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miércoles, 20 de julio de 2011

MURDOCH, CAMPS, LAS TARTAS Y LOS TRAJES


Lo sé por experiencia, porque, para poder leer, necesito de lupas y otros artilugios, soy consciente de que, cuando se agranda en exceso el detalle -y yo necesito hacerlo-, se pierde perspectiva y acaba por aislarse ese detalle del resto de la realidad. Lo digo porque andamos entretenidos con la "tarta" que ayer trataron de plantarle a Murdoch en la cara y enredados en los trajes de Camps casi tanto como él, cuando de lo que deberíamos preocuparnos es de un señor de ochenta y tantos años, dueño de un imperio de la comunicación, que desprecia el poder porque lleva años jugueteando con él. Aquí en España, lo que debería preocuparnos es la falta de decencia que exhiben personajes como Camps, que se sienten seguros e inmunes ante la justicia, porque se saben dueños del control de los medios de comunicación y, con él, del de la opinión de los ciudadanos y su comportamiento en las urnas, y se permiten, por ello, jugar con y desde el poder.
No sé qué o quién llevó al actor Jonnie Marbles, pero está claro que sabía que la rotundidez de las imágenes saturaría los sentidos de una gran parte de los espectadores, bloqueando la entrada de datos más complejos como el contenido de la declaración de los Murdoch y su ambición pelirroja.
Con el asunto de los trajes de Camps nos ocurre algo parecido. Llevamos meses enredados en el dilema de si el presidente valenciano paga o no sus trajes. Sólo muy de vez en cuando se alude a Francisco Correa y su trama, a los negocios que este privilegiado contratista del PP hizo con el gobierno de la comunidad valenciana y a la relación del tal Correa con la estructura de financiación del Partido Popular.
Cuando saltó el escándalo News of the World, Murdoch movió ficha cerrando el periódico de mayor venta en el Reino Unido, sacrificando la reina de su tablero, para salvar su corona de rey. Aquí en España, Rajoy parece pretender que Camps se inmole como la vistosa falla en que se ha convertido, para que la gente deje de pensar en ella y caiga en la cuenta de por qué y para qué Correa le pagaba los trajes. Pero no es lo mismo contratar a un actor, si es que Marbles trabajó ayer por cuenta ajena, que pedir a todo un presidente de comunidad que admita haber mentido y cuelgue de su expediente judicial unos bonitos antecedentes que, si deja de ir bien la farmacia de su esposa o su matrimonio, le impedirían, por ejemplo, contar sus males al volante de un taxi.
En la sociedad mediática en la que vivimos, todo se estudia y se mide a través del visor de una cámara, todo se presupuesta, poniendo en la columna del debe la honradez y la decencia y en la del haber los ejemplares vendidos, los espectadores hipnotizados por nuestra basura, o los votos que se ganan o se pierden por determinados pecados.
Murdoch ve en peligro su imperio televisivo por el escandaloso hacinamiento en que ha vivido News of the World con detectives "huelebraguetas", policías y políticos británicos. Aquí en España, el PP que tanto sabe de sacrificar el voto en determinadas circunscripciones para crecer electoralmente en el resto de país, acaba de caer en la cuenta de que Camps, que es bueno para los valencianos, de moral un tanto distraída, se está convirtiendo en un lastre para conseguir el voto del resto de los españoles.

sábado, 16 de julio de 2011

CAMPSPANARIO (TODO LLEGA)



No me cabe duda de que la decisión del juez Flores de llevar a juicio al presidente de la Generalitat de Valencia puede helar más de una sonrisa y amargar más de unas vacaciones, porque lo que Camps y quienes le han defendido, unas veces ante plazas de toros repletas y otras desde más vergonzante de los silencios, han querido evitar ya es inevitable, porque acabaremos viendo a Camps sentado frente a un tribunal.

Ya no serán sus abogados quienes den la cara. Ahora tendrá que ser él mismo quien, como Alfonso VI en Santa Gadea, tenga que pasar por la humillación de tener que probar su inocencia. Un trago difícil, sin duda, que hubiera podido evitarse si no hubiese sido tan tupida la trama de favores y clientelismo que tiene cautivo a Rajoy, atado de pies y manos, en poder del "curita" de la Gürtel.
El mérito del auto del juez Flors es la solidez de los argumentos, en los que priman el sentido común y lo evidente frente a los artificios procesales a los que nos tienen acostumbrados algunos jueces. No hay más que llevar la cuenta de las veces que ha cambiado Camps su versión, con lo fácil que hubiese sido presentar una factura si alguna vez la hubiese habido.
Qué dirán los que decían con sorna que un presidente no se deja sobornar por tres trajes, ahora que está en blanco sobre negro que Camps, y no fue el único, recibió un total de veinticinco prendas que se han valorado en catorce mil euros. Difícil papeleta, sin duda.
Una vez más, el silencio de Rajoy es clamoroso. Dicen que el PP contaba ya con que esto pasase y es de suponer que tendrá ya trazada su estrategia. De hecho una de las primeras personas en contactar con Camps, nada más conocerse el auto, ha sido Federico Trillo, responsable de asuntos judiciales en la dirección del PP, supongo que porque, si fue capaz de salir indemne de lo del Yak-42, deben creerle un mago de los tribunales.
Lo peor de todo es tener que oír a quienes, con más o menos descaro, insinúan que Camps ya ha sido absuelto por las urnas, como si éstas, al igual que la lejía, blanqueasen y desinfectasen el historial de quienes resultan elegidos. Otros, como la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, mucho menos sutiles, hablan ahora de quienes consienten que Camps se siente en el banquillo y no son capaces de impedir que Bildu entre en las instituciones, como si el bolso que recibió como regalo, en lugar de ir relleno de papel para no deformarse, estuviese repleto de demagogia.
Lo cierto es que el Partido Popular ha armado con el asunto de los trajes una bomba de tiempo que ve aumentar su carga cada día que pasa, y que, el día que estalle, puede llevarse por delante muchas cosas. Y es que para el PP no es plato de gusto ver al presidente Camps, en plena campaña electoral, sentado frente a un tribunal. Y eso que, con el caso Campanario, nos han ido acostumbrado a ver a nuestros héroes en el banquillo.
Pero no hay que perder la esperanza. A veces la soberbia es tanta que ciega a quienes están llenos de ella. No hay más que ver en qué están quedando los sueños hegemónicos de Rupert Murdoch tras el escándalo del News of the World, mientras José María Aznar, a sueldo del ahora vilipendiado rey de la comunicación, guarda un silencio tan clamoroso como el de Rajoy respecto a Camps. No hay que desesperar, insisto, porque todo llega.

viernes, 8 de julio de 2011

MISERIAS DEL MUNDO


Mentiría si dijese que me ha entristecido el escándalo desatado en torno a las abominables prácticas del semanario británico News of The World. Todo lo contrario. Me ha alegrado sobremanera saber que esta desquiciada sociedad que nos ha tocado vivir aún conserva mecanismos de defensa contra los partidarios del "todo vale".
Siempre he sido consciente de que los periodistas tenemos el privilegio de intermediar entre aquello que ocurre y los receptores de nuestras informaciones. Lo pensaba cuando tuve mi primer destino en la SER, lo enseñaba en mis clases de la universidad y lo sigo pensando, ahora que mi actividad "profesional" se limita a este modesto blog.
Sin embargo, esa posición de privilegio que nos permite tener conocimiento de más datos y conocerlos antes que "el resto de los mortales" nos obliga a ser capaces de administrar tal privilegio. Los que nos hemos dedicado a esto, al menos antes, acabamos desarrollando un mecanismo -aún no sé si es virtud o defecto- que nos permite desbrozar los hechos de todo lo superfluo y escabroso, para llevar a nuestras informaciones lo que sinceramente creemos importante de ellos.
Al menos era así cuando los medios aún no eran un circo de tres pistas en el que en la pista central levantamos con la opinión un complicado castillo de naipes, mientras en la segunda pista organizamos una pelea de perros y en la tercera un strip tease.
No sé si la culpa ha sido de las televisiones privadas que han hecho del "más rato, más barato" su única regla, llenando la parrilla de material soez y vulgar, convenientemente salpicado de morbo, al tiempo que convierten tragedias y crímenes en seriales tan repugnantes como rentables, "en aras del derecho de los espectadores a ser informados". Lo cierto es que, poco a poco, la radio y la prensa se han ido contagiando del amarillismo que, al menos en nuestro país, entró a través de la televisión privada.
La pelea en las redacciones ya no es por contar las cosas antes y mejor. Ahora, de lo que se trata, es de contarlas de la manera más vistosa -léase escabrosa- posible y de atar al oyente o al espectador a la silla, no para darle los datos que le permitan estar mejor informado, sino para abrirle el embudo de los ojos y los oídos, como al personaje que interpretaba Malcom McDowel en "La naranja mecánica", introducirle por ellos la publicidad y la propaganda que paga y da poder a los medios.
A veces, la borrachera de poder es tal que el periodista, al que la formación, la experiencia y el criterio daban antes una cierta autoridad moral, se convierte en un simple peón mal pagado y en precario que traga y traga sapos cada vez más feos. Sólo así es posible entender que un periódico, por muy amarillo que sea, se dedique a hurgar en el cubo de la basura de la sociedad, interceptando y manipulando las comunicaciones de ciudadanos normales y corrientes a los que una tragedia había llevado al centro de la actualidad.
Aún recuerdo aquellos tiempos en que, desde cualquier redacción, desde un estudio de radio, con una guía telefónica en la mano y un magnetofón grabando, se informaba a los familiares de la víctima de un atentado de lo ocurrido y se grababa y emitía a los cuatro vientos y varias veces su desesperación.
Estaban también aquellos a quienes no les dolían prendas a la hora de robar documentos de mesas y cajones o correspondencia de buzones ajenos para "marcar la diferencia" con sus compañeros.
Yo recuerdo que aquellas acciones merecían el reproche de la mayoría de los profesionales -no siempre la de los jefes- pero ahora ya no estaría tan seguro.
Lo de "News of The World" es el paradigma, pero el modelo se repite peligrosamente cada vez más, con el apoyo imprescindible de las audiencias que consumen mierda cada vez con más fruición. Si no lo paramos los Murdoch y los Berlusconi acabarán haciéndose con el mundo y no me refiero al diario, porque ya lo tienen.
Y entonces ¿qué?