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lunes, 17 de marzo de 2014

JUECE S Y JUECES II


No me cabe duda de que, afortunadamente, no hay dos jueces iguales. Es verdad que se les puede ver juntos cuando salen a  comer o a tomar un tentempié a media mañana a alguna de las cafeterías que siempre hay, como siempre las hay cerca de los hospitales, cerca de los juzgados. Sin embargo, estoy convencido de que sus conversaciones tienen más que ver con el fútbol, la actualidad general o los asuntos de la carrera judicial, que con los casos que manejan en su juzgado. Y eso, como digo, es bueno, debe serlo, para la deseable y proverbial ceguera que se espera de la justicia. No se estaríamos hablando de otra cosa que de la independencia de cada instructor en su juzgado, de ese criterio que se espera de los jueces, para que no se dejen influir por nada ni por nadie a la hora de tomar sus decisiones. Pero eso, que es bueno, puede llevar a situaciones que rozan la paradoja, cuando no el absurdo puro y duro.
Qué puede haber sido, si no, lo que ha propiciado que en apenas cuarenta y ocho horas una juez sevillana, la ya famosa Mercedes Alaya, haya pedido casi treinta millones de euros a la ex ministra de Zapatero y ex consejera de la Junta de Andalucía, Magdalena Álvarez, por el caso de los ERE, elevando las fianzas que ya lleva pedidas a los diferentes imputados, haya sido revocada o no la imputación, muy por encima del total de lo presuntamente estafado, en tanto que el juez Ruz, de la Audiencia Nacional, apenas dos días después, tomaba la decisión de archivar la causa que estaba instruyendo contra el presidente y varios consejeros de Cajamadrid por la venta, aparentemente irregular, si no fraudulenta de preferentes a centenares de miles de clientes, porque, en opinión del juez, de las declaraciones de los imputados no se desprende que quisieran con ella atrapar el dinero de los ahorradores para tapar el enorme agujero patrimonial que su mala gestión había dejado en la entidad.
Se fía Ruz, al parecer cándidamente, de la declaración de los imputados interrogados, pese a la existencia de correos electrónicos en el buzón corporativo que, como presidente de la entidad, manejaba Miguel Blesa, del que, por esos absurdos trasnochados de la ley, tendría que olvidarse en la instrucción. Una actitud muy distinta de la juez sevillana que o hace de su fino olfato y de sus convencimiento expresado por escrito en el auto de que la ex ministra será, con toda probabilidad, condenada. Reglamento y olfato, "cogérsela con papel de fumar judicial", frente a irrumpir como elefante en cacharrería, en contra incluso de instancias superiores, guiada, al parecer, por ese "alguien ha matado a alguien" del que hacía gala un personaje del gran Miguel Gila.
Por seguir con las comparaciones, recordemos que, en el caso que instruye la juez Alaya, estamos hablando de una malversación de fondos públicos, parecida en cierto modo  a la que se ha detectado en Madrid con los fondos que destina la el gobierno que preside Ignacio González a la formación de los trabajadores, parte de los cuales, al parecer pertenecían a cursos inexistentes que se destinaban a pagar los abultados sueldos de los directivos de la patronal madrileña, uno de los cuales el hoy repudiado número dos de la misma fue detenido por ello.
Sólo espero que el juez que se encargue de instruir este asunto tenga el mismo olfato que su colega de los ERE y caiga en la cuenta, como he caído yo, de que, hace apenas unas semanas, la esposa del presidente del gobierno de la Comunidad de Madrid, Lourdes Cavero, trabajaba como adjunta a la presidencia de la patronal madrileña, cobrando un sueldo mareante que "con toda probabilidad" podría haber salido de esos fondos de formación desviados, sin que el gobierno que preside su marido cayese, qué casualidad, en la cuenta.
Un círculo vicioso éste que, espero, no se le escape al juez al que le caiga el caso. Aunque, como hemos podido comprobar, hay jueces y jueces, cada uno con su propia pituitaria. 


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viernes, 14 de marzo de 2014

JUECES Y JUECES


Resulta inquietante -al menos a mí me resulta inquietante- que las imágenes de la ilustre señora juez doña Mercedes Alaya, camino de su juzgado, a las que ya nos tienen acostumbrados periódicos y telediarios puedan llegar a  servir para marcar el paso de las estaciones en Sevilla que, salvo su infierno veraniego, vive en una eterna primavera. Algo que confirma la teoría de Guillermo Cabrera Infante, según la cual, una mujer, para ser elegante, necesita, al menos, de dos estaciones. Pero más inquietante resulta aún comprobar que cada recorrido bajo los flashes de la juez que se corresponde con alguna de sus diligencias, se corresponde a su vez con algún hito en la vida del Partido Popular.
La verdad es que resulta chocante que una mujer tan sobria y tan discreta en el vestir gaste de diligencias tan estridentes, porque no cabe duda de que pedir a la ex consejera de Economía de la Junta de Andalucía y ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez casi treinta millones de fianza civil como poco menos que autora intelectual del fraude de los ERE resulta tan llamativo como para que, desde hace casi cuarenta y ocho horas en este país no se hable de otra cosa. Más aún, cuando de lo que se acusa a la actual vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones es de haber diseñado desde su cargo en la Junta de Andalucía el reglamento, posteriormente aprobado por el Parlamento Andaluz, que, según la juez, permitió el fraude que investiga.
No cabe duda que la nueva vía abierta por la juez, de ser bienintencionada y no tiene por qué no serlo, nos conduciría ante un paradójico escenario, en el que los ministros y diputados o senadores, como legisladores que son, deberían asumir las responsabilidades derivadas de cualquier ley, decreto o reglamento que se viole para delinquir, Por ejemplo, como ayer apuntaba Iñaki Gabilondo, el Código de la Circulación. Está claro que, de extenderse la iniciativa de la señora Alaya, no quedaría un sólo político sin procesar ni ninguno de sus sueldos por embargar.
Pero, si resulta chocante la medida tomada por la instructora contra la señora Álvarez, más chocante resulta que lo haga contra una persona cuyo procesamiento fue ya revocado por instancias superiores y está aún pendiente de un nuevo recurso. Nos ería más prudente, me pregunto, que la juez esperase a que dicho se resuelva para dar ese triple salto mortal que ha dado. No sería mejor, vuelvo a preguntarme, que todas estas medidas y otras parecidas, sean revisadas por instancias superiores antes de ver la luz y hacerse, y con razón, con todos los titulares.
El caso es que el daño ya está hecho, porque en la cabeza de los ciudadanos de a pie, también con razón, no cabe que alguien pueda tomar una medida tan drástica sin la prudencia que se espera de alguien que tiene como cometido decidir sobre vidas y haciendas ajenas. Por eso, aunque ahora se vuelva a revocar el procesamiento de la ex ministra, habrá quienes crean que, por el río de Magdalena Álvarez, corría agua de los eres fraudulentos.
Qué distinto el caso de Mercedes Alaya del del Juez Elpidio José Silva, pasado por la trituradora mediática y judicial por haber osado mandar a la cárcel por dos veces al amigo de José María Aznar que se apropió mediante engaños de los ahorros de cientos de miles de jubilados para jugárselos en la jungla de los bonos basura en un intento nada desesperado de tapar el agujero de su gestión en Cajamadrid, como los malos alcaldes tapan los baches, con arena. Está claro que los jueces en la soledad de sus despachos o, ahora, frente al portátil, en sus casas, toman decisiones que pueden ser prudentes o escandalosas, acertadas o erróneas. Lo que no está tan claro es que dichas decisiones se vayan a encontrar con la objetividad de sus superiores ni mucho menos con la de la prensa.
Hay demasiados cadáveres de jueces en la cuneta de los medios y demasiados jueces en sus altares para pensar otra cosa. Está claro que, para el poder, hay jueces y jueces. 



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