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lunes, 3 de junio de 2013

FALTA HUMANIDAD

 
 
Difícilmente puede haber algo más frustrante para un padre de familia que ver partir a sus hijos con el hatillo en busca de un futuro que la familia no le puede dar. Por eso, si, como pretenden que creamos, la patria es -eso nos cuentan con grandilocuencia- una madre protectora para sus hijos, en estos días aciagos, la patria y sus gestores deberían sonrojarse de vergüenza al ver como lo más granado de su juventud se ha visto obligada a hacer las maletas, ahora con ruedas y no de madera o cartón como las de sus abuelos, para ir en busca del futuro que aquí se les niega.
Al menos eso pensaba yo hasta que ayer escuché al inefable Esteban González Pons, una especie de supositorio grasiento y escurridizo que el Partido Popular, su partido, carga cada fin de semana con el principio activo de lo peor de su ideología para que nos lo administre hierática y cínicamente, con su cansina voz de fraile, ante los micrófonos y las cámaras de turno. Lo digo porque este prodigio de la naturaleza que es el vicesecretario general de Estudios y Programas nos dio ayer toda una lección de geografía al hacernos saber que salir de España para buscar trabajo, si es a Europa, no es ir a trabajar al extranjero, sino quedarse en casa.
Toda una lección para un paleto como yo que sólo a duras penas podría hacerme entender en Francia y una parte de Bélgica y todo un mito que se viene abajo para alguien que, después de tantos años, aun siente mariposas en el estómago cuando cruza, aunque sea sin necesidad de detenerse, cualquier frontera.
Qué distinta la fábula que nos contó ayer González Pons del realismo social de Enrico Letta, primer ministro italiano, que, casi al mismo tiempo, pidió perdón a los italianos que se han visto obligados a emigrar y que atribuye tal desgracia a las políticas de gobiernos que "durante años han eludido sus responsabilidades". Las palabras de Letta no eran un dislate improvisado sino que formaban parte de la carta de respuesta del jefe de gobierno italiano a otra carta, publicada el día anterior, en la que un ciudadano se quejaba de que sus amigos hubiesen tenido que, para encontrar trabajo, han tenido que marcharse de "país moribundo, sin esperanza y sin futuro".
Qué distinta, insisto, la actitud de Letta de la de nuestros gobernantes que una y otra vez insisten en disfrazar la realidad envolviéndola con palabras tan falsas como vacías, para hacernos creer que los problemas no lo son, sin darse cuenta de que, con ello, no sólo impiden hallar una solución para los mismos, sino que aumentan el dolor y la frustración de quienes los sufren en sus carnes.
Estoy seguro de que aquí, en España, ningún político lee las cartas al director de los periódicos, pese a que la experiencia me dice que muchas de ellas dicen más de la situación del país que todos los telediarios del día. Para qué leerlas, para qué contestarlas, si disponen de sus púlpitos electrónicos para impartir doctrina siempre que quieran. Para qué entrar en un debate que nunca ganarían. Cómo no ignorar la reflexión de un ciudadano en solitario, si se han acostumbrado a menospreciar cuando no a ignorar huelgas y manifestaciones multitudinarias.
Es mucho más práctico ensanchar los límites del país, de "casa", hasta donde sea menester. Es mejor encomendar la solución a la virgen del Rocío y disfrazar la frustrante necesidad de emigrar de nuestros jóvenes como "espíritu aventurero", sin pararse a pensar que, con su salida de España, estamos perdiendo el dinero y el esfuerzo que ellos y, con ellos, todos nosotros hemos invertido en su formación.
A veces cuesta mucho sentirse parte de un país en el que los gobernantes no sienten ni padecen por lo que les ocurre a los ciudadanos. A veces echo de menos un poco de humanidad en quienes nos dicen que todo lo hacen por el bien común. Cómo se nota que la mayoría de quienes están en política, cuando salen de ella tienen  siempre una poltrona en la que descansar su culo. Falta sensibilidad y falta humanidad, porque falta el realismo valiente que hace falta para desarrollarlas.
 
 
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sábado, 6 de abril de 2013

HIJOS DE...


Por un momento, hoy me había resignado a tener que escribir de nuevo del "calvario" judicial que está viviendo la hija menor del rey por la mala cabeza, en principio de su marido y quién sabe si también suya. No deja de ser una lástima que una pareja que se las prometía tan felices y que ya había superado el estatus social del que provenía, una pareja que había cambiado un bonito piso en Barcelona por un chalé de ensueño en el barrio de Pedralbes, con su correspondiente hipoteca de infarto, tenga que replantearse su vida al borde de la cincuentena porque, también a ellos, les ha golpeado la crisis, privándoles de su principal fuente de ingresos, ahora que, después de años de yates, carreras de Fórmula 1, calatravas a cuál más igual y más caro, congresos, viajes, regalos y demás zarandajas, las administraciones han cerrado el grifo de los dispendios.

Nada que ver la vida que han llevado  con la de quienes han nacido después y de cuna más baja, que también se las prometían felices y que contaban que, con su propio esfuerzo y el de sus padres, les correspondería una vida segura y más fácil que a que llevaron sus padres, trabajando en aquello para lo que tenían vocación y se habían preparado sobradamente. Mucho menos con quienes ni siquiera tuvieron acceso a esa formación. A unos y otros no les está permitido soñar con una casa propia, mucho menos en el lujos Pedralbes, tampoco un trabajo con el que evitar enfrentarse cada mañana al no futuro que la avaricia de unos y la nefasta gestión de otros, que, por cierto, colocan bien colocados a sus hijos, les ha dejado como escenario.

Creí que me vería obligado a un nuevo capítulo del drama de doña Cristina y mientras rumiaba con desgana la obligación autoimpuesta de hacerlo he escuchado -siempre escucho la radio- a alguno de los organizadores de las concentraciones que, bajo el lema "No nos vamos, nos echan" pretenden reunir mañana día 7, a las siete, en un montón de ciudades de España y algunas en el resto del mundo a los jóvenes que se ven obligados a buscar fuera de su tierra el futuro por el que tanto han luchado ellos y, en ocasiones, sus padres.

Tengo una hija de esa edad de la que hablamos, con dos licenciaturas, con experiencia laboral aquí y en el extranjero, mucho mejor preparada de lo que yo, sin ninguna experiencia, lo estaba a su edad y que, sin embargo, en lugar de tener ante sí un futuro por construirse, se ve obligada -y da gracias por ello- a llevar a cabo trabajos tan cualificados como mal pagados, al tiempo que pone en marcha, con unas cuantas colegas, su propio proyecto profesional del que apenas esperan, en el mejor de los casos, un trabajo digno, orientado a las que son su formación y su vocación, y un salario de subsistencia.

Pese a ello, mi hija, su madre y yo podemos considerarnos afortunados. Mi incapacidad, después de muchos años de cotización, me ha dejado una pensión decente, con la que, sin demasiado esfuerzo, puedo cubrir algunas carencias que el Estado ha dejado en su camino. Así, vaya paradoja, de esa pensión están saliendo las cuotas a la Seguridad Social que le van a permitir "rescatar" los dos años de vida laboral consumidos mientras trabajó con contratos de prácticas para una empresa estatal. Además, su madre trabaja, con lo cual y de momento, los tres tenemos cubierto lo imprescindible. 

También, y tiene más importancia de la que parece, a mi hija el paraguas familiar, del que nunca ha abusado, le permite y le ha permitido decir no a ofertas laborales que no pasaban de la estafa o el insulto a la dignidad. Pero, pese a todas esas dificultades y paradojas de las que os hablo, el caso de mi hija puede considerarse afortunado, porque el de muchos que comparten con ella edad y formación es muy distinto y, por desgracia, mucho más desesperanzado.

Nos han engañado. Han desmontado ese decorado de anuncio de operadora telefónica en el que nos hicieron creer que vivíamos. Por eso, los mejores se han ido. No porque quisieran, no por ese insultante espíritu aventurero que eles atribuyó la responsable de migraciones de este torpe gobierno que nos ha tocado. Simplemente, porque tienen derecho a vivir y a crecer. Las familias y el Estado hemos consumido muchos recursos. Hemos aconsejado a nuestros hijos el estudio y el sacrificio, para, ahora, tener que verles así. Por eso, nos vemos obligados a aconsejarles que tiren por la borda todo ese esfuerzo y busquen fuera lo que aquí no les damos, con el dolor de que, fuera, se están quedando con lo mejor de cada casa, esta vez sin comillas ni ironía. Mientras, aquí, en su país, los hijos de muchos hijos de... seguirán poniendo sus ilustres culos en los sillones de cuero desde los que se está arruinando el futuro a nuestros hijos.

 
 

 
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