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miércoles, 7 de septiembre de 2016

LA GUINDA

Quien piense que esa mezcla perfecta de maldad, desprecio a los demás y torpeza que caracteriza las actuaciones de los dirigentes del PP es insuperable, se equivoca. Rajoy, ese personaje capaz de coger un avión para irse al fútbol tan tranquilo, después de firmar veintitantos mil euros de rescate a la banca que acabaríamos pagando todos, el mismo que manda mensajes de ánimo al entonces personaje más odiado de la política española, el que dijo de las informaciones publicadas sobre los papeles de su amigo Luis (Bárcenas) que "todo es mentira, salvo alguna cosa", el que defendió a capa y espada a otro de sus amigos, un tal Soria, al que nombró ministro y que resultó haber sido titular de sociedades fantasmas en Panamá y se pasó días y días mintiendo como un bellaco, el que premió al peor ministro de Educación de nuestra historia con una embajada ajardinada en París, cerca de su novia, ese mismo señor que, para nuestra desgracia, ha presidido el gobierno de España durante cuatro años, lleva otro año presidiéndolo en funciones y que, para nuestra vergüenza, sigue siendo el más votado, ése, ha sido capaz de empeorar lo que parecía que no podía ser empeorado.
Ese señor que se creía a salvo de todo, ese señor que ha vivido convencido de que no tenía por qué dar explicaciones a nadie, el que ha hecho de su capa un sayo cada vez que le ha convenido, el que retuerce las leyes para ponerlas a su servicio y, si no puede, las cambia, el que quita y pone jueces magistrados a su gusto o conforme a sus necesidades, el que, siendo el presidente de su partido, en el que ha sido de todo, cocinero y fraile, el que también lo ha sido todo en el gobierno, el que parece incombustible, ha superado lo insuperable.
Fue el viernes pasado. Cuando batió el récord mundial de la ignominia nombrando a oscuras y sin taquígrafos a su amigo José Manuel Soria, el que tanto cuidó de su padre, el viejo magistrado, cuando pasó unos días en las Canarias, para uno de los sillones de la dirección del Banco Mundial, un puesto remunerado con 220.000 euros al año libres de impuestos. un nombramiento que podría haber pasado tan inadvertido como Rajoy y su ministro De Guindos pretendían, de no haber sido porque el elegido tuvo que salir sin honra del gobierno, por la puerta de atrás de la dimisión indigna, luciendo la larga nariz de los mentirosos.
José Manuel Soria, el amigo de Rajoy, se empeñó en mentir como mienten los niños, a la espera del milagro imposible de no ser descubiertos, y, como los niños, fue reconociendo su culpa poco a poco, según iba siendo descubierto, ganando tiempo, apenas horas, no se sabe muy bien para qué, hasta que la mentira se hizo insostenible y no le quedó más remedio que dimitir.
Lo que probablemente no aprendieron ni Soria ni el propio Rajoy es que la lealtad entre amigos debe ser recíproca. Lo que quizá no entendió Rajoy es que, al dar la cara a ciegas por su ministro amigo y mentiroso, se la estaba jugando, porque su destino iba a quedar indefectiblemente unido al suyo.
Cabe pensar que a Rajoy le quedó mal cuerpo cuando forzó a Soria a dimitir entonces como ministro y que, por ello, se esforzó en buscarle un buen destino, un destino a medida, como ese sillón en el Banco Mundial. De ese modo, Rajoy agradecía al protector de su padre el sacrificio de quitarse de en medio, cuando más arreciaba la polémica que ya comenzaba a salpicarle.
Lo que no calcularon De Guindos y Rajoy es que, ahora y sin mayoría absoluta, todo cuanto pasa y más puede llegar a saberse y que son demasiados los agraviados dispuestos a contarlo todo. Tampoco fueron conscientes, sobre todo Rajoy, de que el estado de gracia de que otorga controlar el Congreso ya no les acompaña. Por eso, en cuanto se conoció el nombramiento, la noticia y el escándalo corrieron como la pólvora y de nada sirvieron excusas y justificaciones, inventadas para vestir de legalidad lo que no fue más que un nepotista nombramiento a dedo.
Curiosamente, Rajoy y De Guindos se han comportado en este asunto como se comportó su amigo, sumado mentira tras mentira hasta que la situación se volvió insostenible y, por segunda vez hubo que forzar la renuncia del amigo Soria. Lo que ocurre es que esas mentiras han colmado todos los vasos y, amén de estallar las costuras del disfraz de unidad del PP, han hecho crecer narices de niño mentiroso en la jeta de ministro y presidente. 
Rajoy y De Guindos se ven ahora a la misma altura que quedó su amigo Soria y, por eso, lo lógico sería que pagasen el mismo precio que él mismo pago. De los partidos depende que, en estos dos meses que quedan de legislatura, se exija para ambos el castigo que merece la guinda que ambos colocaron sobre el pastel del descaro de un gobierno, el suyo, vuelto de espaldas como ningún otro a los ciudadanos.

lunes, 5 de septiembre de 2016

...ME CAGO DENTRO


Habladme de descaro. Decidme una sola cosa que, por provocativa, inoportuna o indecorosa, creáis que un gobierno, no sólo en funciones, sino también en entredicho nunca se atrevería a hacer. Os digo ya de antemano que digáis lo que digáis, por imposible que os parezca, estaréis equivocados, porque, para nuestra desgracia, son capaces de eso y de más.
Es difícil imaginar qué pasa por las cabezas de Rajoy y su ministro De Guindos, cuál es la dimensión de su mundo, de dónde le llegan los consejos y las opiniones para no darse cuenta de que hay cosas que no se deben siquiera intentar. Supongo que lo que les ocurre es que tienen una idea “chiringuitera” del Estado, que son como esos personajes que, por sobrados, liquidan las existencias de su negocio en atenciones e invitaciones a sus amigos. eso, que estaría mal por suicida en el mundo privado, es mucho peor en el mundo de lo público, porque las rondas, las raciones y los "cubatas" corren a cuenta de todos y de quienes se van a reír no es de Rajoy o su ministro, sino de esa España que tanto dicen defender.
Llegados a este punto creo que cualquier infamia que podemos imaginar con la firma de Rajoy se va a ver superada inmediatamente. De hecho, cuando a los pocos minutos de materializarse el segundo fracaso de Rajoy en su investidura supimos de la designación de Soria, tuvimos que sumar al descaro del nombramiento el momento en que se materializó, después de la votación y con la administración prácticamente de fin de semana. A eso y, por si fuera poco, debemos sumarle las más que marrulleras justificaciones que el “pijoministro” De Guindos y Rajoy han tratado de colarnos, diciendo que sería ilegal no haberle nombrado, dando a entender que cualquier otro gobierno de signo distinto se habría visto obligado a nombrarle.
Mienten y lo saben, pero no les importa. Ni a ellos, pero, por lo que parece, no a todos ellos, porque también entre las filas del PP y en el mismo gobierno hay quienes comienzan a sentir la comezón de la indignidad, militantes y miembros del gobierno a los que, si lo pierden, no les va a quedar una pensión vitalicia o un sillón en cualquiera de las bancas especulativas dedicadas a la gestión de los fondos depositados en paraísos fiscales para hundir la economía de países decentes, aunque sea el suyo.
Esos picores de la decencia que llegan cuando menos tarde. no parecen preocuparle a Rajoy ni a De Guindos que han acudido al G-20 chino sacando pecho, henchidos de orgullo y permitiéndose dar al mundo su propia receta contra el populismo, ocultando que eso que llaman populismo, que no es sino indignación y rabia, le quitó de las manos la mayoría más absoluta de que ha disfrutado un gobierno del PP, dejándole sin escaños para formar gobierno y, por el absolutismo parlamentario ejercido desde su mayoría sin posibilidad alguna de formarlo.
Le he dado muchas vueltas a esta última jugada de Rajoy, similar a la que se marcó, prorrogando por varias generaciones la vida de la papelera que envenena las aguas y el aire de la ría de su Pontevedra natal, le he dado muchas vueltas, para, al final, llegar a la conclusión de que Rajoy es como ese mal inquilino que al enterarse de que debe dejar el piso rompe cuanto tiene a mano y se lleva lo que se puede llevar por el simple placer de negar a quienes le sucedan el disfrute de lo que en él había.
Rajoy, por más que diga lo contrario, se enfrenta al final de su carrera política y parece dispuesto a arrasar lo que le quede a mano y en repartir, como se reparten prebendas entre sus amigos, como se reparten las pertenencias de un muerto, por más que, pese a sus esfuerzos, el estado español y su prestigio aún no lo están.
La actitud de Rajoy es como la del novicio que, al verse rechazado por la comunidad dijo aquello de "para lo que me queda en el convento, me cago dentro".