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viernes, 13 de enero de 2012

INFELICES

Después de tantos años de sufrir, con conciencia o sin ella, sus atormentadas maldades y, sobre todo, su negación de la alegría de vivir, esa es la conclusión a la que he llegado: nos quieren infelices.
No puede ser de otra forma. No puede ser que a los niños que, con la más lógica e inocente curiosidad, comienzan a explorar su cuerpo y los misterios, muchos de ellos, esos sí, gozosos, que lo envuelven, sean amenazados con el fuego del infierno, si no con terribles enfermedades. No puede ser que se empuje a hombres y mujeres a morir entre terribles dolores, cuando, hoy por hoy, la ciencia, enemiga de la superchería, facilita el tránsito hacia la otra vida -o a la nada, quién sabe- con la calma de quien sabe que el final va a ser un sueño.
Tampoco puede ser que un obispo, como el de Córdoba, apartado durante décadas del mundo real se permita acusar a los colegios de secundaria de su diócesis de incitar, al igual que el cine y los medios de comunicación, a la fornicación. Resulta curioso que el tal Demetrio Fernández, en su carta semanal a los católicos cordobeses, hable de la sexualidad desordenada como de una bomba de mano ¿Será porque la suya no ha ido más allá de estar entre sus manos?
Tampoco puede ser que esos que se hacen llamar Iglesia, con mayúsculas, pretendan decidir con quién ha de ser feliz nadie. Por fin el TSJ de Andalucía se ha sometido a la sentencia del Tribunal Constitucional, desdiciéndose y declarado nulo el despido de Resurrección, una profesora de Religión despedida por haber contraído matrimonio -civil, por supuesto- con un divorciado. Una batalla ganada por la profesora que rompe con la absurda injusticia de que el dios de los obispos se inmiscuya en los asuntos del césar, porque, aunque la materia que enseñaba era la de Religión, el puesto de trabajo y el salario dependían del Ministerio de Educación. Que yo sepa, la Real Academia de Ciencias no decide sobre quién debe ser ni, mucho menos, sobre con quién deben casarse los profesores de Química.
Insisto. Nos quieren infelices. Y nos quieren así porque ellos lo son. Reprimen sus más naturales inclinaciones y pretenden que hagamos lo mismo. Convierten algo que además de gozoso puede ser muy hermoso en algo tortuoso y culpable, haciéndolo desde una doble moral y, sobre todo, con una oscura intención de dominación desde la culpa.
Han escogido formar parte del "funcionariado" de la iglesia católica y se creen con poder sobre la totalidad de los ciudadanos. Han renunciado, para ello, a desarrollar su sexualidad y son, por ello, una especie de castrati que pretenden que todos lo seamos un poco.
Son como esas mujeres de la Andalucía más oscura y más profunda, de de Bernarda Alba, condenadas a la soltería para hacerse cargo de la vejez del padre. Son infelices y pretenden que todos lo seamos.


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lunes, 11 de julio de 2011

SOBRE CÓDICES Y ERMITAS


Me revienta sobremanera observar con qué naturalidad asume la iglesia católica la propiedad de todos los bienes materiales de los que se han servido a lo largo de los siglos para, a cuenta de la parcelita en el cielo de poderosos y no tan poderosos, engrandecer su magisterio y, sobre todo, su patrimonio. Y si me revienta es porque lo hace con tanta avidez y codicia como miserablemente actúa luego con ellos. La iglesia católica ha buscado siempre tener y tener. No hay más que tomar conciencia de cuántas escrituras de propiedad han pasado por el lecho de moribundos a los que en tal trance todo les sobra y eligen emprender el viaje ligeros de equipaje, pero con las llaves del cielo en el bolsillo. Pues bien. A la iglesia católica no sólo le basta con acaparar todas esas riquezas terrenales. También quiere que su mantenimiento le salga gratis.
¿Cuántas iglesias, ermitas o viviendas para los sacerdotes se habrán construido y se mantienen siglo tras siglo con las aportaciones más o menos obligadas? No hay que olvidar que la presión y el control social siempre han pesado mucho en este país y que el primer consejo que da una madre a sus hijos es el de no señalarse, aunque el de la mía, como podéis ver, haya caído en barbecho.
Todo esto viene a cuento del reportaje que hoy firma en las páginas de Sociedad de EL PAÍS Carmen Morán. Un reportaje en el que se da cuenta del proceso emprendido por las autoridades eclesiásticas españolas para escriturar a su nombre -inmatricular en lenguaje legal, que no justo- todos los edificios y terrenos de los que ha estado haciendo uso, la mayoría cedidos por los municipios, en silencio y de una manera taimada, porque, señores, en este estado aconfesional que dicen que es España, se confiere a los curas una calidad de funcionarios que para sí quisieran algunos funcionarios de carrera.
Lo más grave del asunto es que en la mayoría de los pueblos se están pagando las reparaciones y los servicios, agua y luz, de esos edificios creyendo que son propiedad del municipio, cuando, en realidad, llevan años escriturados a nombre de la iglesia católica.
Es el viejo conflicto entre el poder terrenal y el espiritual. Es el Señor Don Santiago asomándose al lecho de Carlomagno que aparece en el vergonzantemente desaparecido Códice Calixtino. Por cierto ¿dónde están todos aquellos que reclamaron y obtuvieron la dimisión de Rosa Regás por el robo de grabados de la Biblioteca Nacional? ¿No van a pedir la del deán o la del arzobispo de Santiago? Ya están tardando.
Por cierto, ya queda menso para la llegada a España de quien yo creía monarca vaticano y resulta ser el casero que viene a España a pasar revista y con los gastos pagados.