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martes, 9 de mayo de 2017

FAMILIAS


Se dice, y no les falta razón a quienes lo dicen, que, si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente. Yo, parafraseándoles, me atrevo a decir que el poder que se perpetúa en el tiempo da lugar a familias y dinastías que, amén de corromperse las más de las veces, se empeñan en cerrarse al exterior para que nadie conozca sus chanchullos, su "tráfico de misales" y, sobre todo, pueda poner en peligro esos regímenes del todo dictatoriales que acaban por instalarse para siempre en federaciones deportivas, colegios profesionales, empresas y, claro está, partidos políticos.
Todos conocemos al siniestro presidente de la Federación de Fútbol, Ángel María Villar, a los más que tramposos directivos del Colegio Oficial de Enfermería de Madrid, a Juan Luis Cebrián, que, no le conforme con haber arruinado la solvencia económica y profesional del grupo PRISA, en el que, cómo no, han prosperado sus cachorros, sigue empeñado, como cualquier monarca o dictador que se precie, en morir con las botas puestas. Y qué decir, por último, de los partidos políticos en los que el que se convierte en "el rey de la montaña" defiende con uñas y dientes, apoyado por su aristocrático aparato, la corona, la caja y la línea sucesoria.
Ayer tuvimos la oportunidad de ver la impudicia con que esto que os digo se practicaba en Cataluña en tiempos del todavía, al menos públicamente, honorable Jordi Pujol, cuya familia, convertida en congregación religiosa, era una máquina de saquear Cataluña, con Marta Ferrusola, la matriarca y esposa, convertida en la "madrina" de ese clan mafioso que, muy probablemente, canalizaba hacia la banca andorrana unos fondos de origen oscuro que, según los investigadores, el "coño" de la UDEF, alcanzan un monto de 69 millones de euros. 
Los hijos de Pujol, a los que Marta Ferrusola, autoproclamada "madre superiora" de la congregación mafiosa, había adjudicado un cometido en el escalafón conventual, eran, ya lo creo, más partidarios de los negocios que de la política, salvo el pequeño Oriol al que el patriarca empujó a la política, hasta que un turbio asunto, el de las ITV se enredó en ella. Por eso, Jordi Pujol, salpicado el benjamín por el escándalo, puso sus ojos en Artur Mas, con el que había compartido gobierno y testaferro, para "hereu" de lo que todavía era un imperio: Convergencia, siempre investigada, siempre bajo sospecha, hasta que se vio con el agua de la corrupción al cuello y emprendió la huida hacia adelante del independentismo.
Habían pasado ya los tempos en los que lo que se sabía de los "negocios" de Pujol, antes y después de convertirse en honorable, eran moneda de cambio para completar en el Congreso mayorías que no bastaban para gobernar, tiempos en los que siempre hubo dosieres con los que amagar sin dar, tiempos en los que González y Aznar se turnaron en recibir su apoyo cuando fue menester. Tiempos que como vinieron se fueron, cuando un "Josemari" crecido, apunto de poner en marcha su propia máquina de corrupción se encargó de alimentar, hasta convertirlo en un monstruo el embrión del anticatalanismo más feroz.
Qué decir de Aznar y sus "familias", política y "carnal", que diría mi madre. Se explican por sí solos y están suficientemente documentados en los juzgados. Pero, como en todas partes cuecen habas, también junto a González crecieron clanes, si no familiares, sí políticos. Clanes a los que ha importado más quedarse con el partido, cada vez más exiguo y con menos contacto con la calle, clanes desde los que se controlan, supongo que como en todos los partidos, salarios y despachos, vía listas de aquí y allá. Una manera de hacer política tan viciada que acabó por cegarles al borde del precipicio.
Hasta que, hace unos meses, conscientes de lo que iban a perder si su partido giraba a la izquierda y buscaba en ella sus apoyos, la familia política de González, el aparato perpetuo del PSOE, gestionado por Rubalcaba y compañía, decidió, en nombre de algo que llamaban prudencia y no lo era, hacer saltar por los aires un partido del que estaban a punto de perder el control. Ahora, como Cebrián, como Villar, como el presidente del Colegio de Enfermeros de Madrid, conspiran t trapacean para evitar que Pedro Sánchez, el secretario general elegido por las bases, vuelva a serlo en detrimento de la niña de sus ojos, los de González, cueste lo que cueste y aunque el partido se rompa.
En fin, un juego terrible de familias y tronos, en el que nosotros, si nos conformamos con ser poco más que espectadores, no pasaremos de ser instrumento y lo nuestro, botín.


martes, 24 de febrero de 2015

CON UNA MANO DELANTE Y OTRA DETRÁS



Una de las frases, sentencias diría mi abuela, que he heredado de mis muchos amigos es esa tan dura y tan certera que dice "teme a los viejos, porque no tienen futuro". Una frase que parece hecha a medida para el matrimonio Pujol que ayer volvió a ese mismo Parlament al que le faltó entrar bajo palio, para reírse abiertamente de los representantes del pueblo, los mismos que no hace tanto le encumbraron a la torre de marfil en que acabó encerrándose el más maleducado, más malencarado y poco respetuoso de los dirigentes que ha tenido este país, tanto que, en ocasiones, deja atrás al mismo Manuel Fraga.
Pues bien, resulta que ese matrimonio intocable, del que él se ha pasado veintitrés años, un cuarto  de siglo casi, ostentando el tratamiento de muy honorable e interponiendo entre él y los demás, las más de las veces con malos modos, el respeto que se gana, pero nunca se impone, y ella malencarada y boquirrota casi siempre, despreciativa con los inmigrantes y con todo aquello que, a sus ojos, pusiese en peligro la identidad catalana, en cuya defensa tantas veces se ha permitido hablar, casi tantas como veces ha "rebañado" con sus tiestos y macetas los presupuestos que se dotaban de los impuestos de los ciudadanos de Cataluña, hubiesen nacido o no de padres catalanes y al norte del Ebro... resulta, decía -dicen, dicen, dicen- que ese matrimonio, en tiempos adorado y santificado, tiene la piel fina, tan fina como para no soportar ser tratados como iguales en la casa de todos.
Los Pujol, con seis de sus siete hijos investigados en casos de corrupción, con una fortuna localizada en Andorra que aún no han sido capaces de justificar, con un oscuro pasado, Banca Catalana, que ha sido, a cambio de no meter el palo en el avispero, moneda de cambio en tantos y tantos acuerdos de gobierno, unas veces con la derecha y otras con los socialistas, pretenden ahora una vejez tranquila, dejando a su prole a salvo de los vaivenes de la política al igual que -dicen- hizo el abuelo cuando hizo ese sorprendente legado, del que dice, aunque sin probarlo, el ex molt honorable que proceden sus cuentas en el extranjero, hábilmente gestionadas por su hijo el "chatarrero", el mismo que, según la madre enrabietada, compra coches de lujo desballestados en los desguaces, para luego, con cuatro perras, arreglarlos y dejarlos "niquelados" para pasear a sus novias.
Los Pujol, que se consideran a sí mismos, la encarnación de Cataluña, acudieron ayer a la sede del Parlament, a burlarse del pueblo de Cataluña a la cara de quienes lo representan. Pero esta vez, y más con los cambios que ya están en puertas, ese temeroso respeto, casi religioso, se convirtió en todo lo contrario y a Pujol y señora, primero, y a su primogénito, después, no les pasaron ni una, del mismo modo que a las pocas horas, en sus crónicas, periodistas otrora sumisos y consentidores mostraron a sus oyentes, telespectadores o lectores un retrato descarnado de una familia que ya no es lo que fue y de una Cataluña que por haberlo consentido va a dejar de serlo,
A estas alturas, creo que sólo un informe forense, una incapacitación, puede salvar a esta pareja, en la que a él se le acaban las pilas del sonotone cuando no le gusta lo que escucha y a ella le perece que los coches exclusivos, los pisos aquí y allá y las cuentas en paraísos fiscales equivalen a ir con una mano delante y otra detrás.
En cuanto al mayor de los hijos, Jordi, tampoco parece que las cosas no le van bien porque, dejando atrás la que sería la actitud de un caballero, señaló con uno de sus índices, no sé si el de delante o el de detrás, a su "amigo" Artur Más, quien no hace ni una semana negó cualquier amistad con el hijo de su mentor y padre en política, quizá porque no sabe que los poderes del hoy molt honorable ni son ni serán nunca los mismos que dejaron tener a su padre.


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miércoles, 28 de enero de 2015

USOS Y COSTUMBRES


Sorprenden la sorpresa y la indignación de los Pujol ante la indignación y la sorpresa aún mayores de los ciudadanos de Cataluña y del resto de España por los que han sido sus usos y costumbres a lo largo de todos estos años. Usos y costumbres como el de mirar por encima del hombro a periodistas, inmigrantes y, en general, a quien no formase parte de su "clase" o quien, en su partido o fuera de él, no contase con las claves o el poder para hablarles de tú a tú o mirarles a la cara. Recuerdo, sin ir más lejos, mi propia sorpresa cuando supe que el ya ex muy honorable, cuando aún no era una costumbre despreciar a la prensa como ahora y al igual que Manuel Fraga, no sólo decidía lo qué se podía y lo qué no se podía preguntar, sino que abroncaba delante de sus sumisos compañeros a quien osaba, por descuido o rebeldía, no ponerse en pie ante su entrada en la sala.
Usos y costumbres de Mamá Pujol, doña Marta Ferrusola, y sus cachorros que, según contaba ayer en el Parlament de Catalunya un ex teniente coronel de la Guardia Civil, viajaban cada tres meses a la vecina Andorra, siguiendo la mismas ruta y haciendo las mismas paradas "como quien va  comprar queso o azúcar. Nada que ver con esa consigna pujoliana de "hacer país" y sí mucho con un posible tráfico de divisas hacia el principado. Usos y costumbres que, vistos ahora, con la perspectiva que da el conocimiento de algunas claves, más que asombrar, indignan.
Usos y costumbres como el nada exclusivo de Cataluña de destinar un tanto por ciento, pongamos el tres o el cuatro, de cualquier adjudicación o contratación de la Generalitat al partido en el gobierno, un tanto por ciento del que habría que deducir la comisión del conseguido, que, en el caso catalán, solía tener apellido, más que ilustre, honorable. Usos y costumbres que Pascual Maragall, en la recta final de su carrera política develó, quizá inconscientemente, para escándalo y sorpresa, incluso de sus compañeros de partido, que le obligaron a retractarse de habar denunciado algo que hoy parece más que evidente, cuando no probado en sede judicial.
Usos y costumbres en absoluto exclusivos de Cataluña, que hasta ahora han sido la clave del ascenso y la hegemonía del PP y que, como en el caso de la familia Pujol, pueden acabar siendo la causa de su declive y deshonra. Usos y costumbre como la poco edificante costumbre de hacer donaciones  a los partidos políticos, que la única donación decente que deberían esperar de los ciudadanos debería ser la de su voto. Usos y costumbres que, farisaicamente limitados por las leyes, encuentran siempre el atajo a través del cual hacer llegar al partido o a sus  miembros la contraprestación que compense los favores recibidos.
Lo acaba de demostrar el constructor y ex ministro Villar Mir, que, ayer, se defendió de la acusación de hacer ingresos en la caja B del Partido Popular, aclarando que sus donaciones lo eran a la FAES, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, presidida por José María Aznar, que no es otra cosa que el laboratorio de ideas del Partido Popular y que, como cualquier otra fundación ligada a un partido político, sea éste el que sea, sirve para pagar sueldos, favores y servicios y como retiro de oro para "jubilados" de la matriz. Usos y costumbres que, por más generalizados y bien asentados que estén en el tejido político de nuestro país, deberíamos erradicar. Y, para ello, nada mejor que retomar la sana costumbre de votar y participar activamente en la política en los escalones que corresponda, evitando desde la experiencia que toda la ilusión que nos mueve ahora a transformar el país no se ahogue en los usos y costumbres de la corrupción y el desampara ciudadano, como ha ocurrido con la que hace cuatro décadas nos permitió salir de lo que por entonces era uso y costumbre: la dictadura.


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