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jueves, 15 de junio de 2017

LOS RECORTES MATAN


En el Londres victoriano que tan certeramente dibujó Charles Dickens en sus novelas, los pobres se hacinaban en callejones húmedos e insalubres, en los que se acumulaban suciedad que compartían. junto a las aguas estancadas las ratas portadoras de enfermedades y los niños demasiado pequeños aún para trabajar en talleres, fábricas y minas. Hoy no. Hoy los callejones crecen hacia el cielo, hoy son torres de pasillos y escaleras estrechas, en las que hacinan los de siempre, los menos afortunados, los inmigrantes, los parados, los ancianos sin recursos, todos, con sus niños y sus problemas. 
Por eso la tragedia que desde hace dos noches conmueve al mundo no surge de las páginas de alguna novela escritas por el genio británico, entre la denuncia social y el culebrón, con buenos y malos, con héroes y villanos que se mueven entre la miseria y la grandeza, no. La tragedia nos asalta en el salón de nuestras casas o en esa cafetería con el televisor eternamente mudo que escupe sus imágenes a quienes apuran un café o una caña en la barra. La tragedia no es esta vez la historia de una imparable caída a las cloacas que vierten en el Támesis. La tragedia es hoy una torre, una tea virulenta, en la que se hacinaban centenares de personas, de todas las edades, también con ancianos y niños, enfermos y sanos, de todos los colores, lenguas y religiones, a lo que lo único que les unía era la desgracia de no poder vivir en otro sitio más que allí, hacinados en torres, porque la sociedad "alegre y confiada" de siempre necesita ahora sus callejones junto al río para disfrutar de cenas y cervezas en sus terrazas. Sus torres son como esas cajas de zapatos, puestas unas encima de otras, en las que se oculta lo que no se quiere ver.
La torre Grenfell, la que ardió hace dos noches está relativamente cerca de Hyde Park, en el barrio de Notting Hill, hoy "gentrificado", pero tradicionalmente habitado por inmigrantes procedentes de las colonias británicas del Caribe. Estoy seguro de que en esa torre se había "refugiado" mucha de esa gente, a la que los "gentrificados" precios de sus viviendas" de siempre", había expulsado hacia las alturas, en una torre remodelada y "adecentada" en su exterior con unos paneles plásticos, baratos y fáciles de instalar, que se convirtieron en la brea que toda buena tea necesita para arder sin remedio.
No me cabe la menor duda de que gran parte de la responsabilidad de lo que ha pasado con la torre Grenfell hay que buscarla en esa marea especulativa que arrastra a quien no puede resistirse hacia ratoneras sin condiciones de comodidad, salubridad y seguridad, mientras "los de siempre" se quedan con sus casas, humildes, pero con encanto, para adecentarlas y ponerlas a disposición de quienes sí pueden pagarlas.
Se hace necesario investigar ceniza por ceniza las causas de ese incendio. Habrá que saber por qué no se emplearon en la remodelación materiales seguros y adecuados, habrá que saber por qué las alarmas contra incendios no funcionaron, habrá que saber por qué no se atendieron las quejas de los vecinos que advertían que, tal y como estaba el edificio, forrado de material altamente combustible, el que se produjese un incendio era sólo cuestión de tiempo.
Pero nadie les hizo caso. Para la mentalidad de "ratas de despacho" de los responsables de turno, lo único que importaba era que la reforma se había hecho y que había sido barata. El resto no importaba.
Desde que Margaret Thatcher llegó al poder eso es lo único importante: no gastar para poder bajar los impuestos, siempre a los ricos, los suyos, con la complicidad, eso sí, inconsciente y necesaria de roda esa gente que de una manera suicida les cree, sin pensar que puede acabar sus días encerrada en una torre en llamas, barata, pero en llamas. Pero no sólo el Reino Unido y no sólo la derecha se apuntó a la guerra de impuestos desatada entonces. Las recetas contra la crisis que se aplican desde Europa son hijas de aquella política de privatizar lo público, trenes, viviendas, hospitales y todo lo demás, para, con la excusa de modernizar la gestión, repartir el botín entre los amiguetes.
Hoy sabemos, también en España, que los recortes matan, día a día y en silencio, a los ancianos y enfermos que deben privarse de las medicinas que necesitan por no poder pagarlas, a quienes se quitan la vida que ya no tiene sentido para ellos sin trabajo, sin hogar, sin esperanzas. Pero, y por desgracia, también sabemos que matan obscenamente, escupiéndonos sus muertos a la cara en los telediarios, sin que sepamos muy bien, al menos yo, como nos dejamos hacer lo que nos hacen.

viernes, 24 de junio de 2016

EL BREXIT COMO OPORTUNIDAD

Es difícil aún, a estas alturas, explicar, explicarse, los pros y los contras. las consecuencias, de la decisión tomada ayer por la mayoría de los ciudadanos británicos respecto a la permanencia de su país en la Unión Europea. Es difícil, entre otras cosas, porque, quedarse en argumentos como el populismo o el egoísmo o, simplemente, la Historia, es demasiado fácil. No puede ser que tantos millones de ciudadanos de la Europa más rancia se hayan equivocado y, aunque así fuese, debería prevalecer la máxima que dice que, en caso de duda, que prevalezca la democracia.
La única consecuencia que así, a vuelapluma, soy capaz de extraer es la de que quienes toman las decisiones viven, por desgracia, de espaldas a la gente. Tanto es así, que quienes detentan el poder a uno y otro lado del Canal de la Mancha no han sido capaces de prever lo que finalmente ha ocurrido.
Creo que es difícil e hipócrita atribuir el triunfo del Brexit a la xenofobia en un país tan multirracial y multicultural como el Reino Unido, que heredó del viejo Imperio Británico la Commonwealth, con sus ciudadanos y sus derechos reconocidos en la metrópoli.
Es más lógico pensar que los británicos estén cansados de que la inmigración, especialmente del Este de Europa, disparada con las sucesivas ampliaciones de la UE. haya supuesto una enorme merma en derechos y salarios del mercado laboral. Me da la impresión de que nos detenemos en exceso en las anécdotas chuscas, como la rebeldía ante la regulación del tamaño de los plátanos establecida por los burócratas de Bruselas, y nos olvidamos de otras muchas decisiones que afectan y cómo a nuestras vidas que, sin embargo, a menudo pasamos por alto.
Los británicos, que lo han sido todo en el mundo hasta hace poco, conservan un orgullo nacional que no es difícil despertar y que, además, es fácil de ofender y se les ha ofendido, como se ha ofendido a los griegos, a los portugueses y a tantos y tantos europeos, incluidos nosotros. Y, si los británicos, en su mayoría privilegiados respecto a otros europeos, han dicho no a la Unión Europea, habría que ir pensando en qué diríamos hoy nosotros ante una pregunta similar. No hay que ser un lince para ver que, en un referéndum similar, la respuesta hoy que Europa se ha convertido en una madrastra, no sería tan favorable como cuando Europa era una novia.
Es curiosa la apelación que se hizo al sentido común de los británicos mientras se esperaba su no al Brexit y cómo no se hace otro tanto ahora que han dicho no. El Brexit sólo ha fracasado en Londres, Irlanda del Norte y Escocia. Cualquiera que quiera verlo se dará cuenta de que quienes han dicho no a Europa han sido los trabajadores británicos, los habitantes de las zonas industriales, cada vez más desprotegidos ante las decisiones arbitrarias que se toman en los pulcros despachos de Bruselas y que, por contra, el sí se ha dado en las zonas que viven del comercio y del turismo europeos. 
Creo que el Brexit va a ser bueno, si las cosas se hacen como se deben hacer, va a ser bueno para que la Europa fosilizada, la que sólo vela por los intereses de sus grandes corporaciones, la Europa cruel, incapaz de percibir el sufrimiento de sus ciudadanos más humildes, la que nos da un pasaporte y poco más, a cambio de las riendas de nuestro destino, la Europa que ya no es la que soñamos, retome el control de su destino y vuelva a ser la Europa del Estado del Bienestar.
Creo también que, como en tantos otros asuntos, no se nos ha dicho toda la verdad y que, incluso en plana campaña electoral, la mayoría de los partidos políticos han preferido no "mentar a la bicha" y pasar de puntillas sobre el Brexit, cruzando los dedos a la espera de que la tormenta pasara. Pero la realidad y el deseo son cosas bien distintas y la realidad se ha impuesto, abriendo un descosido en el disfraz de eficiencia de eso que llamamos Europa, un descosido por el que se ve su feo culo.
No debemos olvidar que, si los trabajadores han dicho no a Europa y sí al Brexit, no es porque, de la noche a la mañana, se hayan vuelto nazis. Creo que, más bien, los trabajadores se han cansado de que los partidos tradicionales, incluidos los que se dicen socialdemócratas les den la espalda. Creo que lo único inteligente es hacer de la necesidad virtud y aprovechar este momento para transformar una manera de hacer política, de la que la Europa que han rechazado los británicos es una de las peores consecuencias. Es la gran oportunidad para que "nuestros hombres en Bruselas" cambien y, si no, para que abramos los ojos y seamos nosotros los que los cambiemos. 
Por eso y en contra de lo que muchos piensan, el sí al Brexit es nuestra gran oportunidad.

sábado, 10 de diciembre de 2011

SENSACIONES AGRIDULCES



Cuando uno hace el esfuerzo de tratar de comprender qué está pasando en Europa, acaba por tener la sensación de que, en realidad, forma parte del público de un espectáculo de prestidigitación, De hecho en la recién concluida cumbre de Bruselas no sabemos -al menos yo no lo sé- qué es lo que ha pasado y cómo va a afectar a nuestro futuro, porque hay interpretaciones para todos los gustos y no sólo eso, porque los papeles de héroes y villanos se intercambian con una celeridad pasmosa.
Ya nadie habla, salvo la voz de los sindicatos que clama en el desierto de los medios, de la perversa Angela Merkel ni de su fiel escudero "Sarko", empeñados en laminar al batallón de los "pigs", todo por obra y gracia de David Cameron, el perfecto Mcguffin, empeñado con su, al parecer, mal calculada machada en convertirse en el blanco de las iras de esa extraña mezcla de nacionalistas que se hacen llamar europeístas.
La proverbial mala vecindad entre el continente europeo y el Reino Unido ha vuelto a aparecer y se ha manifestado en un golpe de efecto en cave electoral del primer ministro británico que, no sólo se ha manifestado contrario a pagar cuenta alguna de sus socios, sino que ha tenido el poco tacto de dejar traslucir una cierta alegría al ver como se desmoronaban el euro y sus partidarios.
Bien es verdad que la reforma impuesta por Merkel no podía interesarle la armonización impositiva y la cesión de soberanía que supondrá el nuevo tratado. El Reino Unido es el paraíso de los paraísos fiscales, alguno de los cuales se asienta sobre su territorio. Además, la City de Londres no deja de ser el portaviones desde el que se han venido lanzando los ataques contra nuestra deuda y nuestra moneda. No sé qué consecuencias tendrá sobre esto el "aislamiento" escenificado ayer por Cameron, pero está claro que sería un buen argumento para empezar a poner coto a esa nueva forma de piratería que constituyen esos inmorales refugios en qué se han convertido para el más fétido de "nuestros" capitales.
Pero ¡que pare la música de violines en este punto! porque, mientras la emprendemos a zapatillazos mediáticos en el culo de Cameron, se ha apretado un poco más la correa que asfixia a los trabajadores europeos. Seguirá el paro, al menso en España, y los trabajadores que lo encuentren tendrán que tragarse sapos y culebras al aceptarlo.
Y, a todo esto, el PP comienza a reconocer sin tapujos que Zapatero hizo, si no lo mejor, sí lo que pudo para intentar capear el temporal de la crisis. En fin, sensaciones agridulces.


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