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viernes, 12 de julio de 2013

GOTZON

 
 
Hoy es tal el hastío, la náusea que siento al reencontrarme en la radio, como cada mañana, con el país de sinvergüenzas en el que vivo, que necesito hablaros de algo hermoso y qué más hermoso que la amistad. Una amistad que en este caso me vino de la mano de otro amigo, Rodolfo, un viernes como hoy de hace apenas tres meses.
Fue entre cañas, algún que otro vermú y el bullicio de una cervecería de la calle Toledo. Llegué un poco más tarde que de costumbre a esa cita indeterminada -nunca sabemos cuántos ni cuándo iremos a comer- de todos los viernes y, entre los amigos, había una pareja que no conocía, más que guapos, hermosos, pelo blanco los dos y ojos, azul intenso los de él, y de un verde indescriptible los de ella. Eran, son, Gotzon y Maxen. Escultor él y librera valiente ella. Me los presentó Rodolfo que, como siempre hace con sus amigos, me los puso por las nubes, una mala costumbre suya, porque., luego, un tiene que ponerse a averiguar cómo son en realidad. Sin embargo, tengo que admitir que, en este caso, iba sobrado de razón.
Fue escucharles hablar, con esa música tan bonita que le ponen a las palabras los guipuzcoanos, y recordar aquellos veranos pasados en Ubegun, un caserío entre Orio y Aya, cuando manuela aún era una niña. Y recordar esos valles y esas montañas suaves y verdes que tanto añoro, más cuando en Madrid, como ahora, han dejado abiertas las puertas del infierno. Y, en esa música, con el recuerdo de esos paisajes y otros de mi mitad navarra, nos fuimos enredando en una conversación que duró toda la tarde, pero que debió quedarse corta, porque al día siguiente, anticipándose a lo que yo, tímido donde los haya, me hubiese anticipado.
Hablamos del paisaje, sí, pero también de política, de la paz que parece asentarse en Euskadi y, claro, salieron a relucir los amigos y a algunos de los amigos de Gotzon, siempre y aunque sólo fuese uno serían demasiados, los han matado. Luego, en casa, imaginé todos estos años de la vida de Gotzon y Maxen, en Andoáin, comprometidos y conocidos, con una hija que tuvo que compartir también la angustia y los sobresaltos, años durísimos para quienes escogieron aguantar el miedo de pie y vivir con dignidad. Hablamos de cosas duras como esas y, sin embargo,  Gotzon lo contaba con la dulzura, y esa música que os digo, de su voz y una luz maravillosa en sus ojos.
Volvimos a vernos, porque quiso estar presente en el concierto con que, Ismael, el hijo de Rodolfo, cerraba su gira española -los conciertos de Ismael en Madrid son para nosotros como ceremonias de consagración de la amistas, y ese fue especialmente hermoso- Comimos y paseamos por ese Madrid hermoso y multicolor de La Latina y Lavapiés, camino del Price. Le llevé a la fuente de Cabestreros que, quizá por insignificante -nunca fue monumental, sólo útil- aún conserva la placa que recuerda que la levantó la República Española. Vimos la fuente y el paisaje cambiado con plazas abiertas en lo que fueron solares, donde matan las horas, sentados en cuclillas, decenas de africanos del barrio. Y acabamos en el Café Barbieri, en el que pasé algunas tardes de mi juventud, y que pese al paso del tiempo y a que ahora se sirven más gin tonics que cafés, sigue resistiendo, junto al Gijón y el Comercial, la agresión de los Starbucks y compañía.
A la mañana siguiente, volvió a llamarme y charlamos de nuevo, como si aquella tarde y el backstage del concierto tampoco hubiese sido suficiente, me anunció que su hija Lanbroa pasaría también por Madrid y me pidió que fuese su "contacto" para esa breve visita. Otro regalo de amigo, porque para entonces ya lo era, el de la amistad de Lanbroa, empeñada en que se conozca fuera de Euskadi la obra de Gotzon, que yo, cómplice, os invito a conocer.
Estoy deseando tocar alguna de esas piezas en madera de olivo, en las que Gotzon no trata de vencer, de domesticar al árbol, sino de descubrir los impulsos de vida que el agua, la tierra y el tiempo han ido esculpiendo, ellos también en el árbol. Sólo las he visto en dos dimensiones, en fotografía. Por eso, imagino el placer de deslizar mis dedos sobre la madera encerada de cualquiera de ellas. Entre otras cosas, porque, con ello, andaré los caminos descubiertos en la madera por mi amigo.
Ayer sentí ganas de hablar con él y lo hice. Estaba cenando con Maxen en el jardín de su casa de Andoáin. Hablé con los dos, me ofrecieron su casa y me invitaron una vez más a ir a verles a ese pedacito de paraíso en el que viven. Pero fue Maxen la que me hizo el mayor de los regalos cuando me hizo ver que ya éramos buenos amigos y remató el envoltorio de tan hermoso presente, poniéndole el lazo de esta frase: "a los sesenta uno escoge bien a los amigos",
Creo que no tardaré en ir a verles.
 
 
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sábado, 25 de mayo de 2013

NOSTALGIAS

 
 
Siempre me ha inquietado esa sensación cada vez más habitual en mí de sentir nostalgia por algo no vivido. No sé cómo explicarlo, quizá sólo sea afinidad por aquello que creo añorar o, simplemente, el anhelo de haberlo vivido. Me pasa mucho con París, pero no con el Paría al alcance de un billete de avión, un hotel o la casa de un amigo. No, el París que añoro es un París imposible de recuperar. El París que imagino con olor a pan recién hecho y lecheros que acarrean su mercancía en triciclos, sobre la calzada de calles brillantes que acaban de ser regadas o con gente sentada en la terraza de un café, leyendo el periódico o mirando pasar la vida ante una taza de infusión o un aperitivo.
Sé que es absurdo, porque ese París que añoro es sólo imaginado o reconstruido a partir del pasaje de una novela, los versos de un poema, el estribillo de una canción, el humo, los murmullos, las risas y el jazz improvisado en una cava, una foto no posada de Doisneau o una escena de cualquier película en blanco y negro, eso sí, de François Truffaut o Louis Malle.
Me gusta París, como me gustan los recuerdos, vividos o inventados, y no siempre los míos. Me gusta compartir con amigos esos retazos de vida, suyos y míos, que dibujan una sonrisa y encienden los ojos de quienes escuchamos. Es algo que me ocurre con más frecuencia últimamente, no sé si porque vivo solo o porque estoy ya en esa etapa de la vida en la que pesan mucho más los recuerdos que las expectativas. Quizá sea por eso, aunque también puede deberse a que tengo unos amigos interesantes a los que no dejo de descubrir cada día, con los que las horas pasan lentas y placenteras ante una mesa o en torno a unas cañas en la barra de un bar. Ese es el gran secreto. Comparto con mis generosos amigos mi vida y sus vidas. Y aprendo, siempre aprendo, siempre descubro en ellos matices y vivencias que no dejan de sorprenderme y, claro está, de sorprenderme.
Es curioso que, como en el caso de mi nostalgia de ese París irrecuperable, con mis amigos, tengo la sensación de asomarme a sus vidas como un espectador privilegiado, al que permiten compartir amistades, poemas, canciones o recuerdos. De vez en cuando, incluso, se enredan en los versos de un tango, en una escena de "La venganza de Don Mendo" o en la explicación de un juego de manos, dejándome con la sensación de que es poco lo que yo les aporto, salvo, quizá, las fotos. Esas fotos en que mi Canon, en modo todo automático, les saca tan guapos, pese a que, con mis ojos, apenas puedo hacer otra cosa que encuadrarles y aislar el momento en el espacio y el tiempo.
Es una suerte tenerles cerca, como es una suerte haber pisado las calles de París después de una de esas tormentas que se desatan allí en julio que multiplican la belleza de esa ciudad, como multiplican ellos la de mi vida.
En fin, es una suerte poder edificar mi nostalgia con los ladrillos de sus recuerdos y, teniendo eso, no creo que deba envidiar nada.
 
 
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