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viernes, 21 de abril de 2017

LÁGRIMAS, FAMILIAS Y MAFIA


Dicen que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. De ser cierto, que creo que lo es, el titular de la Fiscalía Anti Corrupción, Manuel Moix, debe sentirse hoy muy melancólico, porque todos sus esfuerzos para "reventar" la operación Lezo, desencadenada ayer por la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil bajo la dirección del juez Eloy Velasco, han resultado baldíos. Primero porque, en un juzgado, la última palabra es del juez y, en segundo lugar, porque los fiscales del caso no estaban dispuestos a que todo el trabajo, casi de orfebrería, llevado a cabo durante meses, si no años, se les escapase de las manos como agua en una cesta.
Manuel Moix, nombrado por su superior José Manuel Maza, siguiendo las instrucciones del ministro Catalá, equiparable por su falta de respeto por la ley, al mismísimo Jorge Fernández Díaz, trató de impedir varios registros vitales para la obtención de pruebas que corroboren las vías de investigación abiertas por el juez y la Guardia Civil a sus órdenes. Pero no sólo eso, además dio la orden de que sus subordinados en el caso se abstuviesen de acusar a los principales investigados ya detenidos del delito de asociación criminal, que no es otra cosa que la forma legal de denominar eso que los legos llamamos asociación mafiosa.
La verdad es que, amén de la pena que conlleva el delito, resulta poco estático que un ex presidente de la Comunidad de Madrid, su esposa, su hermano y creo que algún cuñado, el yerno de Villar Mir, uno de los principales constructores de nuestro país, Edmundo Rodríguez, consejero delegado del muy rajoyista diario LA RAZÓN, junto a directivos, esposas y socios de algunos de los citados, sean acusados de mafiosos.
Mafia y Familia, términos que en algún que otro lugar son sinónimos y que aquí, en este caso, pese a los esfuerzos del fiscal Moix, se entrecruzan dando vida a una estructura criminal destinada a saquear la caja de la empresa pública Canal de Isabel II, para convertir sus fondos en riquezas para sí mismos o en liquidez negra para pagar las campañas electorales y de imagen del Partido Popular de Madrid y algún que otro medio de comunicación creado con el único fin de cantar las glorias de una Esperanza Aguirre, a la que no bastó con arruinar Telemadrid, y los suyos.
Todo un mundo corrupto y hediondo, en el que los peor encarados han sido los amos, un mundo en el que un "volquete de putas" puede ser el premio a una buena operación, un mundo en el que bastaba un decorado, una cinta y unas tijeras para hacer creer a los ilusos votantes en un progreso que nunca existió, U mundo, en suma, en el que nada se hacía, ni siquiera el envío de ayuda humanitaria a las víctimas de tragedias como el terremoto de Haití, si los amigos, hermanos o cuñados no "trincaban" en el camino.
Un mundo que se desmorona alrededor de Esperanza Aguirre, amenazando con tragársela con llanto y todo. Un mundo levantado sobre la arrogancia del que se ha sabido y aún se cree impune que ya no puede durar mucho. Un mundo injusto, levantado para quienes no pretenden otra cosa que repartirse el nuestro. Un mundo que va a echar de menos Esperanza Aguirre, rica por casa y por matrimonio, un mundo cuya pérdida le llevó ayer al borde del llanto, al puchero, mientras trataba de convencernos de que ella no se ha llevado nada, como si los centenares de millones invertidos en sus campañas por los beneficiarios de sus adjudicaciones y contratas, no existiesen, centenares de millones que la han llevado durante décadas a lo más alto de la política madrileña -su ambición no le dio para comprarse La Moncloa- desde donde colocó a familiares y amigos y a familiares de familiares y amigos de amigos, todo a costa de los impuestos y el bienestar de los madrileños
Las ´lágrimas de Esperanza Aguirre ayer no eran por el calvario que va a pasar su "lugarteniente" Ignacio González. Las lágrimas eran por ella misma, porque sabe, es lista y debe saberlo, que, antes o después, Granados, González y todos los demás se cansarán de soportar, solos, sobre sus espaldas el peso de las culpas de esta familia mafiosa que después de tantos años han llegado a levantar. Llora, Esperanza. Te adelanto que tus lágrimas riegan nuestra felicidad.  

miércoles, 15 de febrero de 2012

CARAMBOLAS


Está visto que hay quien tiene a la suerte de su lado y a quien, por el contrario, se le puede aplicar eso tan políticamente incorrecto del circo y los enanos. Escribo esto, porque me acabo de enterar por EL PAÍS de que quien ocupará la plaza que dejará vacante Garzón cuando se materialice su expulsión de la carrera judicial es el juez Eloy Velasco, adscrito al juzgado número 6 de la Audiencia Nacional y que, casualmente, fue director general de Justicia de la Generalitat Valenciana, bajo los mandatos de Eduardo Zaplana y, atención al dato, Francisco Camps.
La cosa, por, más que paradójica, esperpéntica que parezca es legal. No hay nada que objetar,  porque quién iba a pensar que el ex colaborador de Francisco Camps iba a ocuparse de la instrucción de un asunto tan turbio como el de la trama Gürtel, en el que, más o menos presuntamente, hay implicados compañeros de su etapa en el gobierno valenciano. Tal cosa sólo hubiese sido posible si el primer juez que abandonaba la Audiencia Nacional era Baltasar Garzón y ningún otro y la salud del juez estrella, ahora estrellado, parecía buena así como sus ganas de seguir al frente de su juzgado las mismas de siempre.
Por todo lo anterior, que Eloy Velasco se situase al frente de la investigación de la trama Gürtel sólo hubiese sido posible por un accidente o por una carambola. El accidente no ha sido necesario, porque la carambola se ha materializado. Bastaba con que una de las tres tacadas hiciese chocar adecuadamente las bolas y alguien ha tenido la habilidad o la suerte de hacer chocar las bolas.
Como decía al comienzo, hay quien tiene a la suerte de su lado... y se crece. Lo digo porque ya hay fecha para que la expulsión de Garzón de la carrera judicial sea efectiva. Será el próximo 23 de febrero, treinta y un años después del fallido intento del golpe de Estado. Afortunadamente, en aquella ocasión, la carambola falló.