lunes, 28 de mayo de 2018

CONSULTAS


Este fin de semana, mientras los irlandeses, dos de cada tres, ponían fin a décadas de oscurantismo religioso y misógino, aprobando a la despenalización del aborto en todas las circunstancias en las doce primeras semanas de embarazo, en España, los militantes y simpatizantes de Podemos, los inscritos, daban  respaldo, más o menos en la misma proporción, a la adquisición de una vivienda de precio muy por encima de la que se considera normal, por parte de la pareja de dirigentes Pablo Iglesias e Irene Montero.
No es necesario volver a explicar, ya lo hice la semana pasada, que la pareja tiene todo el derecho a hacer lo que crean conveniente con su dinero y con su futuro, pero que de lo que estamos hablando es de la coherencia exigible a quienes dicen representar, así lo creímos muchos a los indignados de aquel esperanzador 15-M. También de la enorme hipoteca que, desde la compra, pesa sobre el discurso de ambos y, lo que es peor, del mismo Podemos.
Va a ser muy difícil creer a cualquiera de los dos cuando hablen de la vivienda de alquiler social o de dar solución a la situación de quienes, en pareja o no, jóvenes como ellos o no, se ven obligados a seguir viviendo con sus padres o a aceptar, solos o en compañía, el trágala de pagar esos disparados y disparatados alquileres que la falta de incentivos al ahorro y el alquiler turístico han traído tras la crisis.
Más aun, estando como están tan acostumbrados como están nuestros políticos, especialmente los de la derecha y quienes se dicen de centro, a hacer puntería con sus reproche hipócritas contra quienes ni siquiera se acercan al nivel de inmoralidad y descaro que ellos exhiben, no me extraña que el chalé de La Navata se convierta en munición habitual y cansina contra Iglesias y Montoro, contra Podemos y contra  cualquiera que "imprudentemente" se atreva a colocarse junto a ellos o a defender lo que ellos defienden.
No era necesario. La compra de ese chalé ha sido un gran error y la de consultar a las bases sobre el futuro de ambos, a cuenta de esa decisión otro error y, para esas bases, además, una trampa. No creo quesea necesario aclarar que yo no formo parte de "los inscritos" con derecho a ser consultados, pero debo añadir que, de serlo, y con la que está cayendo, con una crisis política como la que por fin se ha materializado y las elecciones a la vuelta de la esquina, con un partido de derechas impostado en el centro si no en el centro izquierda, que se vende y por desgracia se compra como la gran fuerza capaz de regenerar las instituciones, hasta yo, en el caso de poder hacerlo, hubiese dado un sí a la pareja y su chalé, para no dejar descabezado a Podemos. 
En fin, una trampa y, más que nada, un tiro en salva con el que se han malgastado esfuerzos en un asunto que nunca debió dejar de resolverse de manera personal como de manera personal se creó el problema, si realmente lo hubo, que yo sí creo que lo hubo. También, una banalización del uso de las consultas que, creo, debe reservarse, como en Irlanda, para asuntos más serios o, en todo caso, para discutir de programas, pactos o cuestiones de mucho más calado. Lo otro es jugar al trile y taparse las vergüenzas propias con la buena voluntad o el temor de los demás.

viernes, 25 de mayo de 2018

PUNTO DE INFLEXIÓN


Ya está. La Audiencia Nacional acaba de revelar el negativo de la hedionda imagen que todos, insisto, todos, teníamos desde hace años ante nuestros ojos, el negativo que, al positivarlo, nos devuelve la imagen de un partido atrapado en el bucle terrible de haberse convertido en una máquina de ganar elecciones "dopado" con las mordidas de constructores y contratistas que alimentaban con una parte del importe de las contratos, convenientemente incorporada al precio final, para que ese partido, ese gobierno siguiese dándole obras con las que seguir pagando la mordida para seguir recibiendo obras con las que seguir pagando y así hasta el infinito.
Una vez descubierta, juzgada y condenada esta trama, hace falta ser Mariano Rajoy, un extraterrestre incapaz, no ya de sentimientos hacia los demás, que no los tiene, sino hacia sí mismo, sin autocrítica, sin la mínima capacidad de arrepentimiento, con el único objetivo de seguir a flote sobre las heces de la corrupción, hace falta ser Mariano Rajoy, el peor compañero en un naufragio, el que va a dejar que te hundas si no es él mismo quien te hunde para seguir flotando, para no dimitir y marcharse pidiendo perdón y para siempre a su querida Sanxenxo o donde sea.
Ahora mismo, con la sentencia publicada y Rajoy atrincherado en la Moncloa, más pendiente de la final de mañana en Kiev que de la dignidad de ese país que tanto quiere y al que tanto debe, somos el hazmerreír del resto del mundo, especialmente de Europa. Y, dado que no ha hecho el menor gesto de contrición ni ha mostrado un solo síntoma de querer dejarlo, alguien tendrá que invitarle a desalojar la Moncloa, antes de que unas elecciones le saquen de allí a empellones.
La llave, para nuestra desgracia, la tienen esos mismos partidos que, con sus síes o sus abstenciones, le dieron permiso para seguir en La Moncloa cuatro años más. De entre esos partidos. Ciudadanos y PSOE, parece que a los socialistas no les va a quedar otro remedio que inmolarse en una moción de censura que difícilmente va a apoyar Ciudadanos, una moción de censura que, por su loca cabeza al dejar sus escaño antes de tiempo, Pedro Sánchez verá desde su despacho o sentado en la tribuna de invitados, hasta ser propuesto por su grupo como candidato, mientras Rivera, el contorsionista, se desarticula poniendo a caer de un burro a su amigo y enemigo Rajoy, mientras le sostiene negando su apoyo a la moción, para que sus muy desorientados y volubles votantes no le vean al lado de Pablo Iglesias.
La sentencia de ayer, que condena al PP por haberse lucrado con la trama y pone en duda por escrito lo que millones de españoles llevamos poniendo en duda la credibilidad de Rajoy, ha pillado a todo el mundo descolocado y eso, a pesar de que la esperábamos, quizá no tan dura, pero la esperábamos.
Sin duda al propio PP, en plena descomposición, también a Podemos, con una estúpida e innecesaria consulta a las bases sobre la coherencia de sus dos máximos líderes, cómo no al PSOE descabezado en el Congreso y, sobre todo, a Ciudadanos a quien, con más puestos de "salir" a cubrir en sus listas que militantes "pata negra" en sus sedes, no le viene nada bien quemarse en el auto de fe de Rajoy o llegar en obras a unas elecciones anticipadas.
De todo lo dicho hasta ahora, de todas las reacciones a la sentencia, la más comprometedora ha sido sin duda la de Albert Rivera que se ha visto obligado a decir que "marca un punto de inflexión", como si lo probado y lo que se condena no fuese de dominio público hace tiempo, como si otro fallo de otro tribunal hubiese podido cambiar lo que ya era de dominio público, la calaña del PP y la de sus dirigentes.
Tiene razón Albert Rivera, la sentencia marca un punto de inflexión, porque, si quiere poner a salvo su "angelical inocencia" cada vez más en entredicho, va a tener que mojarse en la censura del mismo personaje al que antes de ayer dio sus votos para sacar los presupuestos adelante y, con ello, regaló dos años más de gobierno, dos años que Rivera hubiese empleado en sus castings de candidatos, en moldear su discurso, hoy casi vacío, salvo de patriotismo interesado, con arreglo a las encuestas. Sí, sin duda es un punto de inflexión en el que todos, también nosotros, nos jugamos mucho. Y, por cierto, como en el anuncio que protagonizó un pastor de Majalrayo, cabe preguntarse ¿Y Aznar qué opina de esto?

jueves, 24 de mayo de 2018

COMO EN LA PEOR VALENCIA


Dicen que la caridad bien entendida empieza por uno mismo y, aunque cooperar al desarrollo de esos países saqueados durante siglos por las metrópolis europeas no debe ser considerado caridad sino justicia. Por eso, de confirmarse los indicios que han llevado a la detención de una treintena de cargos de la administración local y autonómica catalanas, se cumpliría escandalosamente el aforismo cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos de nuestra cultura popular.
Más de una vez he escrito que detrás de todas esas movilizaciones y despliegues que, desde hace años, se llevan a cabo en las ciudades y pueblos de Cataluña, la base, el punto de partida, de ese procés que busca la autoafirmación de la gente en su identidad nacional catalana y, sobre todo, convertirla en escaparate internacional de las aspiraciones soberanistas, había, hay, una coreografía casi perfecta, con muchas horas de trabajo detrás y, no lo olvidemos, muchos, muchísimos, medios, mucho dinero, prácticamente inagotable, dinero que paga pancartas, cartelería, megafonías, multas y desplazamientos. dinero que, muy probablemente, pagó también el intento de referéndum del pasado 1 de octubre.
Según una investigación judicial, encomendada a la Unidad de Delitos Financieros de la Policía Nacional, la UDEF, esa que Jordi Pujol decía no saber qué coño era. esos treinta detenidos formaban parte de una estructura creada en la Diputación de Barcelona y en la Generalitat y dirigida a desviar fondos destinados a la cooperación con países en desarrollo, especialmente destinados a proyectos de abastecimiento de agua potable y tratamiento de residuos. Un escándalo que, de confirmarse, insisto, creará malestar en muchos catalanes, un pueblo caracterizado desde siempre por su solidaridad y por su participación en el voluntariado que trabaja en África, Asia o América.
Los dirigentes del procés siempre se han mostrado ufanos de su astucia y, como el propio president Torra, han considerado a "los españoles", incluidos, supongo, sus jueces y sus fuerzas policiales, como homúnculos, siempre un paso detrás de sus iniciativas. Sin embargo, hay entre sus filas algún que otro personaje que ha tomado apuntes de su estrategia, dejando por escrito todos o casi todos los pasos dados en el largo proceso que nos ha traído hasta aquí.
Bien es verdad que, una vez olido el peligro, se esforzaron en hacer desaparecer esas pruebas de todo, con tan mala fortuna, que esa policía que tanto han despreciaban, montaba guardia a la puerta de la planta de incineración a la que varios agentes de los mossos llevaban documentación "sensible", la que, por ejemplo, ha llevado a la operación de esta madrugada, para destruirla.
Una de las peores consecuencias de todo lo que está ocurriendo en Cataluña es el desprestigio a que está llevando a los catalanes en el resto de España y no me refiero a los falsos estereotipos creados en torno a su modo de ser o de su lengua, que lo de la tacañería o el "polaco" ya lo llevaban a la espalda. me refiero a la sensación de que virtudes como la de la hospitalidad, la prudencia, o el sentido común, eso que conocemos como seny, han defraudado a más de uno, entre los que me encuentro.
No sé si, una vez que se demuestre lo que ha dado origen a la operación "Estela", de la que hablamos, los catalanes de bien se sentirán decepcionados por el comportamiento delictivo de sus dirigentes y funcionarios. No sé si les molestará que el dinero que creían destinado a la cooperación, ese que iba destinado a esos proyectos a los que muchos catalanes se sumaban, aportando su trabajo voluntario en sus vacaciones. Lo que me asombra es que no se hubiesen preguntado como en el cuplé "La chica del 17" "de dónde sacan pa' tanto como destacan".
El procés no ha salido ni sale ni saldrá gratis. Tiene unos costes claros, y hay que buscarlos en todo ese dinero invertido en él que debiera haber ido a los fines a los que estaba destinado, todo lo perdido en desinversiones y traslados de empresas y todo el prestigio perdido por Cataluña y los catalanes entre quienes, como yo, somos o hemos sido sus mejores clientes. Y es que en Cataluña, como en la Valencia de los peores tiempos, los del "caso Cooperación", el dinero destinado a ayudar a otros se invierte sin control en beneficio propio.

miércoles, 23 de mayo de 2018

EL HUNDIMIENTO


Escribo esto mientras los bomberos y los servicios de rescate de Madrid buscan entre los escombros de un edificio del madrileño barrio de Chamberí siguen buscando a dos obreros atrapados entre las ruinas de un proyecto que pretendía convertir en viviendas de lujo un edificio de más de noventa años, y la tragedia se convierte en una triste parábola de lo que nos está pasando a los españoles, nos vea o no, el cada vez más previsible, plano y demagogo Albert Rivera.
A estas horas aún no sabemos si el PNV apuntalará por dos años más el gobierno de Mariano Rajoy pero lo que sí sabemos es que esos dos años de prórroga, si los nacionalistas vascos se los llegan a dar a cambio de unos comodines electorales que, por desgracia, pagaremos entre todos.
Y, mientas esto ocurre, Eduardo Zaplana, la sonrisa del régimen en los mejores años de Aznar, el José Solís Ruiz de la democracia o lo que quiera que fuese lo que había en esos años, ha pasado su primera noche en manos de la Guardia Civil, que le investiga en coordinación con un juzgado de Valencia por no haber tenido la prudencia ni la paciencia necesaria para aflorar y blanquear todo lo que saqueó en sus años de presidente de la Generalitat de Valencia, una de las dos tetas de las que mamaban el PP y los suyos, para tomar ventaja en las urnas y en la vida del resto de los mortales, esos que Rivera no es capaz de distinguir, aunque los hay que trabajan y que no, que comen y que no, con futuro y sin él.
Ahora, como en la tragedia de Chamberí, toca salvar lo que se pueda del edificio cochambroso en que se ha convertido nuestra política, una estructura carcomida por cuatro décadas de aciertos y, también, de trampas y abusos. El PP, campeón hasta hace apenas cinco años de la democracia española, está en sus horas más bajas, con ministros que han conocido los calabozos, con dirigentes y representantes en todas las administraciones que han sido pillados metiendo la mano en la caja y, sobre todo, frente a una alternativa conservadora que, por más que el PSOE a veces lo pareciese, nunca tuvo.
Sin embargo, esto no ha hecho más que empezar, el PP y, con él, todos nosotros vamos a pagar con dolor y frustración tanta candidez, tanto dejar hacer a "los nuestros", sin pararnos a pensar que, a lo peor, "nos la estaban pegando" con su ambición, con su codicia y su impostura. Hoy parece que ya lo vamos teniendo claro, pero sólo lo parece, porque, de ser certeras las encuestas, vamos de cabeza a la trampa que nos tiende el capital con una derecha de nueva generación, fabricada con los egoísmos y los prejuicios de quienes llevan años votando como quien juega a la ruleta rusa. más pendientes de que ganen "los suyos" que de que quien gane los haga bien y para todos. Y no es eso lo peor. Lo peor es que, si lo que dicen las encuestas se confirma, los españoles le daremos el gobierno a Ciudadanos, un partido surgido, como esos productos que se anuncian con una incógnita, del márquetin, de una campaña publicitaria novedosa protagonizada por un joven Albert Rivera que aparentaba enseñarlo todo y todo lo ocultaba, salvo su anticatalanismo.
Ahora, después de ganar las últimas elecciones catalanas, está a punto de ganar las generales y, si lo hace, es porque le hemos dado el trabajo hecho, le hemos dejado un edificio casi ruinoso que no tiene más que ocupar, aunque para ello tenga que hacer un casting para completar las listas que, con sus militantes, no es capaz de llenar. Le dejamos un edificio en ruinas del que aprovechará la fachada y poco más, como el grupo Rockefeller hizo con el de Chamberí. Lo malo es que, con los materiales con que quiere reconstruirlo por dentro y con el cemento de su ambigua ideología, a lo peor, se hunde como el de la calle Martínez Campos y, como a los obreros que trabajaban en él, nos pilla dentro.

martes, 22 de mayo de 2018

PARA FORRARSE


Acabo de enterarme de que Eduardo Zaplana, otro ex ministro de Aznar, ha sido detenido en Valencia por la Guardia Civil. Una buena noticia, porque, si alguien en el PP era obscenamente exhibicionista en la ostentación de su poder y su riqueza, ese era Zaplana. Esa actitud le viene de lejos, de cuando apenas era un chico guapo, nacido en Cartagena, casado con la hija de uno de los constructores más poderosos de Benidorm.
Un chico guapo y ambicioso que a punto estuvo de dar con sus huesos en un juzgado en 1990 y que se salvó por los pelos y gracias a todo un equipo de abogados del que sería su partido, el PP, cuando hace casi treinta años apareció accidentalmente en una grabación policial que formaba parte del seguimiento que, por un asunto de tráfico de drogas, se hacía al hermano de un concejal del ayuntamiento de Valencia.
No eran tiempos de móviles y las llamadas muchas veces se hacían desde casa y se recibían en casa, así que los asuntos de uno y otro hermano se mezclaron en las cintas y en la parte tocante al concejal aparecían Zaplana y algunos dirigentes del Partido Popular, entre ellos el responsable de las finanzas del partido, Rosendo Naseiro, del que volvimos a hablar por la trama Gürtel, hablando, con nombres en clave nada imaginativos, sobre el cobro de comisiones a varias constructoras por la adjudicación de obras por los ayuntamientos. Fue en la Semana Santa del 90 y lo recuerdo porque tuve que interrumpir mis vacaciones y plantarme en el despacho del juez Manglano para cubrir la información.
Recuerdo que, en aquella época, esas cosas sólo pasaban, o creíamos que sólo pasaban, en el cine, en películas sobra la Mafia y sus negocios. Pero no, no se trataba de una película, era real como la vida misma, con personajes reales que, al margen de hablar del "negocio", hablaban de sus cosas. Así, por ejemplo, en una de las cintas, finalmente anuladas como prueba y destruidas por la Justicia, podía escucharse al entonces concejal de Benidorm, Eduardo Zaplana, que él "estaba en política para forrarse".
Puede sonar chusco y un tanto macarra, pero así era el personaje que debió forrarse y mucho, puesto que llegó a presidir la Generalitat Valenciana, ministro del reino y al consejo de Administración de la multinacional Telefónica. Ahora que le han detenido, le recuerdo en uno de los comedores del hotel Meliá de Alicante, el que está junto al puerto deportivo, una mañana, a la hora del desayuno, en que yo desayunaba junto a otros compañeros, después de haber asistido a la concesión del Premio Azorín, y él, por entonces ya ministro, estaba en Alicante para un mitin electoral. 
Si recuerdo ese desayuno, es porque entró en el salón y, ni corto ni perezoso, se detuvo ante una de las columnas cubiertas de espejo y sacó de uno de sus bolsillos uno de esos peines de nombre ad hoc y comenzó a recomponer con coquetería y las dos manos su peinado, en un gesto que bien podría haber sido del Danny que interpretó John Travolta en "Grease", todo un "macarra!, vamos, Tenía mi cámara fotográfica en la mesa y, la verdad, podía haber inmortalizado el momento como un paparazzi más. Pero con tanta pelota y tanto escolta no me atreví, aunque pensé que era el perfecto retrato psicológico del personaje, al menos del personaje que yo veía en él.
Hoy, esta mañana, también a la hora del desayuno me entero de que casi treinta años después de aquel "estoy en política para forrarme", le han detenido en la misma Valencia por blanquear presuntamente los dineros que, también presuntamente, habría conseguido cobrando comisiones por adjudicar obras y contratos mientras estuvo al frente de la Generalitat Valenciana. Se ve que Zaplana, como alguno de sus colegas, había dejado dormir su botín en paraísos fiscales, pero, al parecer, su impaciencia, junto a todo lo que han aprendido sobre corrupción nuestras fuerzas de seguridad, le han traicionado y han dado con sus huesos en un calabozo valenciano. A veces, forrarse no es bueno para el futuro y espero que en esta ocasión sea así.

lunes, 21 de mayo de 2018

PATÉTICOS


Vivimos tiempos extraños, tiempos en los que, como si de una cinta transportadora que vierte en un vertedero, la actualidad va incorporando y desechando los asuntos de que se ocupa a velocidad tan vertiginosa que nos sentimos incapaces de asimilarlos y, sobre todo, de medir en profundidad su trascendencia. Por eso, las más de las veces, quienes manejan la información encierran los contenidos en titulares que, como las bolsas de basura, los hacen más atractivos y soportables mientras transitan por esa cinta sin fin en que se han convertido los medios.
Es el vértigo de la vida que nos ha tocado vivir. Pasmos de Cifuentes y su máster, a Torra y sus tuits. de los que pasamos al expediente académico de Pablo Casado y de él volvemos a Torra y su gobierno de consejeros entre rejas o en fuga, pero cuando todo parecía ya visto, aparece, entre los redobles del "más difícil todavía" Pablo Iglesias, Irene Montero y su insensato chalé al pie de la sierra madrileña, rematando una realidad que, si no fuese por su patetismo, podría llegar a ser divertida.
Quién iba a decirnos que, en esta actualidad de sainete chusco, Cristina Cifuentes iba a dimitir, no por su escandalosos máster, sino por un par de tarros de crema antiarrugas que, caprichosos, se colaron en su bolso, hace ya casi ocho años. Quién iba a decirnos que, cuando más necesario se hacía el seny, los sensatos catalanes iban a acabar en manos de un insensato incendiario, como Torra. Quién nos iba a decir, en fin, que la mayor crisis de la igualitaria Podemos iba a desencadenarse por la compra de un chalé de más de seiscientos mil euros y que tamaña insensatez de iniciativa y disfrute personal iba a llevarse a las bases del partido para que eligiesen entre perder a sus bien amados líderes o renunciar a la coherencia del discurso del partido.
Se justifica la pareja o, más bien, les justificó ayer ante las cámaras de la Sexta su intolerante amigo Juan Carlos Monedero, uno de esos personajes que cree que hablar sin pausas y en voz alta equivale a tener razón, en que ya no pueden vivir entre la gente corriente, como vive la gente corriente, porque se sienten acosados, ellos, que se han expuesto en las redes como ningún personaje de la política lo había hecho.
Hace ya mucho tiempo que dejé de creerme a Pablo Iglesias. Es más, nunca creí en ese mesías que, en pleno siglo XXI, como un predicador medieval, se empleaba a fondo contra los pecados de la casta y nos daba a todos lecciones de sencillez, mientras podaba a su gusto el jardín de su partido, aislando o arrancando de raíz a cualquiera que osase criticarle o hacerle sombra, hasta acabar rodeado de una cohorte de protegidos que le protegen. Por eso, cuando el jueves me enteré de que la pareja había decidido llevar a cabo su proyecto de vida en un chalé de 250 metros cuadrados, rodeado de más de 2000 de jardín, con piscina y casa de invitados, yo, que me crié, junto a mis padres y tres hermanos, en un piso de apenas 65 metros cuadrados, frente a un mercado del barrio de Carabanchel, me indigné como hacía tiempo que no me indignaba.
Y si me indigné de esa manara, fue porque pensé que la decisión de Iglesias y Montero, personalmente lícita, políticamente no es más que una estupidez de dos niños pijos que pone en peligro la coherencia del discurso de su partido, porque, amén de ponerlo, más aún si cabe, en el punto de mira de quienes desean acabar con el partido que, lo parecía, iba acabar con la izquierda domesticada en España.
Que la compra de ese chalé había sido una estupidez mal calculada por quien se cree tan listo, lo tuve claro desde el principio, pero que el desenlace iba a acabar siendo tan patético como de momento lo está siendo no podía ni imaginarlo. Por eso, cuando el sábado los vi aparecer, lívidos y compungidos, como un niño que ha roto su juguete, culpándonos a los demás del estropicio y pidiendo a las bases de Podemos que "socializasen" su metedura de pata refrendándola en un plebiscito que se celebrará entre sus "inscritos" esta semana, sólo tuve un pensamiento: no volver a votar una lista encabezada por personajes tan patéticos como lo es esta pareja. Entre otras cosas, porque, si creen que han hecho mal, basta con que dimitan, No tienen que andar preguntando a sus "inscritos" qué si está bien o mal. Eso se lo van a decir en las urnas sus votantes y ya les anticipo que van a ser muchos menos. Por eso no les perdono su patetismo ni su irresponsabilidad, por cargarse con su pija incoherencia lo poquito que nos queda de la izquierda, por eso sólo deseo que, si finalmente se lleva a cabo la consulta, las bases, como se dice en mi barrio y en esa Vallecas de la que tanto presume don Pablo, les den boleto, para poder empezar de cero, sin vicios, camarillas ni personalismos. La izquierda se lo merece y se merece unos líderes menos patéticos y que se miren menos el ombligo.

viernes, 18 de mayo de 2018

HIPOTECAS


Me ha costado decidirme a tratar este asunto. Y me ha costado porque me he visto dominado por prejuicios que muy probablemente, seguro, no debiera tener. Pero esos prejuicios que sin duda tengo los he mamado en la izquierda y, también, en la experiencia. Tengo ya unos cuantos años, he visto muchas cosas y, sobre todo, he sido testigo de cómo determinados modos de vida acaban por cambiar a las personas.
Ya lo dijo el sabio expresidente uruguayo José Mujica al explicar por qué seguía viviendo en la casa en que vivía antes de ocupar la presidencia y conduciendo el mismo utilitario que conducía. "Hay que vivir como se piensa -decía- para no acabar pensando como se vive.
Me estoy refiriendo, claro, a la aventura emprendida por Pablo Iglesias e Irene Montero, trasladando su hogar, de un piso de alquiler en Rivas, municipio al sureste de Madrid, caracterizado por su voto progresista y la clase media de sus vecinos, a un chalé con parcela en Galapagar, municipio al pie de la sierra madrileña, de características bien distintas a Rivas "la roja". Un salto en su estatus difícil de explicar, que, naturalmente, tienen todo el derecho a dar, pero que resulta poco estético.
No seré yo quien exija a quien se postula desde la izquierda llevar una existencia franciscana, pero sí creo que tengo todo el derecho a exigirle coherencia y, en eso, Pablo Iglesias me decepciona, porque ha sido él quien en discursos enardecidos y tuits justicieros ha asociado eso que Hacienda calificaba ya en tiempos del dictador como "signos externos de riqueza" a la ideología conservadora y ésta, en eso le doy la razón, a la especulación, la especulación y el egoísmo.
Me recuerdo defendiendo el alto nivel de vida de Ramón Tamames, diputado comunista y catedrático de Estructura Económica y recuerdo también la increíble deriva que tomó, primero al CDS de Suárez en horas bajas y después a las posiciones más montaraces de la derecha. Recuerdo, cómo no, a Felipe González regresando a la "vida civil", después de trece años en la Moncloa, en un hermoso chalé, diseñado y construido para él en una exclusiva zona de Madrid, y recuerdo y sufro la decepción de su alejamiento de la realidad y, sobre todo, de la gente que le llevó al poder en 1982 y que le sostuvo en él hasta que en la balanza de su relación con la ciudadanía pesó más el debe que el haber.
No quiero decir con esto que la pareja que dirige Podemos vaya a "echarse a perder" por el cambio de vecindario, simplemente, me inclino a pensar que ahora lo tiene más fácil y que, ahora, van a tener más difícil hacerse creer por sus votantes.
Hablan de un lugar para emprender su proyecto de vida y supongo que se refieren a los hijos que van a tener en unos meses, pero, si es eso lo que les ha movido a pagar más de seiscientos mil euros por el chalé, creo que se equivocan, porque un chalé con esas escaleras y esa piscina, tan sombría y llena de rocas, no es el lugar más seguro para unos niños y, menos, para unos bebés.
Demasiados metros cuadrados, un tanto horteras, por cierto, para quien hasta hace sólo dos días, como quien dice, presumía de comprar su ropa en Alcampo. Tantos que ahora, para ser creíble, va a tener que cerrar mucho el plano de sus selfis, si no quiere ofender, llenando de envidia a sus fieles.
Demasiados metros cuadrados y demasiados euros para quien se ha permitido criticar la compra de un ático del mismo precio por el ex ministro de Economía, Luis de Guindos, aduciendo que lo hacía para especular, sin que su compañera de aventura o de proyecto, como queráis, fuese ayer capaz de explicar en qué se basaba Iglesias para tener tan claro que el exministro pretendiese especular.
Parece mentira que quien se cree un lince y a cada momento da lecciones a los demás no haya sido capaz de medir las consecuencias de lo que acaba de hacer. Desgraciadamente, aquel tuit contra el ministro De Guindos fue una hipoteca que le toca pagar ahora, del mismo modo que el chalé recién comprado, por muy ventajosas que sean las condiciones, será una hipoteca para su capacidad de convencer a los votantes y pone en entredicho su futuro político y el de Podemos.