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viernes, 6 de mayo de 2016

AUTORRETRATO DE UNA FISCAL

Siempre he pensado, y más desde que, hace ya dos décadas me ocupé de la información de tribunales en la Cadena SER, que hay que estar hecho de una "pasta especial" para acusar o juzgar a ciudadanos iguales, sin dejarse llevar por pasiones o prejuicios, algo que se supone debería esperar la sociedad de jueces y fiscales.           
No sé cómo sería la cosa cuando de los que se cocía en los juicios apenas se enteraban el tribunal, los testigos, las defensas y acusaciones, naturalmente, los acusados y el público presente en la sala, que, por cierto,  está formado por verdaderos "profesionales", dada la asiduidad con que acuden a cuanta audiencia pública cuadra en sus horarios, Por mis horas de audiencia sé que algunos jueces y, sobre todo, algunos fiscales, al igual que algunos defensores, claro, se gustan, exponen sus argumentos con pasión y una cierta dramatización que más de una vez sorprenden a propios y extraños.
Puede que sea el escenario, puede que el público, lo cierto es que quienes bostezan en determinados juicios, en otros se crecen y "declaman" sus argumentos para la historia, como si lo hiciesen ante las ruinas de Itálica. Más, si, como ocurre en estos tiempos, pendientes de algunos juicios, están decenas de televisiones y radios, y otros tantos diarios y los casos se convierten en comidilla de todos y todos, propios y extraños, se interesan por lo que haces o dices en él.
Uno de esos casos, lleno de morbo y con razón, es el que se ocupa del "asalto" de la capilla católica de la facultad de Económicas de la Complutense. Digo que, con razón, porque en él se mezclan, si no se revuelven la política, la religión y, a juicio de la fiscal del caso, el sexo. En ese asunto, se condenó en primera instancia a la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, de la coalición Ahora Madrid, a una multa de más de cuatro mil euros trescientos veinte euros por quitarse la camiseta y quedarse en sujetador en torno al altar, mientras otras jóvenes se desnudaban "de cintura para arriba", se exhibían imágenes del papa cruzadas por esvásticas y se leía un manifiesto en contra del sexismo y la homofobia impuestos por la iglesia  Una suma de actos de los que se culpó a Rita Maestre porque, finalmente, fue la única de las jóvenes identificadas en la acción.
Los abogados de Rita Maestre recurrieron la sentencia, pidiendo su absolución, a lo que la fiscal del caso,  Marisa Morando, se opone en un escrito en el que recuerda lo que considera hechos probados, atribuyendo a la recurrente, Rita Maestre, pleno conocimiento de lo que allí iba a ocurrir y enumera con un lenguaje teñido de ideología y, diría yo, desprecio, todas y cada una de las consignas que se repitieron en aquel "asalto" y un pleno conocimiento teñido de claro sentimiento de ofensa en lo relativo a la profanación castigada en la sentencia.
Del escrito de la fiscal podría desprenderse, tanto por el lenguaje empleado en él, como por la forma de relatar los hechos, un cierta toma de postura, si no animadversión, contra la condenada que, a mi juicio, va más allá de su papel y que demostraría una posición ante la religión nada objetiva y, sobre todo, una visión del papel de la mujer, "señoritas" llama a las participantes en la protesta, anclada en modos y maneras de otros tiempos, puesto que la fiscal se permite dejar por escrito que  "lo único que consiguieron desnudando su torso fue poner en ridículo el papel de las mujeres. Sobre todo, por usar frases “con rimas pretendidamente ingeniosas” y por “mostrar el sujetador en un espacio que para los católicos es sagrado”, algo a todas luces carente de objetividad.
En fin, el escrito de la fiscal es un claro ejemplo de sobreactuación, más pendiente quizá de dejar reflejados sus sentimientos que de actuar con la objetividad que se le debería suponer, especialmente, después de que el propio arzobispo de Madrid perdonase a los "asaltantes",
En fin, creo que la citada fiscal, Marisa Morando, con ese escrito se ha hecho un autorretrato.

jueves, 18 de febrero de 2016

PORQUE SOY DE CIENCIAS

Como muchos españoles de mi edad, soy oficialmente católico, y lo soy por dejadez, lo confieso. Lo soy, porque no me he tomado la molestia de cumplir con el "vía crucis" que la iglesia católica impone a quienes deciden abandonar "el rebaño". Tampoco lo hecho, es verdad, porque la impronta indeleble que, dicen, se nos confiere con el bautismo, por supuesto involuntario, ni es tan impronta ni es tan indeleble, porque el tiempo, la falta de uso y, sobre todo, la razón son la lejía que borra la mancha con que, desde hace siglos, la iglesia católica ha pretendido marcar a "sus" ovejas.
Esa ha sido desde siempre la taimada táctica de esa institución: tomar posesión de los hombres y las cosas e inscribirlos a su nombre, como ahora hacen con los edificios cedidos para el culto o quién sabe para qué más, tomando posesión de los mismos "por los siglos de los siglos" y convirtiendo en donativo lo que las más de las veces sólo era una cesión. Por eso nos bautizaron, por eso bautizaron a nuestros padres y a los padres de nuestros padres, amenazándoles con las llamas del infierno.
Por eso allá donde pueden plantan sus reales, como los plantaron durante la dictadura en aeropuertos, colegios, hospitales, facultades y, probablemente, en muchos estadios de fútbol. Sus Iglesias, sus capillas, son como las banderitas que se clavan en el mapa para marcar los avances y retrocesos en el campo de batalla. Y defienden cada posición heredada o conquistada. Defienden lo mismo la capilla de la Complutense en Somosaguas que la mezquita de Córdoba, una joya artística de la Humanidad toda, de la que se han apropiado inmisericordemente.
Que yo recuerde, los cristianos, para encontrarse con su dios, para rezarle o meditar, no necesitan de templos, ni grandes ni pequeños, basta el recogimiento y eso que llaman fe. Me enseñaron que rezar, se puede rezar en cualquier momento y en cualquier parte. No entiendo por tanto que haya que acotar un territorio determinado para hacerlo. Mucho menos entiendo que haya que llenarlo de símbolos tan tétricos como las cruces, recordatorios de una tortura de tortura, al fin y al cabo. Tampoco entiendo que esos lugares, si los hay, hayan de ser exclusivos para uso exclusivo de un culto determinado y, menos, si están en edificios de todos, como una facultad universitaria. 
Recuerdo, a propósito de esto, que cuando España pretendía ser un país moderno, en plena dictadura, cuando mi familia, como pardillos que éramos entonces, íbamos a pasar las tardes de los domingos al aeropuerto de Barajas. Y recuerdo, quizá porque mi madre, creyente, como buena navarra, ella, quiso algún día oír misa allí, que la que había sido capilla del aeropuerto se había transformado en un lugar de culto, limpio de símbolos, para que, en él, cada cual orase, se recogiese, diese gracias a su dios o conjurase sus miedos a su buen entender y sin molestar o imponerse a los demás.
Por eso no puedo entender que se vaya a juzgar a varios jóvenes o, mejor dicho, a quienes hace cinco años eran jóvenes, por protestar, quizá inadecuadamente, contra la existencia de uno de esos lugares de uso exclusivo para católicos, pagada con el dinero de todos en un ámbito, la universidad, en el que a lo único que se debe adorar es al conocimiento.
Entre los acusados, que serán juzgados hoy, está la actual portavoz del Ayuntamiento de Madrid, Rita Maestre, para la que se piden penas que podrían llevar a su inhabilitación, que en el fondo es lo que pretenden los acusadores, una vez que Maestre ha pedido y obtenido el perdón del arzobispo, quien, que yo sepa, es la máxima autoridad, en lo que a estos asuntos concierne, de la iglesia católica en Madrid. Por eso creo que este asunto forma parte de la "caza de brujas" a la que somete la caverna, esa caverna que, como dijo ayer Borja Fanjul -de qué me suena a mí Fanjul- prefiere ladrones en sus filas a gente que ponga bombas.
Rita Maestre ha sido torpe al negar que hizo lo que hizo ante las cámaras, pero no por ello hay que acabar con ella, y más aún, cuando de lo que se le acusa es de un delito de ofensa a los sentimientos religiosos, eso que antes llamaban blasfemia. Y ahora que lo escribo recuerdo un cartel que creo haber visto en un libro llamado "Navarrerías", un cartel que figuraba en un bar y que decía "Prohibido blasfemar sin motivo". Creo que Rita Maestre que ha sido torpe al defenderse sin verdad y al no asumir que hizo lo que hizo, podía haber alegado que lo hizo con motivo.
Yo, mientras, quedo aquí expectante y confundido porque, como no creo, no puedo entender el fanatismo de algunos, que, las más de las veces, esconde otros intereses inconfesables. No creo y, si no creo, es porque "soy de ciencias" y me enseñaron a razonar y a encontrar una explicación plausible más allá de la fe para cada cosa.