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jueves, 21 de marzo de 2019

INFANTILISMO


En alguna ocasión, quien más y quien menos hemos sido testigos del comportamiento anómalo y retador de los niños que, cansados de tener que obedecer a sus mayores, un día deciden, las más de las veces sin ser conscientes de lo que hacen, retarles imponiendo sus propios tiempos, resistiéndose a obedecer o, en todo caso, remoloneando antes de obedecerles.
Ese comportamiento es tan viejo como la misma vida y es común a todo tipo de cachorros que, entre juegos y veras, miden su capacidad de resistencia ante sus mayores, provocándoles con sus evasivas y forzando la situación a la búsqueda del límite en el que el que tiene el mando estalla, a sabiendas de que, al final, tendrá que obedecer.
Lo que ocurre es que, mientras esto sucede, el niño se convierte en protagonista e invierte esa cadena de mando que le aburre. Lo malo es que, en más de una ocasión, mide mal y fuerza las cosas más allá de lo razonable y acaba escapándose algún grito, cuando no un cachete. Lo sabe muy bien quien tiene contacto con niños, porque más de una vez es testigo de estos envites a la hora de comer, de vestirse o de hacer las tareas.
Lo más curioso es que de sobra saben los "protagonistas" de estos "juegos" que, al fin y a la postre, son estériles y que, salvo esos minutos, horas o días, de gloria, de ser el centro, poco o nada es lo que consiguen. Quizá un berrinche, una colleja o un sentimiento de culpa o abandono que antes del juego, del que ya no recuerda el origen, no tenía.
Sé que comparar ese juego con el tira y afloja que estamos viviendo a propósito de los lazos amarillos colgados en las fachadas de los edificios públicos de la administración catalana puede ser un ejercicio demasiado simple, pero no me resisto a comparar al president Torra, un niño grande, desobediente y respondón, con los protagonistas de esos "juegos" infantiles de los que os hablo.
En mi opinión, Torra, sólo o aconsejado, por no decir impelido, por otros, se hace el interesante, tarda en obedecer las órdenes de la autoridad que todos, catalanes incluidos, nos hemos dado, remoloneando y haciéndose la víctima, lloriqueando, cada vez en voz más alta, con más intensidad, para llamar la atención de sus vecinos y poner en evidencia a sus padres, en este caso la justicia española, y de sus votantes que, como el niño del berrinche, ya no ven otra cosa que el lazo o su ausencia y olvidan todos lo demás, la cama, la comida, la ropa, el colegio, los juguetes, el cariño y todo lo que ha recibido o puede recibir de sus padres.
Sin embargo, creo que lo de Torra responde a una estrategia más perversa y que el fin de quienes están al frente de la Generalitat y quienes les apoyan no es otro que el de vivir en un berrinche eterno, hoy por esto, mañana por lo otro, en el que lo que menos importa son los verdaderos motivos, porque lo que cuenta es el ruido ¿Infantilismo? Sí, infantilismo, aunque perverso.

miércoles, 20 de marzo de 2019

LAZOS POR POLÍTICA


Llevamos ya demasiado tiempo pendientes de las "performances", los "numeritos", de la élite independentista catalana que, apoyándose en los partidos extremistas de la derecha "española", como esa derecha se apoya en sus estridencias, para mareando la perdiz de los sentimientos, sacar ventaja sobre quienes realmente quieren ocuparse de la gente sin caer en ese juego estúpido y perverso a la vez, de poner y quitar lazos, en lugar de solucionar los problemas reales de la gente real.
Tanto infantilismo, que en realidad no lo es, me supera. Este "y tú más" en el que se han embarcado PP y Ciudadanos, por un lado, e independentistas, por otro. Estoy seguro de que ni los votantes de los partidos independentistas catalanes ni los que allí y en el resto del España creen premiar con su voto el "coraje" de quienes "tocan las pelotas" al soberanismo y, de paso, a quienes busca la solución desde el diálogo, abriendo una tercera vía que funcionó durante décadas en las relaciones siempre difíciles entre Cataluña y "Madrid".
Lo malo es que esta guerra infantil, esta "guerra de los botones", a que han reducido un conflicto real y mucho más serio, oculta el día a día de los catalanes, el de los hospitales saturados de los parados, el de los colegios, las carreteras y la cesta de la compra. el de los parados y las mujeres maltratadas, el del precio de los alquileres y las calles saturadas de turistas, el de los transportes públicos, el de la falta de los medios para la ciencia y la investigación, el de la falta de cuidados y residencias para los ancianos y todo aquel que no puede valerse por sí mismo, yodo eso, TODO, parece haber quedado en su segundo plano, detrás del magnífico espacio escénico de los lazos y las marchas y concentraciones, diseñado exclusivamente para dejar a unos y otros con la boca abierta, mientras, unos y otros también, se quedan con sus votos y, de paso, con sus carteras.
En este punto conviene y cuánto, recordar de dónde vienen esta guerra de lazos y lo que representa. Conviene volver la vista sobre el desprecio con que el  gobierno de Rajoy trató a Cataluña, espoleado por los buenos resultados electorales que su acoso, boicot al cava y a los embutidos incluido, obtuvo en su guerra contra ese Zapatero "vendepatrias" que osó aceptar y apoyar el estatuto de autonomía que los catalanes se dieron, no sólo con la aprobación del Parlament y el Congreso, sino, además, con la aprobación en referéndum, el último celebrado legalmente, de la gran mayoría de los catalanes, un estatut que el PP llevó a "su" Tribunal Constitucional para darle "un cepillado" que lo dejó más muerto que vivo.
Eso, sin olvidar la huida hacia adelante emprendida por Artur Mas, heredero de Pujol y sus pecados, que, en plena crisis, acosado por lo que se iba sabiendo de la corrupción de la "familia" que gobernó Cataluña durante tres décadas y con una respuesta social a los recortes salvajes, los primeros, que impuso a lo público, con cerco al Parlament incluido, emprendió una huida hacia adelante, que aún dura, yendo de elecciones en elecciones y de referéndum en referéndum, volviendo el panorama político de Cataluña cada vez más oscuro y difícil.
En esas, llegó la CUP como pieza imprescindible para lograr el gobierno y, con ella, la radicalización y la salida del tibio Mas, que dejo su puesto al pirómano Puigdemont que, después de proclamar y suspender la independencia y de lanzar a la gente a una votación ilegal, estúpidamente reprimida por  el nefasto ministro Zoido, ya en un rincón de la Historia, provocando los más graves incidentes que recuerda este país, al margen, claro está y por más que le moleste a la marquesa pija, de los tiros de Tejero en el Congreso y los tanques de Milans en las calles de Valencia.
Vinieron luego las citaciones a los miembros del gobierno catalán responsable de aquello y la huida de Puigdemont a Bruselas, ejemplo claro de por qué podría estar justificada, que en mi opinión no lo estaba, la larga prisión preventiva en la que desde entonces están Junqueras y sus compañeros, excusa para esos lazos amarillos de los que hablamos, que ha acabado reduciéndolo todo a un quítame allá esos lazos, un raca-raca insoportable que todo lo oculta, que todo lo acalla, privándonos del análisis de nuestros verdaderos problemas y, con él, de su solución.