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viernes, 20 de abril de 2018

GRACIAS, DOCTOR MONTES


De todas las fechorías cometidas por el PP a lo largo de su historia, la peor de todas, al menos para mí, es esa muerte civil, afortunadamente frustrada por la justicia, que pretendió para Luis Montes, el jefe del Servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Getafe, y sus compañeros, a los que acusó poco menos que de acabar con la vida de sus pacientes, cuando lo único que pretendían era aliviar el sufrimiento de sus pacientes. Y, todo, con el único fin de allanar, mediante el desprestigio de la Sanidad Pública, el camino al expolio de ésta, perfectamente planificado y acordado con grandes empresas del sector, sin importarles el sufrimiento de esos enfermos terminales que, a causa de la vil persecución que, en la prensa y en los juzgados, sufrieron Motes y los suyos. se vieron privados de su derecho a esperar la muerte sedados, por el miedo de otros facultativos a ser acusados, como él, poco menos que de exterminar a sus pacientes.
Ayer, Luis Montes murió inesperadamente camino de un acto de la Asociación por una muerte digna que, desde que se vio obligado a dejar su carrera, presidía. Murió d un infarto sin que, a sus verdugos sin sayón, de corbata y cuello blanco, se les hubiese pasado por la cabeza pedir perdón, ni a él y ni a todos aquellos pacientes que, durante años, tras esa caza de brujas tan injustamente desencadenada, se vieron condenados a morir exhibiendo su dolor interminable, sufriendo y haciendo sufrir a los suyos, por habérseles negado esa muerte digna y tranquila a la que todo ser humano tenemos derecho.
Afortunadamente, la campaña del PP madrileño no duró mucho en el tiempo, en cuanto se hicieron con el botín lo dejaron y la sociedad se impuso, se está poniendo, poco a poco a esos falsos prejuicios que, en el caso de las denuncias contra el doctor Montes, ocultaban sólo codicia, perfumada de olor a incienso y rancias sotanas. Afortunadamente, se han dado pasos legales para dar seguridad jurídica a los sanitarios que asisten en el dolor a los enfermos terminales, afortunadamente, cada vez se da más importancia a los cuidados paliativos en la sanidad española, afortunadamente, cada vez más, los sedantes sustituyen a los "santos" óleos en la cabecera de los moribundos, afortunadamente el PP y sus miserias no pudieron con la dignidad y el ejemplo de Luis Montes, afortunadamente.
Gracias a Montes y otros como él, que saben diferenciar el grito y la desesperación de la vida, morir en un hospital o en casa con los tuyos es mucho más fácil, más humano. Gracias a ellos, que han entendido y nos enseñan que ayudar a morir es también curar, aliviar el sufrimiento, mi madre pudo despedirse de sus hijos en su cama del hospital, despacio, cogiéndonos las manos y diciéndonos lo mucho que nos quería. Afortunadamente, con el mismo cariño pudimos decirle adiós y su muerte fue una exaltación de su vida y no una tragedia. 
Ahora que ya he pasado por ello no puedo explicarme cómo un ser humano puede negarle a otro ese derecho a un buen morir. Y no sólo eso, también dudo que toda esta gente tan llena de poder, dinero e influencias sea capaz de privar a los suyos, de privarse a sí mismos de ese derecho. Sería tan fácil caer en la trampa de desearles esa misma muerte cruel, inhumana, que, con su injusta campaña contra el doctor Montes, forzaron a tanta gente. lo sería, pero mejor es no hacerlo, aunque lo merezcan, pero no podemos ponernos a su nivel, porque no podemos desear a otros lo que no queremos para nosotros ni para nuestros seres queridos.
Por eso, en este momento, sólo quiero dar las gracias a Luis Montes y a otros que, como él, dan cada día ejemplo de sabiduría y humanidad.

martes, 17 de marzo de 2015

EL CÍRCULO MÁS VICIOSO



Quienes padecemos o hemos padecido alguna enfermedad más o menos complicada establecemos con nuestros médicos esa necesaria relación de confianza que hace posible que pongamos en sus manos nuestra salud y, en ocasiones, muestra vida. Siempre ha sido así y es bueno que así sea y nada hay peor que saber o, simplemente, sospechar que alguno de esos médicos la traiciona. Por eso es necesario que, cuanto antes,  el Hospital Gregorio Marañón de Madrid o cualquier otro donde se hayan producido aclaren la oscura trama desvelada por el  "El Confidencial". Una trama mediante la cual médicos del hospital universitario realizaban en el mismo, con personal y medios materiales del centro público, las pruebas requeridas a algunos de sus pacientes que derivaban a las clínicas privadas para las que también trabajaban, pruebas que burlaban cualquier lista de espera y que luego eran facturadas a la sanidad pública.
Todos hemos tenido conocimiento alguna vez de esos atajos, incluso algunos los han utilizado, que abre conocer a alguien en un hospital o tener "una bata blanca" en casa, pero esto es mucho más  que una pillería de las de toda la vida, pero esto es mucho más grave, porque, de confirmarse en todos sus términos la denuncia del doctor Martínez Montero, patólogo del Gregorio Marañón, se trataría de una "industria" organizada, por la que esos médicos tan poco escrupulosos estarían forrándose el riñón tomando, como siempre, los mejor de uno y otro lado. Son estos personajes los que inoculan en sus pacientes la idea de que en la sanidad privada no hay listas de espera, ni pasillos ruidosos, llenos de "extranjeros que vienen aquí a quitarnos el pan y el trabajo y a que les curemos, porque allí todo es pulcritud, limpieza, buen trato e hilo musical, algo que en las mentes egoístamente candorosas de algunos suena razonable y deseable.
Sin embargo, nada de eso es cierto. Bueno, lo es, si a cambio pagas las millonadas que pagan a sus seguros privados los ciudadanos de países como los Estados Unidos, donde ponerse enfermo, si no tienes uno de esos seguros, supone la ruina para muchas familias, si no la muerte para el enfermo. La realidad es muy distinta, porque si la sanidad se convierte, no ya en rentable, sino en un negocio, el lucro debe salir de algún sitio y, hoy por hoy, como ha ocurrido con la enseñanza o con la televisión, de donde mejor y más sale es de lo público.
Esto que ha pasado siempre, pero que ahora es más frecuente, lo facilita a escala industrial el enorme maremágnum en que la política sanitaria del Partido Popular ha convertido nuestros hospitales, en los que uno, a nada que se despiste, pasa de ser paciente de la pública a paciente de la privada o, lo que es peor, a paciente de la "medio pensionista". Y es que, no lo olvidemos, en Madrid al menos, hay hospitales en los que si sigues el pasillo de la derecha entras en un hotel de lujo con quirófanos y, si "tiras" por el de la izquierda, acabas en uno de esos, muy a su pesar, caóticos hospitales públicos.
Todo viene de la avidez de la neocondesa Aguirre que llegó a la Comunidad de Madrid de la mano del dinero del ladrillo que pago la traición de Tamayo y Sáez a sabiendas de que se amortizaría la inversión, y ya lo creo que se amortizó, porque doña Esperanza, Espe para quienes le dan su voto, se empleó a fondo en el desmantelamiento, saqueo diría yo, de la sanidad pública madrileña. Y para ello engatusó a esos votantes, mitad simples, mitad egoístas, que la creyeron cuando prometió acabar con las listas de espera y se encontraron con un truculento traspaso de pacientes de los hospitales públicos a clínicas privadas con menos medios y categoría, so pena de caer a la cola de la lista.
Estoy seguro de que esta esquizofrenia provocada en los pacientes que, si pisan una baldosa, están en la pública y, si pisan la de al lado, en la privada, es la que ha facilitado la trama descubierta en el Gregorio Marañón y que, estoy seguro de que, ahora que el doctor Martínez Montero ha tendido el valor ciudadano de denunciarla, aparecerán en otros centros. No es raro que, a la hora de tener que ser intervenido o de requerir una prueba diagnóstica, sea el propio médico de un hospital público el que se vea obligado a ofrecer a su paciente la alternativa de hacerlo en una clínica privada. Una práctica que ha servido para que los menso escrupulosos, como los "pillados in fraganti" en el Marañón, hagan su negocio.
Espero que la investigación abierta por la dirección del hospital esclarezca los hechos y castigue a sus autores y, de paso y por supuesto, espero que al doctor Martínez Montes que ha tenido el coraje cívico de denunciar públicamente a sus "compañeros", cuatro meses después de haberlo hecho sin resultados ante sus superiores que, hasta no verse en "los papeles", no se han dado por enterados, no le toquen ni un pelo de la ropa, porque es acabando con estos círculos más que viciosos como se sanea la gestión de la sanidad pública y no arruinando su prestigio, como hizo hace diez años el consejero Lamela, acusando al doctor Montes, hoy en Podemos, de ser en el hospital Severo Ochoa una especie de "Doctor Muerte! que practicaba la eutanasia generalizada a sus pacientes.


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