miércoles, 7 de septiembre de 2016

LA GUINDA

Quien piense que esa mezcla perfecta de maldad, desprecio a los demás y torpeza que caracteriza las actuaciones de los dirigentes del PP es insuperable, se equivoca. Rajoy, ese personaje capaz de coger un avión para irse al fútbol tan tranquilo, después de firmar veintitantos mil euros de rescate a la banca que acabaríamos pagando todos, el mismo que manda mensajes de ánimo al entonces personaje más odiado de la política española, el que dijo de las informaciones publicadas sobre los papeles de su amigo Luis (Bárcenas) que "todo es mentira, salvo alguna cosa", el que defendió a capa y espada a otro de sus amigos, un tal Soria, al que nombró ministro y que resultó haber sido titular de sociedades fantasmas en Panamá y se pasó días y días mintiendo como un bellaco, el que premió al peor ministro de Educación de nuestra historia con una embajada ajardinada en París, cerca de su novia, ese mismo señor que, para nuestra desgracia, ha presidido el gobierno de España durante cuatro años, lleva otro año presidiéndolo en funciones y que, para nuestra vergüenza, sigue siendo el más votado, ése, ha sido capaz de empeorar lo que parecía que no podía ser empeorado.
Ese señor que se creía a salvo de todo, ese señor que ha vivido convencido de que no tenía por qué dar explicaciones a nadie, el que ha hecho de su capa un sayo cada vez que le ha convenido, el que retuerce las leyes para ponerlas a su servicio y, si no puede, las cambia, el que quita y pone jueces magistrados a su gusto o conforme a sus necesidades, el que, siendo el presidente de su partido, en el que ha sido de todo, cocinero y fraile, el que también lo ha sido todo en el gobierno, el que parece incombustible, ha superado lo insuperable.
Fue el viernes pasado. Cuando batió el récord mundial de la ignominia nombrando a oscuras y sin taquígrafos a su amigo José Manuel Soria, el que tanto cuidó de su padre, el viejo magistrado, cuando pasó unos días en las Canarias, para uno de los sillones de la dirección del Banco Mundial, un puesto remunerado con 220.000 euros al año libres de impuestos. un nombramiento que podría haber pasado tan inadvertido como Rajoy y su ministro De Guindos pretendían, de no haber sido porque el elegido tuvo que salir sin honra del gobierno, por la puerta de atrás de la dimisión indigna, luciendo la larga nariz de los mentirosos.
José Manuel Soria, el amigo de Rajoy, se empeñó en mentir como mienten los niños, a la espera del milagro imposible de no ser descubiertos, y, como los niños, fue reconociendo su culpa poco a poco, según iba siendo descubierto, ganando tiempo, apenas horas, no se sabe muy bien para qué, hasta que la mentira se hizo insostenible y no le quedó más remedio que dimitir.
Lo que probablemente no aprendieron ni Soria ni el propio Rajoy es que la lealtad entre amigos debe ser recíproca. Lo que quizá no entendió Rajoy es que, al dar la cara a ciegas por su ministro amigo y mentiroso, se la estaba jugando, porque su destino iba a quedar indefectiblemente unido al suyo.
Cabe pensar que a Rajoy le quedó mal cuerpo cuando forzó a Soria a dimitir entonces como ministro y que, por ello, se esforzó en buscarle un buen destino, un destino a medida, como ese sillón en el Banco Mundial. De ese modo, Rajoy agradecía al protector de su padre el sacrificio de quitarse de en medio, cuando más arreciaba la polémica que ya comenzaba a salpicarle.
Lo que no calcularon De Guindos y Rajoy es que, ahora y sin mayoría absoluta, todo cuanto pasa y más puede llegar a saberse y que son demasiados los agraviados dispuestos a contarlo todo. Tampoco fueron conscientes, sobre todo Rajoy, de que el estado de gracia de que otorga controlar el Congreso ya no les acompaña. Por eso, en cuanto se conoció el nombramiento, la noticia y el escándalo corrieron como la pólvora y de nada sirvieron excusas y justificaciones, inventadas para vestir de legalidad lo que no fue más que un nepotista nombramiento a dedo.
Curiosamente, Rajoy y De Guindos se han comportado en este asunto como se comportó su amigo, sumado mentira tras mentira hasta que la situación se volvió insostenible y, por segunda vez hubo que forzar la renuncia del amigo Soria. Lo que ocurre es que esas mentiras han colmado todos los vasos y, amén de estallar las costuras del disfraz de unidad del PP, han hecho crecer narices de niño mentiroso en la jeta de ministro y presidente. 
Rajoy y De Guindos se ven ahora a la misma altura que quedó su amigo Soria y, por eso, lo lógico sería que pagasen el mismo precio que él mismo pago. De los partidos depende que, en estos dos meses que quedan de legislatura, se exija para ambos el castigo que merece la guinda que ambos colocaron sobre el pastel del descaro de un gobierno, el suyo, vuelto de espaldas como ningún otro a los ciudadanos.

martes, 6 de septiembre de 2016

CIÉNAGA Y FANGO


Llevamos demasiado tiempo chapoteando en aguas estancadas. No me refiero, aunque sería lo más fácil, a la inacción política que en estos nueve meses nos ha llevado dos veces a las urnas, nos ha hecho pasar por dos investiduras frustradas y, si alguien con más generosidad e imaginación de las demostradas hasta ahora no lo remedia, corremos el peligro de tropezar tres veces en esas mismas piedras.
La ciénaga en la que vivimos, esa enorme charca de aguas estancadas y fétidas es la de la corrupción. Una corrupción que se remonta décadas atrás, heredada de unos tiempos, los de la transición, en los que las grandes empresas acarreaban su dinero, en sobres o en de zapatos, a determinados partidos, para que el país en que habían construidos sus negocios no cayese en manos de los sindicatos y el "rojerío".
Era aquella una situación injusta de la que la Alianza Popular de Fraga y la UCD de Suárez eran los grandes beneficiarios. Una situación en la que los partidos de la derecha partían con ventaja frente a un Partido Comunista, que apenas contaba con sus militantes siempre movilizados y las aportaciones de sus élites culturales, y un PSOE seriamente desmovilizado durante el franquismo que necesito de ayuda moral y "de la otra" para recuperar el lugar que ocupaba antes de la dictadura.
De aquellos polvos de entonces vinieron los lodos de ahora, de aquellas aportaciones, para suplir con vallas y anuncios, vienen las Gürtel y púnicas de ahora y, si vienen, es porque aquellas empresas y otras parecidas siguen empeñadas en "proteger" a los partidos con los que se entienden y los protegen como mejor saben, con su dinero.
Hoy las cosas han cambiado. Ya ni las tramas, Gürtel o Púnica, puestas al descubierto y sentadas en el banquillo, les sirven. Hoy la estrategia del capital se ha hecho más sutil. Sutil hasta el punto de haberse "comprado" un partido cortafuegos. Un partido que no es otro que Ciudadanos, el partido "cortafuegos" que emergió a nivel nacional cuando peor estaba en Cataluña, con unos fondos y una militancia de origen incierto, surgido con el único fin de levantar barreras frente a cualquier intento de devolver al PSOE al lugar de la izquierda donde históricamente le corresponde estar y, una vez cercado, tratar de llevarlo al redil de esa "gran coalición" pretendida por la banca y todas esas viejas glorias que tiene o ha tenido a sueldo.,
Ciudadanos es como esas algas que proliferan en las ciénagas, impidiendo que pueda crecer cualquier otra flora y que acaban con el oxígeno que permite la vida y, sobre todo, la diversidad que garantiza la vida. Ciudadanos ha llegado con el único fin de impedir que crezca la izquierda de este país y, por el momento, lo está consiguiendo. Ciudadanos, como un parásito, se suma a cualquier atisbo de pacto para marcar el territorio, para esterilizarlo de modo que no pueda crecer en el nada que lleve a un cambio de estas reglas de juego tan trasnochadas con las que tenemos que lidiar.
Rivera y su partido consiguieron abortar aquel intento, ahora parece que tan lejano, de Pedro Sánchez para formar gobierno. También hizo lo que pudo para dar a Rajoy y su PP un barniz de credibilidad que no tenía, aunque, en este caso, no contó con la soberbia de un Rajoy que, desconfiado, hizo lo imposible para humillar al intrépido líder de Ciudadanos. 
Unos y otros lo han conseguido. Unos y otros, con la inestimable colaboración de la inexperiencia y el ego de quien se creyó más de lo que era, nos han dejado en esa ciénaga inmunda que asesina toda esperanza, angustiados por el futuro y atrapados en el fango.  

lunes, 5 de septiembre de 2016

...ME CAGO DENTRO


Habladme de descaro. Decidme una sola cosa que, por provocativa, inoportuna o indecorosa, creáis que un gobierno, no sólo en funciones, sino también en entredicho nunca se atrevería a hacer. Os digo ya de antemano que digáis lo que digáis, por imposible que os parezca, estaréis equivocados, porque, para nuestra desgracia, son capaces de eso y de más.
Es difícil imaginar qué pasa por las cabezas de Rajoy y su ministro De Guindos, cuál es la dimensión de su mundo, de dónde le llegan los consejos y las opiniones para no darse cuenta de que hay cosas que no se deben siquiera intentar. Supongo que lo que les ocurre es que tienen una idea “chiringuitera” del Estado, que son como esos personajes que, por sobrados, liquidan las existencias de su negocio en atenciones e invitaciones a sus amigos. eso, que estaría mal por suicida en el mundo privado, es mucho peor en el mundo de lo público, porque las rondas, las raciones y los "cubatas" corren a cuenta de todos y de quienes se van a reír no es de Rajoy o su ministro, sino de esa España que tanto dicen defender.
Llegados a este punto creo que cualquier infamia que podemos imaginar con la firma de Rajoy se va a ver superada inmediatamente. De hecho, cuando a los pocos minutos de materializarse el segundo fracaso de Rajoy en su investidura supimos de la designación de Soria, tuvimos que sumar al descaro del nombramiento el momento en que se materializó, después de la votación y con la administración prácticamente de fin de semana. A eso y, por si fuera poco, debemos sumarle las más que marrulleras justificaciones que el “pijoministro” De Guindos y Rajoy han tratado de colarnos, diciendo que sería ilegal no haberle nombrado, dando a entender que cualquier otro gobierno de signo distinto se habría visto obligado a nombrarle.
Mienten y lo saben, pero no les importa. Ni a ellos, pero, por lo que parece, no a todos ellos, porque también entre las filas del PP y en el mismo gobierno hay quienes comienzan a sentir la comezón de la indignidad, militantes y miembros del gobierno a los que, si lo pierden, no les va a quedar una pensión vitalicia o un sillón en cualquiera de las bancas especulativas dedicadas a la gestión de los fondos depositados en paraísos fiscales para hundir la economía de países decentes, aunque sea el suyo.
Esos picores de la decencia que llegan cuando menos tarde. no parecen preocuparle a Rajoy ni a De Guindos que han acudido al G-20 chino sacando pecho, henchidos de orgullo y permitiéndose dar al mundo su propia receta contra el populismo, ocultando que eso que llaman populismo, que no es sino indignación y rabia, le quitó de las manos la mayoría más absoluta de que ha disfrutado un gobierno del PP, dejándole sin escaños para formar gobierno y, por el absolutismo parlamentario ejercido desde su mayoría sin posibilidad alguna de formarlo.
Le he dado muchas vueltas a esta última jugada de Rajoy, similar a la que se marcó, prorrogando por varias generaciones la vida de la papelera que envenena las aguas y el aire de la ría de su Pontevedra natal, le he dado muchas vueltas, para, al final, llegar a la conclusión de que Rajoy es como ese mal inquilino que al enterarse de que debe dejar el piso rompe cuanto tiene a mano y se lleva lo que se puede llevar por el simple placer de negar a quienes le sucedan el disfrute de lo que en él había.
Rajoy, por más que diga lo contrario, se enfrenta al final de su carrera política y parece dispuesto a arrasar lo que le quede a mano y en repartir, como se reparten prebendas entre sus amigos, como se reparten las pertenencias de un muerto, por más que, pese a sus esfuerzos, el estado español y su prestigio aún no lo están.
La actitud de Rajoy es como la del novicio que, al verse rechazado por la comunidad dijo aquello de "para lo que me queda en el convento, me cago dentro".

viernes, 2 de septiembre de 2016

¿QUÉ DEMOCRACIA?


Resulta curioso, cuando no insultante que quienes más se han pasado la democracia por "el Arco del Triunfo", PP, patronales y grandes corporaciones invoquen una y otra vez aquello que no respetan.
Tanto o más curioso resulta que quienes vistieron la pana en aquellos ilusionantes años de la Transición nos empujen hoy, desde sus ternos de buen paño y mejor corte, a que pasemos por alto lo que ha quedado patente en las urnas y por dos veces: que la inmensa mayoría de los españoles no quieren a Rajoy al frente del Gobierno. Es más, como dejó claro Rivera, único socio de Rajoy, según el para esta a todas luces frustrada investidura, según el propio Rajoy para el gobierno, confiese en sede parlamentaria, a plena luz y con taquígrafos, que tampoco él se fía de tan torpe y marrullero candidato.
Pero más curioso resulta que en medio de este espectáculo, la prensa, demasiad pagada de sí misma y auto investida sin motivo como guardiana de la democracia, se empeñe en decirnos todos los días que lo que ahora nos conviene es renunciar a nuestro voto y tragar las ruedas de molino con que quienes les sostienen pretenden hacernos comulgar. A veces, como ayer miércoles, con el arrogante impudor, la desvergüenza o la torpeza que tuvieron EL PAÍS y EL MUNDO, al calcar, si no palabra por palabra, sí en su idea fuerza el titular con que abrieron sus ediciones en papel, como si una mente superior les hubiese dictado eso de que Pedro Sánchez había dado un "portazo" y que, con él, "aboca" a unas terceras "elecciones".
Dónde queda aquel "diario independiente de la mañana" que desafío a los generales Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch, Tejero fue un mero peón, un "tonto útil", para los verdaderos artífices, no todos de uniforme, de aquel golpe, afortunadamente frustrado, dónde queda aquel diario que salió a la calle a última hora de la tarde para decir no a la barbarie y para hacernos llorar de emoción a quienes no concebíamos nuestras vidas otra vez bajo una dictadura.
Hay quien cuenta que tampoco aquel 23 de febrero fue unánime ni, mucho menos, clara la postura de algunos destacados dirigentes, entonces no les llamábamos barones, socialistas. Intereses bastardos y trilaterales que, tras el fracaso de la asonada, se disiparon en medio de un silencio tan sospechoso y molesto como el de la diplomacia norteamericana o la del Vaticano. Evidentemente, aquellos eran otros tiempos. Hoy, los de siempre no necesitan recurrir a los carros de Milans o a los guardias de Tejero. Hoy, los gobiernos ya no gobiernan del todo y los militares juegan a la guerra electrónica con carísimos juguetes y no necesitan provocar acción para "hacen carrera", porque, para eso, ya tienen las misiones internacionales.
Hoy el instrumento con que los dueños del capital, sin credo ni patria a pesar de lo que dicen, no va de uniforme. Hoy el instrumento para doblegar la voluntad del pueblo, nuestra voluntad, es otro, Ese instrumento es el mismo que hasta hace poco creíamos que nos defendería. El instrumento es esa prensa, la prensa acogotada por deudas, eres y revoluciones tecnológicas, ahogada en el caldo de un lujo innecesario y faraónico, después de gestiones suicidas, no para el gestor, sino para los que, a su pesar, se ven gestionados.
Supongo que, de una manera u otra, siempre ha sido así, que siempre se ha podido comprar la línea editorial de un periódico o que, al menos, se ha podido comprar la voluntad de los periodistas, uno a uno. Pero, por aquel entonces, los periódicos eran de los periodistas o, al menos, los controlaban los periodistas. Hoy no, aunque quien decida titulares y editoriales tenga el carné y un pasado en el día adía de una redacción. Hoy quienes deciden apenas levantan el teléfono para enterarse de qué pasa y qué quieren los ciudadanos. Hoy sólo hablan con quien les dice lo que tienen que decir y con aquellos a los que ordenan lo que tiene que escribir.
Hoy, gente como Juan Luis Cebrián que ha arruinado económica y profesionalmente un periódico y sus empresas afines, de las que nos sentíamos orgullosos quienes trabajábamos en ellas y quienes las seguían, pretende decirnos qué hay que hacer con nuestra democracia, pretende, junto a personajes tan trasnochados como Felipe González, decidir quién debe gobernarnos, aún en contra de nuestra voluntad. Todo en aras de la democracia, pero qué democracia, la suya o la nuestra.

jueves, 1 de septiembre de 2016

DE OTRO SIGLO

Se me llevan los demonios cada vez que escucho, y, por desgracia, lo escucho demasiado, que Rajoy es un buen parlamentario, incluso brillante. La verdad, no lo entiendo ¿Acaso lo es porque de vez en cuando arranca carcajadas a sus hooligans, porque introduce, las más de las veces con calzador, citas presuntamente cultas en su discurso?
Más bien, Mariano Rajoy me parece un parlamentario de otro siglo, no precisamente del XX, sino del XIX, y me lo parece, porque, en mi opinión y siendo generoso, no ve más allá del hemiciclo. Incluso, me atrevería a decir que no ve más allá de las bancadas de los suyos de los que espera la aprobación y las carcajadas que, como las risas enlatadas de las series televisivas, contribuyan a darle a su discurso el brillo y el ritmo de los que carece.
Para Rajoy el alcance de lo que dice no va más allá del salón de plenos, el sesgo de los telediarios de la Primera o las portadas de dos o tres diarios amigos, convenientemente retorcidas y consensuadas. A Rajoy, la realidad se la trae al fresco. A Rajoy, en absoluto le importa mentir cuantas veces lo crea conveniente. Lo ha venido demostrando una y otra vez, aunque su galleguismo le lleve a rematar sus mentiras con la ambigüedad de un "o no" o un "salvo algunas cosas" o su torpeza congénita le empuje a revelar, como ayer hizo con la fecha de la firma del esperado acuerdo de paz en Colombia, secretos y confidencias.
Rajoy es un político del XIX, quizá por haberse criado en el ambiente provinciano de Pontevedra, en el que su padre era toda una autoridad, como lo es el presidente de su Audiencia. Rajoy, registrador de la propiedad por oposición, es un personaje de otro siglo que parece no haber entendido que, hoy, la realidad no se puede ahogar en la tinta de los titulares de un periódico, que parece no enterarse de que, si la mentira ha tenido siempre las patas muy cortas, hoy apenas se arrastra unos metros antes de ser pisoteada por la contumacia de réplicas y desmentidos en las redes. No lo entiende ni le importa, porque a quien busca es a la gente de un solo telediario, a los asustadizos pensionistas y rentistas de esa mitad de España que se recuesta sobre la otra. No le importa, porque no necesita más para seguir donde está.
La verdad, es muy triste tener que decirlo, tener que reconocer que el político más votado en este país parece sacado de una novela de Galdós. Es muy triste, pero es así y, si esa es la realidad que tenemos, es porque nos la merecemos, porque también los españoles somos un poco del XIX, hijos de la prensa del XIX que conforma nuestras ideas, esclavos del egoísmo decimonónico, corto de miras y fatalista, egoísmo que no es muy distinto del de quienes nos representan, ávidos de nuestros votos no para resolver nuestros problemas, sino para perpetuarse con ellos en el poder y, desde allí, esforzarse, no en cubrir nuestras necesidades, sino en cubrir lo que creen que son nuestras necesidades, pero a mayor gloria, siempre, de sí mismos.
Tenemos al frente del gobierno a un personaje decimonónico del que dicen que un puro y el MARCA le bastan para ser feliz. Pero no. No nos dejemos engañar. Rajoy es uno de los personajes más ambiciosos que han pasado por la política española. Más ambicioso aún que Aznar, para el que fue imprescindible organizando y costeando sus campañas electorales y financiando, a base de sobres marrones y cajas de puros, al partido y a sus líderes.
Rajoy, insisto, es un político de otro siglo, un usurero de Dickens que, como su personaje, míster Scrooge, no cree en la Navidad y está dispuesto a amargársela y amargárnosla, aunque quien sabe si sus retorcidos planes contemplan una victoria por mayoría absoluta con una abstención descomunal, forzada por el tedio o los compromisos familiares o por el nefasto funcionamiento del voto por correo.

miércoles, 31 de agosto de 2016

¡BENDITA MEMORIA!


Escuchando ayer a Rajoy su discurso de investidura, tedioso y el peor de su historia, según gran parte de la prensa, no pude por menos que recordar a mi padre, noventa y dos años, y a otras personas como mi padre, a las que la memoria comienza ya a descarrilarles. Y si recordé a mi padre, es porque oyendo a ese muñeco vestido de azul que pretende gobernarnos otros cuatro años, me preguntaba cuál podría ser la reacción de quién carece de memoria o está empezando a perderla ante tal ristra de promesas incumplidas e imposibles de cumplir o ante esa colección de logros que, de serlo, no lo han sido gracias a su gestión, sino a la situación internacional y, sobre todo, al sacrificio de millones de españoles a los que ha robado el futuro y difícilmente se lo devolverá.
Por eso agradecí esta bendita memoria que nos permite discernir entra las palabras y los hechos, la misma que permite confrontar, ahora con la cruda herramienta de fonotecas y hemerotecas, lo que se dijo o se hizo con lo que se dice que se dijo o se hizo. La misma memoria que, ante la imagen de ese señor del traje azul con su raída corbata fetiche, dispara todas nuestras alarmas y nos alerta de que quien dice ahora todos esos "diegos" en campaña es el mismo que en el consejo de ministros dictaba y firmaba los "digos" que todos hemos sufrido.
Gracias también a la memoria me parecieron un suspiro los apenas dos minutos que este dragón de Komodo de la política española, tan lento de movimientos como resulta ponzoñoso su contacto, dedicó a la corrupción o a su poco o nada creíble propósito de enmienda. Esos escasos dos minutos dedicados a ese epígrafe no bastaron, al menos a mí no me bastaron, para hacer desfilar por mi memoria los rostros y las caras de los Camps, Granados, Gómez de la Serna, Pujalte, Rita Barberá, Bárcenas, Esperanza Aguirre y su entorno de ranas, los Fabra y las oportunidades de negocio y toda una lista de indeseables condenados o no que, con la excusa de la eficacia han utilizado lo público para llenarse los bolsillos y engrasar la máquina electoral de su partidos, perpetuándolo en el poder y la rapiña.
La memoria que no le faltó a ese señor empeñado en comerse las eñes de señorías y en llenar el aire de eses líquidas para anunciar el apocalipsis alternativo a su gobierno, como tampoco le abandonó a la hora de parapetarse tras la bandera del peor españolismo, echando abajo imprudentemente, los puentes por los que podrían llegarle en caso de necesidad los votos de la derecha nacionalista, a la que ofendió y cabreó innecesariamente.
Está claro que la memoria, nuestra memoria, a Rajoy "se le ¡importa una figa", `porque la única que le preocupa es la de los votantes que imagina, todos, en el barrio de Salamanca, el único lugar en el que he visto, dos veces, billetes de 500 euros, esos señores de cafetería fina, tortitas con nata y pastas para el té a los que el portero les sube el ABC desde hace décadas, los que tan bien quedan retratados en "Renacimiento", la novela de Manuel Longares, a los que no les duelen prendas a la hora de mantener al partido que desmantela una sanidad y una educación públicas que ellos no necesitan.
Seguro que pensaba en ellos y en el Colegio del Pilar, cuando habló de negociar un gran pacto por la Educación, sin que se le escapara la risa recordando a Wert, su ministro "destroyer", hoy jardinero enamorado en París.
Menos mal que tenemos memoria, esa bendita memoria que nos llena de arañas el estómago cuando escuchamos algunas cosas, esa bendita memoria que nos pone en guardia ante quienes una y otra vez nos hacen "pedorretas" con el BOE y nos arruinan la vida. Menos mal que la tenemos y ojalá la tengan otros a los que, después de quitarles la honra en el huerto del pacto, ninguneó en su discurso.
Rajoy, como cualquier gerifalte de la derecha de este país, va sobrado. Pretende el apoyo de todos a cambio de nada, porque cree que el poder es su lugar natural y que el país se lo debe. Menos mal que algunos aún tenemos memoria ¡Bendita memoria que nos permite recordar quién es quién y lo que cuesta dejar de serlo!

martes, 30 de agosto de 2016

ACABAR CON EL CORSÉ


De repente, se acabó el verano. Un verano extraño, un verano de mal estudiante, de estudiante desganado y aburrido, al que junio no le fue propicio y ni julio ni agosto le han servido para poner las materias "cateadas" al día. Un estudiante que se enfrenta a los exámenes como un mal trago, un trámite por el que hay que pasar sin la más mínima esperanza de superarlo para seguir adelante.
Bien es verdad que, a ese estudiante, después de tantas horas perdidas ante los apuntes, después de tantas ilusiones, angustias y fracasos, le han crecido espolones y se le ha retorcido el colmillo, para bien y para mal. Bien es verdad que ya no es el mismo, porque conoce as dificultades y los tics de quienes le han de tomar la lección.
La sensación que tengo al enfrentarme a este nuevo curso político, con las mismas materias, los mismos profesores y los mismos compañeros del que acabó en fracaso hace apenas tres meses, es la misma sensación que tuve cuando, aquel septiembre ya lejano, cuando equivocadamente estudiaba Veterinaria, me vi incapaz de superar los exámenes de septiembre, con las mismas asignaturas que ya no me ilusionaban, con el hastío acumulado en los meses perdidos. Bien es verdad que fui capaz de armarme del valor suficiente para reconocer que así no podía seguir, primero ante mí mismo y después ante mis padres, comprometiéndome en un giro de ciento ochenta grados que, para mi fortuna, acabó resultando positivo.
Creo que el país, y me refiero a España, porque al otro país, EL PAÍS, lo doy ya por perdido, está ante una encrucijada como la que yo viví. Lo que le ocurre a España, a los españoles, es que la carrera que estudia ya no les satisface, en una facultad y con unas normas que no le sirven. España ha demostrad, y por dos veces, que no quiere estudiar bipartidismo. Lo malo es que aún sigue matriculada en esa carrera en la que, por desgracia, no está contemplado que los partidos con capacidad de decidir y proponer leyes sean más de dos, porque, por mucho que se ganen elecciones, esas victorias no bastan para formar las mayorías precisas para gobernar.
Lo malo, lo peor de todo, es que el parlamento, el terreno de juego, en el que han de confrontarse unos y otros sólo está pensado para dos, porque en él se pintaron las rayas que marcan sus límites y se dictaron las normas para que los contendientes fuesen sólo dos y, de haber un tercero, se le pudiese ir arrinconando hasta sacarle fuera por las buenas o por las malas.
La ley electoral y los reglamentos de las cámaras en las que ha de hacerse la política están diseñadas para que, en España, haya sólo dos partidos. Pero no sólo eso, el sistema, y no me refiero al político, más bien hablo de las grandes corporaciones, las que estrangulan al poder para debilitarlo y hacerlo dócil y manipulable, se maneja mejor con dos partidos, dos voluntades a los que engatusar, manejar o, por qué no, sobornar, para pagar impuestos ridículos mientras el país, muy especialmente, nuestra Seguridad Social, se asfixia. Por eso presiona y presiona hasta alinear al PSOE junto al PP versión A y el PP versión B, aún a costa de su ruptura y la desafección de sus votantes,
Al IBEX 35 no le gusta que sus asuntos dependan de la decisión de tres o más partidos, porque es más fácil "llevarse al huerto" a un diputado "de los de toda la vida" que a un "rasta", aunque nunca se sabe. Por eso, el IBEX 35 y su acorazada de opinar, desde el ya decadente t desacreditado Juan Luis Cebrián al Financial Times, tratan de quebrarle la cintura a Pedro Sánchez, para que el "Pacto de los toros de Guisando" sea a tres y no sólo a dos, porque Coalición Canaria es ahora más simbólica que necesaria.
Por eso, en este curso que comienza, alguien tiene que atreverse, alguien tiene que desatar el corsé que comprime la voluntad de los ciudadanos, para esconder los michelines de su diversidad y convertirla en una imposible cintura de avisa que, antes o después, en lo general y en lo particular, acabará doliéndonos.
No sé cómo ni sé quién lo va a lograr, pero alguien tiene que acabar, no con el bipartidismo, que de eso nos encargamos los ciudadanos, sino con el corsé legislativo que se encarga de modelar nuestra voluntad.