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martes, 28 de abril de 2015

OMBLIGOCÉNTRICOS


No me extraña que Esperanza Aguirre se descolgase ayer en el debate electoral asida a la liana de la xenofobia, proponiendo el "barrido" de las calles del centro de Madrid, las otras no le importan, porque molestan al turismo que, hoy por hoy, es lo único que parece preocuparle de la ciudad de la que quiere ser alcaldesa. No me extraña, porque, al fin y al cabo, los ciudadanos del siglo XXI nos hemos acostumbrado a ver el mundo como turistas y, que quienes duermen en las calles son españoles o extranjeros, poco o nada nos importa. ES más, mejor si no son de aquí, porque se les puede subir a aviones o autobuses para echarlos.
Sabe lo que hace la condesa. Sabe a quién se dirige. Sabe que a mucha de esa gente no le importa que les pidan los limosneros, si lo hacen a la puerta de la iglesia y son "los de toda la vida"". Los otros, los negros y los rumanos, que se hubieran quedado en su tierra. Otra cosa son los que llegan con sus sandalias con calcetines, sus cámaras y sus mapas y se van cargados de bolsas de flamencas, toros o quijotes  y bolsas de Zara o de El Corte Inglés, Y todo, porque esos, a los que tampoco entendemos pero nos esforzamos en hablarles en nuestro inglés de pésimo acento, se dejan aquí su dinero y nos queda la esperanza de que algo de ese dinero acaba por llegarnos.
Hace bien la condesa, porque sabe que, en el fondo, todos, cuando dejamos atrás la puerta de nuestra casa, miramos el mundo, incluso nuestro barrio, como si fuéramos turistas. Y ya sabemos lo que se puede esperar de los turistas. Lo mismo que de esos centenares de ellos atrapados en el aeropuerto de Katmandú que, después de dejar atrás una ciudad convertida en escombros bajo los cuales yacen los cadáveres de centenares o miles de víctimas, parecen preocupados sólo por la incomodidad que les separa del vuelo que les devolverá a casa, quizá yo reaccionaría igual, como si de Esperanzas Aguirre, huyendo de Bombay se tratase
Al menos eso es lo que nos llega desde un país tan remoto que maneja ya la cifra de diez mil muertos y que se ha visto privado de las pobres infraestructuras de que disponía, puestas más al servicio de sus visitantes que al de su población. Y entiendo que sea sólo eso lo que nos llega, porque en tiempos de información global e instantánea son los turistas los testigos que  cuentan lo que está pasando y lo cuentan, claro, desde su punto de vista de turistas.
Poco más hemos visto desde que se tuvo noticia del trágico terremoto, poco más que esos videos de smartphone enviados desde los campamentos base del Himalaya al pie de las avalanchas que se han llevado por delante la vida de gente que, si estaba allí, en una zona tan inaccesible y tan inhóspita es porque, al fin y al cabo, habían elegido estar allí, y para los que su familia, confieso que sentí rubor al oírlo, reclamaba al gobierno el envío urgente de teléfonos vía satélite y equipos para el rescate.
O todos los comentarios escuchados a lo largo del fin de semana sobre el patrimonio mundial que se ha perdido  con el terremoto, sin pensar que, probablemente, esa torre y esos palacios han caído sobre los cuerpos de tantos y tantos nepalíes, sin pararse a pensar que quienes lo dicen pierden, en efecto, un bonito fondo para sus selfies, pero los nepalíes lo han perdido todo.
El terremoto del sábado ha puesto a prueba, una vez más, el modo en que hacemos y recibimos la información. Lo ha puesto a prueba y, una vez más, lo ha puesto en evidencia, porque preferimos la inmediatez al reposo, las imágenes "impactantes" al análisis de las causas o, en este caso, las consecuencias y, sobre todo, ha dejado cloro que, quizá porque ya estamos demasiado contaminados por esa forma de hacer información, apenas somos capaces de ver el mundo más allá de nuestro ombligo. La repentización, los espontáneos y los testigos presenciales nos han convertido en seres miserablemente ombligocéntricos.


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martes, 20 de noviembre de 2012

PISOS POR RESIDENCIA

 

Cada minuto que pasa, este gobierno, que salió de las elecciones celebradas hoy hace un año, se empeña en poner en claro cuál es su visión de la ciudadanía y que no es otra que la del viejo "tanto tienes, tanto vales". Lo acaban de demostrar con ese globo sonda lanzado a propósito de la oferta hecha a los extranjeros para cambiar la compra de viviendas por permisos de residencia.

Para el gobierno no tiene el mismo valor el esfuerzo de tantos extranjeros llegados a España para ordeñar para nosotros aquellas vacas tan gordas que unos cuantos fajos de billetes, blancos o negros, capaces de desatascar el atracón de cemento de sus amigos los constructores y banqueros.

En otros países, por ejemplo Portugal, la residencia se obtiene a cambio de la creación de puestos de trabajo o de inversiones. Aquí no. Aquí basta con comprar un piso de 160.000 euros, inalcanzable para la mayoría de quienes sirven para nosotros comidas, cañas y cafés, descargan nuestros camiones o limpian nuestras casas, aceras y oficinas.

Nos cuenta el gobierno que no acaba de confirmar la medida, porque es muy de tirar la piedra y esconder la mano, que lo que pretende es dinamizar el mercado inmobiliario español, empachado de viviendas y solares sobrevalorados, añado yo. Lo que ocurre es que, de llevar adelante la medida, o resulta ser un fiasco o conseguirá que los precios que poco a poco iban ajustándose al mercado, repunten de nuevo alejándolos de nuevo de las posibilidades de quien compra una vivienda por necesidad y no por pura especulación.

Este gobierno que dice estar sacándonos de la crisis, basándose en datos que o esconden o sueñan, gobierna para los poderosos que se hincharon los precios de la vivienda hasta reventar la burbuja y que ahora pretenden recuperar uno por uno los euros hechos jirones por el estallido de la burbuja.

Me temo que con "trucos" como estos nuestro país se va a convertir, más aún de lo que ya lo es, en un lavadero del dinero negro de las mafias rusa y china que acudirán como moscas a la miel a una oferta como esa. Porque estos señores son capaces de lavar su dinero negro en la compra, alquilar el piso y, de paso, traficar con los permisos.

Hay que dar las gracias al gobierno empeñado en dejarnos claro que su inflexibilidad y sus principios duran lo que duran y, la verdad, duran muy poco. Están escondiendo la basura debajo de las alfombra y ya no les queda alfombra bajo la que esconder toda la que son capaces de generar que es mucha. Van de parche en parche, porque no son capaces de drenar ese globo lleno de agua que es su España gobernada a golpe de decretos, aprobados a escondidas, sin debate y sin el más mínimo sentido de la realidad., hasta que reviente sobre todos nosotros

Se comportan como esos enfermos de cualquier adicción que van "limpiando" en casa los monederos, los bolsos y los cajones, para vender, una a una, las joyas de la familia hasta vaciarla de todo lo que pueda tener algún valor para el perista. Un valor que siempre será menor que su valor real y mucho más que el valor sentimental que pueda tener para la familia.

Cambiar pisos por permisos de residencia es la última jugarreta de un gobierno que en menos de un año ha ofendido y perjudicado a la práctica totalidad de los colectivos ciudadanos. Salvo, claro está a ricos y banqueros estafadores que ni siquiera tendrán ya que responder ante los accionistas de los bancos que han desvalijado.
 
 

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