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lunes, 12 de marzo de 2018

¿OTRA BURBUJA?

El barrio de La Latina de Madrid. El Rastro, Lavapiés, el centro castizo de mi ciudad han sido desde hace más de cuarenta años mis barrios. Soy del otro lado del río, pero todas esas calles se convirtieron en escenario de mis primeros vinos, algún que otro porro y, sobre todo, mi escuela de vida junto a amigos a los que sigo viendo y con los que sigo compartiendo de vez en cuando otros vinos, mejores, pero más caros, y otras conversaciones más maduras, más resignadas diría yo, en las que, al menos para mí, la música y la política, si es que conseguir el bienestar de los demás lo es, son los ejes de la charla.
Sigue siendo mi barrio, pero ya no lo es. Las cavas ya no son las mismas. Siguen moviéndose por sus aceras y sus viejas tabernas y mesones, convertidas hoy en "locales", personajes de barrio, pero ya en minoría. Lo que prima son quienes alborotan en inglés o en italiano, convirtiendo en ruidosos bares de copas lugares cargados de historia y de saber popular, el que al final importa. Pero esto que os digo no ocurre sólo a nivel de esa calle en las que, hasta los comercios tradicionales, las tiendas del barrio se han se han rendido al chupito y el copeo fácil. También se hace notar en los portales y las escaleras de edificios con más de un siglo y a veces de dos siglos de vida vivida sobre sus vigas.
Son calles hermosas, armoniosas, acogedoras, en las que apenas queda ya nada ni nadie que sostenga esa vida. Aquellos pisos de enormes pasillos, aquellas celdas de colmena, aquellos agujeros a veces miserables que jugaban a ser hogares en corralas y buhardillas, son ahora estudios, armarios diría yo, apartamentos y pisos en alquiler que sólo un potentado podría pagar. La codicia, la especulación y el "low cost", con la ayuda de un gobierno sin alma, se han apoderado de los rincones de vida que había en esos barrios, poniéndolos en alquiler a miles de kilómetros por cantidades inalcanzables aquí que difícilmente puede pagar un español, incluso con trabajo.
En esas calles ya no quedan vecinos, ni siquiera nuevos vecinos. Los de siempre, los de toda la vida se han ido muriendo o han sido expulsados a otros barrios o a residencias de ancianos pagadas, no sin dificultades, con el piso en que vivieron. En esos barrios apenas quedan ya niños y los que quedan hablan, no ya con otro acento, sino en otra lengua. La codicia está acabando con la vida en mi barrio, en mi ciudad, porque arrastrar maletas, escándalos y resacas por sus calles, no es darles vida. Algún día la paz llegará al Mediterráneo, otro país distinto del nuestro se pondrá de moda y el sonido vital de las cocinas y los balcones abiertos, el que está siendo sustituido por los portazos a media noche, el arrastrar de maletas por viejas escaleras de madera y los pesados ronquidos de la resaca, el traqueteo de las reformas, ese ruido amigo ya no regresará, porque el barrio, su vida, su gente, habrán desaparecido en aras del negocio de unos pocos.
Mientras tanto, el gobierno a verlas venir, mejor dicho, a consentir este expolio que deja las ciudades sin vida, sin alma. Ahora, con las elecciones cada vez más cerca y la posibilidad de que "los sin casa" se conviertan en un nuevo frente, trata de poner un parche, uno de sus parches, pero, como el alacrán, el PP no puede escapar a su condición y el parche más que una solución es una nueva "oportunidad de negocio" para las hienas de la especulación que acabarán embolsándose las míseras y selectivas ayudas, en lugar de hacer más llevadero pagar el alquiler para quien realmente lo necesita.
Una vez más, el dinero de todos, las ayudas, acabará en los bolsillos de los fondos de inversión y los especuladores. Si en lugar de ello, se legislase y se controlase este fenómeno cruel, nuestras ciudades pervivirían y seguirían siendo atractivas y encantadoras para quienes, en su visita buscan algo más que alcohol y sexo.
El daño ya está hecho. Ahora sólo queda recoger velas y tratar de reconstruir el tejido vecinal que daba vida a los barrios. Vigilar para que esos alquileres se hagan sólo a la luz del día, para que los impuestos que generan, como cualquier otra actividad industrial, se paguen, se paguen en España y repercutan en beneficio de los españoles. Cualquier otra medida, especialmente las propuestas que hizo el gobierno el viernes sólo contribuirán a inflar los alquileres a crear una nueva burbuja que, cuando estalle, volverá a golpear a los de siempre, no a quienes la causaron que, para entonces, ya estarán reinvirtiendo sus beneficios en otro país o en otro sector. Y mientras nuestras ciudades, sus barrios, convertidos en barrios fantasma, sin vida.

miércoles, 17 de enero de 2018

TURISMO


Que los españoles le debemos mucho al turismo no es ningún secreto. Tanto o más que al sacrificio de aquellos emigrantes de maleta de cartón y hatillo, coautores del milagro alemán, que, con sus remesas de dinero, impulsaron junto a las divisas del turismo la economía de un país, el nuestro, que estaba necesitado de cambiar las mulas por el tractor, la bici por la mobilette o el seiscientos y, sobre todo, el "santo" rosario por Camus o las discotecas. 
Nos vino muy bien para dejar el hambre y la incultura, para comprender que el horizonte no acababa en la misa, la familia, el municipio y el sindicato, vertical, por supuesto. Relajamos las costumbres, al menos en las costas, aprendimos idiomas y también a soñar un futuro mejor y más luminoso. Con los turistas vinieron, si no las respuestas, si las preguntas que todos, especialmente los jóvenes, teníamos que hacernos antes o después.
Sin embargo, no todo fue de color de rosa, no nos salió gratis. Perdimos por ejemplo la belleza y el encanto de nuestros pueblos de costa, convertidos en via crucis de bares, terrazas y tiendas de souvenirs, perdimos también las costas y los paisajes, el horizonte, la línea de costa, convertidos en una sucesión de hoteles y edificios de apartamentos que nos privaban a los de tierra adentro del disfrute de la inmensa belleza del mar y a quienes enrojecían su piel en nuestras playas de la imagen real de un país, que nata tenía que ver con los borriquitos con sombrero, las bailaoras flamencas, las paellas y la sangría,.
Así pagamos ese "boum" de los sesenta, pero no acabó ahí la cuenta, porque hoy que España se ha convertido, después de Francia, en el país más visitado del mundo, seguimos pagando una factura injusta y humillante, en la que la precarización del empleo y el encarecimiento del alquiler de la vivienda en el centro de las ciudades que, para su desgracia, por su belleza y sus museos o, peor aún, por sus bares y terrazas, se han convertido en destino preferente de ruidosas y demasiado a menudo incivilizadas peregrinaciones de turistas, arrastrando, para penitencia nuestra, sus maletas con ruedas que no saben de horarios ni de descanso. Y es que quién se resiste a cobrar en te a o cuatroo fines de semana y las más de las veces en negro lo que cobraba a un solo y a veces moroso o exigente inquilino bajo contrato y a la luz. Y qué gonierno se resiste a aumentar la cifra de turistas o minijobs para sus estadísticas.
La cosa empezó bien. Gracias a Internet, alguien ofrecía su vivienda en vacaciones a cambio de otra en otra ciudad atractiva para ese alguien. Economía colaborativa, solidaridad inteligente entre iguales. Pero, con ese inocente juego de intercambio, aparecieron las aplicaciones que facilitaban el trueque y, como en todo, el "negocio" que en principio ni lo era ni debiera serlo, atrajo la atención de la espuma de la crisis, ese dinero desaparecido de nuestra economía, el que nos falta en impuestos para pagar los servicios y los derechos del Estado de Bienestar, convenientemente agrupado en fondos de inversión, compra baratos pisos céntricos, abandonados muchas veces por inquilinos de toda la vida, incapaces de hacer frente a alquileres desorbitados o a la incomodidad de vivir en un barrio sin tiendas, sólo con bares y restaurantes, con ruidosos y vociferantes jovencitos o no tan jovencitos, cargados de alcohol y vete a saber qué más, que hacen imposible ya el sueño de una vida tranquila en una ciudad tranquila, a la medida de sus vecinos.
Eso, por un lado. Por el otro, los abusos y los destrozos por parte de quienes sobreocupan el piso de los abuelos o la vivienda que dejaron vacía para ir al extrarradio, ha llevado a los propietarios a buscar intermediarios, grandes empresas, que explotan a quienes limpian y reparan los destrozos y, con los beneficios, compran bloques enteros o casi completos, en los que los pocos resistentes que aguantan las molestias, sufren un acoso moral y físico que persigue sus rendición para dejar el campo libre a los propietarios del gran negocio en que se han convertido esos desgraciados barrios.
Las ciudades víctimas de esta nueva fiebre del oro se están convirtiendo en escenarios por los que turistas con lo justo arrastran sus maletas y sus resacas, sin que, a cambio, se cree empleo de calidad, empleo capaz de garantizar a camareros, pinches o limpiadores una vida segura y digna que nos compense por haber perdido un paraíso de siglos que se queda sin historia, sin vecinos y sin encanto, sacrificados, a sabiendas de nuestros gobiernos, en aras del dios Turismo.

jueves, 15 de junio de 2017

LOS RECORTES MATAN


En el Londres victoriano que tan certeramente dibujó Charles Dickens en sus novelas, los pobres se hacinaban en callejones húmedos e insalubres, en los que se acumulaban suciedad que compartían. junto a las aguas estancadas las ratas portadoras de enfermedades y los niños demasiado pequeños aún para trabajar en talleres, fábricas y minas. Hoy no. Hoy los callejones crecen hacia el cielo, hoy son torres de pasillos y escaleras estrechas, en las que hacinan los de siempre, los menos afortunados, los inmigrantes, los parados, los ancianos sin recursos, todos, con sus niños y sus problemas. 
Por eso la tragedia que desde hace dos noches conmueve al mundo no surge de las páginas de alguna novela escritas por el genio británico, entre la denuncia social y el culebrón, con buenos y malos, con héroes y villanos que se mueven entre la miseria y la grandeza, no. La tragedia nos asalta en el salón de nuestras casas o en esa cafetería con el televisor eternamente mudo que escupe sus imágenes a quienes apuran un café o una caña en la barra. La tragedia no es esta vez la historia de una imparable caída a las cloacas que vierten en el Támesis. La tragedia es hoy una torre, una tea virulenta, en la que se hacinaban centenares de personas, de todas las edades, también con ancianos y niños, enfermos y sanos, de todos los colores, lenguas y religiones, a lo que lo único que les unía era la desgracia de no poder vivir en otro sitio más que allí, hacinados en torres, porque la sociedad "alegre y confiada" de siempre necesita ahora sus callejones junto al río para disfrutar de cenas y cervezas en sus terrazas. Sus torres son como esas cajas de zapatos, puestas unas encima de otras, en las que se oculta lo que no se quiere ver.
La torre Grenfell, la que ardió hace dos noches está relativamente cerca de Hyde Park, en el barrio de Notting Hill, hoy "gentrificado", pero tradicionalmente habitado por inmigrantes procedentes de las colonias británicas del Caribe. Estoy seguro de que en esa torre se había "refugiado" mucha de esa gente, a la que los "gentrificados" precios de sus viviendas" de siempre", había expulsado hacia las alturas, en una torre remodelada y "adecentada" en su exterior con unos paneles plásticos, baratos y fáciles de instalar, que se convirtieron en la brea que toda buena tea necesita para arder sin remedio.
No me cabe la menor duda de que gran parte de la responsabilidad de lo que ha pasado con la torre Grenfell hay que buscarla en esa marea especulativa que arrastra a quien no puede resistirse hacia ratoneras sin condiciones de comodidad, salubridad y seguridad, mientras "los de siempre" se quedan con sus casas, humildes, pero con encanto, para adecentarlas y ponerlas a disposición de quienes sí pueden pagarlas.
Se hace necesario investigar ceniza por ceniza las causas de ese incendio. Habrá que saber por qué no se emplearon en la remodelación materiales seguros y adecuados, habrá que saber por qué las alarmas contra incendios no funcionaron, habrá que saber por qué no se atendieron las quejas de los vecinos que advertían que, tal y como estaba el edificio, forrado de material altamente combustible, el que se produjese un incendio era sólo cuestión de tiempo.
Pero nadie les hizo caso. Para la mentalidad de "ratas de despacho" de los responsables de turno, lo único que importaba era que la reforma se había hecho y que había sido barata. El resto no importaba.
Desde que Margaret Thatcher llegó al poder eso es lo único importante: no gastar para poder bajar los impuestos, siempre a los ricos, los suyos, con la complicidad, eso sí, inconsciente y necesaria de roda esa gente que de una manera suicida les cree, sin pensar que puede acabar sus días encerrada en una torre en llamas, barata, pero en llamas. Pero no sólo el Reino Unido y no sólo la derecha se apuntó a la guerra de impuestos desatada entonces. Las recetas contra la crisis que se aplican desde Europa son hijas de aquella política de privatizar lo público, trenes, viviendas, hospitales y todo lo demás, para, con la excusa de modernizar la gestión, repartir el botín entre los amiguetes.
Hoy sabemos, también en España, que los recortes matan, día a día y en silencio, a los ancianos y enfermos que deben privarse de las medicinas que necesitan por no poder pagarlas, a quienes se quitan la vida que ya no tiene sentido para ellos sin trabajo, sin hogar, sin esperanzas. Pero, y por desgracia, también sabemos que matan obscenamente, escupiéndonos sus muertos a la cara en los telediarios, sin que sepamos muy bien, al menos yo, como nos dejamos hacer lo que nos hacen.

lunes, 3 de abril de 2017

Y AHORA, LA VIVIENDA


El día en que nos dejamos engatusar con eso de que el libre mercado, la desregulación, favorecía la competencia y que sería ese mismo libre mercado el que acabaría por auto regularse para beneficio de los consumidores, el día en que nos convencieron de que daba igual el color del gato no importa, si, al final, caza ratones, ese día comenzamos a resbalar por la pendiente que lleva a la miseria moral y económica de todo un pueblo.
No hay más que ver dónde están hoy, cómo viven, quienes nos contaron lo del gato blanco y el gato negro, quienes nos decían que la rigidez la gestión pública y controlada de lo que al fin y al cabo es de todos acabaría asfixiando, cargándose, nuestro progreso y bienestar, y dónde estamos nosotros con nuestros sueños.
Ellos, los que nos engañaron, están disfrutando del botón, propio o de sus amigos, en largas jornadas de pesca en el mar, viendo pasar las horas en mansiones que son ajenas, pero siempre son de algún amigo agradecido y codeándose con quienes lo tienen casi todo de todos,  los que acaparan la riqueza de países enteros, esa riqueza que proviene de la explotación y la desigualdad y que debería volver a su origen redistribuida mediante los impuestos, aplicando esa consigna ya olvidada de que pague más quien más tiene.
Siguiendo un diabólico plan, haciéndonos creer que éramos ricos, nos tomaron como rehenes en una carrera suicida por bien quien bajaba más los impuestos. Un plan en el que necesitaban nuestros votos para disfrazar de democracia lo que no es más que el golpe de estado silencioso de quienes pretenden imponer la crueldad de las leyes del mercado, sus leyes, a quienes, para defenderse, sólo disponen de su trabajo.
Nos quitaron la dignidad de ese trabajo, obligándonos a hacerlo en condiciones miserables por unos salarios que han pasado a ser de hambre, nos quitaron nuestros ahorros para jugárselo en la bolas o en la ruleta rusa de la especulación inmobiliaria y, a muchos, les quitaron sus casas, pagadas a precios delirantes, precios inflados mediante los créditos con que se pagaban los sueldos y los retiros de oro de los colaboradores necesarios del plan y, ahora que comprar una vivienda es, para casi todos, un sueño inalcanzable, nos expulsan de ese paraíso de segunda que ha sido para muchos poder vivir en la casa en que nacieron o en el barrio en que quieren vivir por un alquiler razonable. Necesitan esos piaos en barrios amables y encantadores, para convertirlos en apartamentos de fin de semana, más baratos que un hotel, menos estrictos en las normas que un hotel, que se llenan de jóvenes ansiosos de disfrutar de nuestra fiesta legendaria y nuestras copas baratas, convirtiendo sus calles en caravanas de ruidosas maletas con ruedas, después de haber llenado los bolsillos de quienes, después de dejarnos sin nada, nos están quitando nuestros barrios que sólo quieren como paisaje y reclamo para su cruel negocio.
Poca gente puede acceder a los alquileres de eses apartamentos que, en cuatro fines de semana de ocupación, triplican o más el alquiler que pueda pagar una familia, por seo esos barrios se quedan sin niños y sin ancianos, para vivir de lunes a jueves la resaca de una fiesta que nos está costando nuestra identidad y la misma felicidad.
Algo habrá que hacer para poner coto a este desfalco que se está gestando en lugareses como Ibiza, Madrid, Barcelona, San Sebastián, Málaga y tantas y tantas ciudadaes que esperan la interminable cola de turistas de fin de semana. acarreando mochilas y malestas, que llegan desde cualquier punto de Europa, a costa de sembrar nuestros cielos con inútiles toneladas de CO2 , dispuestos a beber, practicar sexo y gamberrear.en la ruidosa "fiesta" que buscan lejos de sus silenciosos y civilizados países.
Nos han quitado los ahorros, el trabajo, y ahora quienes quitarnos nuestras casas, para, gracias a gobiernos marrulleros y consentidores, llevar sus beneficios a paraísos fiscales desde los que retroalimentar los fondos que seguirán comprando edificios enteros hasta convertir mi ciudad, tu ciudad en un decorado sin alma, casi de cartón piedra, para la fiesta.