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lunes, 4 de febrero de 2019

LA CARA DE MADURO



Hace ya muchos años, me enseñaron un dicho que, con el tiempo y la experiencia, creo cada día más cierto. El dicho en cuestión reza "Teme a los viejos, porque no tienen futuro". Siendo hoy difícil saber quién es viejo y quién no lo es, a mi edad, mi abuelo ya era viejo y yo no tengo por tal, me quedo con esta parte de la sentencia: hay que temer a quien no tiene futuro y Nicolás Maduro, como evidenció la polémica entrevista que anoche, después de avances y promociones sin fin, emitió la Sexta, con Jordi Évole, publicista de Villarejo y burlón falsificador del golpe fallido del 23-F, como interlocutor del tirano.
En esa entrevista, llama la atención la sombra de abatimiento que se refleja en el rostro de Maduro. No era el mismo, el escenario tampoco, de las arengas inflamadas a las masas que le siguen. Dedicó a España y a los países que le piden que se vaya los mismos calificativos de siempre, pero lo hizo con una cierta melancolía y pintó un preocupante panorama para el futuro, al asumir que estaba armando a sus fieles, lo que en un país con la violencia endémica que padece Venezuela no augura nada bueno para una bestia herida y sin futuro.
La entrevista se emitió a apenas dos horas de que Pedro Sánchez, confirmase, ya lo ha hecho, vencido el ultimátum dado al presidente venezolano para convocar elecciones, que España reconozca a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, como presidente del país. En la entrevista, un Maduro que me pareció más pálido que de costumbre se permitió, no convocar esas presidenciales necesarias para confirmarle o revocarle como residente de la nación, sino convocar nuevas elecciones a la Asamblea, a saber con qué garantías, después de que la que, en su día y ahora, ha sido reconocida por la mayor parte de la comunidad internacional, haya sido expulsada de su sede y anulada por los miembros del tribunal supremo venezolano previamente nombrados por el propio Maduro.
No sé qué puede pretender el sucesor de Chaves, una mala copia, del caudillo de los buenos tiempos del petróleo. Más, cuando la situación dentro y fuera del país pinta mal, muy mal, para él y ya no le queda nada que ofrecer a los venezolanos ni dentro ni fuera del país. Maduro sabe o debería saber que su "morir matando" o sus amenazas de crear un nuevo Vietnam ya no tienen sentido, del mismo modo que Estados Unidos y el resto del mundo saben o deberían saber que no es posible patrocinar otro desastre como el creado por la codicia de los Bush y sus amigos en Irak.
Los venezolanos tienen hambre y sufren unas penurias injustas, todas o son, a causa de la tozudez suicida de quien gusta de los uniformes y las armas, de llenar las plazas con bravuconadas, chistes malos y peores canciones, en lugar de echarse a un lado y dejar que sus compatriotas vuelvan a ser dueños de su destino. Anoche, Maduro decía una cosa con sus palabras, mientras que sus gestos y su cara, mala cara, decía otra. Esperemos que algo o alguien le ilumines y que, si de lo que se trata es de poner el botín a salvo, él y los suyos arden poco en llevárselo y se vayan cuanto antes.

miércoles, 6 de marzo de 2013

CAUDILLOS

 
 
Quizá porque crecí bajo una dictadura, tolero mal a los caudillos. No soy capaz de sobreponer las ventajas, que alguna tendrán, a la asfixiante falta de libertad que generan. Anoche, cuando escuché en la radio las palabras del delfín de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, anunciando su muerte, no pude sino recordar aquellas otras del siniestro Carlos Arias Navarro, cuando aquella fría mañana anunció entre pucheros la muerte de quien, a lo largo de casi cuatro décadas, mantuvo su bota militar, transformada luego en zapato de burócrata, sobre el espinazo de los españoles.
Ya sé que tienen poco que ver uno y otro. Ya sé que aunque los dos fueron militares, uno de casta y otro nacido del pueblo, y los dos golpistas, Franco se sublevó contra la bandera que juró defender y lo hizo para devolver el poder a los oligarcas, mientras el otro, en principio, lo hizo para acabar con la pobreza endémica de su pueblo. Lo sé y no querría olvidarlo, pero uno y otro acabaron cultivando los vicios comunes que identifican a los caudillos, sea cual sea el color de sus sueños.
Hugo Chávez conoció la cárcel como castigo a aquella asonada frustrada con la que quiso cambiar el destino de Venezuela y aquellos dos años de prisión le dieron popularidad y la pátina de caudillo de los pobres que le acompañarían ya para siempre. Con ese liderazgo ganó las elecciones a una clase dirigente dividida y torpe que quiso acabar con él mediante un golpe "blando" que, cuando escapo de prisión, rescatado por sus paracaidistas, acabó por consagrarlo como héroe popular.
Evidentemente, si me dan a elegir entre uno y otro caudillo, me quedo con el venezolano. Pero sólo por un rato, dependo demasiado de la libertad -para hablar, para escribir, para moverme, para escoger a mis amigos- como para cambiarla por un cierto progreso. Dicen que también Franco trajo a España el bienestar que propició el nacimiento de las clases medias, aunque, yo, más bien creo que fueron los tiempos y la necesidad que occidente tenía de nuestras playas, nuestra mano de obra y nuestras bases, pero fue mucho más negro todo lo demás que nos dejó y nos costó demasiado librarnos, si es que nos hemos librado, de todo aquello.
Dicen que Chávez fue el instrumento que sirvió a millones de venezolanos para salir de la pobreza. Y estoy seguro de que ha sido así. Pero también es cierto que ese mismo pueblo que recibió de un Hugo Chávez cabalgando a lomos del mejor momento de los mercados, para su petróleo primero y para la soja ahora también, se sirvió de ese pueblo para perpetuarse en el poder, intimidando a sus rivales y modificando las leyes y la constitución cuantas veces lo consideró oportuno. Una generosidad quizá interesada que se extendió a otros países de la zona, que le consagraron como líder de la región, a cambio de un petróleo que exportaba con precios políticos, a costa, incluso, del bienestar de los venezolanos.
El de Chávez ha sido un liderazgo muy fuerte y como todos los caudillos, Artur Mas incluido, acabó envolviéndose en los símbolos, haciéndose pasar por Venezuela y haciendo pasar a Venezuela por él.
Verle envuelto en la bandera, implorando a Jesucristo para afrontar su enfermedad, cuando aún podía hacerlo, me producía escalofríos. El de Chávez ha sido un liderazgo muy carismático y fuerte y va a resultar muy difícil que lo herede el chavismo, por muy "atado y bien atado" que haya pretendido dejarlo, al tratar de traspasar carisma y liderazgo a Maduro. No creo que vaya a haber chavismo sin Chávez y sólo deseo que la huella del caudillo que quiso ser un nuevo Bolívar sirva para que los rescatados de la pobreza no vuelvan a ella y para que la oposición recuerde que nada es posible sin el pueblo, por muy humilde, inculto y despreciable que lo consideren.
Ha muerto un caudillo y ha muerto como mueren los caudillos, como murió Franco, solo y secuestrado por su propia obra, deseando quizá la paz y la tranquilidad que hubiese tenido en ese tránsito, de no haberse erigido en la única salvación de su pueblo. Ahora le debería llegar el turno al pueblo en libertad.
 
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