martes, 10 de julio de 2012

AMORALES


Debe ser duro lo del ministro Montoro. Debe ser muy duro levantarse cada mañana para encontrarse con esa cara en el espejo, mientras se escuchan en la radio los balbuceantes "chascarrillos" con que ha tratado de explicar su última fechoría. Debe ser muy duro, salvo que se carezca de moral.
Cómo, si no, puede explicarse que quien perdona a los delincuentes que roban lo que es de todos, porque esquivar a Hacienda no es otra cosa, se permita decir con la mayor de las solturas que hay que subir el IVA que, por ejemplo, también grava la leche del desayuno, la harina o el pan con que subsisten muchos y los pañales de los bebés y sus abuelos, porque hay quien no lo paga y, para compensar esa carencia, nada mejor que apretar más las tuercas a quienes están "cazados" por el sistema.
Sólo se puede ser más inmoral si, simplemente, se carece de moral, lo que, bien pensado, no deja de ser una magnífica vacuna para pasar por la vida sin que nos afecten los crímenes de unos ni el dolor de otros. Una vacuna que tiene virtudes anestesiantes, que controla las náuseas que a cualquiera le producirían algunas cosas y que, además, borra de la memoria culpas y responsabilidades.
Qué suerte la de Montoro y otros como Montoro. Qué suerte, decir una cosa y la contraria sin que pase nada. Entre otras cosas, porque tan amorales como Montoro son los responsables de los medios de comunicación que tragan y tragan como un enorme sumidero todas las imposiciones de los partidos, especialmente del que está en el gobierno, y admiten sin pestañear todas estas tropelías.
Sólo hay una cosa peor que estar gobernados por personajes sin moral y sin conciencia. Esa cosa es que lo hagan en medio del silencio de quienes todos pensábamos que cumplirían el papel de ser la conciencia crítica de la sociedad.
A este paso, unos pocos pagarán la cuenta de todos, especialmente la de los ricos, los estafadores, los saqueadores de bancos con llave de la caja, los defraudadores y todos los mafiosos que revolotean sobre los que van cayendo en el largo camino de la crisis. Esos pocos serán quienes tengan la suerte de cobrar una nómina y quienes todavía puedan comprar pan, huevos y aceite.

lunes, 9 de julio de 2012

A VECES...




A veces -qué digo a veces, casi siempre- la felicidad consiste en algo tan sencillocomo una conversación pausada y tranquila o en un dejarse llevar por el tiempo sin tratar de doblarle el brazo a lo único que, por definición, es implacable.
Las más de las veces no hace falta mirar para ver. Basta con sntir, basta con presentir, basta con percibir una presencia amiga o con escuchar la respiración de quien dormita cerca y sonreír o, por qué no, en llorar calladamente.
Demasiadas veces olvidamos que es, precisamente en esas pequeñas cosas, donde está la felicidad que tanto buscamos. Demasiadas veces nos lanzamos por el tobogán de la vida con la mirada puesta en el final, sin ser capaces de disfrutar de cada uno de esos instantes que, vertiginosamente, hacemos pasar a nuestro lado.
A veces hay que parar el reloj, suicidarnos de esa vida inútil que nos arrastra y arrastramos y renacer más sabios, con un alma nueva, más pausada, más predispuesta a la felicidad, en el banco de un parque, paseando al atardecer por una playa o mirándonos en esos ojos que nos acogen sobre una sonsrisa.
A veces nos ciega una niebla sucia que, con sólo pararse y respirar hondo, acaba levantando.
A veces, muchas veces, nos creemos demasiado importantes y acabamos complicándolo todo.

jueves, 5 de julio de 2012

EL MAL AJENO



Ayer mismo, mi amiga Karmen me decía, después de contarle a que la Audiencia Nacional había decidido llamar como imputados a 33 consejeros y directivos de Bankia, con Rato y Blesa a la cabeza, me decía que a ella, que nunca desea el mal ajeno, no le parecería mal que alguno de ellos, si se prueban sus responsabilidades en el desastre que ha dejado sin ahorros a miles de españoles, pague con cárcel sus acciones u omisiones.
Más de uno pensará que es cruel pretender que Rodrigo Rato dé con sus huesos en la cárcel, después de haber pisado las mullidas moquetas de cuantos ámbitos de poder podamos imaginar. Pues yo me atrevo a decirles que, si se prueba su responsabilidad, insisto en ello, sería justo y ejemplar que pague así todo el daño, todo el mal, causado a tantas y tantas familias que fueron arrastradas a la ruina y la miseria en el peor momento posible.
Estamos demasiado acostumbrados a padecer las arbitrariedades y los errores del poder sin rechistar apenas. No sé de dónde nos viene esa sumisión que nos paraliza ante un uniforme o ante cualquiera que ostente la más mínima brizna de poder, pero ya va siendo hora de que sepamos, de que sepan, que aquí no hay intocables y, sobre todo, que el que la hace la paga, porque, en este caso, la han hecho y muy gorda.
La paradójica moraleja de un asunto tan turbio y deprimente como lo ha sido éste hasta ahora es la de comprobar cómo quienes se taparon las vergüenzas unos a otros para no tener que dar la cara en el Parlamento van a tener que mostrarnos el contoneo de sus posaderas mientras suben las escaleras de entrada a la Audiencia Nacional.
Ya sé que estoy vendiendo la piel del oso antes de cazarlo y que a lo peor todo queda en agua de borrajas, pero sólo de pensar el susto que deben llevar en el cuerpo estos treinta y tres señores y señoras, algunos cargados de soberbia, que serán llamados a declarar al despacho del juez, me da un subidón la autoestima.
¿De qué van, de qué han ido, estos señores, tan acostumbrados a pasar por la mierda -perdón, por la expresión, pero es tan gráfica- sin mancharse? ¿Pensaban que la bula iba a ser eterna? ¿Creían que después de romper el tarro de la mermelada nada iba a cambiar? ¿Acaso suponían que todo iba a ser cabezas gachas y resignación por nuestra mala suerte?
Pues no. Alguien, por los motivos que sea, decidió llevarles a los tribunales y los tribunales han abierto sus puertas a lo que promete ser un proceso apasionante. De momento, en algunos periódicos, también en los que consideran que a sus lectores debe importarles más la "maldita" partícula de dios que el agujero negro provocado por algunos hombres, el epígrafe en el que se recoge todo lo relativo a las últimas horas se titula "Caso Bankia".
Espero que, acabe como acabe el asunto. No creo que, salvo que la clase política de este país quiera suicidarse, el carpetazo sea posible. El estado actual de las cosas tenemos que agradecérselo a ese partido, UP y D, que, no sé si porque no soy capaz de sobreponerme a la figura de Rosa Díez, me gusta tan poco. Son las ventajas que tiene romper el bipartidismo que acaba ahogando y desactivando todo. O al menso son las ventajas que encierra que un partido en expansión como UPyD no tenga nada que perder en la investigación y sí mucho que ganar en el futuro.
Así que, Karmen, no sufras el mal ajeno que admites impedirá o al menos dificultará que estos señores, u otros como ellos, sigan causando su mal ajeno a inocentes y quizá demasiado confiados ciudadanos.


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miércoles, 4 de julio de 2012

MAMÁ, QUIERO SER FRANCÉS


Ya sé que nuestros vecinos del norte nunca han sido muy cariñosos, especialmente con nosotros. Ya sé que son altivos -ah, la grandeur- y que tienen fama de no ser especialmente limpios. Ya sé que fueron, y qué metrópoli no lo fue, cruel con sus colonias. También sé que muy probablemente lo que os voy a decir nace de lo bien que se lo han montado siempre en lo que tiene que ver con cuidar su imagen. Y, cómo no, soy consciente de que en mi bachillerato el idioma extranjero fue el francés y que madame Yvette, con sus historias, me hizo amar Francia y la vida. Y, por si todo esto fuera poco, la primera vez que salí de España, en un trenecillo, desde Irún hasta Hendaya, allá por el verano del 73, Irún estaba nublado y sucio y nos recibió una Handaya soleada y luminosa... Pues, aún así, a pesar de que sé de lo subjetivo de mis deseos, a veces tengo unas ganas locas de ser francés.
Ayer, sin ir más lejos, me emocionó escuchar al primer ministro Ayault defender con coraje a los más débiles, todo lo contrario de lo que sucede aquí, donde a los pensionistas ya no les salen las cuentas, y mostrándose contrario a esa injusta austeridad que nos impone quien vuela a Kiev a hacerse una foto, cuando el Estado estaba suficientemente representado por el heredero. Un día antes supimos que los sin papeles franceses quedan libres de ese "impuesto" de 30 euros -demasiados para quienes no tiene nada- que se les exigía para acceder a los medicamentos. Por si fuera poco, los socialistas franceses han suprimido la subida del IV aprobada para octubre por el mismo Sarkozy que, al parecer, "chuleaba" a la octogenaria heredera de L'Oreal, para pagarse sus campañas. También nos han contado que lo que no recauden sacándolo con el IVA de los bolsillos de todos, saldrá de las grandes fortunas y de las grandes compañías, especialmente las petrolíferas.
Me gusta. Me gusta que los franceses en un momento tan crucial para Europa, como lo es éste, hayan levantado una barricada con la que frenar a frau Merkel y sus palmeros. Me gusta su sistema electoral, con sus segundas vueltas, que, con la posibilidad de rectificar en quince días, impiden locuras como la de entregar todo un país atado de pies y manos a un tipo como Rajoy.
Me gusta saber que la mayoría de quienes llegan a lo más alto en la política francesa, muy a menudo lo hacen saltando directamente desde ayuntamientos en los que han servido -sí, he escrito servido- como alcaldes. Me gusta que en Francia se le dé tanta importancia a lo municipal. Y me gusta saber que la mayoría de los franceses, cuando hablan de política, saben de qué están hablando.
Me gusta sobre todo de qué manera Francia entera defiende su cultura como aquí sólo somos capaces de defender a "la roja". Me gusta pasear por las calles de sus ciudades junto a los venerables muros de liceos en os que los franceses llevan estudiado gratuitamente desde hace dos siglos.
Me gusta Francia y me gusta ese amor que tienen los franceses más que a los símbolos, a todo aquello que la ha hecho grande, incluidos todos los emigrantes que por hambre o persecución recalaron allí.
Por todo ello y por muchas cosas más, mamá yo quiero ser francés.


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martes, 3 de julio de 2012

Y, MIENTRAS, ESPAÑA ARDÍA


Me fastidia tener que hacerlo, pero en este país en del "conmigo o contra mí" se hace necesario cargarlo todo de matices para no correr el riesgo de ser anatemizado, así que voy a ello.
No tengo nada que objetar a que la gente celebre en las calles un éxito como el de la selección española. Ya me gustaría que fuésemos tan efusivos para celebrar un Nobel o un avance científico. Es lo que tenemos y tenemos que bregar con ello. Lo que ya no me gusta tanto es que esa euforia se promueva desde las alturas y no sólo eso, sino que se excite de manera machacona, como si no estuviese sucediendo otra cosa en el mundo.
Ayer tarde resultaba difícil encender un televisor sin que apareciese la marea de seguidores de la selección, celebrando por las calles de Madrid el triunfo en la Eurocopa. En ocasiones como ésta, tiendo a preguntarme qué diría un extraterrestre si, de repente, se asomase a este planeta, qué conclusiones sacaría al ver lo que vería, qué pensaría al enterarse de que uno de cada cuatro de esos ciudadanos que jaleaban a sus héroes no tiene trabajo, que prácticamente la mitad de los más jóvenes no sólo no lo tienen, sino que tampoco van a poder estudiar ¿Pensaría que nos hemos vuelto locos o, quizá, que la cosa tampoco es para tanto? No lo sé, pero me preocupa.
Ayer me indigné, no con la roja y sus seguidores, sino con quienes se supone que, en este país, deberían conservar la cabeza fría. Quienes os asomáis a facebook fuisteis testigos. Como es posible que un periódico, EL PAÍS, que durante mucho tiempo creímos serio, que, de alguna manera, fue una especie de faro que iluminaba nuestro pensamiento, se permitiese abrir la portada de su edición digital con este titular:"España se rinde ante la leyenda" y mantenerlo durante horas.
Mantenerlo, pese a que por tercer día consecutivo ardían miles de hectáreas en Valencia, Castellón y Murcia. Mantenerlo, pese a que se perdieron dos helicópteros en sendos accidentes en las tareas de extinción. Mantenerlo, pese a que a la gente de aquí le va cada vez peor, pese a que adquirir los medicamentos que nos prescriben nuestros médicos no sólo va a acabar con el difícil equilibrio de la economía de muchos pensionistas, pese a que, para implantar ese chapucero sistema puesto en marcha para hacer efectivo el repago, se ponen en manos de desconocidos sin autoridad para ello nuestros datos fiscales.
España ardía o bullía en la indignación, pero, para EL PAÍS y la práctica totalidad de los medios de comunicación, se rendía ante la leyenda. Ya sé que la realidad es poco vistosa y, las más de las veces, dura. Pero es la realidad y, antes o después, nos alcanza.


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lunes, 2 de julio de 2012

PARA QUÉ NO SIRVE LA ROJA


No seré yo quien reste ni un ápice al mérito de los jugadores que han representado a España en la Eurocopa. Lo tienen y mucho, porque son, con Vicente del Bosque a la cabeza, un ejemplo de las virtudes que deben mover a aquellos que pretendan cualquier empresa por difícil que sea. Trabajo, humildad, fe en el objetivo, preparación y, sobre todo, solidaridad, de la que lo de Torres regalándole su último gol a su compañero Mata, fue un emocionante ejemplo de ello.
Nada en contra de ese equipo, probablemente el mejor posible de los últimos tiempos, y todo contra quienes han sacado, sacarán y pretenden sacar partido de los éxitos de ese grupo de jóvenes maduros y solidarios. Me sobran los triunfalismos, me sobran algunas presencias, me sobran determinados personajes envueltos en la bandera. A mí que conservo el reflejo condicionado de que una bandera en una fachada marcaba el cuartelillo de aquella temible Guardia Civil, me sobran, incluso, las banderas.
Me sobra todo eso y echo en falta un poco de sentido de la realidad. Lo de ayer fue bonito, pero como dijo Del Bosque, no va arreglar la situación de España. No va a reverdecer los montes del interior de la provincia Valencia, rojas ayer de llamas y negras y grises hoy de cenizas. Tampoco van a ayudar a todos esos jubilados que desde hoy tendrán que tomarse el café más amargo, alguna que otra galleta menos y espaciar la ración de pollo o de pescado, para encontrar esos diez, veinte o sesenta euros que va a tener que pagar por sus medicinas. Mucho menos va a solucionar la situación de tantos colegios que, si este curso han pasado dificultades, van ser pocas con las del que viene. El éxito de la roja no va a pagar, cómo iba a hacerlo, la matrícula de quienes soñaban con empezar una carrera universitaria y no podrán hacerlo o la de los que tendrán que dejarla a medias porque a ellos y su familia les va a resultar imposible costeársela. Y qué decir de todos esos enfermos expulsados del sistema -muchos inmigrantes están desapareciendo ya de los centros de salud, aunque siguen estando enfermos- que ya no podrán paliar su diabetes, su asma, su cáncer o sus depresiones. Hasta los agujeros de nuestras carreteras y sus señales deterioradas e inútiles piden a gritos una ayuda que no les va a dar la roja.
No. El merecidísimo éxito de esos deportistas no lo va a arreglar. Pero podíamos habernos ahorrado los viajes de determinados personajes a Kiev, algunos vergonzantes, podíamos habernos ahorrado todos esos macro escenarios de celebración, podríamos dejar de paralizar nuestras ciudades durante días para que corran el alcohol y la juerga, podría imponerse que todas esas empresas que se sirven del nombre y los colores de España en su publicidad hiciesen algo por sacar a este país del agujero.
Con todo ese dinero, probablemente, en Valencia hubiese habido bomberos suficientes y un sistema de alerta apropiado, probablemente no habría sido necesario el injusto caos que desde hoy van a vivir las farmacias, probablemente, este país sería igual de feliz y un poco más justo.
Pero no. La roja no sirve para eso, la roja está ahí para que quien pueda hacerlo se aproveche de ella.


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domingo, 1 de julio de 2012

PERAS CON PERAS, MANZANAS CON MANZANAS


Cuando anoche, poco antes de irme a la cama, leí en la edición digital de EL PAÍS que el Tribunal Constitucional avalará por fin el matrimonio entre personas del mismo sexo, pensé ¡menos mal, una buena noticia! Una buena noticia entre tanto agobio, entre tanta subida, entre tanto medicamentazao, entre tanto incendio agravado por la corteza de miras de quienes sólo saben hacer cuentas y no saben hacer vida... una buena noticia que traerá la calma a quienes ejercieron su derecho a la felicidad acogiéndose a la valiente ley socialista que, con los años, engrandecerá y pondrá en su sitio la figura de José Luis Rodríguez Zapatero.
Aquella decisión que dio la vuelta al mundo y marcó la senda que después han seguido otros muchos países, encontró en sus ruedas el palo del PP que, una vez más, ha pretendido imponer su modelo. Ese modelo que atormenta, incluso, a muchos de sus militantes, para los que el mundo sigue siendo un gran armario del que es imposible salir. Mientras esto escribo, escucho a quien tanto ha luchado por los derechos de estos colectivos tradicionalmente marginados, Pedro Cerolo, que con una sola palabra ha definido la actitud de los populares en este asunto: crueldad.
Crueldad para quienes deciden buscar la felicidad fuera del corralito moral que han levantado siglos y siglos de poder ignominioso. Crueldad, también, para quienes les vemos felices y sabemos que su felicidad es posible entre nosotros, porque nunca nos hará daño. Crueldad para con todas esas familias que, tras años de avergonzarse de sus hijos, han visto por fin que lo que les hacía diferentes era el espejo deformante en el que se empeñaban en mirarlos. Crueldad, en fin, para una sociedad que sólo busca, o debería buscar, la felicidad.
Los populares, como cualquier tiranuelo, han intentado retorcer la ley, el lenguaje y quién sabe si la misma biología para llevar el agua al molino de su intolerancia. Han tratado, como siempre, de teñir de incienso pringar de cera rancia sus argumentos. Su último, y desesperado, intento fue el de tratar de confundir el sacramento con el contrato social del matrimonio, pretendiendo dotar de hegemonía a lo que sólo se diferencia del matrimonio civil en un cierto compromiso añadido y las más de las veces incumplido entre las partes y un pomposo ritual lleno de hipocresía.
La endeblez de los argumentos de tan cortos de mira personajes podría resumirse en aquel galimatías de la que hoy es alcaldesa de Madrid, esa parábola de las peras y las manzanas. La malicia la puso su antecesor y hoy ministro de Justicia que, pese a reconocer la constitucionalidad de la ley, se atrevió a plantear su derogación. A ver si se atreve.


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