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martes, 10 de mayo de 2016

SÍ. POR FIN JUNTOS



Con cuatro meses de retraso, con alguna que otra inocencia perdida y, a lo mejor, gracias a eso, ayer llegó por fin el acuerdo que puede unir, si no a los partidos, sí a las bases de la izquierda española que, ahora puede verse, es muy amplia.
Dicen que el gato escaldado del agua fría huye y no me parece que Pablo Iglesias, a pesar de sus torpezas, ni quienes le rodean, escaldados en noviembre quieran mojarse en junio. Quizá por eso y con la calculadora en la mano, Podemos se ha apeado de su exceso de arrogancia y se ha avenido a ceder en algunas de las condiciones planteadas por Alberto Garzón en nombre Izquierda Unida – Unidad Popular.
Por eso estoy seguro de que Pablo Iglesias, sabedor de su desgaste en estos cuatro meses, o más, de soberbia intransigencia, y Alberto Garzón, el líder mejor valorado de la izquierda estatal si no de todo el arco parlamentario y deseoso de transformar por fin en escaños todos esos votos recibidos por IU-UP, que se vieron malogrados en las últimas elecciones.
Sea por lo que sea, Podemos e IU, las fuerzas que solas o en compañía de otros se disputaron hace cinco meses los votos a la izquierda del PSOE, acuden juntos a esta nueva convocatoria y, por las primeras reacciones, de entusiasmo por parte de unos y de pánico y resentimiento por parte de otros, parece que la suma de sus expectativas en votos se traducirá en un importante número de escaños que podría llevar al desgastado y descastado PSOE al lugar que, a mi modo de ver, mereció ya en noviembre.
En las próximas horas, las bases de IU y Podemos tendrán que ratificar este acuerdo, aún con incógnitas, pero que, dada la distinta situación de partida y, esto es personal, la confianza que me merece Alberto Garzón, superará fácilmente el trámite. Será entonces cuando, al menos en Izquierda Unida, comiencen a retratarse, si no lo han hecho ya, quienes prefieren, lo he dicho muchas veces, ser cabeza de ratón antes que cola de poderoso león transformador, cuando algunos traten de defender su chiringuito en perjuicio de los ciudadanos que depositamos el voto y la confianza en esas siglas.
Llegarán también las meteduras de pata de unos y otros que, espero, se resolverán rápido y con bien, y llegará el acoso de los poderosos que no quieren perder el control del parlamento, consolidado durante años de tratar con la vieja política y engatusar a sus líderes. Llegará lo peor de esos partidos, tan acostumbrados a las componendas que tendrán que entenderse ahora con una izquierda emergente y esa otra izquierda, la vieja izquierda, según los pipiolos del PSOE, a la que siempre han marginado a la hora de repartir las armas electorales.
No les van a resultar fáciles, no, los nuevos tiempos a los “compañeros” diputados del PSOE, porque después de tantos años y, por desgracia, están más cerca en intereses y en amistades de sus “colegas” del PP que de quienes lleguen ahora al hemiciclo. Tampoco les va a resultar fácil a los opinadores, anoche mismo pudimos comprobarlo, que perderán “soplos” y favores de sus viejas fuentes y que ahora, algunos ya añosos, tendrán que reconfigurar el mapa de la información parlamentaria.
Supongo que más de uno andará ahora ajustando consignas con sus “padrinos” y recibiendo las correspondientes filtraciones insidiosas para minar la fuerza de este acuerdo que puede hacer tambalearse las estructuras de la que ha sido la política española en los últimos treinta años. Supongo que no tardarán en pintarnos apocalipsis varios para el caso de que se produzca el tan temido “sorpasso” que convierta a Pablo Iglesias y Alberto Garzón en líderes de la leal oposición o, quién sabe, en el núcleo duro del nuevo gobierno.
Estoy expectante por saber en qué va a acabar todo esto. Hay quien dice que, a pesar de los cambios que se produzcan en la composición del hemiciclo, el equilibrio entre la izquierda y la derecha será el mismo, que PP y Ciudadanos podrían sumar escaños para equilibrar el ascenso de Podemos-IU. En ese caso el papel del PSOE, seguro que ya sin Pedro Sánchez, será decisivo y será bueno conocer su posición y la de sus bases, porque quizá opte por dificultar de nuevo un gobierno de la izquierda. Será excelente, porque, facilitando, la permanencia de la vieja y cruel derecha económica en el poder, el PP azul y el PP naranja, que dice Garzón, se retratará para siempre y dejará libre y despejado el espacio de la izquierda.

Nos van a contar muchas patrañas, se van a emplear a fondo en las insidias. Nos van a mentir una vez más, pero esta vez lo harán a la desesperada y con miedo. Nuestro deber, como le decía ayer a mi amigo Víctor Claudín, es convencer a quienes nos rodean, propios y extraños, de que nunca como ahora votar va a ser imprescindibles, porque, por fin la izquierda, nuestra izquierda acude unida a las urnas. Sí, después de tantos años, por fin juntos.

viernes, 18 de diciembre de 2015

MI VOTO


Hoy seré breve. Al menos eso pretendo, porque, cuando me pongo a escribir, nunca sé cuándo ni de qué manera voy a cerrar la página. Persigo la brevedad, porque lo que voy a tratar de hacer en estas líneas es tan simple, pero tan complicado a la vez, como decir cuál va a ser mi voto el domingo y explicar por qué va a ser ese y no otro.
Vaya por delante que ese voto, como viene siendo desde hace casi cuarenta años, lo que llevamos en democracia, va a ser para la izquierda. Y es que nunca he votado a la derecha ni al centro que, en el mejor de los casos, ha contaminado a la izquierda más ilusionante que llegó a tener este país y que no fue otra que el PSOE de 1982, el de aquel Felipe González brillante y todavía creíble, el de la subida de las pensione, la universalización de la sanidad y la enseñanza gratuita y obligatoria para todos. Un partido socialista al que yo, como muchos, fuimos perdonando la vida y los pecados por aquello del voto útil, por aquello de mejor estos malos, que son los míos, que los otros, los de la derecha. Y les fuimos perdonando incluso cuando comenzaron desmontar, porque ellos fueron pioneros en hacerlo, el estado de bienestar, permitiendo la entrada de la empresa privada en sanidad y educación, las dos grandes conquistas de sus primeros gobiernos.
Siempre voté a la izquierda. Quizá porque, como dicen algunos estudios, nuestro cerebro determina si somos solidarios y progresistas o conservadores y egoístas y a mí me tocó uno solidario, aunque creo que tiene más que ver con la educación que con la genética, el cerebro, como los músculos, se entrena y se le da forma, porque en mi familia lo más a la derecha que se vota es PSOE. Siempre voté a la izquierda y ya estoy mayor para cambiar. Es más, después de haber visto todo lo que he visto y de haber vivido lo que  he vivido, algunas coas muy de cerca, creo que estoy volviendo al punto de partida, para dar mi voto a la Unidad Popular de Alberto Garzón, un candidato, el más joven, al que se le trasparenta la ilusión y la honradez, digan lo que digan quienes tratan de criticarle, no por su pasado, que apenas lo tiene y es muy brillante, sino por el de su formación que, esta vez sí, creo que está dispuesta a cambiar.
Creo que voy a votar a Garzón y creo que no lo voy a hacer a Podemos, porque, desde que comenzó la campaña, Pablo Iglesias ha echado tanta agua al vino de sus primeros mensajes que, ahora, quizá puedan beberlo hasta los niños, pero ya no sabe a vino ni es capaz de despertar el brillo en los ojos de los primeros momentos. No me convence por eso y tampoco me convence, porque no hizo nada para reclamar la presencia de Izquierda Unida o UPyD en los debates. Quizá por la misma razón que no quiso coaligarse con la formación de Garzón, para que nadie perturbase su liderazgo y para no tener que compartir la utopía con nadie y menos, con nadie que tenga datos y experiencia.
Está claro, pues, que mi voto va a ser para Alberto Garzón, para Unidad Popular IU en el Congreso y quizá para quien presente podemos al Senado, cámara bastante inútil, salvo para el gesto, algo que se le da muy bien a la formación de Pablo Iglesias, y para el control del Gobierno.
Votaré a Garzón, porque si la gente busca un político joven, él es el más joven; porque, si lo buscan brillante, él es el más brillante y, porque, si lo quieren honrado, creo que no hay otro más honrado. También porque, pese a sus pecados, creo que suficientemente expiados, la izquierda, más allá de la socialdemocracia y de los movimientos emergentes y por comprobar, debe tener un sitio en el nuevo Congreso. Y más, si, como parece, nada va a poder hacerse sin pactos ni consensos.
Finalmente, le votaré, porque me emocionó verle a la entrada del teatro de La Latina, mi otro barrio, hablando a la gente que no pudo entrar al teatro  ya repleto para escuchar su mitin.
¿Veis? Quería ser breve y no lo he sido. Eso es lo único que hoy no he cumplido. En nada más os he mentido. 


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miércoles, 16 de diciembre de 2015

TANTO MONTA, MONTA TANTO...


Se acerca la hora de la verdad y, a quienes juegan la partida de estas trascendentales elecciones, no les queda más remedio que ir enseñando sus cartas, las que tendrán que poner sobre la mesa a partir del lunes 21, cuando se haga patente la imposibilidad de formar, como hasta ahora, un gobierno con un sólo partido. Y, la verdad, es de agradecer que la incertidumbre final y la deriva de las encuestas estén propiciando que, por primera vez en muchos años estemos conociendo de antemano, si no lo que puede ser, sí lo que resultará imposible.
Entre lo que ha cambiado a lo largo de esta campaña, están el hieratismo de Rajoy, su eterno juego de adivinanzas y acertijos y su distancia con los medios. De repente hemos descubierto a un presidente que se deja interpelar y que, por primera vez, admite lo que a todas luces resulta evidente, y que es el hecho de que, aunque el suyo sea el partido más votado, no va a poder formar gobierno en solitario y necesitará, para su investidura, de los votos o la abstención, según los resultados finales, de al menos un partido grande y quién sabe si alguno más pequeño, porque, "cosas veredes, amigo Sancho", a veces, la política hace extraños compañeros de viaje y, si no, que les pregunten a Tsipras, a la hora de sacar adelante su primer gobierno, o a Junts pel sí, en el desiderátum de formar el suyo.
Pues bien, lo que vimos ayer hizo que más de un veterano periodista tuviese que frotarse los ojos al ver a Mariano Rajoy, sentado entre periodistas en el autobús de campaña, admitiendo ante ellos, no sólo que no podrá formar gobierno en solitario, sino que, para formarlo, no recurrirá al "mezquino y ruin" Pedro Sánchez ni a los demonizados universitarios de Podemos. Luego, si ha echado cuentas y ha manifestado esas reservas, los únicos "socios" posibles son, claro, Albert Rivera y sus Ciudadanos.
Parecería evidente y bastaría con ver el comportamiento de los "naranjitos" en la Madrid, donde se retratan cada vez que pueden, votando junto a los populares de Cifuentes en todo lo que tiene que ver con derechos y libertades, la reforma del estatuto de Telemadrid, por ejemplo, o en "oportunidades de negocio". Pero he escrito "parecería" y no "parece". Y lo he hecho con toda la intención, porque me da que Rajoy y su partido no pueden cambiar tanto en tan poco tiempo y que la franqueza de Rajoy, ayer, corresponde a una estrategia de identificación entre su partido y el de Rivera, para debilitar a este último y convertirlo en un socio más fácil y más débil.
Resulta curioso que la campaña pretende acabar con el bipartidismo, consciente o inconscientemente, se esté jugando, como el mus, por parejas y que, en esa partida, las trampas entre compañeros estén al cabo del día, porque qué otra cosa podría ser, de ser cierta, esa estrategia o qué otra cosa puede ser la actitud de Pablo Iglesias, criticando farisaicamente a Pedro Sánchez por haber llamado indecente a Rajoy, cuando tal afirmación está y ha estado a cada minuto en boca de sus votantes.
Está claro que uno y otro, Rajoy e Iglesias, se sienten crecidos tras las encuestas y buscan evitar la fuga de votos hacia su "pareja" en la partida. Está claro que no van a decir la verdad hasta que hablen las urnas, que no van a soltar prenda sobre posibles préstamos y alianzas, porque, unos y otros, tienen ahora más que perder que lo que pueden ganar, algo que entendieron Pedro Sánchez y sus asesores y por eso optaron por la salida en tromba en el debate del lunes,
Quien no tiene nada que perder y todo por ganar es Alberto Garzón, que, a pico y pala, diciendo la verdad y haciendo gala de una honradez rara en este mundo de la política, ha cavado el túnel que ha permitido a su Unidad Popular asomar en las encuestas y quién sabe si algo más. Por eso se sintió libre a la hora de analizar la actitud de Sánchez en el debate, sin hacer en él una sangre innecesaria.
En cuanto a lo de Rajoy ayer, como digo, me pareció, por extraño, una estrategia, pero quizá me esté equivocando. En cualquier caso podría ser, porque cada vez está más claro que tanto monta, monta tanto el PP como Ciudadanos.


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