jueves, 9 de octubre de 2014

SALIÓ LA RATA



Definitivamente, los madrileños no tenemos suerte con los consejeros de Sanidad. Al menos con los del PP. Por el despacho correspondiente han pasado personajes tan lamentables como Juan José Güemes, yernísimo de Carlos Fabra, y organizador de aquellas jornadas en las que se ofrecía la salud de los madrileños a las multinacionales del sector como una oportunidad de negocio para ellas. Le siguió Manuel Lamela, aquel señor que, para minar el prestigio del hospital público de Getafe y abrir el camino a sus amigos empresarios, no dudó en acusar al doctor Montes, responsable de las urgencias del mismo, poco menos que de ser el Mengele de la eutanasia. Y a éste le sucedió Javier Fernández Lasquetty, brezo ejecutor del copago farmacéutico y de las frustradas operaciones del euro por receta y la privatización de media docena de hospitales públicos madrileños.
Quienes vivimos la sanidad desde fuera, como pacientes o, simplemente, como pacientes, aunque, al menos yo, no las tenía todas conmigo, pensábamos que la epidemia de tan nefastos consejeros había cesado con el nombramiento de Javier Rodríguez, que inauguró su mandato dando carpetazo a casi todos los despropósitos de su antecesor Lasquetty, aunque pronto se mostró como un terminator listo para cortar las cabezas de quienes, como el equipo responsable del combativo centro de salud de General Ricardos, habían destacado en la lucha de la marea blanca contra las privatizaciones, o la del presidente de la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública, Marciano Sánchez Bayle, al que no se permitió prolongar su vida laboral en la sanidad pública.
Expongo toda esta cadena de humanos errores, que no errores humanos, para desembocar en Javier Rodríguez, el último de los consejeros, aún en su puesto, que ha estado escondido en su agujero, sin asomar siquiera su hocico, mientras se le venía encima toda una cadena de chapuzas organizativas que ponían en peligro no sólo el prestigio de la sanidad madrileña, sino la salud de los madrileños. Este señor que, aunque por su actitud no lo parezca, es efectivamente médico, ha hecho también su carrera política y la ha hecho en el PP, ocupando un escaño en la Asamblea de Madrid y una silla en el consejo de Administración de Telemadrid, la televisión autonómica madrileña, que agoniza tras haberle sido amputado todo lo que tenía de profesional.
Un político médico, que no un médico político, que ayer mostró la más nauseabunda de sus caras al aparecer, por fin, ante los medios, una vez que el responsable del Carlos III obtuvo de la auxiliar de enfermería infectada la confesión de que había cometido al quitarse uno de los guantes de protección después de haber estado en contacto con el virus. Salió ufano de su agujero, sacando pecho y con su presa entre los dientes, porque, en lugar de mostrar la menor preocupación por todos los errores que  se han cometido en esta crisis, dejo claro su alivio por tener ya un chivo expiatorio, porque, como se dice por aquí, lo importante no es no tener la culpa sino tener a quien echársela. Y él tenía a Teresa Romero, a la que, sin piedad, acusó de mentir, reconociendo, incluso, que lo hacía "de su cosecha", sin pruebas.
La falta de humanidad de este señor, al que -aún siento náuseas- acabo de escuchar como balbuceaba miserables excusas para su miserable comportamiento, es de proporciones bíblicas, Supongo que, para él, un médico de la vieja escuela, una auxiliar de clínica es poco menos que una limpiadora que no merece ni siquiera una mirada ni mucho menos la más mínima compasión. El chulesco "bastante tiene ya con lo que tiene", con que hirió ayer nuestros oídos, dice mucho de quién es este zafio señor que, con su falta de profesionalidad y sentido común ha echado por tierra gran parte del prestigio que merecidamente tenía la sanidad española.
Este tipejo no sabe si se cumplieron los protocolos, no sabe por qué no se atendió debidamente a la paciente, no sabe si los centros de salud disponen de la información, el material y el entrenamiento adecuados para actuar ante casos sospechosos. No sabe si, como es obligatorio, se supervisaron las operaciones de colocarse y quitarse las protecciones, no sabe por qué se autorizó el uso de la misma ambulancia con que se trasladó a Teresa, sin desinfección alguna, para el traslado de otros pacientes y tampoco conoce la carta del médico que la atendió en las urgencias de Alcorcón, durante seis horas, sin ayuda y con un traje de protección que le venía pequeño y que tuvo que quitarse y ponerse hasta trece veces. No sabe por qué Teresa ha estado haciendo vida normal cuando ya se sabía o al menos debía saberse que podía estar infectada por el ébola, puesto que había estado en contacto con el virus.
No sabe nada, pero no parece que le importe, porque sabe que la culpa es de Teresa "que bastante tiene con lo que tiene" y, "de su cosecha", que no dijo la verdad a los médicos.
La echábamos en falta, pero, por fin, salió la rata.


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miércoles, 8 de octubre de 2014

ANA MATO NO EXISTE



Todos estos años de desgobierno del Partido Popular he vivido convencido de que Ana Mato, la ministra del confeti, nunca estaba o de que, al menos, no estaba cuando más se la necesitaba. Hoy estoy convencido de que la señora Mato, la que, eso cuentan, no era capaz de echar de menos, ni de más, un jaguar en su garaje, en realidad no existe.  que apenas es in holograma que se proyecta en la presidencia de algún que otro acto o en las escasas ruedas de prensa a las que nos dicen que acude, para dar soporte con su imagen perfectamente sincronizada con la grabación de lo que apenas es un breve comunicado de prensa, una de esas tautologías a la que son tan dados en la sala de máquinas del partido, que, convenientemente troceado, sirve para que el holograma de la ministra inexistente, con cara de espanto, simule una respuesta ante cualquier pregunta impertinente.
He tardado en llegar a esa conclusión, pero, al hacerlo, me he quedado más tranquilo, porque saber que tal ministra no existe me evita la paranoia de no entender por qué Rajoy, quizá otro holograma, no la cesa. La verdad es que tampoco era necesaria una ministra, o un ministro, para un ministerio que apenas conserva algunas incompetencias ¡uy, perdón, quise decir competencias, en qué estaría yo pensando! Una ministra simpática y parlanchina, como lo fue Trinidad Jiménez, quedaba mucho mejor, porque adornaba un montón, pero, con el mandato de Leire Pajín, quedó claro que cualquiera valía para el cargo y entramos en el despeñadero que nos ha llevado hasta la ministra holograma.
No se puede ser más torpe que el citado holograma. Cuando comparece ante la prensa, parece no ser consciente de dónde se encuentra. Vive una especie de arrebato místico y sólo le falta presentarse ante sus verdugos vestida de túnica blanca y con la palma del martirio en sus manos, dispuesta a dar su vida por su fe católica y liberal lapidada bajo el peso de tan crueles preguntas. Tanto es así que, de un tiempo a esta parte, el holograma va adquiriendo el color y el aspecto de una virgen románica, de esas que se han salvado de la rapiña y de los museos en algunas ermitas.
Pero volvamos a lo importante. Volvamos a la evidencia de que la ministra no existe, porque cómo, si no, explicar una gestión tan desastrosa. Cómo explicar que, desde la antigua sede de los sindicatos franquistas, se haya tratado un asunto tan serio como la llegada del ébola a nuestro país como si de una superproducción de Samuel Bronston se tratara, con muchos extras y figurantes y mucho cartón piedra detrás.
Lo que ha sucedido con la auxiliar Teresa Romero y quién sabe si alguien más, es la crónica de una catástrofe anunciada, porque a los responsables de organizar el dispositivo organizado para atender a los religiosos repatriados se le fue todo en palabras grandilocuentes y caravanas espectaculares, sin dotar a los trabajadores que realmente deberían enfrentarse a la enfermedad de la formación y los medios precisos para hacerlo. Ya en julio, y tuvieron la prudencia de hacerlo ante el juez, enfermeras del Hospital La Paz, del que depende el Carlos III, denunciaron ante el juez estas carencias que nada tienen que ver con el manido "cumplimiento de los protocolos a rajatabla" del que se han llenado la boca los políticos de la cúpula hospitalaria.
Material desfasado, con tallaje erróneo, calzas inadecuadas que había que sellar con cinta adhesiva, formación precipitada, con dos charlas de apenas tres cuartos de hora para explicar un procedimiento, el de vestirse y desvestirse en el que se emplean veinticinco minutos para enfundarse los trajes y sus complementos y cuarenta y cinco minutos para quitárselos con seguridad. Eso, unido a que ninguno de los sanitarios había practicado tan delicado ritual, prueba el descuido de las autoridades, mucho más preocupadas por atender a la prensa y, sobre todo, a las televisiones que en atender las demandas de los sanitarios.
Eso, por no hablar del desastre organizativo, que ha supuesto el seguimiento de los encargados del dispositivo y que ha llevado al ingreso, casi fuera de control, de la auxiliar infectada o, mucho más grave, del desmantelamiento del único centro de referencia en el tratamiento de estas enfermedades que ha llevado a toda la improvisación posterior. Una situación creada en torno a algo tan importante como la salud y la tranquilidad de la gente que, en un país civilizado y normal, se hubiese llevado ya por delante a más de un cargo, especialmente a la cabeza del ministerio. No será aquí, donde tenemos un holograma por ministra y empiezo a creer que otro por presidente, porque no os habéis preguntado donde está Rajoy que no dice nada mientras ocurre este desastre ante sus narices.


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martes, 7 de octubre de 2014

FIEBRE



Cuando en la tarde de ayer saltó la noticia, a mí, como imagino que a la mayoría de los ciudadanos, se me vinieron a la cabeza infinidad de preguntas, pero, sobre todo una, qué se ha hecho mal, porque esa es la única certeza, la de que algo se ha hecho mal, porque, en teoría o al menos eso se nos dijo cuando se repatrió al primer misionero infectado, el riesgo de contagio era nulo.
Eso está claro, si la auxiliar d enfermería se ha contagiado es porque, pese a lo que nos han contado, estuvo en contacto con el virus. Ahora queda por saber si ese contacto tuvo su origen en una mala práctica, un fallo humano, personal o colectivo, o, si por el contrario, el error estuvo en el empleo de medios de aislamiento inadecuado. Lo más urgente es, por tanto, investigar minuciosamente todos y cada uno de los pasos dados por la enferma en su contacto con los pacientes repatriados desde África o con todo aquello que estuvo en contacto con ellos, además de revisar minuciosamente todo el material estéril que se empleado en la atención de los religiosos.
Es obvio que algo o alguien no estuvo a la altura de lo exigido para un riesgo tan grande o que alguno de los pasos dados para deshacerse de la vestimenta o el material empleados por el personal sanitario se ha roto la barrera estéril y ojalá no descubramos que también en esto, como en casi todo, tenemos fama de ello, hemos hecho un "apaño" con un poco de esparadrapo o una pinza de la ropa.
Eso es primordial. Sobre todo, para no repetir los posibles errores cometidos, pero más crucial aun debe ser modificar el protocolo a que se someterá personal encargado del tratamiento de los futuros infectados. No puede ser que alguien que haya corrido el riesgo de resultar contaminado por el virus quede fuera de control, salvo las ya sabidas tomas de temperatura dos veces al día, y con libertad de movimiento para, incluso, como es el caso de la auxiliar contagiada, irse de vacaciones. Sé que ella, como sus compañeros era voluntaria, pero está claro que el riesgo que asumían no es sólo personal sino que afecta y compromete al resto de la comunidad.
Está claro, porque  la historia de la medicina y del mundo así lo atestiguan, que pocos procedimientos resultan tan eficaces para el control d epidemias como la cuarentena, ese aislamiento a que se sometía a los viajeros sospechosos de estar enfermos y a quienes con ellos habían compartido el viaje, hasta haber comprobado que no habían contraído el mal, fuese cual fuese. Y son famosas, por ejemplo, las ciudadelas, como la que hay en la isla situada frente al puerto de Mahón, en las que se recluía a todos estos viajeros hasta estar seguros de que no representaban un riesgo para el resto de la población
No entiendo. pues, que, a menos de dos semanas, de la muerte del último paciente traído a España, esta trabajadora sanitaria y sus compañero que estuvieron en contacto con los enfermos hayan gozado de libertad de movimientos, quedando al arbitrio, únicamente, de su sentido común y responsabilidad.
Sé que es duro plantear el establecimiento de una cuarentena para quienes voluntariamente se han puesto a disposición de la comunidad para trabajar en unas condiciones de riesgo como esas. Pero eso es algo que debería estar previsto y recompensado. Lo tengo tan claro como que ahora va a resultar mucho más difícil encontrar voluntarios para tan necesaria labor. Y eso no es lo más grave, porque la ahora oficialmente enferma, pese a estar sometida a tan somera vigilancia fue atendida en un centro convencional como lo es el Hospital de Alcorcón, en cuyas urgencias fue atendida y donde estuvo en contacto con sanitarios y, es de suponer, con otros pacientes, además de todos los familiares y vecinos con los que ha estado en contacto.
Ahora toca reconstruir los últimos movimientos de esta auxiliar sanitaria para determinar quienes han estado en riesgo de haber contraído el mal, hacerles el seguimiento y aislarlos para evitar que ocurra con ellos lo mismo que inexplicablemente ha ocurrido con ella. Sobre esto, cuando menos, habrá que exigir responsabilidades a la ministra o los responsables de la sanidad madrileña. Lo han hecho muy mal, rematadamente mal, tanto que ahora, después de sus evidentes fallos, los ciudadanos españoles, especialmente los madrileños, estamos más en riesgo que antes, ojo, no de que se atendiese a los religiosos repatriados, sino de que se desmantelase sin las precauciones debidas el dispositivo que les atendió. Algo que, espero, no tenga que ver con el rácano concepto de la gestión que continuamente exhiben los gestores de la Sanidad del PP.
La fiebre ha cruzado el Estrecho y ya está entre nosotros. Sólo espero que, haciendo de la necesidad virtud, entendamos que no somos inmunes y pongamos los medios para tratar el ébola allá donde está la enfermedad, aplicando el sentido común y no el heroísmo o la suerte y el cálculo de probabilidades.


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lunes, 6 de octubre de 2014

TODO CUADRA



No creo que haya un sólo votante del PSOE y menos si estaba afectado por un desahucio o por la estafa de las preferentes que no torciese en gesto al escuchar a los diputados que había elegido con su voto hablar de la inseguridad jurídica que provocaría paralizar los desahucios o al comisario de Economía de la UE, Joaquín Almunia, hablar de la quita con que los afectados de las preferentes tendrían que pagar su codicia. Cómo no iban a hacerlo, si ellos o su partido estaban enganchados a la teta de una entidad que maquillaban con su presencia en los consejos de administración, pero que, en realidad, no era más que una cueva de ladrones que acabó con lo que nosotros creíamos una banca justa, a salvo de la codicia.
Y qué decir de las tibias reacciones de los sindicatos, si es que las hubo, a las sospechosas maniobras de la cúpula de la caja, alocadas y suicidas, mientras esos mismos pájaros se fijaban sueldos, bonus y pensiones escandalosas. Poco a poco lo vamos entendiendo todo, con la melancolía del enamorado que ha sido engañado o con la violencia del cornudo iracundo. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que ese silencio, esa tibieza o esas sorprendentes reacciones tenían un precio que unos, los gestores de la caja pagaban, con nuestro dinero, eso sí, y otros, los consejeros en representación de partidos y sindicatos, cobraban sin el menor rubor para vergüenza y cabreo de quienes alguna vez creímos en ellos.
Hoy hemos sabido por EL PAÍS que Caja Madrid estaba comprando el silencio de PP, PSOE y, ojo, también IU, aportando un millón de euros anuales a las fundaciones de cada una de las formaciones, esas mismas que se utilizan para cobrar "impuestos revolucionarios" y pagar, con colaboraciones en publicaciones o bolos y conferencias, pagados a precios desorbitados, las correspondientes coimas a quienes se mostrasen dispuestos a alquilar su voz y su conciencia a los intereses de cada partido. Algo que, para aquellos que quisiesen verlo, flotaba en el aire, porque a nadie, salvo a quienes iban sobrados de ego o de ambición, podía parecer normal ni, mucho menos, justo.
Desde que saltó el escándalo, nos hemos enterado con detalle de las cantidades que han gastado todos y cada uno de los consejeros "comprados". Así hemos sabido que algunos, los menos y que se pueden contar con los dedos de una mano, no hicieron gasto con esas siniestras tarjetas o, si es que llegaron a hacerlo, resultó ridículo frente al de sus compañeros de consejo. Pero, aun así, pese a parecer tontos u honrados, tampoco dejan de ser culpables, porque tenían en su mano o, mejor dicho, en su bolsillo la prueba fundamental de un soberano escándalo que, pese a que "sólo" ha supuesto quince millones de euros, ha sido la llave con la que los cuarenta ladrones abrieron, para saquearla la cueva del tesoro de Caja Madrid.
Pero no pensemos que ya lo sabemos todo de este asunto, aún quedan por aflorar otros flecos de este asunto, otros procedimientos, mediante los cuales se ponía a buen recaudo la somnolienta conciencia de todos estos consejeros y algún que otro vocal, porque, si Blesa y compañía autorizaban mediante una llamada o una firma créditos blandos o a interés cero a amigos sin relación con la caja, qué no iba a hacer con estos consejeros de cuyos votos dependía sacar adelante sus planes.
Una vergüenza. Sobre todo, pensando en quienes han perdido su casa por no haber podido cumplir las condiciones firmadas en su hipoteca en un periodo de euforia económica ante quienes nunca les advirtieron de esas cláusulas ocultas en la letra pequeña, tan abusivas como la usura, que han acabado por dejarles en la calle. Ellos están pagando la crisis y otros han vendido a buen precio sus silencio para hacerlo posible. Ahora, todo cuadra.


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viernes, 3 de octubre de 2014

LIMPIEZA Y ENGRASE



No sé si las inmoralidades redescubierta y puestas sobre la mesa ayer por eldiario.es tienen o no calificación de delito, para eso están la fiscalía y las acusaciones particulares que planteen sus demandas ante los tribunales, pero yo, lego en estos asuntos, veo como mínimo delito fiscal por todo el dinero recibido y no declarado y otro de falsedad y estafa al haber "escondido" esos más de quince millones de euros en la contabilidad de la caja como errores informáticos. Espero por tanto que la fiscalía que, pese a que en uno de los correos de Blesa revelados -insisto- gracias al juez Elpidio Silva se hablaba de las tarjetas black como una parte de las gratificaciones, sólo quiso ver un delito contra la intimidad de Blesa y fue con el cuchillo entre los dientes a por el juez que, de momento, ha perdido su carrera.
No era la primera vez que se hablaba en la prensa de tan escandaloso asunto. Ya lo hizo EL PAÍS en los noventa gracias a una información de Francisco Mercado que probablemente no hubiese visto la luz años más tarde en un periódico acuciado por las deudas y los créditos de Prisa, que negociaba a la desesperada la refinanciación de su faraónica deuda. Pero, por aquel entonces a todos nos iba bien y nadie quiso profundizar en lo que a todas luces era un saqueo de las cuentas de Caja Madrid que más tarde, reconvertida en Bankia, nos ha costado a todos más de veintitrés mil millones de euros. 
A nadie pereció interesarle el asunto, claro, porque entonces, aunque aún no se hablaba de la casta, la había y muchos de los miembros de esa casta, en partidos y sindicatos, llevaban una tarjeta black en el bolsillo.
Ahora que todo o casi todo se sabe, cabe esperar que todos estos estafadores paguen sus culpas con algo más que la vergüenza, que, como todo el mundo sabe, en personas de moral tan distraída apenas dura lo que dura un sonrojo. Yo me inclinaría por hacer público todo lo que compraron y pagaron con nuestro dinero, sea lo que sea, y porque se obligue a todos estos inmorales a devolver todo lo gastado y a pagar las multas que correspondan al delito fiscal cometido al no haber declarado tan negros ingresos. Y no sólo eso. Ojalá se pudiesen investigar una por una todas las decisiones e que participaron los consejeros para hacerles responsables de todo el daño patrimonial producido en la caja a causa de decisiones adoptadas con sus votos.
Sé que eso que digo es soñar despierto, porque, a estas horas, sólo la responsables de la Fundación Caja Madrid, en el chasis después de la crisis, con muchas de sus bibliotecas y centros para mayores cerrados, ha dimitido por haber tenido una de esas tarjetas con la que realizo gastos por un importe que probablemente hubiese salvado alguno de esos centros hoy clausurados. También el gobierno de la Comunidad de Madrid ha cesado a su insolente director de Economía, Pablo Abejas, que, como consejero de Caja Madrid, disfrutó de las mieles dela tarjeta por un importe de doscientos cuarenta y seis mil euros y ha tenido el descaro de decir ahora que todo el mundo lo sabía, pero (nadie decía nada) porque "estamos en un teatro". Pues bien, este señor ha tenido que ser cesado, porque parecía dispuesto a seguir manejando los dineros de los madrileños, pese a haber sido  pillado en un asunto tan escandaloso.
Y hasta ahí llegan las consecuencias, porque el resto de beneficiarios, en la izquierda y en la derecha siguen impertérritos en sus cargos y callados como muertos, algo que no debe  resultarles muy difícil después de haber callado como callaron todo lo que vieron en los consejos de administración a los que pertenecieron. Sólo el secretario general de UGT Madrid, José Ricardo Martínez, se plantea dimitir de su cargo y se ha dado el fin de semana para pensárselo, pero no por vergüenza o por arrepentimiento, sino "porque hay una campaña contra el sindicato" y él no quiere perjudicarle. Curioso planteamiento por parte de quien parece pensar más en él y en su organización que en los cientos de miles de ciudadanos perjudicados por la ruinosa gestión de la caja de la que fue copartícipe.
En fin que tanta desvergüenza, tanto descaro y tan poca decencia no dicen mucho del sistema de representación en que hemos vivido hasta ahora. Un sistema adecuado en origen que todos estos señores han viciado, hasta el punto de hacerlo insoportable. Pero no por estos canallas tenemos que tirar por la borda aquello por lo que tantos lucharon con tanta generosidad. Tenemos que conjurarnos para limpiarle del moho y el óxido que lo recubre por culpa de todos estos chorizos que se han servido de nuestro abandono para infectarlo. Y tenemos que emplearnos a fondo para engrasar una máquina que pese a todo es lo mejor que tenemos.

Minutos después de colgar esta entrada, me entero de que José Ricardo Martínez UGT y Ángel Gómez del Pulgar, de la ejecutiva del PSM, han dimitido. Pues bien, si os digo la verdad, ya han tardado, porque la culpa de hoy es la misma que la de ayer.


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jueves, 2 de octubre de 2014

CASTA INMORAL



Ayer nos enteramos de que casi un centenar de consejeros de Caja Madrid y Bankia disfrutaban de tarjetas de crédito secretas, opacas al fisco, con la que pagaban y compraban sin control alguno desde los trajes que les permitían parecer decentes a la cesta compra semanal. Tarjetas que no figuran en ningún asiento contable ni en contrato ni documento alguno, con las que, además, podían obtener dinero de los cajeros automáticos, dinero sin rastro, con el que podía pagarse cada cual sus vicios, sin tener que dar cuentas ni explicaciones a nadie. Tarjetas que en manos de estos ochenta y tantos consejeros inmorales, colocados para velar por el buen hacer de la entidad, han comprado el silencio de estos miserables, mientras otros, los más listos, las saqueaban ante sus ojos.
Estoy seguro de que tú también lo has pensado, seguro de que, además de haberles dedicado algún insulto, qué menos, habrás llegado a la conclusión de que el denostado Pablo Iglesias tiene toda la razón cuando habla de la existencia de castas. To, ya lo he escrito, hubo un tiempo en que quise o, mejor dicho, necesitaba creer que no era cierto, que unos y otros no eran iguales, pero, a día de hoy, no tengo más remedio que dar la razón a Podemos y concluir que unos y otros, todos, se protegen, callando las miserias del otro y escondiéndose la mierda entre ellos. De ahí que resulte tan cierta la frase mil veces escrita en las paredes, esa que dice "nos mean y dicen que llueve".
Y es verdad, llevan demasiados años meándonos en la cara y haciéndonos creer que lo que nos cae encima no son orines, sino lluvia. Llevan demasiados años haciéndonos creer, a mí entre otros, que las cajas de ahorro buscaban el bien común y no el lucro y, mientras lo hemos creído, ellos, la casta, han estado pagándose uno a uno sus vicios y caprichos y financiando con nuestro dinero proyectos inviables, a  mayor gloria de las siglas de un partido o permitiendo que los amiguetes se hiciesen ricos sin arriesgar un céntimo.
Seguro que con los créditos y las hipotecas usurarios habremos pagado más de una noche de putas y borrachera a esos consejeros inmorales que, con la visa en el bolsillo, firmaban y firmaban sentencias de miseria y, por qué no, de muerte para los pobres gilipollas que les habíamos dado nuestro voto, ese voto que, al final, les sentó en esos consejos de administración inmorales que parecían más un casino de caciques vividores que un órgano de control y representación democráticos. Tarjetas que eran, en realidad, un soborno, barato si echamos cuentas, porque, con los quince millones de euros largos que le costaron a los verdaderos gerifaltes de la caja, han tenido carta blanca para enriquecerse a sí mismos y enriquecer a sus amigos hasta la náusea, amén de financiar mediante créditos condenados a la insolvencia a los partidos y los sindicatos que proporcionaban tan sumisos testigos. 
Algo que ha sido posible porque los órganos de control de los diferentes gobiernos, del PP y del PSOE, porque no ha habido otros, no han querido ver, porque no les convenía, porque mantener un partido es caro y porque poner unos cuantos culos amigos en los consejos de administración pagaba otros tantos sueldos y abría la puerta a la benevolencia cuando las cuentas y las cosas vinieron mal dadas. Quince millones de euros que se ha permitido contabilizar sin más como error informático, cuando, por mucho menos, otros son investigados, y me parece bien, hasta el céntimo.
Están "pringados" en este nuevo escándalo los grandes partidos de Madrid y los grandes sindicatos, algo que, a unos meses de las elecciones locales no les beneficia en nada, Quizá por eso, Pedro Sánchez que dispara antes de desenfundar se ha apresurado a anunciar que se expulsara del partido a los militantes implicados, sin caer en la cuenta que esos consejeros no eran elegidos por sorteo, sino que eran colocados por quienes controlaban el partido en su momento. De hecho, el llego a ser vocal en alguna asamblea de la caja, por designación de la dirección de su partido, una dirección de la que, por cierto, se siente deudor. Habrá que ver que dice cuando los implicados o sus mentores en el partido comiencen a pedirle serenidad y a recordarle algún que otro favor.
Y otro tanto parece ocurrir con IU, en el PP lo doy por descontado, que confirma aquello de que son la casta, una casta inmoral que, durante años y a pesar de mirarse a cara de perro bajo los focos, han estado repartiéndose chollos y privilegios. Una casta inmoral que más vale que pierda el poder para seguir haciéndolo cuanto antes.

miércoles, 1 de octubre de 2014

EN LAS GARRAS DE MONTORO


Fue sólo un instante, pero en esa milésima de segundo, la cámara del fotógrafo capto la mano del ministro cayendo, por un capricho del destino, transformada en garra sobre el código BIDI que representa los presupuestos generales del Estado para el año próximo que, tengámoslo en cuenta, es año electoral. Un gesto que, si no fue intencionado, sí fue muy expresivo e ilumina para muchos, entre ellos yo mismo, la actitud de este gobierno, demostrada año tras año, ante las cuentas que, en buena ley, deberían distribuir la riqueza que es de todos, entre todos.
Las miremos por donde las miremos, las cuentas del Estado reflejan esa relación patrimonial que la derecha ha mantenido siempre frente al mismo.  Así, el ministro, desde su despacho, parte y reparte ingresos y gastos a su entender, castigando y premiando, relegando o primando intereses, según sus afinidades y quereres.
Así, como viene ocurriendo desde que gobierna el PP, ha caído la inversión en la "díscola" Cataluña, del mismo modo que se ha recortado en todo lo que tiene que ver con acortar distancias, en sanidad y, sobre todo, en educación entre los más privilegiados y quienes no han tenido la suerte de nacer en una cuna con blasones. Así, mientras crece en casi un millón el número de familias españolas, afectadas por el paro o la enfermedad, que a lo largo de este último año han tenido que recurrir a las ayudas sociales, privadas o públicas, el presupuesto destinado a ellas se mantiene congelado, del mismo modo que el presupuesto dedicado a las becas Erasmus, las que, según las estadísticas, garantizan una mejor salida frente al paro juvenil, también en el frío.
Es lo que ocurre cuando se elaboran los presupuestos sin salir de los despachos, partiendo de deseos más que de realidades y sometidos a la necesidad imperiosa de maquillar las cifras para hacernos creer, a un año de unas elecciones generales y apenas medio de otras municipales y autonómicas, que se han cumplido los objetivos. Tanto es así, que, en un país cansado de sufrir recortes sus dotaciones sociales, salarios y todo aquello que lleve el apellido de público, devaluado internamente porque aún sigue atado al despotismo monetario de Alemania, el ministro responsable de la caja común, de las cuentas de todos, Cristóbal Montoro, se permite escribir un cuento increíble, grabarlo en un pen drive y enlazarlos c un BIDI, cuánta modernez para un ministro salido de las caverna, para distribuir sus mentiras más a diestro que a siniestro.
Porque qué es sino un cuento un conjunto de sumas y restas, de ingresos y gastos, que parte de una premisa tan falsa, como que los ingresos del Estado van a ser los mismos que fueron durante aquella borrachera de hace siete años, cuando apurábamos las copas del boom inmobiliario que acabó como todos ya sabemos. Pues sí, por imposible y delirante que parezca, ese es el cálculo del que parten, sin ningún rubor, las cuentas del ministro más delirantemente descarado de este gobierno. El mismo que descalifica hasta el insulto a quienes desmienten sus números o critican sus prioridades.
Las cuentas del ministro nos hablando de  un país que no es España, en el que crecen las afiliaciones a la Seguridad Social, cuando él sabe, como todos nosotros, que esas afiliaciones sólo son por días a por contratos miserables que en modo alguno garantizarán las pensiones actuales o futuras. Montoro nos habla de unos ingresos idílicos que no se compadecen con la realidad, porque los provenientes del turismo, una de nuestras mayores fuentes de ingresos, pueden ser grandes en cifras de viajeros recibidos, pero han caído estrepitosamente en cuanto a calidad y gasto realizado por cada uno de los turistas.
Pero no importa. Este gobierno y los que ostenta su partido en las autonomías que gobierna han caído en la cuenta  de que mentir en las estadísticas no es tan grave y que un titular construido con una de esas mentiras pesa menos en la conciencia de la gente que los desmentidos posteriores que a duras penas logra asomar en los medios. Lo cierto es que, de momento y si no le ponemos remedio en las urnas con nuestros votos, seguimos en las garras de Montoro.



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