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miércoles, 15 de junio de 2016

LA FUERZA DEL ODIO

A menudo me siento como un bicho raro, incluso con mis amigos. Especialmente, cuando me hablan de patriotismo y sentimientos parecidas. Supongo que me pasa porque no suelo mostrarme demasiado entusiasta ante los misticismos, los himnos y las banderas. No, no me gustan. Y si no me gustan es porque detrás de cada manifestación de ese estilo está la opuesta, el negativo, que es el odio al otro, manifiesto o sólo germinal.
Raro es el himno que, en su letra, no apela a la sangre derramada, propia o extraña, a la expansión o a la recuperación de las fronteras. Raro es el himno que no se construye frente al "otro" y aún más raro es el que apela al amor por nuestros iguales. La patria, la religión, las ideas, no son sino fortines en los que nos refugiamos o nos obligan a refugiarnos, lo que no deja de ser una forma de mantenernos aislados, al margen del "otro", del que, por una actitud recíproca, apenas sabemos nada.
Se da así la terrible y cruel paradoja, terrible y cruel, porque, las más de las veces, tenemos más que ver con los encerrados en el fortín de los otros que con nuestros propios líderes, con los que nos han encerrado en su fuerte. Lo malo es que no lo sabemos, porque la finalidad primordial de los fuertes es la de aislar, la de impedir la comunicación que podría llevar al entendimiento, porque ¿qué sería de las guerras si los que se creen enemigos pudiesen hablar con quienes tienen enfrente, al otro lado de las trincheras en que convertimos credos e ideas?
Esa es la gran tragedia, que, detrás de cada uno de esos amores, amor a la patria, al dios que toque, al equipo de fútbol de nuestros desvelos, se esconde el odio o el temor a la patria de los otros, al dios de los otros o a l equipo de los otros. Y, una vez que se desata el genio maligno del odio es muy difícil, por no decir que imposible, devolverlo a la botella.
Digo todo esto porque en los últimos días, en apenas unas horas, se ha manifestado ese odio desatado en varios lugares de este mundo cada vez más cercano, cada vez más pequeño, pero, al mismo tiempo cada vez más inexplicable. Y es que todos esos odios, el de los hinchas rusos y británicos, en las calles de Marsella, el del loco asesino homófobo de Orlando o el del sanguinario terrorista que asesino en nombre del ISIS a una pareja delante de su hijo, cerca de París, todos tienen su origen en un amor, en un amor ciego y sordo que les llena la cabeza de consignas y les inyecta los ojos en sangre.
Lo peor de todo es que también nosotros, quienes nos creemos más a salvo, porque cada día, en cuanto encendemos una televisión o una radio, cuando abrimos un periódico, recibimos nuestra propia dosis de amor odio. No hay más que pararse a analizar el tratamiento que recibió la masacre en el club gay de Orlando que, casi inmediatamente se atribuyó a ISIS, que el propio ISIS asumió, porque busca el amor de los suyos en el terror de los demás, pero que, al final, parece no ser otra cosa que la terrible obra de un desequilibrado, un homosexual homófobo, que los hay y demasiados, la obra de un tipo atormentado que no quería ser quien erra, víctima del acoso y las burlas, que, como ocurre a menudo en Estados Unidos, resolvió sus frustraciones sembrando de cadáveres el escenario escogido, en esta ocasión un club de la ciudad que alberga el paraíso de Walt Disney. Y todo, porque en Estados Unidos es más fácil comprar legalmente un arma de guerra que una botella de licor y más barato que un iPhone.
En Orlando, cerca de París, en Marsella, se ha desatado ese odio que una vez fue amor inconsciente y acrítico, y ese odio puede desatar o acrecentar otro odio, el de gente como nosotros que nos creemos a salvo del odio, porque nuestro odio se conduce y alimenta desde el sistema. Odio que es miedo al otro, que es incomunicación con el otro, burla del otro que, a su vez, realimenta el odio del otro. Odio que, si no lo paramos en su loca espiral, acabará con nosotros. Esa, la de crecer en espiral, es la terrible fuerza del odio y nuestra obligación es no alimentarlo, ni siquiera en positivo, para romper de una vez la espiral en la que crece.

viernes, 18 de marzo de 2016

LAS TORPES PALOMAS EUROPEAS


Hoy, como cada mañana he abierto en mi muro en facebook una ventana al humor más negro, a la ironía y a la denuncia del grafitero británico Banksy y la imagen escogida hoy es a de unas orondas y, por qué no, sucias palomas presionando con pancartas a un pájaro "distinto", más hermoso, más ágil y, sin duda, más hábil e inteligente que ellas, para que salga de su territorio, para no repartir con él las migas de que se alimenta en los parques y calles de las cómodas ciudades de Europa.
La imagen da que pensar y basta que ver a esas palomas "obesas" de tan acostumbradas como están a la vida fácil, envejecidas, asustadizas, torpes e imprudentes, a las que cualquier gorrioncillo les quita la comida en un descuido, cualquier jilguero o gorrioncillo de canto más agradable que su monótono zureo, degeneradas, con el músculo atrofiado y la sangre envejecida de no tener que buscarse la vida, como hacen sus pequeños rivales.
Las palomas de la vieja Europa son tan viejas como ella y viven demasiado ensimismadas como para darse cuenta de que necesitan la sangre nueva, la agilidad y las habilidades de quienes viene de lejos, huyendo de los rigores del invierno o de los depredadores que les hacen imposible la vida en su lugar de origen. Prefieren mostrarse orgullosas y amenazarles con su envergadura, sin darse cuenta de que es su mismo tamaño es el que las hace lentas y torpes, incapaces de reaccionar con presteza ante las verdaderas amenazas, demasiado conformistas con la vida aburrida que les garantizas las migajas de quienes, en el fondo, las desprecian y amenazan.
De alguna manera, es lo que ocurre a ras de suelo en los parques o en las aceras está pasando en realidad con los orondos europeos, algunos de los cuales son incapaces ya de sentir solidaridad, conmoverse o, simplemente, dejar vivir a quienes vienen aquí a eso, a buscar la vida que, allá donde nacieron, se les niega. Para nuestra desgracia, pudimos verlo hace dos o tres días en las plazas de Madrid o Barcelona. pudimos asistir a su enorme desprecio hacia los indigentes que, con mayor o menor dignidad, al fin y al cabo, la dignidad y su derecho a perderla es lo único que les queda, pedían en la Plaza Mayor de Madrid o la Plaza Real de Barcelona.
Allí arrojaron sus monedas al suelo para ver cómo corrían y se echaban al suelo a recogerlas, como se arrojan los cacahuetes a los monos para ver cómo se alborotan. Vimos también como quemaban sus billetes ante sus narices o como las obligaban a una obscena tabla de gimnasia recompensada con unas pocas monedas que no acabarían en forma de cerveza en los estómagos de tan rubios y altos europeos.
Fueron lo peor de lo peor, recién llegados de Holanda, como lo fueron sus "colegas" ingleses en Barcelona. Hicieron, hacían, como explicó al día siguiente el profesor de filosofía jubilado que se enfrentó a ellos, lo que está en los manuales del fascismo, en la teoría del más puro y duro nazismo: despreciarles y anularles para no sentirles como ellos, para alejar de sus rubias cabezas cualquier asomo de compasión o solidaridad. Y lo hicieron porque, después, una vez anulados, despojados de sus rasgos humanos, resulta mucho más fácil expulsarles o encerrarles.
Pero, si eso es terrible, más lo es que, cuando apareció la Policía, nacional por supuesto, se limitase a sacar de la Plaza Mayor a las mujeres ofendidas, en lugar de identificar a los energúmenos que las ofendieron y, con ellas, a nosotros, de paso. 
Fue un bochornoso espectáculo, al que pusieron colofón los policías. Un espectáculo en el que sólo encuentro el consuelo de pensar que las indigentes "hicieron caja". Un espectáculo que se convierte en metáfora de lo que, horas después, han hecho los dirigentes europeos con la gestión de la crisis de los refugiados, gente que lo está pasando aún peor que las mendigas de la Plaza Mayor, gente que viene a nuestra vieja Europa buscando una nueva vida, gente que nos trae sus ganas de luchar por esa nueva vida, gente que nos trae sus capacidades, su cultura, su sangre nueva y distinta, gente que nos trae los mejor que tiene, sus niños, gente a la que, como las palomas, asustamos y arrojamos batiendo las alas de nuestras odiosas leyes a medida que ni siquiera respetan las leyes y que dejan muy claro que las palomas europeas, gordas y torpes, se van a morir de esa opulencia que no están dispuestas a compartir con otros.