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jueves, 12 de marzo de 2015

¡QUÉ GANITAS TENGO!



Qué ganitas tengo de que el Congreso de los Diputados, que es de todos, se llene de caras y siglas nuevas, que los diputados, que el Congreso deje de recordarme aquellas Cortes de Franco, con sus sotanas y sus uniformes, en las que nunca pasaba nada, porque toso estaba escrito, atado y bien atado.
Tenemos ahora, la tendremos dentro de unos meses, la oportunidad histórica de romper ese tan traído y llevado bipartidismo que nos inocularon con reglamentos y leyes, para que, como nobles brutos que somos, no nos hiciésemos daño con ese juguete nuevo y peligroso que, para nosotros, era hace casi cuarenta años la democracia.
Ayer, como si gobierno y oposición hubiesen querido hacernos notar todas las carencias que se dan en ésta nuestra democracia, se enzarzaron en las discusiones sin salida que se dan cuando, durante cuatro años, de los que discuten, uno no tiene nada que perder y el otro lo tiene todo perdido. Es ese fatalismo de la contabilidad de los votos el que lleva a esa actitud intolerable de tomar el Congreso como el resumen del país, inamovible y estancada en el resultado de la correspondiente investidura, que justifica al investido ese no volver a pisar la calle ni someterse al control, tan digno como el que más, de la opinión pública a través de las preguntas de la prensa.
No es de extrañar por eso que Celia Villalobos se aburra mientras preside una de esas interminables sesiones del debate sobre el Estado de la Nación y se ponga a jugar al Candy Crush con el iPad, no una tableta cualquiera, todo un iPad que le hemos regalado para que esté informada y comunicada en todo momento y que usa para comerse esos caramelos virtuales que engordan y abotargan tanto como los otros. Todo está escrito, todo está resuelto y la única incógnita que queda por resolver es cómo y qué se dirán unos y otros en ese escenario de farsa en que se ha convertido el hemiciclo.
Está claro que, como en el circo, si no hay riesgo, no hay emoción, y riesgo no hay ninguno desde hace tiempo. En todo caso, que un ministro sobrado como el de Defensa,  que, desde que ocupa su despacho, se ha hartado de hacer negocios-en realidad los hacía ella- con la empresa en la que tuvo y tendrá su otro despacho, defienda lo indefendible y desprecie e insulte a la diputada que le preguntó por la comandante que vive la tragedia de haber sido acosada por un superior, con el que después de denunciado y condenado, tiene que volver a convivir. O espectáculos, como el que, también ayer, dieron Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, tapando cada uno sus vergüenzas con la exhibición obscena de la del otra, embarrando una pregunta sobre la trama Gürtel con el fango de los ERE en Andalucía.
Qué harto estoy y que ganitas tengo de que en el Congreso haya tres o cuatro partidos con capacidad de gobernar y quitar gobiernos. Qué ganitas tengo de que, después de las generales de final de año, el mapa del Congreso deje de tener sólo dos colores y unas pequeñas irisaciones y se convierta en un verdadero arco iris que refleje y recoja de una puñetera vez las necesidades y aspiraciones de todos los españoles. Que ganitas tengo de que nadie pueda despreciar a nadie, porque todos necesiten y teman a todos. Quizá entonces, los ciudadanos se acerquen más a sus representantes y viceversa. Quizá entonces tengamos los políticos que nos merecemos y, en lugar de atacarlos y despreciarlos como ahora los atacamos y despreciamos, los defendamos y admiremos.
Ojalá ¡Qué ganitas tengo!


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viernes, 14 de marzo de 2014

JUECES Y JUECES


Resulta inquietante -al menos a mí me resulta inquietante- que las imágenes de la ilustre señora juez doña Mercedes Alaya, camino de su juzgado, a las que ya nos tienen acostumbrados periódicos y telediarios puedan llegar a  servir para marcar el paso de las estaciones en Sevilla que, salvo su infierno veraniego, vive en una eterna primavera. Algo que confirma la teoría de Guillermo Cabrera Infante, según la cual, una mujer, para ser elegante, necesita, al menos, de dos estaciones. Pero más inquietante resulta aún comprobar que cada recorrido bajo los flashes de la juez que se corresponde con alguna de sus diligencias, se corresponde a su vez con algún hito en la vida del Partido Popular.
La verdad es que resulta chocante que una mujer tan sobria y tan discreta en el vestir gaste de diligencias tan estridentes, porque no cabe duda de que pedir a la ex consejera de Economía de la Junta de Andalucía y ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez casi treinta millones de fianza civil como poco menos que autora intelectual del fraude de los ERE resulta tan llamativo como para que, desde hace casi cuarenta y ocho horas en este país no se hable de otra cosa. Más aún, cuando de lo que se acusa a la actual vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones es de haber diseñado desde su cargo en la Junta de Andalucía el reglamento, posteriormente aprobado por el Parlamento Andaluz, que, según la juez, permitió el fraude que investiga.
No cabe duda que la nueva vía abierta por la juez, de ser bienintencionada y no tiene por qué no serlo, nos conduciría ante un paradójico escenario, en el que los ministros y diputados o senadores, como legisladores que son, deberían asumir las responsabilidades derivadas de cualquier ley, decreto o reglamento que se viole para delinquir, Por ejemplo, como ayer apuntaba Iñaki Gabilondo, el Código de la Circulación. Está claro que, de extenderse la iniciativa de la señora Alaya, no quedaría un sólo político sin procesar ni ninguno de sus sueldos por embargar.
Pero, si resulta chocante la medida tomada por la instructora contra la señora Álvarez, más chocante resulta que lo haga contra una persona cuyo procesamiento fue ya revocado por instancias superiores y está aún pendiente de un nuevo recurso. Nos ería más prudente, me pregunto, que la juez esperase a que dicho se resuelva para dar ese triple salto mortal que ha dado. No sería mejor, vuelvo a preguntarme, que todas estas medidas y otras parecidas, sean revisadas por instancias superiores antes de ver la luz y hacerse, y con razón, con todos los titulares.
El caso es que el daño ya está hecho, porque en la cabeza de los ciudadanos de a pie, también con razón, no cabe que alguien pueda tomar una medida tan drástica sin la prudencia que se espera de alguien que tiene como cometido decidir sobre vidas y haciendas ajenas. Por eso, aunque ahora se vuelva a revocar el procesamiento de la ex ministra, habrá quienes crean que, por el río de Magdalena Álvarez, corría agua de los eres fraudulentos.
Qué distinto el caso de Mercedes Alaya del del Juez Elpidio José Silva, pasado por la trituradora mediática y judicial por haber osado mandar a la cárcel por dos veces al amigo de José María Aznar que se apropió mediante engaños de los ahorros de cientos de miles de jubilados para jugárselos en la jungla de los bonos basura en un intento nada desesperado de tapar el agujero de su gestión en Cajamadrid, como los malos alcaldes tapan los baches, con arena. Está claro que los jueces en la soledad de sus despachos o, ahora, frente al portátil, en sus casas, toman decisiones que pueden ser prudentes o escandalosas, acertadas o erróneas. Lo que no está tan claro es que dichas decisiones se vayan a encontrar con la objetividad de sus superiores ni mucho menos con la de la prensa.
Hay demasiados cadáveres de jueces en la cuneta de los medios y demasiados jueces en sus altares para pensar otra cosa. Está claro que, para el poder, hay jueces y jueces. 



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