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viernes, 21 de diciembre de 2012

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

 
 
La derecha de este país tiene la conciencia de que todo lo público se despilfarra y lo privado tiende a la buena gestión y no me extraña que así sea, porque hay todo un pasado que les da la razón, más si miran en su entorno, porque muchas de las grandes fortunas que hoy tienen a sus vástagos en las filas del PP, el único partido visible d la derecha, tejieron sus fortunas con los hilos que iban soltando de lo público.
Quién no ha oído hablar alguna vez del dinero amasado por algunos en torno al hambre de los años posteriores a la guerra civil. Quién no ha oído hablar del estraperlo, de los abastos, del cemento de las obras públicas, de toso aquello que escaseaba o se hacía escasear para beneficio de unos pocos. Quién no conoce alguna historia de familias cuyas fortunas subían como la espuma, mientras el hambre y la enfermedad asolaban al resto de la población.
Quién no ha escuchado historias de enchufes en los ministerios, de hijos de papa que, ya desde muy pequeños, correteaban por el negociado de su padre, porque sabían que esos pasillos y esos despachos eran parte de las propiedades de la familia. Quién no sabe de lazos de sangre y alianzas familiares fraguadas entre esas paredes y de negocios, suministros o licencias de importación otorgadas a tíos, primos y cuñados.
Todo esto pasaba en tiempos de la dictadura, cuando atreverse a denunciarlo en algo más que un chiste de cafetería podía costar muy caro. Sólo al final de la vida del dictador, que para su mal había colocado al inútil de su yerno en el hospital al que le llevaron a mal morir, algunos periodistas se la jugaban hablando de matesas, redondelas y soficos en revistas que pasaban más semanas secuestradas que en los kioscos.
Llego la democracia, llegaron los sindicatos libres y, con el "enemigo" metido en casa, seguir con ese ritmo se hizo difícil y arriesgado, así que las grandes fortunas comenzaron a hacer sus negocios fuera de la Administración, aunque conservando dentro de los ministerios a la mayor parte de esos buenos amigos dispuestos a, de vez en cuando, proporcionar algún que otro pelotazo.
Y, hablando de pelotazos, llegó la especulación inmobiliaria, las recalificaciones, el ladrillo. Con buena información y algún que otro regalo a tiempo, el dinero siguió fluyendo como hasta entonces. Lo malo es que, con el cemento, llegaron los advenedizos, los nuevos ricos, sin clase, con los que había que compartir los partidos de golf y los negocios y lo que había sido un club cerrado, en el que la sangre y la casta eran tarjeta de visita, se llenaron de patanes de esos de fajo de billetes en el bolsillo. Y, por si fuera poco, lo del cemento se ha acabado y por mucho tiempo. Así que el dinero polvoriento y aspero del negocio del ladrullo ha buscado otros negocios y los ha encontrado.
Regresemos al presente. Desde hace un año y nunca como ahora, la derecha de este país, la de casta y la de los patanes, ha tenido tanto poder y tiene apenas dos o tres años para aprovecharlo, A eso es a lo que se están dedicando allá donde la candidez, irresponsabilidad o el consentimiento consciente de muchos, demasiados, ciudadanos les han dado la mayoría absoluta. Y están llenando con toda frialdad el saco del botín: hospitales, televisiones, trenes... todo vale si se le sacan unos cuartos o se lo sacan los amiguetes que luego sabrán ser generosos.
Y así ha sido con el silencio resignado de los ciudadanos, con el silencio de los corderos que, pese a que sospechan que les llevan al matadero, callan o a lo sumo balan lastimeramente. Este país ha pasado por mucho. Y de tanto pasar ha aprendido a callar, pero este país tiene un defecto que es virtud: se cabrea muy de vez en cuando, pero cuando se cabrea, se cabrea como nadie.
 
 
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viernes, 24 de agosto de 2012

PRIVATIZA QUE ALGO QUEDA

 
 
No sé cuándo le extirparon a la presidenta madrileña la glándula que segrega los escrúpulos, pero debió ser hace mucho tiempo. Aunque, quizá, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, como casi toso los aristócratas tuvo el privilegio de nacer sin ella, una ventaja genética que les permite hacer y decir lo que les viene en gana sin remordimientos ni sensiblerías.
Lo ha demostrado siempre que ha tenido ocasión y aún sin tenerla y no ha perdido ni un segundo, tras regresar de sus largas vacaciones, en volver a hacerlo. Ayer, sin perder un sólo minuto, tras acompañar al rey, se soltó el pelo ante la prensa y, con la chulería que le caracteriza, enmendó la plana al ministro del Interior, al Tribunal Supremo y, naturalmente, a todo aquel que no comparte su credo neoliberal y tipartista.
Pero, además, habló de la que parece ser su misión en este mundo: privatizarlo todo, vender rápido y barato lo que es de todos, porque se pagó con el dinero de todos y se creó para servir a todos. Lo está haciendo ya y cómo en la Sanidad, con la creación de nuevos hospitales de gestión privada, con la externalización de muchos servicios y, sobre todo, facilitando "oportunidades de negocios" a todos sus amiguetes. Lo está haciendo en Sanidad y pretende hacerlo en otros sectores como el del Transporte o el de la Televisión Pública.
Ayer mismo y casi simultáneamente se supo que la Comunidad de Madrid, en plena vorágine de recortes, va a gastarse un millón de euros en pagar sendos informes que exploren la viabilidad de dar entrada al capital privado en el Metro y Telemadrid. Desgraciadamente sé lo que supone la aparición de esas consultoras. No hacen sino convertirse en brazo ejecutor, aligerado de sentimientos y de responsabilidades, del desmembramiento de las empresa, los eres y los despidos que, ya digo que por desgracia, todos conocemos.
El caso de Telemadrid es evidente. La televisión pública nació como proyecto ilusionante y con una importante audiencia que se mantuvieron, incluso, con Gallardón en la presidencia de la comunidad, pero llegó Aguirre con sus maneras y los informativos perdieron cualquier objetividad, mientras la programación, salvo honrosas excepciones, fue haciéndose cada vez más chabacana y aburrida. Dicho de otro modo, la información no era, no es, otra cosa que la voz de Esperanza Aguirre y el resto de la programación, en gran parte externalizado y de escaso éxito. Lo cierto es que si la presidenta ha mantenido la televisión pública -su proyecto era mantener únicamente el control sobre los informativos y privatizar el resto de la programación- ha sido porque no tenía como tiene ahora todas las televisiones "talibanas" -perdón, presiente, pero me lo pide el cuerpo- para extender su verdad unívoca por las ondas. Ahora las tiene y por eso se apresta a vender lo que ya no necesita, aunque no sea suyo, sino nuestro.
Lo del metro es parecido, porque el metro, en el que, por cierto, Telemadrid, con las maravillas de Aguirre, se ve y se escucha continuamente a todo volumen. El metro de Madrid, el mejor del mundo, el único que se anuncia en sus propias instalaciones, ha sido a lo largo de años y años el mejor banderín de enganche para los votantes del PP madrileño. Pero el metro de Madrid se ha convertido en un monstruo ingobernable y caro, cada vez más caro y cada vez peor mantenido.
O sea, el metro ya no es esa pancarta electoral que Aguirre quiere y, poco a poco, repliega velas en él, cerrando accesos a las estaciones, subiendo las tarifas y abaratando hasta el imposible los costes de las subcontratas que, por ejemplo, lo mantienen limpio. Y digo esto, porque estos días se están llevando a cabo paros en la limpieza, porque la adjudicataria Eulen, que consiguió el contrato con un precio muy por debajo del de su antecesora, dice ahora que es insostenible y unilateralmente ha decidido, rebajar a la mitad el sueldo de los trabajadores "heredados" de ella.
La dirección de Metro, como hará siempre que se repitan casos similares, dice que ese no es un problema suyo, sino de Eulen y sus trabajadores. Y no es cierto, porque adjudicar el contrato por debajo de los precios de mercado sí lo es.
En fin, que eso es lo que va a pasar a partir de ahora con esta y otras empresas públicas madrileñas y en las refriegas los únicos perjudicados vamos a ser los usuarios y los trabajadores, porque seguro que ellos, los que deciden, las privatizaciones encontrarán consuelo en alguna que otra prebenda o algún que otro favor de los adjudicatarios.
 
 
 
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