito se cumplirá. Lo que sí sé es que esta vez si es que, insisto, se convocan nuevas elecciones, es que tenemos que dejarnos la piel en el empeño de conseguir una lista unitaria que nos permita votar a unos sin dejar de votar a los otros. Esa sí que sería una gran lección para los partidos de la casta, esa sí que sería una gran oportunidad de cambiar las cosas, porque está claro que, juntos, todo irá mucho mejor.

jueves, 8 de octubre de 2015

NO TODO ESTÁ PERDIDO


Acabo de escuchar el análisis que Pablo Simón, de Politikon, hace de las ventajas e inconvenientes que tendría en el complejo sistema electoral español la presentación de candidaturas independientes o una candidatura conjunta de Podemos e Izquierda Unida, una análisis en el que parece dar la razón a Pablo Iglesias, porque dado el número de escaños asignados a cada circunscripción, tal alianza no supondría tal ventaja. Y yo, que acepto ese cálculo, creo que no tiene en cuenta  un factor  importante y ese factor es el de la movilización del voto que conllevaría la lista conjunta o, por el contrario, la desmovilización en beneficio de la abstención a que conduciría el empeño en presentar una izquierda dividida.
Creo que los líderes de Podemos, especialmente Pablo Iglesias, piensan más en los acuerdos del día después de la votación y en la libertad que le daría, para  dar su apoyo o no a los socialistas de Pedro Sánchez, no tener que compartir el control que ahora tiene sobre su formación. Una hipótesis que, en mi opinión y por contrario, le restaría fuerza en esa negociación y que, muy  probablemente, echaría al PSOE en los brazos de Ciudadanos. Menos mal que parece que, al menos, la caída del PP parece incontestable, como parece incontestable su aislamiento y repudio por parte del resto de fuerzas políticas.
Es cierto que Izquierda Unida no ha estado en las mejores manos en momentos tan cruciales como los que hemos vivido estos últimos años, pero también es cierto que tiene un capital humano, el de militantes y votantes, al que quien se dice de izquierdas no debiera renunciar, a no ser que crea en esa imposible transversalidad que predica y que sólo fue un espejismo que quizá tuvo sentido mientras se consolidaba Ciudadanos y que, después de las elecciones catalanas, ha dejado de brillar.
Yo, que, pese a no haber militado nunca en partido alguno, me he considerado, siempre y desde que entré en la universidad allá por los últimos años del franquismo, políticamente activo y de izquierdas, no cero en el trasvase de votos entre la izquierda y la derecha ni, mucho menos, de la derecha a la izquierda. Por eso no creo que, descafeinando las esperanzas de la izquierda, Podemos vaya a crecer por la derecha como parece pretender.
Lo de ayer, la ruptura de las conversaciones entre Izquierda Unida y Podemos o entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón, como prefiráis, precisamente en el día en que el CIS certifica que, pasados ya cien días de la constitución de ayuntamientos y gobiernos autónomos, los españoles se sienten cómodos, más identificados y satisfechos con las listas y coaliciones amplias de izquierda que con cualquiera otra opción y que Manuela Carmena, Asa Colau o Joan Ribo son los líderes mejor considerados por los encuestados, curiosamente ninguno de ellos en Podemos, aunque sí apoyados por la formación.
Podemos e IU no han llegado a nada, pero no todo está perdido, porque, pese a lo que crea Iglesias, quedan aún muchas opciones, todas en la izquierda, para conformar una lista de izquierda capaz de recoger todo ese voto que, de otro modo se vería frustrado y condenado a la abstención, porque, pese a lo que diga "coleta morada" es mejor una sopa de siglas en una coalición que todas esas siglas desperdigadas y solas en la mesa de las papeletas. Así que pongámonos manos a la obra, porque no todo está perdido y porque quizá, después de la cura de humildad que necesita y que sólo está en nuestras manos, a Pablo Iglesias se le bajen los humos y acabe soltando el patrimonio de votos que, de momento, no quiere compartir.


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viernes, 10 de julio de 2015

LO QUE TOCA AHORA, SEÑOR IGLESIAS, ES SUMAR



He de confesar que, desde que sé de la creación de la plataforma Ahora en Común, que esta tarde se presenta en Madrid me estoy más tranquilo t mucho más optimista de cara a las próximas elecciones generales y reconozco que la noticia me ha entusiasmado tanto como me entusiasmo conocer el acuerdo para la creación de Barcelona en Comí que, finalmente, ha llevado a Ada Colau a la alcaldía de Barcelona.
Es triste ver como un éxito que es de todos se estrangula por el personalismo de algunos, es malo ver cómo, en la puerta que hemos abierto entre todos, sí, entre todos, se ha establecido un peaje en el que se obliga a quien quiera pasar a renunciar a su nombre y apellidos y, como en una secta o una orden religiosa, que no deja de ser los mismo, a guardar obediencia ciega al líder. Es triste comprobar cómo Pablo Iglesias se ha hecho con las llaves del convento y no quiere en él nada ni a nadie que le haga sombra.
No me gustan los popes, lo he dicho más de una vez, y menos me gustan todas esas estructuras que los popes construyen a su alrededor que impiden cualquier atisbo de crítica, como tampoco me gustan las asambleas teledirigidas en las que la masa acaba por ser un instrumento del líder. No me gusta la masa uniforme que se convierte en instrumento de control de  la misma masa. No me gusta que, con su labia, nadie controle a nadie.
Ayer, mientras veía a Pablo Iglesias en el Parlamento Europeo, con los brazos en jarra, llamando de tú al primer ministro griego, Alexis Tsipras - Alexis, le decía- mientras su compañero de escaño, creo que era Miguel Urbán, guardaba una y otra vez su imagen una y otra vez "para la inmortalidad" con su smartphone, lo confieso, sentí vergüenza ajena. Creo sinceramente que Iglesias se está pasando de empoderamiento y de liderazgo y creo que su actitud de Jesucristo Superstar, abroncando a fariseos y comerciantes, unas veces, y dejándose aclamar como un profeta por sus discípulos, en la gira triunfal que, se ha montado para darse a conocer, como haría cualquier líder "castoso", resulta bastante antigua, cuando menos.
Nunca como ahora ha estado tan cerca de hacerse realidad la posibilidad de dar un vuelco, se poner patas arriba, todas estas instituciones que, desde hace años y hasta ahora, se han ido deteriorando y pervirtiendo hasta ponerlas de espaldas al pueblo, preocupadas más por los privilegios de quienes las ocupan que por los ciudadanos a quienes tienen que administrar y defender. Nunca como hasta ahora, hemos tenido tan cerca ese sueño y, sin embargo, el personalismo de algunos, su mesianismo, puede dar al traste con él.
La posibilidad de que, desde la izquierda, aunque sea una izquierda en crisis y en pleno proceso de regeneración, se dé vida a una plataforma capaz, como capaces han sido Barcelona en Comú, las mareas Gallegas o Ahora Madrid, de aunar el voto de los jóvenes airados, los decepcionados de la socialdemocracia, los asqueados con el aparato de los partidos profesionalizados y anquilosados, incapaces ya de otra cosa que defender miserables cuotas de poder, frustrando las ilusiones de una militancia deseosa de movilizarse como siempre ha hecho... la posibilidad, en fin, de que la izquierda despierte, mida sus fuerzas y las una contra quienes decretan recortes crueles de nuestro bienestar o que, manteniendo la O de obrero en sus siglas, hipotecan nuestro futuro y el de nuestros hijos dando su apoyo a un tratado comercial que echa por tierra toda nuestra cultura sindical y todas las leyes que nos hemos dado para defendernos de los abusos de las multinacionales que nos sacan la sangre para enterrar sus beneficios en paraísos fiscales, esa posibilidad no debemos dejar que se nos escape.
Por eso hay que construir una alternativa que sume, no una alternativa que, con su actitud excluyente, reste o divida todas estas fuerzas por primera vez tan dispuestas a colaborar. Cuanto más fuertes sean proyectos como es Ahora en Común, más posibilidades habrá de que Podemos se avenga a unir esas fuerzas que, gracias sin duda a su sentido de la oportunidad, pero gracias también, no hay que olvidarlo, al apoyo que muchos le dimos, potencialmente tienen ahora. Tal parece que Pablo Iglesias prefiere ser cabeza de ratón antes que sumarse a cualquier plataforma unitaria en la que sería, no necesariamente cola per si una parte de un león que nunca tendrá, insisto, como ahora la posibilidad de cambiar, si no este país, sí la manera de hacer política en este país, Y lo que toca ahora, señor Iglesias, es sumar, poner en común, nunca dictar reglas imposibles de cumplir y, por tanto, excluyentes.


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lunes, 30 de marzo de 2015

GENEROSIDAD


Tantas veces nos han contado, quizá demasiadas, por activa y por pasiva, que la transición española, con sus luces y sombras, con sus logros y frustraciones, sólo fue posible gracias a la generosidad del Partido Comunista de España y/o Santiago Carrillo que, por aquel entonces y pese a la histórica frase de Manuel Fraga, controlaba la calle, que, ahora que estamos a punto de iniciar la segunda o que , al menos, la estamos necesitando, echamos de menos la generosidad que en otro tiempo atribuimos a la, por entonces, izquierda más y mejor organizada.
Y es que, otra vez, es necesaria la generosidad del PCE, con o sin ese su uniforme de paseo que es Izquierda Unida, para permitir que, definitivamente, este país supere la triste y dolorosa etapa del bipartidismo. El PCE o IU, como prefiráis, tiene que llevar a cabo ese gesto de generosidad que sería dejar de ser cabeza de ratón para convertirse en cola o en una de las patas de ese poderosos león que puede llegar a ser la izquierda de este país, en el que pese a que los sueldos o las condiciones de trabajo y los salarios son tan penosos como entonces o peores, el capitalismo, ahora especulativo, y las empresas son mucho más voraces que entonces.
Izquierda Unida tiene que ser consciente de que es el último botón que contiene la expansión de  esa izquierda de clase, más allá de la socialdemocracia acomodada del PSOE, capaz de dar un vuelco al país. Los dirigentes de IU tienen que dejarse desabrochar para dar paso a esa izquierda sociológica que devuelva a los españoles el estado de bienestar olvidado o mal defendido por los socialistas. Y, cuanto más tarden en dejarse desabrochar, más crecerán las alternativas de la derecha maquillada, Pedro Sánchez recurre al tópico de la derecha civilizada para definirla, con la que su partido, con el aplauso del IBEX 35, sí se atrevería a pactar.
Izquierda Unida no debe tardar en acercarse a Podemos, más ahora que los herederos del 15-M no han cubierto en Andalucía sus expectativas y que, como reconoció -y le honra- Carolina Bescansa, han visto que su esfuerzo es insuficientes en solitario para liderar el cambio que este país necesita,
Ahora es un buen momento para que Alberto Garzón, el gran triunfador, no lo olvidemos, del debate sobre el Estado de la Nación, lidere el acercamiento a Podemos, sin las interferencias de ese reino de taifa en que se ha convertido la federación madrileña de IU.
Este fin de semana, los responsables de esa federación han tenido la oportunidad de dejar de ser esa Numancia suicida dispuesta a desaparecer con tal de no sumarse a la corriente de los días. Porque este fin de semana la intolerancia de la federación madrileña se ha mantenido en sus trece, frente a la decisión de la dirección nacional que desautorizó la candidatura con que pretende presentarse al ayuntamiento de Madrid, tras forzar la salida del candidato elegido en primarias, Mauricio Valiente.
Estoy seguro de que, al final, muchos militantes y, no digamos ya, votantes de IU seguirán los pasos de Tania Sánchez y Mauricio Valverde para acercarse y votar a la marca electoral con la que Podemos se presentará en Madrid y que el batacazo que se dará tanto egoísta como va quedando en la federación será doloroso y vergonzante. Está faltando generosidad, está faltando la grandeza de dar un paso atrás y dejarse de guerras sucias y miserias para defender el sillón de concejal o el escaño en la Asamblea.
Insisto. IU es el último botón que contiene la fuerza que viene y, si no se desabrocha a tiempo y con generosidad, la presión reventará el ojal en que se abrocha y se perderá. Mientras tanto quienes se han sentido tan cómodos en el bipartidismo, tan contentos.


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viernes, 16 de enero de 2015

ADIÓS, IZQUIERDA UNIDA, ADIÓS



Hace ya tiempo, demasiado, que Izquierda Unida, a medida que veía recortarse su representación y su poder, mostraba, cada vez con menos poder, las luchas internas entre quienes ostentan y pretenden ostentar el poder y el control en la organización. Hace ya tiempo que, con pena, compruebo que, al final, las concejalías, los escaños en los parlamentos y los cargos orgánicos de la coalición son, duele decirlos, meros puestos de trabajo, puestos de trabajo, sueldos, que se defienden con uñas y dientes y si es preciso, con todas las marrullerías posibles.
Quizá por eso, la principal característica de la vieja guardia de Izquierda Unida, al igual que ocurre en otras formaciones es esa soberbia que les lleva a cocerse en su propio jugo, sin importarles que la olla reviente o el caldo se consuma, antes que dejar entrar sangre nueva, nuevas voces, más atractivas para un electorado que, el auge de Podemos lo demuestra, estaba huérfana de otras opciones a la izquierda del PSOE. Quizá por eso, figuras emergentes como Alberto Garzón o Tania Sánchez, capaces de despertar el entusiasmo dentro y fuera de la organización no son bien vistas por quienes tienen el culo bien aposentado en un sillón y temen verse superados por quienes tienen algo nuevo y atrayente que decir a la ciudadanía.
El acoso a que está siendo sometida Tania Sánchez en los medios, con informaciones que sólo han podido ser facilitadas por sus propios compañeros, a cargo de personajes tan despreciables como el inmoral Eduardo Inda, perfectamente coordinada con el mismísimo PP en los juzgados y, claro, con la vieja guardia de la IU en Madrid, defendiendo como gato panza arriba sus privilegios, pese a estar emplazados por la dirección nacional para que renuncien a sus cargos en el Ayuntamiento de Madrid y la Asamblea por su responsabilidad en el feo asunto de las tarjetas black de Caja Madrid,  a pesar o precisamente por haber sido barridos en las recientes primarias que, pese a todos los palos puestos en sus ruedas, ganó Sánchez entre los militantes y los simpatizantes del partido.
Es evidente que, aunque nadie ha probado hasta ahora que la joven diputada haya obtenido beneficio alguno de las presuntas irregularidades de que se acusa a su padre y a su hermano, el asunto es poco estético y Sánchez no ha sido precisamente en su defensa, pero de ahí a pedir su renuncia a lo que ganó limpiamente en las primarias va un abismo.
Parece que Izquierda Unida, que últimamente se ha mantenido en pie más por la militancia comunista y el evidentemente merecido sentimiento de gratitud de muchos demócratas por haber mantenido viva la lucha antifranquista durante la dictadura y que parecía incorporar nuevas voces y nuevas formas prefiere ser un Saturno que devora a sus propios hijos. Si no Izquierda Unida, sí quienes ocupan cómodamente su dirección madrileña. En eso se comportan de manera parecida a Rosa Díez que cortó los puentes tendidos por Sosa Wagner con Ciudadanos y tiene que ver ahora cómo UPyD corre el peligro de verse sobreasada por la formación de Albert Rivera.
Mucha soberbia y poca generosidad, ese parece ser el denominador común de quien llega a algo en política. Todos, antes o después, acaban por olvidar el tan manido bien común y se limitan a defender su rincón, por pequeño que sea. De seguir así las cosas, Izquierda Unida, como el mito de que a los niños les trae la cigüeña de París, acabará siendo un recuerdo.


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