viernes, 7 de junio de 2013

ITURGAIZ SE SE EQUIVOCA TORPEMENTE

 
 

Entiendo que verse en el punto de mira de ETA o cualquier otra organización terrorista genere mecanismos de defensa en quien padece ese castigo. Otra cosa es que la tortura cotidiana, ese vivir encarcelado en su casa, su barrio o su tierra llegue a nublar el entendimiento de quien sin duda ha sido una víctima. Personajes como Carlos Iturgaiz, hasta hace poco presidente del PP vasco, no acaban de entender que, cuando se dejan llevar por las consecuencias de lo padecido y acaban viendo enemigos en todas partes, están haciendo a quienes se han pasado la vida amenazándoles el mejor de los regaos, porque, cuando el miedo se transforma en odio y el adversario en enemigo, acaban siendo coartada de sus verdugos.

Iturgaiz, no hay que olvidarlo, se ha criado políticamente a los pechos de Jaime Mayor Oreja y, cómo él, padece esa alteración de la realidad que le ha llevado, por ejemplo, a negar cualquier legitimidad a los gobiernos de izquierda en América Latina, incluso a aquellos que habían conseguido el poder en las urnas, en las ocasiones en que había ejercido como observador en procesos electorales en aquel continente. Demasiado a menudo, su "talibanismo", muy parejo al de su mentor, se había vuelto incómodo para u PP que quería crecer, fundamentalmente en el País Vasco y, quizá por ello, cuando el PP quiso lavarse la cara y dar una imagen más centrista se le incluyó en las listas del Parlamento Europeo, quizá como a un retiro dorado en el que su intrépida lengua dejase de ser un peligro. Pero ya se sabe que, "aunque al mona se vista de seda, mona se queda" y estaba claro que, antes o después, Iturgaiz estaba condenado a levantar otra escandalera con sus palabras.

Lo hizo ayer al contestar de manera torpe y desproporcionada a la concesión del premio Ciudadano Europeo 2013, otorgado a la Plataforma Antidesahucio, con la que ya había tenido un desagradable enfrentamiento en el mismo Parlamento Europeo, rayano en el ridículo por parte del eurodipurado,  Ada Colau, compareció ante la comisión de peticiones de la cámara para explicar la posición del movimiento ante los desahucios.

No es de extrañar, pues, el cabreo de Iturgaiz al comprobar que aquella mujer y aquel movimiento a los que intento de descalificar zafiamente, comparándolos con terroristas, se alzase con unanimidad con el galardón. Y no es de extrañar que, en lugar de asimilar en silencio y con elegancia el resultado de una votación, haya preferido hacer el ridículo pronunciando ante Radio Nacional la estúpida frase de que "Hoy es Ada Colau y mañana Arnaldo Otegi", sin darse cuenta de que en la comparación quien sale ganando es Otegi que, a partir de ahora, puede comenzar a ser visto como un demócrata caído en desgracia.

Hacen mal quienes cultivan el victimismo como medio de descalificación de sus adversarios, porque pretender que, sólo por haber sufrido el acoso de ETA y sus alrededores, se les tenga que dar la razón es absurdo y deberían saber que el uso y abuso que han hecho de ese victimismo ha podido darles ventaja política en otros tiempos, que ya no son éstos, ya no va a ser el mismo, porque son miles los ciudadanos que de una manera directa o indirecta están sufriendo las consecuencias de lo que Colau y la PAH combaten.

Hacen mal e Iturgaiz se equivoca al colocarse torpemente frente a la organización quienes ha sido capaz de conseguir en un tiempo record un millón y medio de firmas respaldando la iniciativa legislativa que luego su partido, el PP, ha acabado despreciando. Se equivoca torpemente, porque ni de lejos se acerca a ese respaldo el que torticeramente promovió Esperanza Aguirre contra e IVA y que ya se sabe en qué ha quedado. Se equivoca el muy torpe.
 
 

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C

jueves, 6 de junio de 2013

¿NADIE VA A PAGAR POR ESTO?

 
 

Aún recuerdo como en los primeros meses de la crisis se nos pintaba a los griegos como tramposos, vagos y parásitos de la Unión Europea. Entonces España era aún la nación alegre y confiada que se ofendía cada vez que se asociaba su nombre al del socio caído en desgracia y que seguía creyendo en brotes verdes y bancos sólidos. Nunca, nos dijeron, nos veríamos como Grecia, despidiendo a los funcionarios y asfixiando a los pensionistas y por eso, reconozcámoslo, hasta nos pareció bien un poco de mano dura para los griegos. Incluso se criminalizó, recordemos, a  Papandreu por tratar de  anteponer la democracia a la economía.

Tres años, que parecen siglos, después, cuando Grecia se ha hundido, cuando la población ha caído en una grave depresión sólo comparable a la del propio país, cuando se ha paralizado la economía, cuando se ha disparado el paro, cuando la protección que da el estado de bienestar a los ciudadanos está desapareciendo casi por completo y la solución a los problemas de Grecia está mucho más lejos de lo que estaba antes de aplicarle la dura medicina que se le aplicando, sólo después de estos tres años de pan y agua, el FMI es capaz de ver que se equivocó, que magnificó los efectos beneficiosos de la purga y no supo o no quiso ver el debilitamiento, la deshidratación a que llevaba aplicar una lavativa tras otra al enfermo.

Han sido tres años de una interminable partida de póker en la que uno de los jugadores, la troika, ha ido cantando con descaro las cartas que llevaba en la mano, como queriendo dar tiempo al resto de jugadores, los especuladores, para contrarrestarlas y quedarse con la apuesta. Una partida de póker en la que el torpe jugador, el que se mueve lentamente y anuncia uno a uno los pasos que va a dar, juega con dinero ajeno y de ahí la poca importancia que da a los malos resultados su torpeza.

Por qué quienes marcan al final la política de los países en crisis, los socios europeos del sur Grecia, Portugal, Chipre, España y, en cierta medida, Francia e Italia, no se someten al escrutinio de quienes pagan las consecuencias de sus errores. Por qué los comisarios europeos, el presunto "gobierno" de la Unión Europea, como Joaquín Almunia, se eternizan en el cargo, hagan lo que hagan, se equivoquen como se equivocan, sin que, al final, pase nada. Porque cuánto lleva Almunia como comisario en Bruselas ¿diez, doce, quince años? Sólo sé que ha sido el tiempo suficiente para que se atrofien sus sentidos y ya no sea capaz de saber por qué y por quién está en su cargo.

El informe hecho público hace unas horas por el FMI,  cuyos tres últimos directores, Rato, Strauss Kahn y ahora Lagarde tienen y han tenido que pasar por los juzgados por causas diferentes, pero que han puesto todas en entredicho la rectitud de sus conductas, reconoce que con su trágala de austeridad, pese a que calculaba que  la economía griega se contraería cinco puntos y medio, lo ha hecho con un resultado final tres veces mayor y que el incremento del paro con que contaban, superior al quince por ciento, se ha disparado hasta el veinticinco. Lo han dejado por escrito y, que se sepa, nadie ha dimitido, nadie ha sido cesado por hacer unas previsiones, aquilatadas a la décima, que, a la hora de la verdad, se duplican o se quintuplican ¿No es para tomar de nuevo la Bastilla o el Palacio de Invierno? ¿No es para levantarse y acabar con este estado de cosas en el que quienes toman las decisiones escapan a cualquier control democrático y no se responsabilizan de sus desastre?

Algo habrá que hacer, no sé el qué, pero tengo claro que alguien tiene que pagar por esto.
 
 

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miércoles, 5 de junio de 2013

UNA LECCIÓN PARA EL MINISTRO

 
 

Daba gloria ver ayer al ministro recoger azorado la mano vacía que no quisieron estrechar diez de los más brillantes estudiantes universitarios españoles. Viendo anoche las imágenes me sentí orgulloso y emocionado, tanto como confuso  debió sentirse Wert, empeñado en recolocar los puños de su camisa después del desplante, sólo para repetir el gesto protocolario y mecánico de extender la mano junto al diploma que acredita cada premio y obtener otras nueve veces la misma respuesta.

Me alegré de que esos diez estudiantes, merecedores todos de premio por sus brillantes carreras no se hubiesen dejado llevar por ese viejo consejo que suelen dar las madres y las abuelas de "hijo, tú no te signifiques". Y me alegré, porque en estos tiempos que nos toca vivir, que en especial les toca vivir a ellos, hay que hacer caso a Gabriel Celaya y tomar partido hasta mancharse. Su gesto, su desprecio al ministro responsable de que muchos de sus compañeros tengan que abandonar sus carreras a mitad de curso por no poder pagar las tasas salvajes impuestas este año o por no disponer de la beca que hasta ahora les había permitido seguir sus estudios, su gesto, insisto, ha dado la vuelta al país, las imágenes se han repetido en la red y en los telediarios, dejando sin argumentos a quienes, como el propio Wert, se llenan la boca de palabras rimbombantes como excelencia, aprovechamiento o esfuerzo.

El gesto de estos universitarios ha dejado claro que también quienes más se esfuerzan, quienes más aprovechan sus estudios, quienes han obtenido sus títulos con excelencia, desprecian a este ministro que de uno o varios plumazos ha devuelto la universidad y la educación a tiempos en los que sólo estudiaban los hijos de los pudientes, mientras se condenaba a un futuro castrado al resto. El gesto ha dejado sin argumentos a quienes piensan que las protestas y las huelgas son cosa de gamberros y vagos.

Hay quien anda diciendo que el gesto de estos jóvenes fue una muestra de mala educación y yo les quito la razón. Quienes piensan eso confunden la educación con el protocolo. Estrechar la mano es un gesto de cordialidad, de mutua confianza, de hecho se dice que, si se ofrece la mano abierta, es para demostrar que no oculta ni empuña un arma, y hay momentos en que la cordialidad no es posible, porque la mano que te ofrecen es la de quien firma las leyes dejan en la calle a decenas de miles de universitarios y sin fondos para desarrollar los conocimientos adquiridos en la Universidad a miles de licenciados como los premiados ayer ¿Puede haber cordialidad en ese caso? Creo que no y que Wert obtuvo ayer lo que merecía.

Pese a ello, hay incluso quien se compadece del pobre ministro que "es inteligente y educado" y yo les digo que he visto imágenes de Hitler y del general Franco acariciando niños y perros, les digo que no es de eso de lo que estamos hablando, que de lo que estamos hablando es de la negación del saludo a quien tiene por costumbre despreciar a quien no le da la razón, a quien como un toro ciego embiste una y otra vez contra lo que es de todos y tanto ha costado construir, dispuesto a echarlo abajo, pensando quizá en un pasado que para él fue fácil.

Para quien pasó su infancia y su adolescencia en las aulas y el patio del selecto Colegio del Pilar debe ser muy difícil pensar que un chaval de Entrevías, en Madrid, o de las tres mil viviendas de Sevilla tiene el mismo derecho que él a formarse y a hacerlo con la ayuda del Estado que pagamos todos, ricos y pobres, cada cual con su afán y su esfuerzo. Parece mentira que alguien que tanto se las da de culto, que presume de experiencia, que ha estado al frente del CIS y lleva años viviendo de la demoscopia, no sea capaz de ver que lo que está haciendo es injusto y clasista y que lo de ayer no fue un gesto de mala educación, sino toda una lección para un ministro.
 
 

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martes, 4 de junio de 2013

EL DINERO DEL PP

 
 
No pasa un día sin que nos enteremos de algún nuevo chanchullo en torno a las cuentas del partido que gobierna la mayor parte de las administraciones de este país. Ayer, por ejemplo supimos que también los cargos del partido en la Asamblea de la Comunidad de Madrid han estado cobrando desde hace años diversas cantidades que rondan los dos mil euros mensuales "para gastos de representación", por un importe total que podría superar los doscientos mil. Todo un dinerito que, lo subrayo, marca la diferencia entre los diputados del Partido Popular y los de otros partidos que, por ejemplo, tienen sus sedes a punto de ser embargadas.
Casi simultáneamente aparecía en los kioscos el semanario Interviú con un reportaje en el que se desvela que muchas de las sedes del PP en la provincia de Alicante no figuran a nombre del partido, sino al de diversas asociaciones de nombres dispares, todas sin ánimo de lucro que, no sólo eluden la fiscalización del Tribunal de Cuentas, sino que reciben jugosas subvenciones de los ayuntamientos de los municipios en los que están enclavadas, con lo que se da la feliz circunstancia de que algunos alcaldes ayudan a financiar con el dinero de todos los vecinos las infraestructuras del partido que les ha llevado a la alcaldía. Una curiosa táctica que la Sexta ha encontrado en otros puntos del país y que demuestra lo que se estrujan el cerebro estos tipos cuando se trata, no de trabajar por el bien común, sino de hacerlo por su maquinaria electoral.
Llevamos décadas sospechando que algo huele a podrido en las cuentas de los partidos políticos, especialmente en las del partido de la calle Génova. Allá a finales de los ochenta estuvimos a punto de sacar la madeja tirando del hilo que el juez Manglano encontró por casualidad cuando, en unas escuchas ordenadas a propósito de un caso de narcotráfico, aparecieron conversaciones que revelaban la existencia de una trama de financiación ilegal con cobros de comisiones a constructoras, se suponía que a cambio de adjudicaciones de obras y contratas. 
Aquello no fue a más, gracias a la inexperiencia de aquel juez voluntarioso que cometió demasiados errores en la instrucción del caso y a la maquinaria legal que puso en marcha el partido de la derecha, pillado con las manos en la masa, gracias a las conversaciones de, entre otras, un prepotente alcalde de Benidorm apellidado Zaplana. Aquello se anuló y tuvimos que asistir a la paradójica salida legal de tener que olvidar todo lo que habíamos escuchado sobre los tejemanejes de dragones y primos.
Hubo cambio de líder, Antonio Hernández Mancha, que fue devorado por sus compañeros y por las circunstancias, y llegó Josemari que tomó el relevo en el liderazgo de un Manuel Fraga, acosado por las sospechas de que aquella trama se había urdido en su entorno, a la vez que nada apetecible para la mayor parte del electorado que, salvo pare el de su Galicia natal, como  más tarde se vería.
Después de aquello hubo refundación del PP, ya lo creo que la hubo. Se cambió de líder, se cambió de imagen y se cambió también de "recaudadores". Lo que no se cambió fue la enorme necesidad de fondos necesarios para mover la pesada maquinaria de un partido que, a imagen y semejanza de los de sus modelos Reagan y Tatcher, tenía que pagar toda una legión de asesores, a la vez que alimentar el verbo de sus corifeos.
No sé cuánto habrá que esperar para ver que con fondos legales  no es posible pagar una estructura como la del Partido Popular. No sé si alguna vez lo sabremos. Lo que sí sé es que es intolerable que, mientras dos de cada tres jóvenes españoles están en paro y soportamos un paro del 27% de nuestra población activa, haya quienes se llevan a casa un sueldo y un sobre que, cuando cotiza, cotiza un IRPF muy por debajo de lo que debería cotizar por el total de ingresos. Tan intolerable como que ahora pretendan recortar el número de nuestros representantes y hacer que estos dejen de recibir un sueldo por sus escaños.
Está claro que el PP, con su dinero, que es el que involuntariamente nosotros pagamos de más a sus donantes, puede de sobra compensar a esos diputados sin sueldo que nos quiere imponer. Y, mientras tanto, la democracia es la que pierde.
 
 
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lunes, 3 de junio de 2013

FALTA HUMANIDAD

 
 
Difícilmente puede haber algo más frustrante para un padre de familia que ver partir a sus hijos con el hatillo en busca de un futuro que la familia no le puede dar. Por eso, si, como pretenden que creamos, la patria es -eso nos cuentan con grandilocuencia- una madre protectora para sus hijos, en estos días aciagos, la patria y sus gestores deberían sonrojarse de vergüenza al ver como lo más granado de su juventud se ha visto obligada a hacer las maletas, ahora con ruedas y no de madera o cartón como las de sus abuelos, para ir en busca del futuro que aquí se les niega.
Al menos eso pensaba yo hasta que ayer escuché al inefable Esteban González Pons, una especie de supositorio grasiento y escurridizo que el Partido Popular, su partido, carga cada fin de semana con el principio activo de lo peor de su ideología para que nos lo administre hierática y cínicamente, con su cansina voz de fraile, ante los micrófonos y las cámaras de turno. Lo digo porque este prodigio de la naturaleza que es el vicesecretario general de Estudios y Programas nos dio ayer toda una lección de geografía al hacernos saber que salir de España para buscar trabajo, si es a Europa, no es ir a trabajar al extranjero, sino quedarse en casa.
Toda una lección para un paleto como yo que sólo a duras penas podría hacerme entender en Francia y una parte de Bélgica y todo un mito que se viene abajo para alguien que, después de tantos años, aun siente mariposas en el estómago cuando cruza, aunque sea sin necesidad de detenerse, cualquier frontera.
Qué distinta la fábula que nos contó ayer González Pons del realismo social de Enrico Letta, primer ministro italiano, que, casi al mismo tiempo, pidió perdón a los italianos que se han visto obligados a emigrar y que atribuye tal desgracia a las políticas de gobiernos que "durante años han eludido sus responsabilidades". Las palabras de Letta no eran un dislate improvisado sino que formaban parte de la carta de respuesta del jefe de gobierno italiano a otra carta, publicada el día anterior, en la que un ciudadano se quejaba de que sus amigos hubiesen tenido que, para encontrar trabajo, han tenido que marcharse de "país moribundo, sin esperanza y sin futuro".
Qué distinta, insisto, la actitud de Letta de la de nuestros gobernantes que una y otra vez insisten en disfrazar la realidad envolviéndola con palabras tan falsas como vacías, para hacernos creer que los problemas no lo son, sin darse cuenta de que, con ello, no sólo impiden hallar una solución para los mismos, sino que aumentan el dolor y la frustración de quienes los sufren en sus carnes.
Estoy seguro de que aquí, en España, ningún político lee las cartas al director de los periódicos, pese a que la experiencia me dice que muchas de ellas dicen más de la situación del país que todos los telediarios del día. Para qué leerlas, para qué contestarlas, si disponen de sus púlpitos electrónicos para impartir doctrina siempre que quieran. Para qué entrar en un debate que nunca ganarían. Cómo no ignorar la reflexión de un ciudadano en solitario, si se han acostumbrado a menospreciar cuando no a ignorar huelgas y manifestaciones multitudinarias.
Es mucho más práctico ensanchar los límites del país, de "casa", hasta donde sea menester. Es mejor encomendar la solución a la virgen del Rocío y disfrazar la frustrante necesidad de emigrar de nuestros jóvenes como "espíritu aventurero", sin pararse a pensar que, con su salida de España, estamos perdiendo el dinero y el esfuerzo que ellos y, con ellos, todos nosotros hemos invertido en su formación.
A veces cuesta mucho sentirse parte de un país en el que los gobernantes no sienten ni padecen por lo que les ocurre a los ciudadanos. A veces echo de menos un poco de humanidad en quienes nos dicen que todo lo hacen por el bien común. Cómo se nota que la mayoría de quienes están en política, cuando salen de ella tienen  siempre una poltrona en la que descansar su culo. Falta sensibilidad y falta humanidad, porque falta el realismo valiente que hace falta para desarrollarlas.
 
 
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domingo, 2 de junio de 2013

LA LOCUACIDAD DE GUERRA

 
He de confesar que Alfonso Guerra, Guerra, fue uno de mis primeros flirts profesionales. Corría julio o agosto de 1982 y me tocó a una de mis primeras ruedas de prensa políticas, llevaba pocos meses en la redacción de la SER y, como por aquel entonces los que hacíamos prácticas éramos muy pocos y los compañeros con galones para el escaqueo eran muchos, de vez en cuando nos mandaban a uno de nosotros, pobres aprendices, a cubrir ruedas de prensa inesperada.
Recuerdo que fue al final de la mañana y que la convocatoria fue inesperada. Alfonso Guerra, vice secretario general del PSOE convocaba a la prensa en la sede de Santa Engracia -la de Ferraz hubo aún de esperar- no recuerdo con qué motivo. No lo recuerdo, pero recuerdo que me cautivó. Tenía ya esa labia y esa malicia en lo que decía que le harían temible entre sus adversarios y, también y quizá con más motivo, entre sus compañeros. Pero también sabía ser cordial, incluso cariñoso, y yo era un joven recién casado, votante -mitad por razones sentimentales y mitad por convencimiento- del Partido Comunista, licenciado en Imagen que había llegado al periodismo casi de rebote, y, de alguna manera, Guerra era el primer político famoso que tenía delante. Como digo, no recuerdo el asunto que se trató en aquella rueda de prensa, probablemente un repaso general de cara al que iba a ser el último verano del PSOE en la oposición, antes de ganar las elecciones en octubre de aquel año. Lo que sí recuerdo es que Guerra nos acompañó hasta la puerta de la calle y que, a mí en concreto, me pechó el brazo sobre el hombro y se interesó por mis vacaciones, unas vacaciones que ese año no tuve.
Me cayó muy bien. Soy fácil y creo que me dejó ver su lado más tierno o, en todo caso, que, una de dos, yo lo quise ver o él aún no tenía ese lado oscuro que luego le hizo famosos por sus manejos y conspiraciones. Aquel encuentro dejó huella en mí  y despertó una admiración que sólo superaría la que, en circunstancias parecidas pero ya en la Moncloa, despertó Felipe González en una charla informal y "off the record", en la que, como buen encantador de serpientes que era, me cautivó.
Con el tiempo ellos y yo cambiamos y la admiración se fue desvaneciendo, más en el caso de Guerra,  porque uno va sabiendo cosas y aprende a mirar a las personas sin el candor del novato.
La que sentía por González duró más y aún dura en algunos aspectos. La de Guerra, confieso que se desvaneció pronto hasta el punto de convertirse en aversión. Hasta el punto de que ni siquiera soy capaz de compartir lo más indulgente que he escuchado sobre él: que no era malo, sino que lo malo era el guerrismo y los malos los guerristas. Pero no valen excusas, porque, para que existiesen lo uno y los otros, era necesario el consentimiento de Guerra y lo hubo de sobra.
Por eso me revienta verle ahora dar lecciones de ética, aunque las trufe de verdades. Escucharle decir el otro día que nunca encontró la erótica del poder me soliviantó, porque, pese a lo que dice, creo que  llegó un momento en que no hizo otra cosa. Le gusta también dárselas de austero y culto y, la verdad, no estoy tan seguro. Por si fuera poco, la prueba del algodón de lo que digo está en la poco que ha practicado la autocrítica y lo injusto que está siendo con los movimientos que, como el 15-M, se ofrecen como alternativa al inoperante y corrupto bipartidismo actual.
No me gusta la locuacidad de Guerra, porque no es otra cosa que la consecuencia lógica del compromiso de promoción de la última entrega de su libro de memorias. Y no me gusta porque, como nos ocurre a casi todos, dicen más de él sus silencios, del mismo modo que dice más saber quiénes son sus amigos que escucharle hacer la lista de sus enemigos.
 
 
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sábado, 1 de junio de 2013

SUMERGIR EL EMPLEO

 
 
Como diría un viejo amigo ¿por qué a todos los tontos les da por lo mismo? Y es que pareciera que, desde que los gobernadores del Banco de España no pueden emitir moneda, al cabo de un tiempo sufren de una tremenda melancolía que les lleva a meter las narices en asuntos que no les son propios y que lo hacen con propuestas, no sólo descabelladas, sino, a veces, insultantes.
Ya sufrimos el acoso pertinaz de Miguel Ángel Fernández Ordóñez a la legislación laboral y a los, en su opinión, excesivos costes laborales en España, mientras incumplía su deber de supervisar y vigilar el sistema bancario español, permitiendo, si no propiciando, el saqueo de las cajas de ahorros con el consiguiente deterioro del sistema financiero. Luego, con poner cara compungida y decir que la fusión de Bankia pudo haber salido bien, aunque salió mal porque hubo una segunda recesión con la que no contaban, se da por satisfecho. No fue capaz de verlo, pero se empeñó día sí y día también en recomendar la flexibilización del empleo, el abaratamiento del despido y la rebaja en los salarios, sin decir nada destacable sobre la raquítica labor de inspección de la Agencia Tributaria o sobre el desmedido beneficio de algunas empresas y el preocupante avance de la economía especulativa en el tejido financiero español.
No. De eso no dijo nada y ahora, un año y medio después de su salida del despacho de Cibeles, el PP ha cumplido todos sus deseos de abaratar el despido y flexibilizar el empleo y nada ha cambiado, si no ha sido a peor. Por contra y a pesar de su insistencia. El sistema financiero se desmoronó y el rescate facilitado con graves contraprestaciones sociales a España se destino a tapar los agujeros que él no supo ver en el sistema financiero, sin que éste haya sido capaz de hacer fluir el crédito a los particulares y las pymes, precisamente cuando es más necesario que nunca.
Ahora, por si no hubiésemos tenido bastante con el diagnóstico y las recetas de Fernández Ordóñez, su sucesor al frente del Bando de España, Luis Linde vuelve a la carga con ellas, proponiendo algo tan peregrino como saltarse las leyes vigentes en España, permitiendo la coartación fuera de convenio y el pago de salarios por debajo del mínimo interprofesional, además de recomendar que se acorten los plazos para llevar la edad de jubilación a los sesenta y siete años ¡Qué perspicacia la suya, qué buen análisis el de Linde! Y es capaz de decir lo que dice después de admitir lo que es evidente para quien quiera verlo: que la reforma laboral del PP ha tenido efectos negativos, propiciando centenares de miles de despidos, ha deteriorado la calidad del empleo, sin que, a cambio, se hayan creado los puestos de trabajo prometidos.
Qué pretende Linde, convertir a los futuros contratados bajo sus recomendaciones, que, de momento, ni el propio Gobierno defiende, en esquiroles que sirvan de coartada a los empresarios para seguir exprimiendo y acogotando a quienes todavía conservan su puesto de trabajo. Si es por puras razones economicistas, yo se lo pongo fácil, señor Linde. Basta con encadenar a los trabajadores a la máquina con que trabajas, al mostrador o al teclado y la pantalla de ordenador que tienen delante, dejándoles, eso sí, un plato con el rancho cerca. Y si no son capaces de sobrevivir mucho tiempo, al que caiga, se le desencadena y se ponen sus grilletes a un nuevo trabajador llegado de la oficina de empleo, a ser posible de los que cobran subsidio, para que el Estado pueda seguir pagándoles, a usted, a su eficaz  servicio de estudios  y a sus subgobernadores -que según dijo, no sé si con envidia, cobran más que usted, sus sueldos que, esos sí, están fuera de convenio y no sé si dan para recompensar tan geniales ideas.
Felicidades, señor Linde, ha dado usted con la solución. Ya que parece que no hay voluntad de acabar con el fraude fiscal ni con la economía sumergida, lo mejor es sumergir -aún más- el empleo. Siga usted ganándose el sueldo, pero aclárenos, si es tan amable, para quién demonios trabaja.