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miércoles, 17 de enero de 2018

TURISMO


Que los españoles le debemos mucho al turismo no es ningún secreto. Tanto o más que al sacrificio de aquellos emigrantes de maleta de cartón y hatillo, coautores del milagro alemán, que, con sus remesas de dinero, impulsaron junto a las divisas del turismo la economía de un país, el nuestro, que estaba necesitado de cambiar las mulas por el tractor, la bici por la mobilette o el seiscientos y, sobre todo, el "santo" rosario por Camus o las discotecas. 
Nos vino muy bien para dejar el hambre y la incultura, para comprender que el horizonte no acababa en la misa, la familia, el municipio y el sindicato, vertical, por supuesto. Relajamos las costumbres, al menos en las costas, aprendimos idiomas y también a soñar un futuro mejor y más luminoso. Con los turistas vinieron, si no las respuestas, si las preguntas que todos, especialmente los jóvenes, teníamos que hacernos antes o después.
Sin embargo, no todo fue de color de rosa, no nos salió gratis. Perdimos por ejemplo la belleza y el encanto de nuestros pueblos de costa, convertidos en via crucis de bares, terrazas y tiendas de souvenirs, perdimos también las costas y los paisajes, el horizonte, la línea de costa, convertidos en una sucesión de hoteles y edificios de apartamentos que nos privaban a los de tierra adentro del disfrute de la inmensa belleza del mar y a quienes enrojecían su piel en nuestras playas de la imagen real de un país, que nata tenía que ver con los borriquitos con sombrero, las bailaoras flamencas, las paellas y la sangría,.
Así pagamos ese "boum" de los sesenta, pero no acabó ahí la cuenta, porque hoy que España se ha convertido, después de Francia, en el país más visitado del mundo, seguimos pagando una factura injusta y humillante, en la que la precarización del empleo y el encarecimiento del alquiler de la vivienda en el centro de las ciudades que, para su desgracia, por su belleza y sus museos o, peor aún, por sus bares y terrazas, se han convertido en destino preferente de ruidosas y demasiado a menudo incivilizadas peregrinaciones de turistas, arrastrando, para penitencia nuestra, sus maletas con ruedas que no saben de horarios ni de descanso. Y es que quién se resiste a cobrar en te a o cuatroo fines de semana y las más de las veces en negro lo que cobraba a un solo y a veces moroso o exigente inquilino bajo contrato y a la luz. Y qué gonierno se resiste a aumentar la cifra de turistas o minijobs para sus estadísticas.
La cosa empezó bien. Gracias a Internet, alguien ofrecía su vivienda en vacaciones a cambio de otra en otra ciudad atractiva para ese alguien. Economía colaborativa, solidaridad inteligente entre iguales. Pero, con ese inocente juego de intercambio, aparecieron las aplicaciones que facilitaban el trueque y, como en todo, el "negocio" que en principio ni lo era ni debiera serlo, atrajo la atención de la espuma de la crisis, ese dinero desaparecido de nuestra economía, el que nos falta en impuestos para pagar los servicios y los derechos del Estado de Bienestar, convenientemente agrupado en fondos de inversión, compra baratos pisos céntricos, abandonados muchas veces por inquilinos de toda la vida, incapaces de hacer frente a alquileres desorbitados o a la incomodidad de vivir en un barrio sin tiendas, sólo con bares y restaurantes, con ruidosos y vociferantes jovencitos o no tan jovencitos, cargados de alcohol y vete a saber qué más, que hacen imposible ya el sueño de una vida tranquila en una ciudad tranquila, a la medida de sus vecinos.
Eso, por un lado. Por el otro, los abusos y los destrozos por parte de quienes sobreocupan el piso de los abuelos o la vivienda que dejaron vacía para ir al extrarradio, ha llevado a los propietarios a buscar intermediarios, grandes empresas, que explotan a quienes limpian y reparan los destrozos y, con los beneficios, compran bloques enteros o casi completos, en los que los pocos resistentes que aguantan las molestias, sufren un acoso moral y físico que persigue sus rendición para dejar el campo libre a los propietarios del gran negocio en que se han convertido esos desgraciados barrios.
Las ciudades víctimas de esta nueva fiebre del oro se están convirtiendo en escenarios por los que turistas con lo justo arrastran sus maletas y sus resacas, sin que, a cambio, se cree empleo de calidad, empleo capaz de garantizar a camareros, pinches o limpiadores una vida segura y digna que nos compense por haber perdido un paraíso de siglos que se queda sin historia, sin vecinos y sin encanto, sacrificados, a sabiendas de nuestros gobiernos, en aras del dios Turismo.

miércoles, 18 de marzo de 2015

ALGO DE CERVANTES



¡Pobre Miguel, pobre "príncipe de los ingenios"!  Qué hubieran dicho él o cualquiera de sus personajes, especialmente Alonso Quijano o ese Don Quijote que creía ser, qué hubiera dicho el bueno de Sancho Panza, ante el circo que  montó ayer el Ayuntamiento de Madrid para presentar el humo de los resultados de una excavación arqueológica que, después de largos meses sólo ha sido capaz de proclamar lo que ya sabíamos: que los restos de Cervantes o al menos parte d ellos están enterrados en el convento de las Trinitarias de Madrid, en una cripta, bajo la iglesia consagrada en honor de San Ildefonso.
Seguramente, molesto por haber sido despertado de este sueño de siglos, Miguel de Cervantes o, en su lugar, cualquiera de sus personajes hubiesen dicho algo tan cervantino como que "para este viaje no hacían falta alforjas", porque, después de tanta inversión, tanto trabajo y, sobre todo, tanto circo mediático, lo único que han podido certificar y aún con dudas razonables es lo que ya figuraba en una placa colocada en la lápida conmemorativa colocada en la fachada del convento dando fe de que los restos del autor más universal en lengua española reposan en el recinto.
La búsqueda de los restos de Cervantes, como esos documentales de Historia falsificada a la que, por desgracia son tan dados los canales mediáticos, se ha programado en las televisiones de una manera que yo calificaría de impúdica, porque todos hemos sido testigos de las sucesivas falsas alarmas que, como en una ducha escocesa nos han puesto una y otra vez en los labios la miel del hallazgo para, una vez llamada la atención, hablar otra vez de prudencia.
Demasiado dinero y demasiado esfuerzo dedicados a algo que, puesto que no existe forma de cotejar los restos que se encontrasen con los de algún familiar, en este caso la hermana monja del escritor, depositadas en un osario, junto a los de otras monjas en un convento alcalaíno, salvo que reposasen en un sepulcro o en una caja perfectamente identificados, no pasarían de ser iguales a los restos que se hayan bajo todas y cada una de las iglesias de una cierta antigüedad de las que hay en nuestro país.
Por qué entonces este interés en encontrar esos pobres huesos. Entre otras cosas, para que Madrid, mi ciudad, convertida en una reserva de terrazas y camareros mal pagados, tuviese un atractivo más para convertirse en el inmenso parque temático que algunos quieren, para que la capital de España pase a ser una especie de parque jurásico, en el que los dinosaurios pasasen a ser los restos de escritores a los que los españoles no leen o pintores y escultores cuyas obras casi nadie ve. De ese modo, la tumba de Cervantes, afortunadamente diluida en la cripta, pasaría a ser una parada más de las rutas que pastorean a los turistas como a ganado por el Bernabéu, el Corte Inglés o la Cibeles, para que puedan volver a casa con el móvil cargad de selfies que den testimonio del viaje.
Afortunadamente, los gigantes del parque temático cervantino se han quedado en los molinos de una placa bajo la cual, sin ser conscientes de ello, van y vienen los madrileños. Afortunadamente, la realidad de la historia, el previsible resto de unos huesos condenados a continuos traslados, cada vez más fragmentados, cada vez más revueltos, ha acabado con la "superproducción" encargada por la alcaldesa de Madrid, la más nefasta, y mira que ha habido alcaldes nefastos, que ha quedado en nada, porque, como dijo ayer uno de los investigadores en la presentación ante los medios de tan pobres resultados, en los restos hallados en la cripta "hay algo de Cervantes", aunque sea imposible probarlo.
Ojalá todo ese esfuerzo dedicado a encontrar los restos de Cervantes se dedicasen a difundir su obra entre las nuevas generaciones por todo el mundo y, sobre todo, ojalá todo el dinero se empleas en ayudar a quienes el Ayuntamiento que preside Ana Botella esta empujando a la miseria. Don Miguel, amigo de la justicia poco amigo de muertos soberbios y enterramientos ostentosos, sin duda, estaría orgulloso y satisfecho de la ciudad que le vio morir y en la que quiso descansar para siempre.



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