Mostrando entradas con la etiqueta Banderas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Banderas. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de octubre de 2018

BANDERITAS


Hace ya muchos años, quizá treinta, me tocó pasar unos días en Argel, donde fui enviado de manera improvisada, para "rascar" algo, enterarme, de lo que estaba ocurriendo en un chalé de una playa, cerca de la capital argelina. Lo que estaba pasando no era otra cosa que lo que, al final, acabó conociéndose como las "conversaciones de Argel", el encuentro, fracasado, por cierto, entre Rafael Vera y una parte de la dirección de ETA, para poner fin al terror de la banda., que, finalmente, no llegó a nada.
De aquellos días en Argel, poco o nada saqué sobre el encuentro que me llevó allí, salvo la amista de algunos compañeros que, como yo, fuimos allí para nada, porque la impenetrabilidad del régimen del FLN argelino, su nada discreta vigilancia sobre nosotros y el miedo de los ciudadanos a meterse en líos hacían difícil enterarse de nada. Por eso lo único que me traje de allí fueron unos dátiles difíciles de olvidar, algún recuerdo y la satisfacción de haber pisado las calles que pisó Albert Camus y la maraña de calles y escaleras donde Pontecorvo rodó "La batalla de Argel". 
Todo lo anterior y un cierto agobio por la sempiterna presencia del verde y el blanco de las banderas que colgaban en todas las calles y de todas las partes. También, la lectura de un artículo de una revista crítica, todo lo crítica que puede ser una revista en un régimen como aquel, en el que el autor se quejaba de que se contabilizase como un éxito de la revolución la producción de kilómetros y kilómetros de banderas en un país que acababa de sufrir una revuelta por la subida del precio de la sémola, base de la alimentación de una gran parte de la población. Hambre, dificultades, falta de libertad y banderas, que me recordaban a la España de otros tiempos, la misma a la que, parece, hoy nos quieren devolver algunos. No había comida, no había libertad, pero había banderas
Como habéis podido deducir, mi relación con las banderas no es muy buena. Soy de la misma opinión que mi abuelo Eustasio, para quien las banderas apenas eran los trapos con los que algunos se sirven para llevar a la gente al matadero. No me gustan las banderas. Ni siquiera la que, dicen, representa a mi país, la que el veinte de noviembre de 1985, vaya fecha, juré por poco más que lo que llaman imperativo legal o por miedo al castigo. Y es que se me hacía difícil, a mis treinta años y con una familia en ciernes, haciendo caso de eso del "dulce et decorum est pro patria mori", porque siempre he pensado que la vida es el mayor tesoro que tenemos y que perderla o quitarla por ese trapo, que diría mi abuelo, es una estupidez.
Por eso nunca me veréis con una, nunca veréis un en mi balcón. Tampoco me veréis arrancando una ni, mucho menos, pisándola o quemándola, ni una ni otra, ninguna, porque, si las banderas son, como dicen un resumen de creencias, sentimientos, procedencias o historias, como todos los resúmenes, no lo cuenta todo, no explica todo, simplifica y simplificar es manera más fácil de equivocarse.
Creo que, si es necesaria la bandera para identificar edificios oficiales, sea. Lo que no me gusta es verla, como pretenden el aprendiz de brujo Pablo Casado o el inconsistente Albert Rivera, en las manos o los balcones de particulares, porque una bandera en manos de individuos siempre resulta agresiva, siempre parece separar y marcar diferencias, siempre pretende marcar diferencias: "esta es la mía y no la tuya" o "yo la pongo y tú no". Banderas que pueden estar en la ventana de quienes ni siquiera tienen balcón al que asomarla y poco o nada reciben de lo que dicen que representa, o en manos de quienes evaden impuestos o llevan sus tesoros a paraísos fiscales, de esos que ni siquiera la cuelgan en el balcón, porque la izan en el mástil del jardín de su fortín particular.
NO. No me gustan las banderas, ni las de metros y metros cuadrados, impuestas más que puestas, en plazas como la madrileña de Colón, ni las banderitas que se ponen en manos de niños y no tan niños que aún no saben lo que son, ni ellos ni las banderas.

miércoles, 24 de enero de 2018

SIN CORRER RIESGOS


Pretende Carles Puigdemont, ayer lo dijo así, volver a Barcelona sin correr riesgos para asumir los resultados de las últimas elecciones catalanas, en las que su lista, aunque no fue la más votada, si obtuvo el mayor número de escaños de todas las formaciones presentadas. Lo que no hay que olvidar y Puigdemont olvida es que concurrió a las mismas desde Bruselas, en lo que él y los suyos llaman "exilio" y que no es otra cosa que una huida, sorprendente incluso para sus socios de antes y ahora, que, además de un gesto de cobardía e irresponsabilidad, no ha dejado de generar problemas para esa comunidad, alegre y confiada hasta que desequilibró la balanza de su carácter cargando el platillo de la rauxa en menoscabo del seny.
Dice Puigdemont sin acabar de decirlo que quiere asumir sin riesgos la presidencia de la Generalitat para la que ya ha sido propuesto por el president del Parlament, sin asumir que aún tiene cuentas que saldar con la justicia de eso que llaman el Estado y que, por más que lo intenten, él y otros como él, no es un estado mental del que se sale sólo con voluntad. Tiene cuentas pendientes, incluso, con quienes, como Oriol Junqueras, asumieron las consecuencias de las decisiones que tomaron desde sus cargos en septiembre y noviembre del año pasado.
Difícilmente, Junqueras, que se ha "comido" ya tres meses de prisión, con su rancho, con su celda, con su disciplina, volverá a confiar como antes en su compañero de escaño y de gobierno que ha pasado este tiempo en un hotel de Bruselas, entretenido con la prensa de aquí y de allá, dando alguna que otra conferencia y jugando al gato y al ratón o al cucu tras, como prefiráis, o intentándolo al menos con el torpe gobierno que se reúne en La Moncloa.
Sin embargo, creo que Puigdemont ya está asumiendo riesgos. Riesgos que son graves, por cierto, especialmente en lo que afecta a su salud mental. Demasiado tiempo lejos de su casa y demasiado tiempo bajo los focos, expuesto al escrutinio de una prensa no tan educada ni disciplinada como la que se acredita ante la Generalitat o el Parlament de Catalunya, demasiado tiempo siendo analizados cada uno de sus gestos, cada uno de sus pasos, demasiado tiempo expuesto, ahora sin la protección del aparato de seguridad de los mossos, a las "machadas" de personajes despreciables que buscan frente a él, acosándole, humillándole, los segundos de "gloria" que una bandera y un teléfono pueden darle a su lado. Un episodio más que desagradable para quien, como yo, no cree en banderas. Ni en esa ni en otras.
Ayer consiguió esa gloria un tipejo que, como los acosadores de Piqué, se excusó en la certeza de que Puigdemont, como el defensa de la selección, jamás iban a enfrentarse a ellos por un insulto más o menos, aunque no hay que despreciar el daño moral que supone para quien se ha colocado al margen de todo lo que representa la bandera que le obligan a besar, tener que hacerlo bajo la presión de un energúmeno vociferante.
Puigdemont quiere salir de Bruselas, está claro. No puede seguir allí mucho tiempo más. Si no, su equilibrio mental acabará resquebrajándose. De hecho, ya está pasando. No hay más que fijarse en todos esos gestos, esos tics, esas miradas de quien se sabe solo, esa falta de energía que, como en su conferencia en la universidad de Copenhague, cada vez delatan su cansancio y su desaliento. Acaba de decir que quiere volver sin riesgo, quizá porque sabe que el riesgo está en quedarse mucho más tiempo allá donde está.