martes, 11 de junio de 2019

¿2015?


Me considero progresista, dicho de otro modo, de izquierdas, cono prefiráis, y cada vez que he ido a votar, que han sido todas, lo he hecho por la izquierda, desde el PCE de Carrillo al PSOE, pasando por Izquierda Unida y Podemos. Del mismo modo, nunca he creído en profetas ni en mesías, que me producen sarpullido porque son, lo fue Anguita y lo es Pablo Iglesias, ambos con demasiado pasado en común, porque son como la mala levadura, que suben el bizcocho tan rápido como rápido y mustio lo dejan en poco tiempo.
También me cuesta entender que algunos personajes se creen más listos y más de izquierdas que toda la izquierda en su conjunto, gente que no entiende que, si tres de cada cuatro votantes de izquierda han dado su voto al PSOE, no deben arrogarse la representación ni la orientación ideológica de todos ellos. Hacerlo no deja de ser un acto de soberbia miope que, si bien funciona en el espacio limitado de los círculos morados, en el resto de la izquierda, porque, por más que repitan su letanía, el PSOE también izquierda, les guste o no, esa izquierda posibilista tan criticada que, a la larga, consigue más avances sociales que décadas de promesas imposibles de cumplir.
Podemos no puede apropiarse de la conciencia de quienes hemos dado nuestro voto a la izquierda, en mi caso al PSOE de Pedro Sánchez, que el otro, el de los bono y los gonzález murió en las primarias que ganó Sánchez después de la ignominia de aquel golpe que le dieron en Ferraz tras su negativa a dejar el paso libre al PP todavía de Rajoy, más tolerable pese a todo que este caballo desbocado que monta Pablo Casado.
Entiendo que, en su miopía, Pablo Iglesias trate de poner a salvo su liderazgo y su maltrecho prestigio haciendo ver a propios y extraños que "domará" al candidato socialista, obligándole a darle nada más y nada menos que una vicepresidencia para políticas sociales, o algo así, desde la que él, conciencia crítica de la izquierda, velaría por el bienestar de los ciudadanos, también de los que dimos nuestros votos al PSOE. Hay que verlo así, como una operación de imagen, otra, en la que el protagonista del vergonzante cartel de "vuELve", no espera, como un Napoleón de este siglo, a ser coronado con esta hipotética vicepresidencia y, como Napoleón tomó la corona imperial de las manos del papa de turno, sin esperar a más y se la ciñe él mismo, en la primera entrevista radiofónica después de haber tenido la ocurrencia.
Debería aprender de Rafa Nadal que, tras ganar su duodécimo Roland Garros, nos regaló el consejo de no soñar con el trofeo, ni ese ni ninguno, sino con el entrenamiento del día siguiente o, lo que es lo mismo, con el camino y el esfuerzo para conseguirlo.
Pablo Iglesias, tan poco dado a la autocrítica y sí al "masajeo" servil de Juan Carlos Monedero y sus afines no se ha parado a pensar que el comienzo de Podemos, que, quiéralo o no, es el suyo y por su culpa, comenzó en aquellas negociaciones para formar gobierno de 2015, en las que rompió la baraja, forzando unas elecciones generales en las que esperaba cosechar más votos y escaños, a costa de esa "izquierdita cobarde" en que, sin llegar a verbalizarlo, cree que se ha convertido el PSOE.
Los votos de Podemos le son necesarios a Sánchez para alcanzar la investidura, aunque no le bastan, por lo que Iglesias no debe atar de pies y manos al socialista, que necesita de los votos de la derecha y el nacionalismo moderados. Si lo hace, si lo echa todo por los aires, y hay que convocar nuevas elecciones, no tengo muy claro quién saldrá ganando, sí que quien más perderá será la izquierda y que Podemos, al contrario de lo que creen él y sus fieles, puede quedar como un juguete roto por la inconsciencia de su líder. Debe evitar a toda cista y, de momento, no lo está haciendo, volver a hacer el camino de aquel 2015, porque, como dijo ayer el ministro Ábalos, "las urnas tienen memoria".

lunes, 10 de junio de 2019

FUERA CARETAS!!


Ya está. Perded toda esperanza. Ciudadanos es derecha pura y dura y, si sus votantes creían otra cosa, que vayan penando en cambiar su voto, pero que no se preocupen, porque van a tener tiempo para hacerlo: cuatro años en los que vamos a ver, ellos también, el verdadero rostro del partido de Rivera.
Anoche nos enteramos de que, sin luz ni taquígrafos, en un hotel, como los amantes furtivos que esconden su amor o sus vergüenzas, se encontraron más o menos clandestinamente Ignacio Aguado, de Ciudadanos, y Rocío Monasterio, de Vox, para tratar de los "apaños" el cambio de cromos en el zoco, usando la terminología de unos y otros, a qué están dispuestos a llegar para repartirse el gobierno t los puestos clave de la Asamblea de la Comunidad de Madrid.
Lo curiosos es que, a quienes conservábamos alguna esperanza, alguna fe, en el partido de Rivera o en su discurso nos costó creer, no ya lo que estaba pasando, que siempre lo hemos creído posible, sino que la cosa fuese tan burda como para dejarse ver juntos en un lugar público. Luego, conociendo más del encuentro, sabiendo que la celestina de esa tarde de amor clandestino había sido Isabel Díaz Ayuso, la tercera pata del "ménage a trois" que, salvo un milagro, y los milagros no existen, nos va a gobernar y va a administrar nuestros dineros los próximos cuatro años.
Confieso que me costaba creerlo, como me costó creer que los diputados Tamayo y Sáez, elegidos en la lista del socialista Rafael Simancas, desaparecieron, también en un hotel, para generar el quorum que necesitaba Esperanza Aguirre para gobernar Madrid, iniciando una etapa de gobierno que ha llegado hasta nuestros días, en la que la corrupción floreció en Madrid, mientras se desmantelaba o se deterioraba lo público, para regocijo de las ranas del charco de la condesa y perjuicio de todos los madrileños.
En este caso, nada es casual ni es inocente. El interés de Ayuso en que Aguado y Monasterio de viesen estaba en que Ciudadanos accediese a dar una silla a los ultraderechistas de Vox en la mesa de la Asamblea de Madrid, el órgano que, bajo control monocolor, puede decidir el signo de la legislatura, bloqueando determinadas iniciativas y dando paso a otras, como pudimos ver en el Congreso de la pasada legislatura, en el que la hoy tan loada Ana Pastor hizo y deshizo primero al antojo de Rajoy y luego en contra de Pedro Sánchez, impidiéndole sacar adelante muchas de las leyes con que quería adornar su corto mandato hasta las elecciones. 
Una vez perdidas las esperanzas en Madrid, ayuntamiento y comunidad, centro mis esperanzas en que quienes realmente creyeron en los principios del partido de Rivera se sientan incómodos con el pasteleo madrileño y trabajen para defender su independencia en cada autonomía o para minar el liderazgo autoritario y un tanto esquizofrénico de Rivera. De momento Valls ya lo ha hecho desde su lista en Barcelona, aunque sin demasiada fuerza y habrá que ver si el ejemplo cunde en autonomías como, por ejemplo, Castilla-León, donde el largo brazo de Rivera y los suyos estuvo a punto de echar por tierra el trabajo de su propio partido en la región.
No son muchas las esperanzas, al menos a corto plazo, aunque a uno le consuela pensar que, de aquí a que pasen los próximos cuatro años, que van a ser muy duros, los votantes honrados de Ciudadanos, que también los tiene, tomen nota de lo que está a punto de pasar y se ocupen de que no se repita, bien porque cambien su voto o bien porque propicien un cambio en el liderazgo del partido. Será, en todo caso, la mejor de las consecuencias de ese ¡fuera caretas! que ayer se escenificó en un hotel de Madrid y que Díaz Ayuso quiere repetir, ya con el trío al completo, para que no haya dudas de que, con los votos de su odiado Ciudadanos y los de la extrema derecha, será la nueva presidenta, otra del PP, de la Comunidad de Madrid.

viernes, 7 de junio de 2019

SUPLENTES DE DIOS


Hace muchos años que, gracias al contacto directo con personajes como el desaparecido Joaquín Navarro Estevan, conocido como "juez Navarro" en el mundo de las ondas, llegué a la conclusión de que, por desgracia, la principal característica de muchos jueces es la de la soberbia y tanto es así que estoy seguro de que si finalmente opositan a la judicatura es porque la plaza de dios lleva mucho tiempo sin convocarse.
Los jueces, en el mejor de los casos, se atienen a la textualidad de los artículos de las leyes que invocan, pero demasiado a menudo lo que más pesa en sus decisiones son sus creencias de todo tipo, religiosas, políticas que, a veces, traspasan el papel en el que están escritas las sentencias y destilan humores que impregnan el aire para quien las lee, no ya de un fuerte olor a rancio, sino de ese olor indescriptible que acompaña al miedo.
No hablaré de la insultante sentencia impuesta a "la manada" ni de todas las decisiones que sobre ella se tomaron posteriormente, tampoco del "movidón" judicial que, en el Supremo, libro a los siempre poderosos bancos de devolver a sus clientes los gastos notariales de las hipotecas contratadas con ellos, mucho menos del garantismo ralentizante de todos los jueces que han levantado y levantan sus barricadas de procedimiento, para que los restos del sanguinario dictador Francisco Franco salgan de una vez del recinto en el que, como una guardia de honor encadenada para siempre, acompañan los restos del responsable de sus desgracias y la de sus familias. Sobre cada una de esas decisiones todos hemos escrito alguna vez, quizá demasiado, y creo que de sobra ha quedado clara nuestra opinión.
Manadas, hipotecas y exhumaciones atrapadas en una ciénaga de formalismos bien gestionada por el abogado, cuñado del exministro Gallardón, por cierto, y el mucho dinero de origen nunca investigado de los herederos, afrentan la inteligencia y los principios de cualquier ciudadano que crea realmente en el sistema. Sin embargo, otra decisión judicial, colegiada en este caso, me ha disparado todas las alarmas, despertándome serias dudas sobre la rectitud y oportunidad de algunas decisiones.
Me estoy refiriendo al suicidio asistido de María José Carrasco, la mujer aquejada de una grave enfermedad degenerativa, a la que su compañero, Ángel, ayudó a quitarse la vida ante las cámaras, después de haber manifestado su deseo de acabar así con su sufrimiento de décadas. Un caso, éste, comprendido y en cierto modo archivado ya por la mayor parte de la sociedad, que comparte las razones de la pareja y en modo alguno quiere que Ángel, los brazos necesarios para emprender ese último viaje que su compañera ya no podía utilizar, sea condenado por lo que fue un gesto de amor.
Pues bien, la Audiencia Provincial de Madrid ha decidido que el caso abierto tras la muerte asistida de María José sea investigado como un caso de violencia de género, como pretendía la primera jueza encargada del caso, una decisión que uno no sabe si atribuir al sarcasmo de los magistrados o a esa inercia que lleva a los jueces a "trabajar a reglamento", acogiéndose a la literalidad de la ley, para no tener que pensar, mucho menos a tomar decisiones que contradigan sus principios morales, pese a que estén a años luz de los de la sociedad en la que viven.
Un dato más que en absoluto me ha sorprendido, entre los magistrados de la sala que ha tomado la decisión de seguir investigando el caso como violencia de género está el juez que fue sorprendido por un micrófono abierto mientras hablaba despreciativa mete e insultaba a una mujer que denunciante de un caso de violencia que debía juzgar.
Sea por lo que sea, que el caso de María José y Ángel siga en un juzgado de violencia de género es un insulto a la inteligencia y una prueba de que es necesaria una revisión de la Justicia y de las leyes de este país, para que no quepan paradojas ni escarnios y para que nadie se crea con derecho a imponer sus criterios por encima del sentido común. Y, claro, también una ley que regule definitivamente la eutanasia para que ni médicos ni jueces asuman el papel de suplentes de dios.

jueves, 6 de junio de 2019

SÁBANAS O BANDERAS



No sé cómo se apañan los partidos, en especial los de derechas, para que nunca o casi nunca afloren en las campañas electorales los verdaderos problemas de la gente. No lo sé a ciencia cierta, aunque creo que los medios de comunicación tienen mucho que ver en ello. Lo digo hoy en que después de meses de guerras de lazos y banderas, de balcones escupiendo ideología, que no patriotismo, se ha hecho el silencio, para ir al tomate, a lo que realmente les importa, que es cómo formar los gobiernos y, con ello, poner sus manos sobre los presupuestos, miles de millones, que son más de veintiún mil en el caso de Madrid, con los que deberían atender a las necesidades de los ciudadanos, aunque en más de una ocasión acaben en manos de socios o amigos, que luego son generosos con el amigo en el poder o con su partido.
El gobierno de Madrid adornaba el balcón de su sede de la Puerta del Sol con una enorme bandera de España, de punta a punta lo cubría y no sé si lo cubre, redundando con las que por ley deben ondear en él. Un balcón tras el que se reúne el gobierno de Madrid, de color azul desde hace décadas, para tomar decisiones que, se supone, deberían ir en beneficio de los ciudadanos, especialmente de los más débiles, un balcón, en fin, tras el que han tenido su despacho Alberto Ruiz Gallardón con sus obras faraónicas,, Esperanza Aguirre con sus ranas, Ignacio González con sus líos del Canal, Cristina Cifuentes con su máster y sus cremas, Ágel Garrido con su resentimiento traidor y Pedro Rollan que apenas va a tener tiempo para nada.
Sorprendentemente, los madrileños, muy de derechas mal que me pese, no hicieron lo suficiente con sus votos para impedir que las gaviotas siguiesen anidando en ese balcón, que, esta vez otra vez con los votos de la ultraderecha, además de los de Ciudadanos. Y eso que la lista de casos de corrupción directamente relacionados con el PP o sus dirigentes es en Madrid tanto o más voluminosa que lo es la del PP de tiempos de Camps y Rita Barberá y que los procesamientos y los banquillos seguirán goteando sobre la primera planta de la sede de Génova, 13, la que ocupa el PP madrileño, si es que la realidad no les obliga a vender un edificio que guarda tantas miserias y secretos.
El caso es que hoy, cuando han transcurrido más de diez días desde las elecciones y Ciudadanos, el adalid de la lucha contra la corrupción, al menos eso dice quien sostuvo a Cifuentes y Garrido, se empeña en defender que todo va a cambiar, que ya nada va a ser igual, para negar sus votos o su abstención al ganador de las elecciones, el socialista Ángel Gabilondo, y sumar su apoyo a Isabel Díaz Ayuso al de la ultraderechista Vox, hoy, nos enteramos de que al Hospital Ramón y Cajal, Piramidón cariñosamente, la ropa de cama, los camisones y los pijamas del personal llegan sucios o rotos y, por tanto, inservibles para garantizar la higiene y dignidad de los pacientes y el personal. Se lo he escuchado esta mañana a enfermeros y otros empleados del centro que cada día descubren con sorpresa, si no con asco, que las sabanas sobre las que han de curar a sus pacientes o con las que han de hacer sus camas tienen manchas de heces, restos de esas curas o, simplemente están rotas.
Todo ocurre desde que la consejería de Sanidad, entonces bajo el mando del consejero Lasquetty, cerró la lavandería del hospital para externalizar el servicio, adjudicándoselo a una empresa privada que tiene además la concesión de varias cafeterías, a la que en el pliego de condiciones del contrato se le "consiente" devolver hasta un 45% del material que se le encomienda en las condiciones que describen los trabajadores del centro.
Es sólo un ejemplo, pero creo que un ejemplo evidente de la moralidad de quienes cuelgan banderas en los balcones, cuando deberían colgar esas sábanas y esos pijamas sucios y destrozados, mientras, desmantelando y deteriorando la sanidad pública, se llenan los bolsillos o se aseguran un cómodo futuro en el sector privado, para el que realmente trabajan.

miércoles, 5 de junio de 2019

QUE LE CORTEN LA CABEZA


Mucho se ha escrito sobre el fracaso y sus responsables. Está la clásica sentencia que advierte de que el triunfo tiene muchos padres y el fracaso, ninguno. También aquello de que los mejores son quienes se muestran humildes en la victoria y grandes en la derrota y, claro, eso de que lo importante no es no tener la culpa sino tener a quien echársela. Pues bien, todas estas frases. todas, parecen escritas para el único político español que nunca se ha equivocado o al menos eso piensa él y que no es otro que Pablo Iglesias.
Iglesias es muy dado a "colgarse medallas" cuando las cosas van bien. Tanto como a quitarse de en medio cuando vienen mal dadas. Está convencido de que él y sólo él puede ganar este país para la izquierda y es capaz, lo fue en 2015, de llevar al país a una repetición de elecciones. seguro de que las urnas se habían equivocado y de que su partido merecía estar por encima del PSOE, avejentado y poco digno de confianza.  Se equivocó entonces como se equivoca ahora, porque en esa "segunda vuelta" forzada por su intransigencia a la hora de pactar con Sánchez, los electores le hicieron pagar en votos, en muchos votos, aquella soberbia que le había llevado incluso a "hacerle" el gobierno al candidato socialista.
Desde entonces a ahora no ha mejorado mucho, más bien nada, y si lo ha hecho ha sido sólo por pura estrategia, dominando sus ansias de poder, su convencimiento de que, antes o después, llegaría el tan ansiado "sorpasso", tan querido para él como para su amigo y mentor Julio Anguita, tal para cual, que aún sigue convencido de que ni él ni su "pinza" con Aznar contra González tuvieron nada que ver con el hundimiento de Izquierda Unida. 
Iglesias sigue siendo incapaz de reconocer sus errores de táctica o de estrategia, empeñado intentando convencerse y convencernos de que su modelo de país, su proyecto para la izquierda es el correcto, el que ha dibujado sobre el papel y que son la realidad y los otros los equivocados. Quizá por eso se empeña en hacer las autocríticas en plural, diluyendo su culpa en otra de un colectivo que, sabemos por experiencia, ni siquiera respira sin su consentimiento.
Con lo que no contaba el líder de Podemos es con esa verdad que nos enseña la experiencia, la de que se puede engañar a todos durante algún tiempo o a algunos todo el tiempo, pero es imposible engañar a todos todo el tiempo. El amigo Iglesias viene comportándose como un niño malcriado y soberbio, al que no se puede llevar la contraria, un niño que tiende a levantar la barricada de la consulta telemática a las bases cuando, como en la polémica adquisición del chalé de Galapagar, su sensatez se pone en duda.  Y lo hace casi siempre con trampas, por ejemplo, entonces, ligando lo acertado de la decisión a su permanencia en la cúpula de Podemos, haciendo caer a "los inscritos" en la trampa de un chantaje emocional innecesario que acabó dando el visto bueno a la operación, aunque dejando seriamente tocada su credibilidad.
Ahora, cuando los malos resultados se encadenan como un tren imparable y después de que sus más fieles, salvo su compañera, hayan dejado la organización, en silencio o a voces, lo único que se le ocurre a Iglesias es seguir los pasos de la reina de corazones del cuento de Alicia, cortando la cabeza de los que tiene a mano, aunque, con ello, se venga abajo la nómina de sus defensores.
Lo acaba de hacer con Pablo Echenique, al que colocó al frente de la secretaría de organización de la organización y al que ahora culpa de la falta de implantación territorial de Podemos, como si la bipolaridad de su mensaje no tuviese nada que ver con el fracaso de las últimas elecciones. Pobre Echenique, que, a cambio de un enigmático puesto de supervisión en las negociaciones con el PSOE, ve como su cabeza es colocada en una pica en el fortín del irreductible Iglesias. Y es que, como me enseñaron, lo importante no es no tener la culpa, sino tener a quien echársela y, si hay niños en casa, a ellos.

martes, 4 de junio de 2019

HACERSE MAYORES


La constitución española, el traje con que, dicen, nos vestimos, tiene ya cuarenta años, achaques y las costuras reventadas. Vamos, que ya iría siendo hora de que alguien con la madurez y el valor que se requieren se atreviese a buscar el acuerdo para ensancharla de aquí y de allá, para que los españoles, todos nos sintiésemos cómodos en ella. Sería lo lógico y es lo necesario, pero, para ello, tendríamos que contar con unos partidos políticos, no sé si otros, capaces de ponerse a la tarea, con generosidad y sensatez, algo que, de momento, parece escasear en el panorama político.
Tenemos unos partidos políticos, alguno con más de un siglo y cuarto de experiencia, otros con apenas seis años de vida, que no acaban de salir de la infancia. Una infancia de dibujos animados y juegos de patio, léanse la estridente televisión, la Sexta, empeñada en marcar la pauta a los partidos, dando y quitando razones y protagonismo, unas veces a Podemos y otras a Vox, como queriendo ser el "Gran Hermano", de Orwell, claro, que todo lo ve y todo lo controla, como si estuviese enfermo de intervencionismo.
Lo digo, porque los partidos y también muchos ciudadanos, vivimos ensimismados ante ese televisor que sólo os muestra una parte, exagerada siempre, de la realidad, corregida, aumentada y estridente, que no siempre se ajusta, siquiera por asomo, a la realidad. En el carrusel de imágenes en el que han convertido nuestras vidas, sobran declaraciones y contradeclaraciones y falta realismo, permitiéndose absurdos como los de difundir sin parpadear afirmaciones tan absurdas como la última de Ciudadanos que ayer pretendía participar en gobiernos, del PP o del PSOE, se entiende, de los que de ninguna de las maneras estuviesen Podemos o Vox, algo que, incluso contando con los dedos, resulta claramente imposible. 
Sin embargo, nadie les dice que se equivocan, que así es imposible, que tendrían que ceder en alguna de sus condiciones, mientras el reloj corre y dentro de unos días les entrarán las prisas que no siempre conducen a buenas soluciones. Resulta muy fácil, demasiado, cavar trincheras, levantar alambras y sembrar minas en el campo de negociación, trincheras, alambradas y minas que, luego, van a impedir o a hacer difícil de explicar cualquier acuerdo al que se pretenda llevar.
Hay partidos, como Ciudadanos, que, como los niños, se definen más por lo que no quieren hacer que por sus iniciativas. Tanto que me cuesta recordar qué quiere hacer el partido de Rivera y me resulta muy fácil enumerar sus tan cacareadas "líneas rojas" y tabúes, partidos que pretenden cocinar con sólo dos ingredientes un gobierno para el que hacen falta tres, partidos empeñados en hacernos creer que nada tienen que ver con la extrema derecha que abrocha su acuerdo de gobierno y que, de vez en cuando, les sacan los colores exigiendo el listado de funcionarios comprometidos en la lucha contra el maltrato de género o les provocan el sobresalto, enmendando los presupuestos pactados con su socio "decente".
Y si ésta es una cara de la moneda, la otra es ese Podemos en descomposición, que se desmorona por momentos, una vez comprobados y puestos en fila todos los errores y abusos cometidos por su líder, Pablo Iglesias, dueño del parchís de la democracia en el partido, dispuesto a llevárselo a su casa, no diré en dónde, cada vez que le viene mal dadas. Un partido de cuyos fundadores, todos ellos amigos y dados a los abrazos, apenas queda ya sólo "el gran timonel", aunque con la aguja de marear bastante deteriorada después de e tanto bandazo y de tanto estrellarse en las rocas de las urnas.
Que el dios de la información me perdone, pero creo que estos "niños" están muy necesitados de un castigo sin tele, como en los viejos tiempos, o de que alguien les enseñe de nuevo a sumar. No digo que PP, PSOE o Vox no lo necesiten, pero, al menos, están en su papel, cosa que a los citados no les ocurre.  De modo que, cuando cuatro, o cinco partidos, no son capaces de encontrar una solución a la formación de gobierno, pensar en la reformar de la Constitución es más que una quimera. Aunque creo que bastaría con que estos partidos que tenemos o sus líderes se hiciesen mayores.

lunes, 3 de junio de 2019

COMO BADAJOS SIN CAMPANA


No cabe duda de que una campana sin badajo es triste, casi ridícula, aunque siempre cabe esperar que esa campana muda acabe encontrando el martillo, ese badajo, que la vuelva a hacer sonar. Otra cosa es un badajo sin campana, porque, por más que se agite, por más que intente batir para sonar a los cuatro vientos, siempre acabará encontrando el vacío como respuesta a sus esfuerzos. Por eso, si la campana muda, sin badajo, es triste, el badajo desesperado y solitario es más bien triste.
En estos dos meses largos, para algunos larguísimos, de campaña, incluso en la legislatura a la que pusieron fin, ha habido campanas que no han dejado de sonar estridentes a izquierda y derecha, hacia adelante y hacia atrás, hasta el punto de que, en su bronce, no tan sólido como parecía, se han abierto grietas que las han convertido en objetos, si no inútiles, sí menos vistosos de lo que prometían. Estoy hablando, claro, de partidos políticos y, por si queda alguna duda, concretamente de Ciudadanos y Podemos.
Hay líderes siempre dispuestos a tocar a rebato sus campanas, sus partidos, en un toque insistente, inquietante, que, parece, no va a tener fin. Un toque a rebato en el que, demasiadas veces, el sonido de la campana pierde su brillo, cuando no, directamente, se raja. Es entonces cuando no encontramos con ese badajo triste y ridículo, mitad por mitad, pretendiendo imponer su repique sin una campana a la que hacer vibrar, con un partido desencantado y roto que ya no es capaz siquiera de hacer escuchar su mensaje, bueno o malo, coherente o no, porque los excesos, también en el campanario, acaban por pagarse.
Pablo Iglesias se ha empeñado siempre en ser, de todas las campanas, la que suene por encima de las demás, sin darse cuenta de que, a veces, el contrapunto que pone una sola nota es el que convierte en brillante una melodía y de que todas esas campanas son importantes, porque, con sus tamaños, con la diferente calidad de su fundición, todas, conforman la música que se espera del campanario. Y esto que os digo es hoy más evidente que nunca, porque Iglesias se encuentra ante un Podemos más roto que nunca, a un Podemos en el que ya ni se reconocen los más fieles, porque, tras la salida de tantos líderes, de tantos fundadores, tras el continuo fracaso en que parece empañada la formación, hoy, Ramón Espinar, su fiel escudero en el partido en Madrid, llamado a ser el adversario de Errejón, retrata con crudeza la situación del partido en una entrevista a eldiario,es, en la que enfrenta a Pablo Iglesias a la necesidad de un tercer vistalegre y quién sabe si a una refundación del partido con otro liderazgo.
Algo parecido, aunque salvando las distancias, le ocurre a Albert rivera con Ciudadanos, empeñado en ese repique monótono en el que, pese a decirse de centro, algo que cada vez cree menos gente, no hace sino negar cualquier posibilidad de acuerdo con la socialdemocracia que situado más o menos a la izquierda, representa el PSOE. A la campana que con tanto ahínco ha batido Rivera, unas veces de un modo, otras de otro, el último sonsonete, el de eso que llama cordón sanitario y no es otra cosa que el veto impuesto por sus padrinos económicos, le están apareciendo fisuras que llegarán a ser grietas, grietas que acabarán por enmudecerla. El "paracaidista" Manuel Valls, primero, y hoy Luis Garicano, fundador de Ciudadanos y su voz en Europa, se han rebelado contra ese veto ciego que no hace sino empujar a la formación a los brazos de la ultraderecha, algo que, en Europa, desde luego, no se le va a perdonar nunca.
Iglesias y Rivera, Rivera e Iglesias, tienen su campana rota y, por más que se empeñen, en continuar con sus repiques excluyentes, lo que es seguro que acabarán batiendo en el vacío, como esos badajos tristes y ridículos enmudecidos de tanto tocar, tan fuerte, el repique equivocado.