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viernes, 19 de junio de 2015

LA PAELLA, TARDE Y SIN APERITIVOS



No sé si la frase es de Manuel Vicent o si se la escuche a él citando a otro escritor valenciano, pero lo cierto es que, como consejo, la idea es muy sabia. Decía Vicent, eso sí lo recuerdo, que para hacer una buena paella en el jardín, lo mejor es tardar mucho y, sobre todo, no servir aperitivos. Y tenía toda la razón, porque, siguiendo el consejo, lo que es seguro que a todo el mundo el arroz le parecerá exquisito y no quedará un grano en el plato.
Algo así ha debido pensar Marrano Rajoy cuando, con ese miedo existencial que le acompaña, se ha visto obligado a efectuar cambios en el partido y en el gobierno. Sin duda, le ha debido parecer que, retrasando los cambios y su anuncio, cualquier cambio, por pequeño que sea, a la ya muy hambrienta prensa, le parecerá grande. Y lo ha debido pensar, porque la paella que ha servido don Mariano, tras veintidós días de espera alrededor del fuego está  más que sosa, le ha quedado corta de sofrito y, para disgusto de los comensales, apenas tiene tropezones.
Mucho fuego para nada y muchas excusas de los ayudantes del cocinero que ya andan por las ondas vendiendo un arroz incomible, porque los cambios enunciados ayer por Rajoy en su partido no pasan de ser una rectificación de última hora y a la desesperada, cuando el arroz ya se ha pasado y cualquier cosa que le pongas es incapaz ya de dar sabor al guiso.
Unos cambios que se limitan al nombramiento de unos cuantos vicesecretarios, alguno de los cuales, como Pablo Casado, ya estaba ejerciendo sus nuevas funciones y un flamante responsable de campaña, Jorge Moragas,  jefe de gabinete de don Mariano, su hombre de confianza y responsable de la presión sobre la novia del primogénito de Pujol que acabó facilitando las pistas que pusieron en marcha el caso, propiciaron la caída del ex "molt honorable", de paso, acabaron con la cohesión de CiU y, en cierto modo, con el empuje del proceso soberanista, rematado en las pasadas elecciones con el auge de Ciudadanos y Podemos.
Pocos cambios y poco más que de chapa y puntura para tratar de vender como nuevo un coche que no anda y pierde aceite por todas sus juntas. Un coche, el Partido Popular, que, en las pasadas elecciones del 24 de mayo, quedó al borde del siniestro total, hasta el punto de que al mayor simulador que ha pasado por la política española no le ha quedado más remedio que reconocer la enorme pérdida de poder que ha supuesto, apartándole, por ejemplo de las alcaldías de icho de las diez capitales más importantes del país. Pocos cambios, conservando,  además, como se conservan los viejos muebles de la abuela, a Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, tocados ambos por la tenaz carcoma de la corrupción y más que amortizados por el desprestigio entre los ciudadanos. Y, por si fuera poco, elevando al número tres del partido a un personaje, Fernando Martínez Maíllo, que vive el mismo limbo que Chaves y Griñán, de una imputación por determinar, en esta ocasión por una presunta administración desleal de Caja España.
Y, a cambio de estas novedades, amén del "puenteo" de Cospedal, las cabezas de Carlos Floriano y Esteban González Pons, que, hasta ahora, en estilo palmero, uno, y jesuítico el otro se ocupaban del día a día de la comunicación del partido. Dos peones sacrificados, los únicos, a los que cabría culpar de los recortes y la corrupción, si, como reconoció ayer Rajoy, el batacazo en las urnas es hijo de esos recortes y de esa corrupción.
De momento, la paella de los cambios en el partido, tarde y sosa, pero todos nos la comemos, como en las fiestas camperas, a falta de otra cosa mejor. Habrá que ver que ha dejado el chef Mariano para el postre del Gobierno, aunque, conociéndole poco cabe esperar más que los consabidos café, copa y puro, algunos exquisitos y con premio como la embajada para que Wert no pierda el contacto con su pareja.


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miércoles, 8 de abril de 2015

UNO DE LOS VEINTICINCO



Daba gloria, que diría mi abuela, de ver a ese medio millar largo de dirigentes y cargos del Partido Popular, encerrados en un local que tenía más de garaje o local de uso común de una comunidad de vecinos, pagado, por cierto y según el juez Ruz, con dinero escamoteado a todos los españoles. Daba gloria ver en primera fila esas piernas de señora bien, perfectamente cruzadas al cincuenta por ciento, para la seducción y el recato,  enfundadas en carísimas medias, entre esos centenares de notables convocados para una especie de misa u homilía en la que, como en las iglesias no cabe la réplica al oficiante que, tras su "ite missa est", dio por cerrada la ceremonia sin conceder a los presentes ni el tiempo de persignarse.
Daba gloria verlos como internos de un estricto colegio religioso, callados y obedientes, los más revoltosos delante, para tenerlos bajo control, y todos deseosos, al menos aparentemente,  de encontrar un punto, una pausa o cualquier interrupción más o menos dramática en las palabras del oficiante, para romper en aplausos o en vivas a la virgen, mientras, sin duda, por las últimas filas, los codazos y cuchicheos, eso sí, discretos, se multiplicaban. Daba gloria verlos, como en misa de doce, esperando la hora del vermú o la comida entre amigos, para soltarse las lenguas, con cuidado siempre de quien podía escuchar, sea el cabo de la guardia civil, el alguacil o periodistas curiosos, deseosos de pillarles en cualquiera de esos enredos tan poco del agrado del convocante.
Sólo uno de los llamados a Madrid tuvo el valor o el descaro de confesar públicamente, al tiempo que adelantaba el resultado del encuentro, que no iba a hacerse presente en la calla Génova y a pedir que "la doctrina" se la hiciesen llegar por correo, porque ya no está “en edad de ir de palmero". Lo dijo el alcalde de Valladolid, habitualmente boquirroto, y no sabemos con qué intención lo dijo, aunque no cuesta nada pensar que, dado que, en líneas generales, adelantó la intención y el contenido de lo que Rajoy diría a los suyos y que, pese al AVE, se hace cuesta arriba eso de "ir a Madrid", prefirió no moverse del despacho. Lo que quizá no fue capaz de calcular, o sí, fue el alcance de sus palabras, que entraron en casi todos los telediarios y que tampoco sabemos cómo sentaron al cantaor, dado el muy escaso sentido del humor de Rajoy, especialmente si es él el protagonista del chiste y su ya conocido rencor, de proporciones casi bíblicas.
Por lo demás, ningún cambio, ninguna crítica, ninguna toma de posición ni, mucho menos, gesto de rebeldía alguno, ni siquiera de la pérfida Aguirre, en momentos en que, y lo entendió bien Rajoy, los maquillado e incompletos "buenos" datos económicos y la también falsa unidad interna son lo único que el Partido Popular puede poner en su escaparate de cara a las próximas elecciones. Por eso Rajoy, en lugar de presentarse ante los suyos con cambios, en lugar de optar entre Cospedal y Arenas, se sentó entre ellos y volvió a lo de siempre, apelando a sus treinta y dos años de militancia en el PP, como un obispo puede aludir a sus años en la iglesia desde que piso por primer vez el seminario, y por eso optó una vez más por esconder los jarrones rotos, en la confianza de que se repararán ellos solos.
Y sobre todo, como cuando se alborotan, les dice una madre a sus niños traviesos, pidió a los suyos que no enredasen, que no perdiesen el tiempo en cosas que no interesan más que a veinticinco. Pues bien, a uno de esos veinticinco, yo, le interesa, y mucho, saber qué es lo que pasa en ese partido que brilla por fuera y se pudre por dentro. Quiero saber quién es el que corta el bacalao y cuánto bacalao esperan cortar, porque tengo la impresión de que, pese a todos los puestos de trabajo de a quinientos al mes, si llegan, y a todas esas altas en la Seguridad Social que apenas duran unos días y que jamás van a garantizar las pensiones, somos muchos más que veinticinco los que queremos saber que está pasando en el PP y cómo van a afrontar el empobrecimiento general de los españoles y las condenas que, sin duda y si es que hay justicia, les caerán  cuando se juzguen los mil y un casos  de corrupción que planean sobre ellos.


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lunes, 6 de abril de 2015

DE SU PROPIA MEDICINA



Va a resultar más que interesante ver cómo este presidente pasmarote se enfrenta a un partido, el suyo, que se resquebraja ante la falta de perspectivas de repetir la ocupación del poder de que han disfrutado en los últimos años, pero especialmente desde hace tres. Lo de proclamar con orgullo que se militaba en el PP o que se le votaba nunca ha sido fácil, siempre ha sido algo vergonzante, pero, últimamente comienza a ser una carga demasiado pesada, diría incluso que insoportable. 
Mientras ha habido cuotas de poder que repartir, cargos, sueldos, canonjías y contratos que adjudicar resulta fácil invocar el prietas las filas y conseguir esa piña de voluntades que da la opulencia y esa ausencia de la más mínima crítica que ha permitido a personajes que, como Javier Arenas, han ido de fracaso en fracaso, cada vez más alto en el partido y cada vez con más poder. Y quien dice Javier Arenas, dice también, Carlos Floriano, María Dolores de Cospedal, ahora en desgracia, o, sobre todo, Pedro Arriola, ese ser inexplicable que, como la misa en latín, era más eficaz cuando se escudaba en el misterio.
Ahora que vienen, no sólo mal, sino muy mal dadas, en el PP, como allí donde no hay harina, todo es mohína, sobre todo porque, por primera vez en muchos años bastantes de sus cargos tienen ante sí la puerta de salida y ya se sabe que en la calle hace frío, mucho frío. Por eso no me explico y nunca me explicaré, salvo que Rajoy haya trabajado estos años para lo más negro de la economía neoliberal y especulativa, devaluando la vida y la dignidad de la mayoría de los españoles, para convertirnos en mano de obra dócil, por maniatada y amordazada, y barata. Y no me lo puedo ni me lo podré explicar porque se supone que su propósito es volver a ganar las elecciones y, para ganarlas, necesita el voto de cuantos más ciudadanos mejor y, la verdad, ningún gobierno ha conseguido en democracia tener una nómina de perjudicados y ofendidos como éste.
Rajoy ha dejado a los españoles, que es lo que en realidad es o debería ser España, indefensos y más que desasistidos, tanto que sólo la caridad y esa otra forma de caridad laica que es la solidaridad, que no son, ambas, otra cosa que sucedáneos de la justicia social, han conseguido que la población más perjudicada conserve un mínimo de dignidad. Por eso no entiendo qué ha pretendido o qué pretende hacer Rajoy. Tanto, que a veces he dudado que en el horizonte de Rajoy estuviese convocarlas.
Pero sí, las habrá y las más cercanas están convocadas para dentro de ocho semanas. Por eso las prisas, por eso ese reprise de última hora en gestos y promesas, por eso el carrusel de inauguraciones, de balances positivos exhibición de estadísticas favorables, la última la del paro registrado en marzo, con la que nos van a hartar en los próximos días.
Pero la cosa no va a funcionar, porque la gente ya se ha cansado de promesas incumplidas, de que digan que a quienes no pueden ni pagar impuestos que van a bajárselos, sobre todo teniendo como contrapartida todos los recortes en políticas sociales que son las que acortan los desequilibrios y restituyen el expolio de la riqueza, valor de la fuerza de trabajo incluida, a que nos someten este gobierno por encargo de sus patrones.
Con lo que no contaba Rajoy, probablemente aturdido por las letanías y consejos de Pedro Arriola, es con que el descontento de la sociedad, tradicionalmente abstencionista, encontrase en el impulso del 15-M el interés perdido por la urnas, ni que, también en la derecha, apareciese una nueva marca, la de Ciudadanos, capaz de dar refugio a los cada vez más numerosos decepcionados del PP. No contaba con ello y toda la estructura organizada durante tantos años se desmorona. Y no sólo eso, sino que se desmorona con muy pocas posibilidades de volver a ser lo que fue.
Por eso, al igual que los españoles hemos visto como nuestra vida se desmantelaba, los militantes y cargos del PP están probando de su propia medicina viendo como su bienestar, que lo ha sido a nuestra costa, y su futuro, que corre en sentido contrario al nuestro, tienen los días contados. Mañana, en la primera Junta Nacional convocada por el presidente del PP en dos años,  podrían volar los cuchillos… o no, porque ya se sabe que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey y Rajoy ha sabido, al menos hasta ahora, rodearse de gente muda y sin ojos.


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lunes, 1 de julio de 2013

PREDICAR CON EL EJEMPLO

 
Nadie que se dedique a la política en un país civilizado y democrático se dejaría hacer en su sano juicio una foto como aquella de hace casi veinte años, para la que posó Javier Arenas, sonriente y ufano, en el Hotel Palace con un limpiabotas esmerándose en lustrar sus zapatos sentado a sus pies. Nadie lo haría, salvo que lo encontrase lo más natural del mundo. Y algo de eso debía haber, por la información que, desde ayer, podemos leer en eldiario.es. Según este medio, fuentes del PP admiten que el que fuera durante muchos años presidente del PP andaluz y eterno candidato de ese partido a la presidencia de la Junta de Andalucía, muy ligado a Luis Bárcenas, hoy en prisión, al que unía una estrecha amistad, era cliente habitual del lujosísimo hotel madrileño, con cargo a las arcas del PP, al igual que los cuantiosos "complementos" que cobraba como gastos de representación, a pesar de que el partido de la calle Génova también se hacía cargo de  las facturas de comidas y cenas en lujosos restaurantes que el que fuera secretario general de la mano de Rajoy les presentaba.
Sé que, para quienes se dedican a él, el oficio de limpiabotas no resulta tan humillante y que ejercerlo en algunos establecimientos puede llegar a ser bastante rentable gracias a las suculentas propinas de algunos clientes. También sé que algunos limpiabotas -"limpias" en Madrid y "boleros", por ejemplo en México- llegan a desarrollar una filosofía equiparable a la de los bármanes que acaban siendo una especie de confesores de sus clientes. Aún así, siempre he considerado que tener los ojos a la altura de la entrepierna del cliente y las manos renegridas de los tintes y el betún no debe ser plato de buen gusto.
Por eso la torpeza de Arenas al dejarse fotografiar, creo recordar que para EL PAÍS, fue evidente, pues estaba a punto de convertirse en candidato a la presidencia andaluza y a participar en los ataques de su partido a las peonadas que permitían,  permiten y permitieron, también durante su etapa de ministro de Trabajo, sobrevivir a  cientos de miles de trabajadores del campo andaluz. Pero ya se sabe que la verdad suele ser la primera víctima de cualquier campaña electoral.
Me indignó en su día la foto de marras y me indigna más aún que he sabido que don Javier, cómo a él le gusta, con el tratamiento por delante, llegó a gastar dos mil euros en la cuenta de un restaurante en un solo día, lo que querría decir que, aunque fuesen veinte los comensales, el cubierto a cien euros por comensal. Me indigno y me indigna, porque son estos señores los que, cuando todo se fue a pique por culpa de otros amigos y compañeros de pupitre, trataron de convencernos de lo que pasó pasó porque habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades.
Son torpes y amorales, se permiten darnos lecciones y consejos, pero jamás en la vida predicarían con el ejemplo, porque, hacerlo, es muy sacrificado.

sábado, 2 de marzo de 2013

NERVIOS EN GÉNOVA-13


 
 

No podía ser de otro modo. Antes o después en los pasillos y despachos de la sede nacional del PP tenían que volar los cuchillos y ya vuelan, porque, y es algo que pasa hasta en las mejores familias, cuando se trata de asumir responsabilidades, de comerse los marrones, vamos, son pocos o ninguno los que dan un paso al frente.

Si uno está tan aburrido como para pararse a contemplar alguna que otra tertulia televisiva, no las de la caverna mediática claro, y tiene la precaución de colocar a cada contertulio una etiqueta que recoja la nómina de sus amistades, sus fuentes más probables y sus propias tendencias, que no siempre son coincidentes, puede llegar a entender, en medio de tanta insinuación, tantas medias palabras y todos los "presuntamente" que pueda imaginar, algo de lo que puede estar pasando.

Ayer me pasó, mientras hacía tiempo para la comida semanal con mis amigos, me hipnotizó una, en la que se hablaba de las amistades de Luis Bárcenas en el PP -su tocayo, el hijo de Fraga, y el mío, el eterno perdedor, Arenas- además de señalar el odio africano que enfrenta desde hace tiempo a María Dolores de Cospedal con el citado Arenas, que también ocupó, como ella, la secretaría general del partido, precisamente en los años clave de la entronización de Bárcenas como tesorero del partido.

Todo son, como digo, rumores, interesados, claro, medias verdades e insidias que no hacen sino engordar la bola de nieve, alud más bien, que ha caído sobre el PP desde que aparecieron las cuentas del esquiador en Suiza.

Como si lo que no es más que una metáfora se hubiese hecho realidad, en la sede de Génova, 13, andan braceando a la desesperada para sacar la cabeza fuera de tanto como les ha caído encima y boqueando para respirar bajo esa montaña de trapos sucios. Y, como siempre ocurre, entre tanto braceo más de uno se lleva un manotazo que no esperaba y el que asoma la cabeza, lo consigue a base de pisar la de algún que otro compañero. En esas estamos, en el peor de los "sálvese quien pueda", lejos ya de aquella piña que apoyaba a su presidente Rajoy, cuando dijo aquello tan gallego de que nadie "va a poder demostrar de Bárcenas..." y que, ahora, no sólo va camino de demostrarse, sino de complicar mucho más la situación de don Luis y el que, hasta hace dos meses fuera su partido.

Ayer supimos a media mañana que Alberto Durán, asesor jurídico del PP, había sido denunciado por Bárcenas ante la Policía, por haber "reventado" la puerta del "sitio" (Cospedal dixit) que el tesorero tenía "para sus cosas" en la sede de Génova, siguiendo las órdenes de María Dolores de Cospedal.

Fue por ello que la policía se presentó allí para citar a Durán en comisaría y llevar a cabo una inspección ocular que fue interrumpida porque uno de los jefes policiales no la consideró oportuna.

¡Manda carajo! que diría aquel. A qué esperan para hacerla, a que barran, cambien la cerradura y abrillanten los pomos y los muebles a costa de cualquier indicio que hubiese quedado.

Lo que está claro es que Bárcenas aún conserva amigos en el partido porque, si no, quién le informó de la tropelía y le contó que habían reventado la puerta y le habán “levantado” dos ordenadores de su propiedad. Tal parece como si en el Partido Popular hubiesen llamado al señor Lobo de "Pulp Fiction" para borrar cualquier huella del crimen si es que lo hubo. Algo que encaja perfectamente con esa batería de acciones legales que al final sólo han quedado en salvas, porque es de suponer que si se acusa a alguien de mentir y ofender hay que darle la oportunidad legal de defenderse y ya se sabe que, cuando se remueve, la mierda huele. Quizá también por eso nunca se llevarán a cabo las tan cacareadas auditorías externas de las cuentas del partido, ahora que se ha encargado de airearlas el tan malicioso como eficaz Bárcenas.

Vamos, que en la calle Génova están de los nervios. Y no me extraña.
 
 
 

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miércoles, 10 de agosto de 2011

MISERABLE

Miserable. Esa es la primera palabra que me ha venido a la boca cuando, esta mañana, he escuchado a Javier Arenas acusar a Alfredo Pérez Rubalcaba, el ministro del Interior que ha puesto a ETA contra las cuerdas, de no haber querido acabar al 100% con ETA.
¿Cuánto estuvo dispuesto a acabar con la banda terrorista Mariano Rajoy cuando fue ministro del Interior? ¿Cuánto lo estuvo Aznar cuando envió a Ginebra a dos de sus hombres de confianza, para reunirse con el "Movimiento Vasco de Liberación"?
Acusar al ex ministro que, al frente de Interior, ha conseguido más éxitos contra ETA, el que más miembros de la banda a mandado a prisión, el que más atentados ha evitado, el que ha logrado que ETA no atente desde hace dos años -ayer mismo se cumplieron- de no querer acabar con ETA, sólo puede hacerlo un miserable.
Javier Arenas hace, sin que ninguno o muy pocos medios de comunicación se lo recriminen, aquello que tanto me indignaba en mis primeros años de periodista: mentir con descaro, buscando hacer el mayor daño posible al rival, porque sabe que pocos o nadie van a acompañar sus palabras con los datos que las desmienten. A lo sumo, una apostilla y la réplica de alguno de sus rivales.
Hace ya demasiado tiempo que las declaraciones, verdaderas o falsas, de determinados líderes se encadenan en los titulares de los informativos sin que nadie nos aclare si lo que se dice en ellas es verdad o es mentira. Hace ya demasiado tiempo que el "miserable" que se merecen lo tenemos que poner nosotros y empiezo a estar cansado.