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lunes, 25 de febrero de 2013

UN ESPEJO EN EL QUE MIRARSE

Desde hace horas no hacemos otra cosa que mirar con más desprecio que preocupación el panorama electoral italiano que pondrá fin, o no, a ese experimento antidemocrático que supuso la llegada a la jefatura del gobierno de un tecnócrata como Mario Monti que, con sus luces y a sus sombras, sus errores y su s aciertos, carecía de lo más importante a que debe aspirar un gobernante en democracia y que es el respaldo de los votos.
Ahora, concluida esa legislatura bizarra que arrancó con un Berlusconi haciendo como siempre feos equilibrios en el parlamento y concluye con los italianos exhaustos por los sacrificios impuestos por un Monti que, pese a su coherencia y credibilidad, no ha traído al país el tan ansiado despegue, los votantes, cada uno de su padre y de su madre, desde los fatalmente pobres y morenos italianos del Sur -napolitanos, sicilianos y calabreses- carne de emigración, con los italianos de la Padania, casi "tudescos", rubios y generalmente ricos y altivos, se enfrentan a unas nuevas elecciones sin salida, en un país que pasó ya hace años por la descomposición en el caldo fétido de la corrupción de esos partidos tradicionales por la que parecemos condenados a pasar también nosotros.
Una sucesión de gobiernos inestables, en un proceso caótico al que a punto estuvieron de dar salida con aquel "compromiso histórico" entre la Democracia Cristiana de Aldo Moro y el PCI de Enrico Berlinguer, el elegante y doliente líder de la izquierda, que fue frustrado por el oscuro secuestro y asesinato de Moro que, aunque firmaron las Brigadas Rojas, se consintió, si no organizo desde las más negras cloacas del Estado.
Después de aquello, más de lo mismo, con la eterna presencia del siniestro Andreotti, sospechoso, si no culpable, de entendimientos con la Mafia, con un Bettino Craxi, líder del Partido Socialista, que fue clave en tantos y tantos gobiernos y que se dejó salpicar por la corrupción hasta que exiliado murió en Túnez. Un caos cotidiano que quebrantó la poca fe en la democracia que un conservaban los italianos, hasta el punto de echarles -manos limpias mediantes- en los brazos del sinvergüenza de Berlusconi, que supo recompensar los más bajos instintos de pobres y ricos con su arrogancia, su machismo y su inmoralidad manifiestas.
El resto no se puede recordar sin sonrojo, pero, al parecer, se puede olvidar para volver a caer en los errores de siempre, porque Berlusconi volverá, al menos al parlamento, y los italianos entrarán de nuevo en la centrifugadora de esperanzas. En eso, o en la consacración de la bufonada nihilista de Grillo que a saber qué esconde tras su aparente anarquismo, porque podría ser o convertirse en un nuevo submarino berluscoliano.
Ojalá me equivoque y ojalá España no siga los pasos de Italia. De verdad lo espero y creo que, si no hemos seguido la senda de los italianos es porque los dos grandes émulos de Berlusconi, Ruiz Mateos y Jesús Gil, no se hicieron con una televisión a tiempo, porque equipos de fútbol sí tuvieron. Espero que el Berlusconi español, si es que finalmente lo va a haber, no haya terminado aún, no ya el COU, sino la ESO o como quiera que se llamen ahora. Así, al menos, tendríamos tiempo de evitarlo.



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lunes, 24 de diciembre de 2012

¿ESTADOS PARALELOS?

 
 
No ahora, sino desde hace tiempo, se escucha con demasiada frecuencia y también, por qué negarlo, con demasiado retintín que "España es un estado garantista en exceso". Determinar quién lo dice es de mucha ayuda para saber por qué lo hace. Lo dicen, lo escriben y lo dan a entender todos aquellos para los que, precisamente, esas garantías se convierten en obstáculos, rémoras, frenos y todo lo que se nos pueda ocurrir a la hora de conseguir sus objetivos.
Nada de garantías. Los jueces no hacen otra cosa que alargar los procesos, buscarle tres pies al gato y producir sentencias que, no hay más que leer los periódicos, son en ocasiones escandalosas. Eso de las garantías es para que los listos se escurran por las rendijas de las leyes. Así que seamos prácticos y actuemos dejando a los jueces al margen.
Eso es lo que, al parecer, está ocurriendo en determinados rincones de nuestra Policía, porque, a pesar de lo que nos zurran -demasiado a menudo últimamente- es nuestra y sirve, o debería servir, para que responsabilidades como las que están aflorando en la tragedia del Madrid Arena salgan a la luz, pero siempre de la mano del juez.
Ahora, decía, como lo cuenta EL PAÍS en si edición de hoy, hay policías dispuestos, también al parecer, a investigar por su cuenta a políticos, periodistas, jueces y fiscales catalanes, a los que se ha indagado en España y fuera de ella, que, curiosamente, están o han estado enfrente del actual gobierno. Según la información, elaboran, a base de refritos de informes existentes, con datos falsos o inventados, y siempre a espaldas de los jueces, dosieres con presuntos informes policiales que hacen llegar a distintos medios de comunicación, hasta que, al final, alguno con menos escrúpulos o intereses más torticeros que los demás acaba por publicarlos.
Es lo que ocurrió con el famosos "borrador" lanzado contra Artur Mas y la familia convergente, o sea, los Pujol, sobre su implicación en el caso Palau. Un informe que, evidentemente, resultó tan oportuno como interesado y que pese a su trascendencia en la campaña electoral catalana, el Ministerio del Interior y el Gobierno en general no tuvieron el más mínimo interés en desmentir.
Los datos que publica hoy EL PAÍS son tan elocuentes que resultaría más que chusco que el ministro Fernández Díaz, procedente de la política catalana, no saliese a dar la cara, garantizando que va a poner todo su empeño en desenmascarar esa oscura trama.
Dudo que lo haga, aunque me gustaría estar equivocado. Porque aquí todo vale si sirve para un propósito y parece que en algunos estamentos se da por bueno, desde estas oscura fontanería a la imagen de un general de la Guardia Civil recuperando Cataluña para una España que vuelva s ser, si no libre, si al menos una y grande.
Todo esto me da mucho miedo, como me da mucho miedo que el ministro del Interior dé órdenes a la Policía para identificar a todo bicho viviente presente en el escenario de concentraciones y protestas, para multarle, sin más miramiento, con una multa de 600 euros -el equivalente al sueldo de mucha gente y más si es joven- que sólo podrá reclamar si abona una tasa de 700, con el riesgo de que el castigo por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada se convierta en 1.300 euros más la minuta de los abogados.
Esto recuerda preocupantemente al estado de excepción de los regímenes autoritarios, en los que "los guardias" tienen toda la autoridad y acaban siendo juez y parte. Es como no podía ser de otro modo una perversión burda de la democracia, en la que, con el silencio del mayor partido de la oposición, entretenido en lamerse las heridas y en hacer penitencia y ejercicios espirituales, se cambian las reglas del juego sobre la marcha, unas veces por Fernández Díaz, otras por Gallardón, para garantizarse la más absoluta impunidad.
Como no podía ser de otro modo es un método más a la brava que el florentinismo del primer ministro italiano, Mario Monti, que sin haberse presentado a ninguna elección pretende seguir al frente del gobierno sin presentarse tampoco a las próximas.
¿Son o no estados paralelos que presagian lo peor? Un nuevo fascismo de guante blanco, por ejemplo.
 
 
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