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viernes, 17 de enero de 2020

POLÍTICA, JUSTICIA Y VICEVERSA


Está visto que esta semana no vamos a conseguir salir sin daño del lodazal al que nos han arrastrado las difíciles relaciones entre política y justicia, difíciles por la hipocresía que conllevan, pero es lo que hay y bienvenidas sean las polémicas y las contradicciones si, con ellas, conseguimos llevar la luz a esos oscuros recovecos que un sistema tan complejo, como lo es la democracia, conlleva.
Es evidente que en nuestra democracia las interferencias entre política y justicia son demasiadas, algo que ocurre desde que se decidió que el Congreso interviniese en la elección del Consejo General del Poder Judicial, el órgano de gobierno de los jueces, algo que ocurrió en tiempos de Felipe González y que encontró su lógica en el hecho de que resultaba cuando menos paradójica la convivencia de un poder judicial demasiado cercano al franquismo con un parlamento en que la mayoría absoluta estaba en manos del PSOE y en el que los comunistas tenían un grupo propio.
Todo iba bien hasta que primero Alianza Popular y luego el PP aprendieron a hacer política desde los tribunales, torpedeando leyes encaminadas a transformar la sociedad, la del aborto, por ejemplo, en el Tribunal Constitucional, con la presentación de recursos que, con Federico Trillo al timón de todo lo relativo a la Justicia, pasó a ser algo sistemático y peligrosos, con una composición del Constitucional excesivamente sesgada ala derecha.
Fue en esa etapa cuando el Estatuto de Autonomía, aprobado por mayoría absoluta por el Parlament de Catalunya, entonces sí, durante la etapa del tripartito, además refrendado en una consulta a los ciudadanos catalanes y visado por el Congreso de los Diputados, que fue paralizado y mutilado en el TC tras el "oportuno" recurso del PP. Fue, precisamente, a partir de ese momento cuando en Cataluña creció el sentimiento de afrenta y el nacionalismo que, años después y por causas que se sumaron a ésta,  la principal, al disparate de los referendos ilegales y el disparate de la efímera declaración de independencia, hace poco más de dos años y a ese bucle infernal de ilegalidades, recursos, exagerado en innecesario uso de la prisión provisional, órdenes europeas de detención frustradas y otros muchos disparates a los que no fue ajena la coexistencia en una peligrosa conjunción astral, ésta sí, de jueces y fiscales en la Audiencia Nacional y en el Supremo, que llevó al controvertido juicio al "Procés", en el que quedaron descartados la rebelión y, claro, el golpe de Estado del que durante meses y aún hoy se han llenado la boca los partidos de la extrema derecha multicolor.
Está claro que la agresiva actuación del fallecido fiscal Mazas, sobredimensionando la causa iniciada a instancias del PP de Rajoy, que había renunciado a hacer política donde había que hacerla, dejando la solución del que había sido su problema en manos de los jueces. Eso, por no hablar de lo difícil que la va a resultar al PP
Que la estrategia de los fiscales "del PP" estaba equivocada quedo de manifiesto en la sentencia, que acabó dando la razón a la abogacía del Estado que, con Dolores Delgado al frente de Justicia, cambió la calificación de los delitos y destituyo al letrado que se negó a firmarla y acabó, no lo olvidemos, en las filas de Ciudadanos.
Ayer, el Consejo General del Poder Judicial dio su visto buen al nombramiento de esa ministra, Lola Delgado, pese a que había estado, a mi juicio injustamente, en el centro de la polémica en la prensa y entre los jueces, porque, pese a sus casi treinta años de experiencia, no les parecía idóneo, a unos, ni estético a otros que pasase de ministra a fiscal general, poniendo en duda su imparcialidad.
Ese fue, precisamente, el argumento esgrimido por los vocales que se opusieron al nombramiento, el de la apariencia de imparcialidad, algo que, por absurdo que parezca, ha de presumirse por quienes han llegado al consejo a propuesta de los partidos, un sistema que sentó en su día en una de las sillas  del consejo al polémico juez Estevill, nombrad a propuesta de la CiU de Pujol, que acabó en prisión por la corrupción y la prevaricación con la que operó en su juzgado.
En fin, que las injerencias de la política en la justicia y de la justicia en la política, de las que aún nos queda mucho por ver, están dando lugar a situaciones que nada dicen en favor de una y otra y que, con la ayuda de los medios, que derrochan tinta a la hora de iniciar las polémicas y la escatiman con avaricia cuando se resuelve, no hacen sino contribuir al desprestigio de unos y otros, prensa incluida. Eso, por no hablar de la postura del PP español en el Parlamento Europeo que, en contra del resto del grupo Popular, se niega a las sanciones propuestas contra Polonia y Hungría, más cerca del fascismo que de la democracia ambas, por acabar con la independencia judicial em su territorio. Un PP, el español, que quiere aparecer como un adalid de las libertades y la independencia judicial en España y apoya para esos dos países una justicia más propia de Hitler o Stalin que de la Unión Europea.

jueves, 16 de enero de 2020

RUIDO DE TOGAS


Ninguna institución hay en este país, tan temida y odiada a la vez, como la judicatura los jueces. No es sólo de ahora, porque de todos es conocida la maldición que reza "juicios tengas y los ganes" y es que nadie sale indemne de su paso por os juzgados, en parte por esa manera de ser tan especial que tienen los jueces, gente que, salvo raras excepciones y especialmente si hablamos de los que han ascendido en el escalafón de la carrera, entre otras cosas, porque hay que estar hecho de una pasta especial, para hacer de la toma de decisiones sobre la vida y haciendas de los demás el motor del resto de tu vida.
El señor juez, que es señor juez desde que ocupa su primer destino, con unas duras oposiciones a su espalda a veces incompatibles con la vida, la vida normal, la de todos, suele mantener una cierta distancia con el resto de los mortales, una distancia que, como digo, se acrecienta cuanto más arriba se llega en ese escalafón profesional. Tanto es así que uno tiende a pensar que los jueces se presentan a las oposiciones para entrar en la carrera porque las oposiciones para dios llevan siglos sin convocarse.
Los jueces suelen ser muy especiales, uno por uno y en grupo, y tienen, además, la piel muy fina. No es de extrañar que, pese a que sus decisiones puedan ser corregidas en instancias superiores, el hecho de considerarse "terminales" del poder del Estado les lleva a revestirse de una protección especial, de una piel tan fina que en ocasiones convierte en insoportables las críticas razonables, incluso triviales, asumibles por cualquier otro mortal.
Si sumamos a lo anterior el corporativismo judicial, ese que les lleva a callar cuando no a justificar decisiones tan escandalosas como la de aquella primera sentencia de "la manada" que movilizó a media España , dando al feminismo una fuerza y visibilidad hasta entonces ignorada, tenemos una casta especial, una casta que, como el clero, se viste con ropa talar y mira desde arriba y desde lejos al resto de la humanidad hasta el punto de cegarles, retroalimentados en sus juicios por el coro de quienes siguen sus pasos y saben que , para progresar en lo suyo no deben molestar a aquel del que depende tu propia promoción.
Es en este asunto, el de la promoción, donde entra en juego la política, porque, por suerte o por desgracia, la promoción a las más altas instancias de la judicatura está en manos de los políticos, que nombran directamente o nombran a quienes nombran a esos cargos o a los del Consejo General del Poder Judicial, encargado, en teoría, del gobierno de los jueces. A nadie le extrañará por tanto que el "calentón" de Pablo Iglesias, al que aún le cuesta entender que la vicepresidencia que ocupa le exige respeto a las formas en las críticas que pueda ejercer, porque no es Pablo Iglesias el que la hace, ni siquiera el secretario general de Podemos, sino que lo hace un miembro del gobierno de todos, digo bien, todos los españoles.
Sus declaraciones de la otra noche, calificando de humillación algún fallo, que no todos lo han sido, revocando ciertas decisiones del Supremo en el asunto del "Procés", fueron, a mi juicio, excesivas en el lenguaje y en la generalización y, lo peor de todo, han conseguido despertar al monstruo de la piel fina que ayer mismo emitió un comunicado pidiendo mesura al nuevo gobierno, la misma que evitó pedir al Partido Popular en ocasiones similares,
Está claro que el Consejo, al que poco o nada le gustó Dolores Delgado como ministra y menos le gusta como futura fiscal general del Estado estaba esperando una ocasión para marcar el terreno y Pablo Iglesias de la dio la otra noche. Menos mal que el torpe de Pablo Casado hace apenas una hora ha equilibrado la balanza dando por sentado que el CGPJ se opondrá al nombramiento de Delgado, dando a entender que o ha dado instrucciones para que sea así o bien ha hecho cuentas y los suyos ganan.
En los primeros años de la democracia, alguien acuño el término "ruido de sables" para referirse a los movimientos conspirativos que se producían en los cuartos de banderas de los cuarteles o en alguna cafetería de Arguelles. Querían acabar con esa democracia que les había quitado el poder del que gozaron en el franquismo, del mismo modo que la cúpula judicial, con su particular ruido de togas, pretende salvaguardar sus privilegios atando cínicamente, por razones de imparcialidad o de estética, las manos del gobierno para desatascar la justicia, Y lo hacen ellos que llevan dos años en funciones, porque al PP no le interesa renovar esta cúpula judicial que tan bien ha servido a sus intereses.

martes, 20 de noviembre de 2018

¿JUGADA MAESTRA?


Desde hace dos décadas, desde que, con Zapatero aún en la oposición, Juan Alberto Belloch se dejó embaucar por el PP y le entregó el control de la Justicia, nunca el Partido Popular había renunciado al mismo, por lo que resultaba cuando menos extraño que lo hubiese hecho ahora, más con una cita tan importante como el juicio a los actores independentistas del "procés" a la vista. Hoy, de madrugada, hemos sabido por fin que todo era un farol aviesamente jugado por los populares, que de controlar el poder sabe mucho, aunque de emplearlo en favor de la gente poco o nada.
El inverosímil acuerdo alcanzado por el exministro Catalá y la ministra Delgado chocó a propios y extraños. Tanto, que para justificarlo en nuestras cabezas cada uno jugamos a inventar las ventajas que uno y otro sacaban de él. Los que nos consideramos progresistas llegamos a pensar que la única ventaja que encerraba darle de nuevo la presidencia del Consejo General del Poder Judicial y, de paso, la del Supremo en la figura del hoy presidente de la Sala Segunda de ese tribunal era, precisamente, la de sacarle de esa sala y de la presidencia del juicio a los protagonistas del "procés". Hoy, con la renuncia de Marchena a presidir el Supremo, como habían anunciado ya PP y PSOE, incluso antes de haber sido designados los vocales que deberían elegirle, todo ha saltado por los aires, porque, no esa presidencia, sino, sobre todo, su salida de la sala que juzgará a los políticos catalanes era lo único bueno que parecía sacar el progresismo de la arriesgada jugada.
Dice Marchena, en el comunicado en el que explica su renuncia, que no acepta el cargo porque se ha puesto en duda su independencia, supongo que, especialmente, después de que el portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, ex director general de la Policía en los negros tiempos de Fernández Díaz, dejase por escrito en un whatsapps a sus senadores que, pese al pacto con los socialistas, seguían controlando "por detrás" la sala segunda y la 61 del Supremo, una situación demasiado incómoda para un prestigioso magistrado como él.
Lo dice Marchena y le cree Pedro Sánchez, que ahora se enfrenta al bloqueo a la renovación del Consejo General del Poder Judicial que. tras la renuncia del magistrado, el PP ya se ha apresurado a anunciar, al mantenimiento del mismo presidente del Tribunal Supremo que estuvo detrás, directa o indirectamente, de la bochornosa decisión, con freno y marcha atrás, sobre el pago del impuesto ligado al registro de las hipotecas.
Evidentemente, la máxima aspiración de un juez de la talla de Manuel Marchena debería ser la de presidir el CGPJ y, pensando y repensando sobre la inesperada renuncia de quien seguirá presidiendo la Sala Segunda, el tribunal que juzgue a Junqueras y sus cada vez más divididos compañeros, he llegado a la conclusión que, contando con que Manuel Marchena sea sincero y su prestigio crezca con su decisión de no sumarse al "juego de las togas",  quien más se beneficia de esta jugada maestra es, sin duda, el PP que mantiene las riendas dela más alta justicia para lo que quiera disponer, que nunca o casi nunca es lo que quienes reclaman justicia desde abajo quieren.

lunes, 12 de noviembre de 2018

EL JUEGO DE LAS TOGAS


Una vez más nos asomamos al abismo que genera uno de los agujeros negros de la esta imperfecta democracia que más o menos a regañadientes nos hemos dado, un agujero que no es otro que el que genera el sistema de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, el órgano más contestado quizá de todo el sistema, precisamente, porque es el órgano en cuyas manos se pone el gobierno de los jueces y ya se sabe que nadie o casi nadie acude a los tribunales por gusto y nadie o casi nadie sale de ellos plenamente feliz con sus fallos.
Es una elección trascendental la que probablemente se resuelva esta tarde, porque quienes resulten elegidos se encargarán de elegir a su vez a su presidente, que lo es además del Tribunal del Supremo y de los presidentes de las diversas salas, así como de los de los tribunales superiores de Justicia de cada comunidad autónoma. que, con su voto de calidad, como acabamos de comprobar en nuestras carnes con la sentencia sobre el impuesto de las hipotecas, pueden volcar y revolcar el sentido de los fallos que pasan por sus manos.
En algún momento de nuestra democracia se decidió que en la elección de ese órgano de gobierno de nuestra justicia que es el Consejo General del Poder Judicial, tuviesen la última y única palabra los partidos políticos, con un número de votos en la elección proporcional al número de escaños que ocupan en el Congreso de los Diputados y el Senado, lo que ha llevado a vestir a cada uno de los miembros del Consejo, a veces injustamente, pero casi siempre con razón, con la camiseta del partido que le dio sus votos, algo que acaba pesando y casi nunca para bien en sus decisiones.
En este país, sometido desde hace casi cuatro décadas al bipartidismo y enfermo grave de corrupción, lo que más ha preocupado a esos partidos ha sido cubrirse las espaldas con los muchos aforamientos que sirven de parapeto a sus cargos inmersos en procesos judiciales que, invocando el fuero, no sólo alargan los tiempos del procedimiento, sino que, además, se ponen en manos de jueces que en algún momento de su carrera han recibido las bendiciones de éste o aquel partido.
Todo lo dicho, unido a esa forma de cobardía que eufemísticamente  llamamos prudencia, lleva al triste espectáculo del "intercambio de cromos" que se produce entre representantes de esos partidos cada vez que se enfrentan a la elección del Consejo, Entramos entonces en ese "los amigos de mis amigos son mis amigos" que, llevado al límite, nos pone ante absurdas tales como que la guinda del pastel, el nombre del presidente del Consejo, sea lo primero que se coloca en la tarta, antes incluso del bizcocho o las capas de nata, merengue o chocolate con que se levanta.
Eso es lo que parece que va a ocurrir en la elección del próximo consejo, el que tomará el relevo del que, para nuestra desgracia y la de la Justicia, presidirá unas semanas más Carlos Lesmes. Por lo que hemos sabidos hasta ahora, PSOE y PP, para no hacerse daño en la refriega, ya han decidido quién será el nuevo presidente, el hasta ahora presidente de la Sala de lo Penal del Supremo y encargado por tanto de presidir el juicio a los presuntos responsables de la irregularidades del "Procés", Manuel Marchena, un conservador con fama de dialogante, al que apoyaría también el PSOE a cambio de conseguir una mayoría progresista en la composición del consejo, un pasteleo, vamos, que no hace otra cosa que perpetuar el tufillo a componenda que emana siempre del órgano de debería velar por el buen funcionamiento de la Justicia,
De esta salida tan poco honrosa lo único positivo sería que el denostado Caros Lesmes, denostado por méritos propios, tendría los días contados, y se evitaría por tanto la prórroga de su mandato, lo único que le faltaba al sombrío panorama de la justicia española. De modo que una vez más nos vemos de hoz y coz ante el espectáculo nada edificante del juego de las togas que casi siempre aparenta ser una cosa y, al final, deja a más de uno colgado de la brocha de su pacto y traicionado para los próximos cinco años.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

EL PACTO COMO HIPOTECA

 
 
Las aguas de la familia socialista andan revueltas a propósito del acuerdo alcanzado con el PP para cerrar la lista para la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Y andan revueltas porque en esa lista va, a propuesta del PP, el magistrado que puso en marcha la iniciativa de unificar y llevar al pleno, de mayoría conservadora, todos los recursos que hasta ahora han paralizado las medidas de privatización y repago de la sanidad pública madrileña. Poe ello, Tomás Gómez, el más díscolo de los barones regionales socialistas, insiste en que no se puede premiar a quien quiere alterar de ese modo  la natural marcha de la justicia.
A propósito de este asunto me vienen a la cabeza todas las imágenes y las frases grandilocuentes que sobre la justicia y su alcance por igual a todos y en todas partes se vienen repitiendo desde hace siglos y que hacen que quienes necesitamos creer en ella mantengamos la fe en la señora de ojos vendados con la balanza en su derecha. Una fe necesaria, como digo, que se resquebraja en cuanto le llegan a uno noticias de todos esos cambios de cromos que se hacen a sus espaldas en los despachos y cenáculos del poder.
De todos es sabido que las leyes se escriben con tanta ambigüedad como para que sea precisa la interpretación que de ella hagan los jueces y que es, precisamente, en el concurso de esos jueces donde radica la diferencia que inclina la balanza a uno u otro lado, No es de extrañar, pues, que los partidos traten de apuntalar su poder y sus decisiones, reforzándolo con la garantía de tribunales "amigos" para el caso de  que ellos o sus leyes tengan que verse ante ellos.
Podría parecer por lo que escribo que soy contrario al consenso, una práctica que permitió llegar tan lejos a este país cuando estaba necesitado de las reformas que le permitieran salir de la dictadura para entrar en la democracia, y nada más lejos de la realidad, porque soy partidario de la negociación y el acuerdo allá donde sea posible. Pero en esto, como en todo, hay acuerdos y acuerdos.
Me viene a la memoria ante este pacto, en mi opinión vergonzante, otro pacto sobre  justicia que fue el que alcanzó desde la oposición, entonces al gobierno Aznar, el inefable Juan Fernando López Aguilar, que acabaría siendo ministro de Justicia del primer gobierno Zapatero y que hipotecó muchas de las posteriores decisiones de los tribunales. En aquella ocasión primó más la búsqueda de la foto y expandir la idea del "talante" que el sometimiento a los principios. Así nos fue después, cuando el Constitucional freno y torpedeó decisiones importantes que se han convertido hoy en pesados lodos que lastran nuestros pasos hacia la necesaria transformación del estado que comenzó a andar hace ya treinta y cinco años.
Todos los males de este país que no hace tanto era sociológicamente de izquierdas, provienen del abandono de sus principios del que fuera el máximo representante de esa mayoría progresista que tanto necesita de un partido que se parezca a ella. Va a ser muy difícil, si no imposible, que los madrileños entendamos que se consagre en el CGPJ a quien podría frustrar la paralización del saqueo de nuestros hospitales a manos de quienes ya no se recatan a la hora de hacer el camino de ida y vuelta de la empresa privada a la  administración, llevándose en cada viaje un pedazo de lo que es nuestro.
No va a ser fácil y va a ser doloroso comprobar cómo se sientan en los tribunales que han de juzgar sus tropelías o en los puestos desde que se designan esos jueces, quienes tienen como principal carta de presentación sus simpatías o sus servicios prestados al poder establecido. Es bueno el pacto. Es más, es deseable. Pero cuando lo que busca el que tiene el poder es un comparsa, un acompañante que le legitime en la foto, el pacto no es pacto, sino hipoteca.
 
 
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domingo, 27 de mayo de 2012

VACÍO MORAL



Hoy domingo, último día de esta semana que ha sido trágica para este pobre país adulado siempre por aquellos que desprecian a su gente, me ha venido a la cabeza la imagen del juez Garzón abandonando abatido la sede del Supremo que le acababa de despojar de su carrera. Salía del Supremo dejando atrás tantos años, tantas noches de luz encendida en su despacho de la Audiencia Nacional, justo al lado, y, mientras, en las dos aceras de la calle por la que camina abatido, quien fue compañero suyo en la Audiencia, Carlos Dívar, conserva sus dos despachos y todos, algunos inmorales, privilegios.
La que hoy acaba ha sido una semana trágica para los españoles, al menos para los que nos paramos a reflexionar sobre lo que pasa, lo que nos pasa, lo que nos está pasando, así, como si nada.
Resulta preocupante, preocupante y deprimente, que el mismo gobierno que está desmontando el Estado de Bienestar, que está destrozando la enseñanza y la sanidad públicas, para sacar de sus jirones los diez mil millones de euros que le reclama Merkel, admita poner, con la mayor de las naturalidades y toda la ingeniería financiera de la que tanto sabe el ministro, los veintitrés mil millones que ha de inyectar en Bankia, sin exigir a cambio ninguna depuración de responsabilidades a sus antiguos gestores, Rodrigo Rato y Miguel Blesa.
También resulta preocupante y deprimente escuchar, como estoy escuchando al ministro de Justicia, que la imagen del presidente del Consejo General del Poder Judicial y su presidente, Carlos Dívar, ha salido reforzada después de sus "no explicaciones" y su "no asunción de responsabilidades" por los escandalosos dispendios que se ha permitido Carlos Dívar y que espero que nunca más se permita, nunca más le permitamos.
Más que deprimente, resultó indignante escuchar a la camorrista y provocadora Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, intentar incendiar, afortunadamente sin éxito, la final de la Copa del Rey de fútbol para tapar la basura que rebosa de sus cuentas y sus despachos. Yo no estuve allí, pero tened por seguro que, sólo por su actitud provocadora, me hubiese sumado a la pitada para responder a esta pendenciera que, al final, ni siquiera tuvo la dignidad de acudir al estadio para medir las consecuencias de su provocación.
Está claro que no ha sido la mejor de las semanas y, volviendo a la foto de Garzón, lo ha sido porque ha quedado claro que hay un enorme vacío, no legal, sino moral que permite que actos irresponsables, torpes o maliciosos, de tamañas consecuencias, queden impunes y otros que, por caminos no siempre rectos, lo admito, sólo perseguían hacer justicia, se pagan con el oprobio.
En estas últimas veinticuatro horas, una frase me persigue, esa terrible "Abandonad toda esperanza" escrita, dicen, a las puertas del infierno. La leí ayer en un poema de Beckett y se la acabo de escuchar a Joan Romero. Abandonad toda esperanza, os digo, mientras el vacío moral que nos asfixia permita defender con la ley lo injusto y perseguir con la misma ley a quien quiere pretende hacer justicia.

Muchas veces, demasiadas, nos hablan de la existencia de "un vacío legal" para justificar determinados hechos y comportamientos. Pero existe otro, aún peor, del que nadie parece querer hablar, el vacío moral., y es peor porque, en él, se encuentra justificación para todo.



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viernes, 25 de mayo de 2012

NI DIMITE NI SE EXPLICA


Siempre he desconfiado de quienes han de "calzarse" un uniforme, a ser posible lleno de insignias, para hacer valer su autoridad. Es cierto. No me gustan los uniformes. Los tolero, en todo caso, cuando su fin es el de preservar durante el trabajo la vestimenta personal del que lo lleva y siempre que ese uniforme iguale a quienes lo llevan, algo que se agradece cuando uno acaba en un hospital, público, por supuesto, y le endosan un pijama que, con suerte es de su talla y está entero, porque no necesita ni debería saber de un sólo vistazo a qué clase social pertenece el compañero de habitación.
Decía que odio los uniformes cuyo fin es el de dar autoridad a quien quizá la necesita de tela porque de la otra, la moral, la que dan la prudencia y la sabiduría, de esa no tiene. Pero debo añadir que los que más odio son los que visten a quienes los llevan con ropas talares, decimonónicas, oscuras y solemnes. Y, entre ellos y en especial, claro, los curas y los jueces, dueños de la norma y la moral que, demasiado a menudo, esconden bajo sus faldas pecados inconfesables de cinismo y de soberbia.
Cinismo y soberbia. Estoy convencido de que eso esconden quienes, como los curas, renuncian a ser plenamente hombres, con sentimientos y pasiones, para situarse por encima de los hombres. También estoy convencido de que quienes, sacrificando lo mejor de su juventud, preparan las durísimas oposiciones para ganar una plaza de juez -la de dios hace tiempo que no sale- llegan a su destino sin las vivencias y la experiencia necesarias para decidir sobre vidas y haciendas y acaban escondiendo esas carencias bajo la solemnidad de una toga que, también, les aleja del resto de los mortales.
Tanta autoridad y tanta liturgia acaban por disfrazarles la realidad y haciéndoles creer que son distintos, que no se equivocan y, sobre todo, que nadie tiene derecho a decírselo.
Eso es lo que le ha ocurrido al presidente del Consejo General del Poder Judicial, el cada vez menos respetado y más bien tenido por pícaro y aprovechado Carlos Dívar, que carga sus larguísimos fines de semana al erario, sin el menor rubor, el más mínimo arrepentimiento y convencido de que es tan valioso e importante como para no dar cuentas a nadie de sus gastos.
Uno podía pensar que tan bochornoso comportamiento habría creado inquietud en quienes todos nos días nos dan lecciones de rectitud y justicia, pero no. Haber "pillado" a su "jefe" con el tarro de la mermelada, dedos y morro pegajosos, no les ha llevado a castigarle, ni tan siquiera a recriminarle. Todo lo contrario. Quienes, con cuentas y horarios, hacen de su toga un sayo se han revuelto contra el Pepito Grillo que osó denunciar a Dívar, pidiendo su dimisión por haber minado el prestigio y la credibilidad del consejo, mientras afilan sus navajas a la espera de una pelea entre consejeros que, sin duda, aún no ha acabado y será, cuando menos, sangrienta.
Carlos Dívar, del que el ministro Gallardón, el gran hipócrita que pretendió hacerse pasar por progre, ha dicho públicamente que la figura de Dívar saldrá reforzada de este asunto, mientras el propio Dívar se permite decir que "ni dimite ni dará explicaciones" por su comportamiento.
Es lo que tiene ser juez y parte, ser el dueño de la norma, su interpretación, la VISA y la autoridad que dan faldones, insignias y puñetas. Dívar consideró una miseria el gasto cuando sólo se conocía la mitad del mismo, quizá esos miles de euros pudiese pagarlos de su bolsillo sin esfuerzo. Ahora bien, ni con el elevado sueldo que cobra y cobrará ni con la VISA ciega que le han dado podrá comprar el prestigio que ha perdido y ha hecho perder a la institución que preside. Demasiada inmoralidad y falta de prudencia en quienes deben velar con esa virtud de que en este país se haga justicia.
Espero que su dios se lo perdone, porque, lo que soy yo, nunca.



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