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lunes, 25 de marzo de 2019

EL ENEMIGO ES CARMENA

Él, Pablo, ha vuelto este fin de semana, y ha vuelto rodeado de sus cada vez menos fieles en cantidad, pero a la vez cada vez más fieles en intensidad. Subió al estrado montado al pie de los escaleras y ascensores del Reina Sofía, como una estrella del rock en las formas, con carrerita y todo, que, en su interior, encerrase las almas de los comandantes que tanto le inspiraron, al menos en el pasado.
Él, Pablo, volvió de su retiro paternal cargado de adrenalina, enfadado como hacía tempo no le veíamos, disparando a extremo diestro y tibio siniestro, es su opinión, culpando a los demás de todos o casi todos sus males y diluyendo su culpa en el colectivo de su organización. Sólo la asumió en primera persona del singular, para señalar a sus monstruos preferidos, su inseparable amigo en otros tiempos y la alcaldesa "roba niños" Manuela Carmena.
Se ve que Iglesias ha aprovechado las largas semanas de baja, además de para cuidar de sus niños, para "cargar las pilas" y cargarse de argumentos, para leer espero que fundamentalmente, más que para ver series como ese "Juego de tronos" que parece haberle alejado de la realidad. Se ve que se ha cargado de energía y que, también, ha tenido tiempo de analizar, aunque a su manera, todo lo que ha pasado en los últimos meses.
Se mostró muy crítico y bastante enfadado con el espectáculo dado por su partido a cuenta de esas luchas intestinas que han, no ya desgastado sino roto ese partido que fundó con amigos que ya no están, porque dejó demasiado claro que lo creyó exclusivamente suyo. Les regaño en esa primera persona del plural, casi mayestático, por la vergüenza ajena dada, olvidando que dos no riñen si uno no quiere y que él siempre quiso y con todo aquel que osase salirse del carril.
A Pablo Iglesias le gustan los incondicionales. No se fía, no ya de las disidencias. sino de cualquier opinión que ponga en cuestión la suya. Le gusta escuchar a su paso esos "Te queremos" o "Gracias, Pablo", con que el sábado le regalaron los oídos al pie del museo.
No le gusta demasiado el pensamiento alternativo o independiente y, quizás por eso, ahora está tan solo. Es demasiado grande la nómina de quienes ya no están a su lado: Luis Alegre, Rita Maestre, Carolina Bescansa, Pablo Bustinduy, Ramón Espinar y un largo etcétera que culmina con su amigo del alma, Íñigo Errejón.
Tampoco parece figurar ya entre sus amistades la alcaldesa de Madrid; Manuela Carmena, a la que parece haber señalado como culpable de su desgracia. Lo hizo en el capítulo, chiquitito como sus pequeños, de sus fallos, capítulo en el que se culpó de no haber sabido ver la marcha de Errejón, al que, veladamente o no tan veladamente, acusa de traición. Quizá fue por la alianza de su compañero de siempre con Carmena por lo que se revolvió contra ella, a la que acusó de una cierta soberbia, no sé yo con qué fundamento, al revelar una supuesta conversación de la alcaldesa, la palabra de uno contra la del otro, en la que Carmena le dijo que la gente votó para el ayuntamiento de Madrid a "Ahora Carmena" más que a "Ahora Madrid",
No sé si esa conversación existió en los términos en los que miserablemente la reveló, Iglesias. Las conversaciones privadas, cuando son entre dos, no se hacen públicas y menos aún en contra del otro interlocutor. En cualquier caso y por si le sirve a Iglesias, le aclaro de que, en caso de que la charla se produjese así, yo le daría la razón a Manuela, porque yo sí le di mi voto a ella, por encima de la lista que le acompañaba y anduve luciendo esos días una camiseta que rezaba "Manuela mola mazo".
Sin embargo, ahí no acabó la cosa, porque Iglesias volvió a la carga contra Carmena, retándola a revelar para quién va a ser su voto en las próximas generales, un reto que debería darle vergüenza a alguien que se proclama demócrata y debería saber de sobra que el voto es secreto. 
Se ve que a Iglesias le estorba todo aquel al que no controla, pero tiene suerte Pablo Iglesias de que Carmena es, ante todo, elegante y de que quién no se rebajó a perder los nervios con Esperanza Aguirre, tampoco los va a perder con quien parece culparla de sus males y haberla señalado como enemigo.

martes, 20 de marzo de 2018

¿ARDE LAVAPIÉS?


Cinco días después de la muerte del trabajador senegalés Mame Mbayé, por fin vieron la luz unas imágenes, las del desesperado intento de reanimación al que le sometieron en plena calle varios policías municipales, que aclaraban en gran medida lo sucedido y desmontaban los bulos que la irresponsabilidad o la maldad de algunos incendiaron las calles de un barrio tan acogedor y amable como el de Lavapiés. El esfuerzo de los policías madrileños dista mucho de la imagen que, de ellos, en este caso concreto, se estuvo dando durante horas y debería avergonzar a más de uno.
No llego a entender qué nos está pasando, qué mal nos aqueja para que nos hayamos vuelto incapaces de reflexionar antes de reaccionar, incapaces de distinguir la realidad, incapaces de rechazar lo que no es sino una bola de medias verdades, intereses y odios que rueda por las malditas redes, mientras nos cuesta demasiado confiar en quienes con las debidas precauciones sólo tratan de explicar lo sucedido desde los datos contrastados. 
Cuando ayer vi a los policías municipales, hasta siete, atendiendo al infeliz Mame, lo primero que se me vino a la cabeza fue esta pregunta ¿por qué esas imágenes han tardado tanto en ver la luz? No sé quién las grabó en su teléfono móvil ni en qué ha estado pensando durante estos cuatro largos días para retener un documento que, como ese, ayuda a explicar lo que pasó y, sobre todo, a devolver a las calles de Lavapiés la tranquilidad perdida.
Me cuesta entenderlo. Más, si como pudimos ver, otras imágenes bien distintas, las de la espeluznante agresión de un miembro de los antidisturbios de la Policía Nacional, que dejó inconsciente de un porrazo a un hombre, también inmigrante, que nada había hecho ni estaba oponiendo resistencia a los policías. Gracias a esas imágenes y a la labor del periódico eldiario.es, el herido pudo ser localizado e identificado en el hospital al que fue conducido por la propia policía después de haberle atendido en un portal y llevado a una comisaría, sin que el hospital fuese informado de la causa del traumatismo cráneo encefálico que padecía.
Lo sucedido me lleva a pensar que ha habido intereses creados o malicia al ocultar tanto tiempo las imágenes del intento de reanimación de Mame, más viendo las consecuencias que las versiones que circulaban sobre su muerte estaban soliviantando los ánimos en las calles de Lavapiés y atrayendo al barrio a los profesionales del destrozo, no importa de qué ideología. dispuestos a quemar y romper con saña, vete tú a  saber para qué o por encargo de quién. Sin embargo, lo que aún no consigo explicarme es qué está pasando en el ayuntamiento madrileño, mejor dicho, en la coalición que lo gobierna, que a veces parece tener el enemigo en casa, especialmente cuando sus concejales dan pábulo a versiones no contrastadas y los difunden sin medir las consecuencias o, sería aún peor, considerándolas y utilizándolas en esa guerra particular que, con barricadas y todo, han llevado a la casa que debiera ser de todos.
Por eso ayer, una vez más, la alcaldesa Manuela Carmena se vio obligada a templar gaitas, quizá para evitar que la díscola Rommy Arce, que demasiado a menudo recuerda a la CUP del Parlament de Cataluña, rompa la unidad del grupo de Carmena a pocos meses de unas nuevas elecciones.
Lo sucedido en Lavapiés, que muchos creímos vivir agrandado y exagerado en nuestros televisores, estuvo a punto de romper la convivencia de un barrio en el que, desde hace décadas conviven gentes de distintas nacionalidades, razas, religiones y clases sociales, un barrio humilde, acogedor y castizo, sobre el que revolotean desde hace unos años los buitres de la especulación.
Hace unos días pudo arder Lavapiés. Fue muy triste, pero consuela saber que a la mañana siguiente y en las horas sucesivas, la solidaridad y la convivencia resurgieron de las cenizas de esa noche triste, porque, aforunadamente, la convivencia no ardió en Lavapiés. 

viernes, 6 de mayo de 2016

AUTORRETRATO DE UNA FISCAL

Siempre he pensado, y más desde que, hace ya dos décadas me ocupé de la información de tribunales en la Cadena SER, que hay que estar hecho de una "pasta especial" para acusar o juzgar a ciudadanos iguales, sin dejarse llevar por pasiones o prejuicios, algo que se supone debería esperar la sociedad de jueces y fiscales.           
No sé cómo sería la cosa cuando de los que se cocía en los juicios apenas se enteraban el tribunal, los testigos, las defensas y acusaciones, naturalmente, los acusados y el público presente en la sala, que, por cierto,  está formado por verdaderos "profesionales", dada la asiduidad con que acuden a cuanta audiencia pública cuadra en sus horarios, Por mis horas de audiencia sé que algunos jueces y, sobre todo, algunos fiscales, al igual que algunos defensores, claro, se gustan, exponen sus argumentos con pasión y una cierta dramatización que más de una vez sorprenden a propios y extraños.
Puede que sea el escenario, puede que el público, lo cierto es que quienes bostezan en determinados juicios, en otros se crecen y "declaman" sus argumentos para la historia, como si lo hiciesen ante las ruinas de Itálica. Más, si, como ocurre en estos tiempos, pendientes de algunos juicios, están decenas de televisiones y radios, y otros tantos diarios y los casos se convierten en comidilla de todos y todos, propios y extraños, se interesan por lo que haces o dices en él.
Uno de esos casos, lleno de morbo y con razón, es el que se ocupa del "asalto" de la capilla católica de la facultad de Económicas de la Complutense. Digo que, con razón, porque en él se mezclan, si no se revuelven la política, la religión y, a juicio de la fiscal del caso, el sexo. En ese asunto, se condenó en primera instancia a la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, de la coalición Ahora Madrid, a una multa de más de cuatro mil euros trescientos veinte euros por quitarse la camiseta y quedarse en sujetador en torno al altar, mientras otras jóvenes se desnudaban "de cintura para arriba", se exhibían imágenes del papa cruzadas por esvásticas y se leía un manifiesto en contra del sexismo y la homofobia impuestos por la iglesia  Una suma de actos de los que se culpó a Rita Maestre porque, finalmente, fue la única de las jóvenes identificadas en la acción.
Los abogados de Rita Maestre recurrieron la sentencia, pidiendo su absolución, a lo que la fiscal del caso,  Marisa Morando, se opone en un escrito en el que recuerda lo que considera hechos probados, atribuyendo a la recurrente, Rita Maestre, pleno conocimiento de lo que allí iba a ocurrir y enumera con un lenguaje teñido de ideología y, diría yo, desprecio, todas y cada una de las consignas que se repitieron en aquel "asalto" y un pleno conocimiento teñido de claro sentimiento de ofensa en lo relativo a la profanación castigada en la sentencia.
Del escrito de la fiscal podría desprenderse, tanto por el lenguaje empleado en él, como por la forma de relatar los hechos, un cierta toma de postura, si no animadversión, contra la condenada que, a mi juicio, va más allá de su papel y que demostraría una posición ante la religión nada objetiva y, sobre todo, una visión del papel de la mujer, "señoritas" llama a las participantes en la protesta, anclada en modos y maneras de otros tiempos, puesto que la fiscal se permite dejar por escrito que  "lo único que consiguieron desnudando su torso fue poner en ridículo el papel de las mujeres. Sobre todo, por usar frases “con rimas pretendidamente ingeniosas” y por “mostrar el sujetador en un espacio que para los católicos es sagrado”, algo a todas luces carente de objetividad.
En fin, el escrito de la fiscal es un claro ejemplo de sobreactuación, más pendiente quizá de dejar reflejados sus sentimientos que de actuar con la objetividad que se le debería suponer, especialmente, después de que el propio arzobispo de Madrid perdonase a los "asaltantes",
En fin, creo que la citada fiscal, Marisa Morando, con ese escrito se ha hecho un autorretrato.