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lunes, 15 de febrero de 2016

EL JUEZ, LOS GUARDIAS Y LA BRUJA


Ha sido como en los ya famosos títeres de "La bruja y Don Cristóbal", pero al revés.  Los personajes son prácticamente los mismos en negativo, salvo la monja "robaniños" que, en la historia de la que os hablo, que no es otra que la vida real, hacía lo mismo que en los guiñoles.
En mi historia, la bruja, casada con un conde, vive en un palacio de la capital del reino, hasta el que, en una ocasión, no hace mucho, la persiguieron los guardias después de desobedecerles y derribar en su alocada huida, uno de sus corceles con su carroza. Pero esa escena, con ser vistosa, no es la más sonada de la historia de esta bruja condesa, acostumbrada a los conjuros en inglés y a echar por su boca sapos y culebras, al hablar de sus vecinos. 
A la bruja de que os hablo, le gusta inventar historias en las que ella aparece como una bella princesa, mientras sus enemigos se convierten en feos y peligrosos monstruos fétidos y comunistas. Para ello, gusta de contratar y engatusar a poderosos magos que, con sus rotativas, micrófonos y televisiones, pintaban de colores su mundo, y llenaban de truenos, rayos y centellas el que prometían los otros para los habitantes del reino que quería para sí. Incluso, como la peor de las aprendices de hechicera, se apropió de Telemadrid, la máquina de hacer hechizos del reino, y la puso a su servicio, arruinándola a fuerza de acabar con su magia, que sólo funcionaba con la confianza y credibilidad ante ese pueblo llano que, pese a lo que piensa la bruja, vive no sólo de churros, chotis y mantones.
Pese a todo, hizo y deshizo, quitó y puso, compró y vendió y metió sus manos en las escuelas, los hospitales, se quiso quedar, para sí o para regalarla a sus poderosos amigos, con el agua que beben los vecinos, compró y construyó "palacios" sin sentido, rodeo la capital del reino de autopistas de peaje que no van a ninguna parte y por las que apenas pasan viajeros, desvió trenes que vuelan para que pasasen junto a las fincas de los suyos... y todo, metiendo su mano o dejando que la metan sus amigos a cambio de llenarla de elogios, halago y riquezas, llenando las calles y los paisajes con su retrato, para que los ilusos habitantes del reino llegasen a creer que tanta belleza y tanta riqueza sólo existía gracias a ella.
Pero, como digo, abusar de los conjuros y los encantamientos van restando fuerza a la magia y, si esa magia necesita mucha tramoya para funcionar y muchos tramoyistas que la manejen, malo sería que, antes o después, no surgiese uno de ellos con más escrúpulos o más ambición que los otros, al fin y al cabo, el resultado es el mismo, que, avergonzado o insatisfecho o, dejase al descubierto el tinglado.
Uno de ellos se quejó a la bruja sin que la bruja le hiciese el menor caso, pero siguió quejándose en otros foros y, cuando se descubrió el pastel, la bruja se vanaglorió, todavía lo hace, de haber sido ella la que descorrió la cortina que tapaba tantas miserias.
Fue por entonces cuando contactó con el malo de otro cuento, un villano mafioso, y se inventó una nueva ciudad, un paraíso de luces, riquezas y damas galantes, Eurovegas lo llamó, que traería alegría y riqueza al reino, pero el encantamiento, que otra cosa no era, estaba lleno de malas artes y como vino se esfumó.
Sin embargo, la bruja, que es tan lista como mala, se fue, entre lágrimas y pucheros, para no tener que pasar por el trago de dar la cara ante el fiasco. Se fue, pero para reaparecer en un escenario distinto, el palacio de cuento al que su pedante y egocéntrico compañero y rival había llevado el ayuntamiento, mientras sus ayudantes, uno tras otro, iban cayendo en las mazmorras, donde la soledad y la falta de privilegios sueltan las lenguas. Así que, esta vez, no todos los ciudadanos, ni tan siquiera los que hubiese necesitado para gobernar el ayuntamiento, le dieron su voto, a pesar de que había empleado a conciencia sus malas artes y los "superpoderes" que otorga la corrupción.
Por eso, la cara y el carácter de la bruja se fueron volviendo taciturnos, aunque aún le sobraban las ráfagas de maldad a que tan acostumbrados nos tenía. Y, para ello, razones tenía, porque las bombas de magia blanca, los autos judiciales, los sumarios y los registros, estallaban cada vez más cerca de ella. Tanto, que el jueves, apenas hace cuatro días, un juez bueno, que cuando los jueces  aplican las leyes con justicia lo son, mandó a los guardias buenos, que cuando no se exceden ni van por libre lo son, a investigar en los alrededores de las habitaciones de la bruja mala que, esta sí, lo es y de sobra. Tan cerca han andado el juez y los guardias de este cuento al revés que, ayer, la bruja hizo las maletas y. tratando de aparecer como un hada triste, hizo las maletas y se fue.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

SIN RAZÓN Y SIN HONRA



Quién no ha escuchado alguna vez aquello de que la espada hay que blandirla con razón y envainarla con honra, algo que el ya ex ministro de Justicia. Alberto Ruiz Gallardón, no debía haber oído nunca y, si alguna vez lo oyó, desde luego no lo escuchó. Porque en su loca cruzada de guerrero del antifaz con cartera de ministro, sacó la espada divina y justiciera de su ley del aborto, mejor dicho, de la ley del aborto que, en propias palabras, le encargó su partido, una ley hecha, ha quedado claro, contra la libertad de las mujeres que sacó en medio de la mayor de las sinrazones y que ahora ha tenido que devolver al cajón del que nunca debió salir, con la peor de las deshonras y envuelta en su calculada carrera política.
Debo decir que Gallardón no me cae bien. Es más, me revientan su amaneramiento, su cordialidad falsa y calculada, su tono de niño repipi y bueno y, sobre todo, el despotismo que esconde y desata cuando se apagan los focos y se cierran las puertas de los despachos. Me revientan tanto, que lo único que me movería a la compasión hacia él sería corroborar mi sospecha de que su salud mental no es buena y que sus más o menos conocidas manías esconden algo oscuro y preocupante.
Y dicho esto, no hay que dejarse embaucar ni recrearse en la pieza cobrada en la cabeza de Gallardón, porque la reforma de la ley, en la que el ministro dimisionario hubiese querido dejar su nombre, la puso en marcha Rajoy como peaje obligado a la Conferencia Episcopal y los sectores más montaraces de la sociedad que pusieron en marcha su enorme maquinaria, pagada, por cierto, con los impuestos de todos, al servicio del entonces primer partido de la oposición para el que trabajaron, domingo tras domingo, manifestación tras manifestación, en el desgaste del gobierno Zapatero.
Hay que tenerlo claro. Gallardón cumplió ese encargo con entusiasmo porque, por un lado, al menos él lo creía, se convertiría en paladín de Rajoy y, por otro, daba cariño a la derecha ultramontana de su partido a la que había tenido muy abandonada en su afán de embaucar a la prensa más servil y a  no pocos incautos del mundo de la cultura a los que acariciaba entre canapés en conciertos y festivales.
Pero calculó mal su ambición. Pensó que a esos votos de quienes le creían progresista y conciliador, gente que llegó a darle su voto para llevarle primero a la presidencia de la Comunidad de Madrid y luego al Ayuntamiento de la capital.
Gallardón, ya lo he escrito alguna vez, se construyó una imagen de prócer y moderno benefactor de los madrileños y lo hizo a costa del presupuesto presente y futuro de la ciudad de Madrid, a la que embarcó en la mayor de las deudas, mintiendo y escondiéndola mediante ingeniería financiera, hasta que la UE y la crisis rompieron el hechizo y el príncipe Gallardón volvió a ser el sapo derechista y despótico que siempre ha sido.
Entró en el Gobierno, con las miras puestas en lo más alto del mismo y aceptó con entusiasmo el encargo de Rajoy pensando quizás en no sé qué glorias, sin asomarse a la ventana para no escuchar el clamor dela sociedad entera, cegado por el fulgor de su soberbia, pensando en glorias futuras, quizá en la misma Moncloa, sin darse cuenta de que caminaba directamente al abismo, al que, finalmente, se vio obligado a arrojarse ayer.
Bien es verdad que Gallardón no quiso caer sólo en las tinieblas y mientras se lanzaba ayer al vacío fue dejando bombas activadas para con quien había sido su jefe. Bombas tales como la de subrayar que la ley en la que había ardido y con la que, de haber sido aprobada, se hubiese condecorada no era ya tan suya, sino que era obra del Gobierno. También dejo frases enigmáticas, susceptibles de una segunda lectura, como esa cita a su padre que le dijo que debía rodearse de los mejores para tratar de superarles, algo que, pensando en una alusión a Rajoy se convierte en una patada en la espinilla.
Rajoy se ha ido del Gobierno y dice que también de la política. Pero que nadie se preocupe, porque estoy seguro de que no queda en el desamparo, porque hizo muchos amigos entre el cemento de su faraónico paso por el ayuntamiento de Madrid, amigos que no dudarán en devolverle los favores en simulación de cargo en algún consejo de administración y en diferido. De lo que estoy también casi seguro es de que no volverá a vestir la toga de fiscal, que era su profesión cuando entro en política.
De todos modos, la caída de Gallardón o el mal trago que Rajoy tendrá que pasar en China, no son en modo alguno lo más interesante de lo ocurrido ayer, Lo fundamental es que las mujeres y quienes queremos y respetamos a las mujeres hemos ganado una gran batalla en defensa de los derechos u la libertad de éstas y otra, tan importante o más que ésta, que consiste en demostrarles y demostrarnos que, juntos, si queremos podemos echar abajo las injusticias.
Rajoy y Gallardón sacaron la ley sin razón y se han visto obligados a guardarla en el cajón del olvido sin honor. Y yo me alegro por todos nosotros.


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