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martes, 6 de marzo de 2018

PA' MATARLOS


Andan como locos los analistas tratando de encontrar una explicación a los diabólicos resultados de las elecciones italianas, ese empate a tres entre opciones irreconciliables que difícilmente se pondrán de acuerdo para sacar adelante un gobierno capaz de conducir el país los próximos cuatro años. Una explicación que no hay que buscar muy lejos. Si los analistas son españoles, les bastaría con mirar por la ventana, con encender un televisor o "pegar" la oreja en la cola del pan, para darse cuenta de que este país, que a duras penas sobrevive a otros resultados tan diabólicos como los de Italia sufre del mismo mal, que no es otro que la injusticia generalizada, la desesperanza de las víctimas de la crisis y la soberbia de quienes pilotan el desmantelamiento del estado de bienestar, de todo cuanto creíamos sólido, que diría Muñoz Molina, incapaces de mirar más allá de los papeles y las cuentas que ponen sobre su mesa.
Lo que está claro es que todo lo que nos está pasando es consecuencia, no de los cambios políticos, sino de la salvaje revolución económica, que está acabando con las viejas, aunque seguras, economías productivas, en las que un trabajador hacía equis tornillos que se vendían a tanto cada uno, generando en su jornada una riqueza a repartir entre el mismo trabajador, el empresario y el Estado, que por vía de los impuestos, las cotizaciones sociales y demás, redistribuía la riqueza, garantizando ese bienestar y ese futuro que tanto vamos a echar de menos. Pero las cosas han cambiado y la solidez de entonces, las certidumbres en las que nos movíamos, en las que crecíamos, se han vuelto líquidas, como metal fundido, como la liquidez de beneficios que pretenden esos patrones que ya no pisan las fábricas, que ya no huelen el sudor de los obreros, no saben de sus penurias, ni, lo que es peor, les importan.
Y esos empresarios, sin rostro, sin alma, sin nacionalidad, se compran gobiernos, gobiernos a los que compran países, gobiernos que cambian el futuro y la seguridad de sus ciudadanos, por el futuro, éste sí suyo, en los consejos de administración de las empresas de sus amos, y la seguridad de pensiones obscenas, colocadas en los paraísos fiscales que nunca han querido erradicar.
Con la ayuda de la prensa, con una izquierda asustada y seguidista, demasiado acomodada para bajar a la calle y remangarse junto a los más débiles, con unas instituciones supranacionales despóticas, nos han engañado, haciéndonos creer que eran de los nuestros, que pensaban en nosotros, que defenderían nuestros intereses, que, incluso, podríamos llegar a ser como ellos, a estar donde están ellos. Pero no, ya no. Como no se puede engañar a todo el tiempo todo el mundo, hemos despertado del sueño para caer en la pesadilla y todos, cada cual a su manera, nos estamos rebelando.
Nos rebelamos, porque no les basta con explotarnos, con quedarse con lo nuestro. Necesitan además humillarnos, marcar nuestras vidas con sus los orines de su desprecio. Felicitarnos como hizo la muy torpe, la muy soberbia, ministra de Trabajo y Seguridad Social, la inefable Fátima Báñez que tuvo la osadía de felicitar a los jubilados por la ridícula subida de sus pensiones, cuando ellos y ella saben de sobra que cada uno de ellos pierde más alrededor de cien euros al año en copago farmacéutico y otros tantos o más en los incrementos del IPC en energía, alimentos, transportes y demás.
Por eso, por verse ahora engañados y ofendidos, han salido a la calle a gritarle, a Rajoy y a quien sea, que ya están hartos, a pedirle que se vaya, pero como se lo pedirían igualmente a Renzi, autor de una reforma laboral “a la española”, a Merkel o a Teresa May si los tuviesen a mano. Así que nadie se extrañará si dentro de unos meses nos vemos de nuevo frente a unos resultados tan diabólicos como los de las elecciones italianas. Pero no cantemos victoria, no nos engañemos, el día que nos llamen a votar. antes de echarnos a la calle tenemos que hacer una parada frente al espejo para mirarnos detenidamente, para, con tranquilidad, darnos cuenta de que nada tenemos que ver con Rajoy, con Rivera, su versión 2.0, o con el gobernador del Banco de España que ayer, lleno de impudicia, se permitió regañar a los pensionistas por haber invertido sus ahorros en una vivienda y no en activos financieros, las malditas preferentes lo eran, para disfrutar de una jubilación tranquila. Como diría mi vecino, "pa' matarlos"

lunes, 25 de febrero de 2013

UN ESPEJO EN EL QUE MIRARSE

Desde hace horas no hacemos otra cosa que mirar con más desprecio que preocupación el panorama electoral italiano que pondrá fin, o no, a ese experimento antidemocrático que supuso la llegada a la jefatura del gobierno de un tecnócrata como Mario Monti que, con sus luces y a sus sombras, sus errores y su s aciertos, carecía de lo más importante a que debe aspirar un gobernante en democracia y que es el respaldo de los votos.
Ahora, concluida esa legislatura bizarra que arrancó con un Berlusconi haciendo como siempre feos equilibrios en el parlamento y concluye con los italianos exhaustos por los sacrificios impuestos por un Monti que, pese a su coherencia y credibilidad, no ha traído al país el tan ansiado despegue, los votantes, cada uno de su padre y de su madre, desde los fatalmente pobres y morenos italianos del Sur -napolitanos, sicilianos y calabreses- carne de emigración, con los italianos de la Padania, casi "tudescos", rubios y generalmente ricos y altivos, se enfrentan a unas nuevas elecciones sin salida, en un país que pasó ya hace años por la descomposición en el caldo fétido de la corrupción de esos partidos tradicionales por la que parecemos condenados a pasar también nosotros.
Una sucesión de gobiernos inestables, en un proceso caótico al que a punto estuvieron de dar salida con aquel "compromiso histórico" entre la Democracia Cristiana de Aldo Moro y el PCI de Enrico Berlinguer, el elegante y doliente líder de la izquierda, que fue frustrado por el oscuro secuestro y asesinato de Moro que, aunque firmaron las Brigadas Rojas, se consintió, si no organizo desde las más negras cloacas del Estado.
Después de aquello, más de lo mismo, con la eterna presencia del siniestro Andreotti, sospechoso, si no culpable, de entendimientos con la Mafia, con un Bettino Craxi, líder del Partido Socialista, que fue clave en tantos y tantos gobiernos y que se dejó salpicar por la corrupción hasta que exiliado murió en Túnez. Un caos cotidiano que quebrantó la poca fe en la democracia que un conservaban los italianos, hasta el punto de echarles -manos limpias mediantes- en los brazos del sinvergüenza de Berlusconi, que supo recompensar los más bajos instintos de pobres y ricos con su arrogancia, su machismo y su inmoralidad manifiestas.
El resto no se puede recordar sin sonrojo, pero, al parecer, se puede olvidar para volver a caer en los errores de siempre, porque Berlusconi volverá, al menos al parlamento, y los italianos entrarán de nuevo en la centrifugadora de esperanzas. En eso, o en la consacración de la bufonada nihilista de Grillo que a saber qué esconde tras su aparente anarquismo, porque podría ser o convertirse en un nuevo submarino berluscoliano.
Ojalá me equivoque y ojalá España no siga los pasos de Italia. De verdad lo espero y creo que, si no hemos seguido la senda de los italianos es porque los dos grandes émulos de Berlusconi, Ruiz Mateos y Jesús Gil, no se hicieron con una televisión a tiempo, porque equipos de fútbol sí tuvieron. Espero que el Berlusconi español, si es que finalmente lo va a haber, no haya terminado aún, no ya el COU, sino la ESO o como quiera que se llamen ahora. Así, al menos, tendríamos tiempo de evitarlo.



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