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martes, 2 de julio de 2013

DE QUÉ HABLAN LOS POLÍTICOS

 
Algo hemos hecho mal cuando la terrible consecuencia de este tercio de siglo de democracia es que los políticos, que deberían ser nuestros representantes, han construido entre sus vidas y las nuestras un muro de micrófonos y cámaras que, no sólo les protege de cualquier exigencia de responsabilidad, sino que les impide ver la misma realidad. Es triste, pero es así. De lo que dicen los políticos, que, por desgracia, casi nunca es lo que piensan, apenas nos ocupamos unos pocos. Da miedo saberlo, pero, a la mayoría de los ciudadanos les da igual, no ya lo que piensan, sino, incluso, lo que dicen.
Es el resultado de la sobresaturación de las solemnes "chorradas" a que nos someten con la ayuda de los medios. Por eso, cuando un telediario arranca con sus rostros en pantalla, difícilmente consigue atraer la atención hacia la pantalla de la parroquia de un bar. Han conseguido transformar su mensaje en poco más que un encefalograma plano. Hablan tanto y tan vacío y tan lejos de la realidad que su mensaje se ha convertido en otro ruido de fondo que, como el del tráfico en las ciudades y autopistas, hemos aprendido a neutralizar.
Creo que mucha culpa de esto la tenemos quienes nos hemos dedicado o nos dedicamos a esto. Hacer información, fundamentalmente en el Congreso, Asambleas o Ayuntamientos, se ha convertido en coser una especie de colcha de parches, en la que lo que importa es lo llamativo del colorido de esos parches que son las frases de diputados o concejales, más que el que la colcha cumpla su función de abrigar a los destinatarios, que son los ciudadanos.
Algunos, los más listos, lo saben y han aprendido a dejar caer ante los micrófonos sus parches más chillones, sin importar los digos y los diegos, con la mayor incoherencia y el mayor aplomo, llenando los oídos de la gente de perogrulladas no siempre coherentes y buscando en el alma cándida de la gente la tierra en que sembrar su propia existencia.
Dos ejemplos claros de lo que digo están en Miguel Ángel Revilla, ex presidente bisagra de Cantabria -unas veces a derechas y otras a izquierdas- que, después de practicar como el que más la técnica de las butades y los gestos, ha devenido en estrella televisiva, convertido parabién de las audiencias y los shares en una especie de oráculo para todo, que lo mismo da una receta de cocina que "arregla" la economía del país. Sin entrar en comparaciones imposibles, sí hay que subrayar que este señor ha hecho al revés el camino que ya hiciera aquel obsceno Jesús Gil de Tele 5 que luego se hizo con la alcaldía y el dinero de Marbella.
El otro ejemplo -y que me perdonen quienes creen en ella- es Rosa Díez que siempre ha sabido que una buena frase ante un micrófono vale más que horas y horas de enmiendas y que, desde hace ya tiempo, ha buscado ponerse bajo los focos olvidando lealtades y lo que haga falta para convertirse en la gran esperanza -no va con segundas- blanca de la política española. Rosa Díez sabe hablar cuando le interesa y callar cuando no. Sabe también que, si los medios no van a ella, ha de ser ella la que vaya a los medios. Recuerdo una conversación con ella, hace ya años, en la que nos doraba la píldora por darle la voz que en otros sitios se le negaba -entonces estaba aún en el PSOE- y recuerdo también muy bien que le dije que éste país sería mejor cuando los medios de comunicación nos ocupásemos de lo que hiciesen los políticos y no de lo que hacen.
En esas estamos todavía y quizá porque lo saben los dirigentes del Partido Popular han optado por no hablar de la prisión de Bárcenas. Han optado, incluso, por ignorarlo. Saben de sobra que aquellos de lo que no hablan los políticos no existe.
 
 
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domingo, 17 de febrero de 2013

MALOS TIEMPOS PARA LAS CUENTAS

 
 
Mal nos va a ir a los españoles y a nuestras cuentas, si el partido que nos gobierna, por voluntad -no hay que olvidarlo- de una mayoría que quizá no quiera ahora recordar a quién dio su voto, anda tan enredado en sus propios números, sin atreverse a decir qué tiene que apuntar en negro y qué puede anotar bajo los focos.
Siempre he dicho que quien tiene dos ocupaciones siempre puede utilizar una para ausentarse de la otra y me temo que es eso lo que viene haciendo Rajoy desde que, para nuestra desgracia, llegó a la Moncloa. Evadirse de los problemas del país haciendo ver que soluciona los del partido y viceversa, aunque, si se me permite la frivolidad, creo que lo único que le preocupa es seguir en el MRCA la marcha de su querido Real Madrid, tan averiado como España o el PP.
A la vista está que las cuentas del PP, llevadas como las de una empresa con demasiados ejecutivos -alguna de esas conozco y he sufrido- estaban en manos de un tipo de mirada torva y huidiza, al que, en el control de pasaportes del aeropuerto de Ginebra, preguntan ya por la familia de tanto que ha pasado por allí, no pueden ser sino lo que son, un cenagal en la que unos meten comisiones y sacan contratas mientras los otros sacan, los dueños del fangal, sacan cubos de "líquido", a veces cristalino, a veces turbio, para pagar nóminas y sobres en blanco y en negro.
¿Cómo podríamos esperar que esos mismos caballeretes fuesen capaces de "fineza" y escrúpulos a la hora de manejar las cuentas del país? ¿Cómo cabría esperar algo distinto a que las convirtiesen en un simple debe y haber sin alma, sin conciencia, incapaz de medir causas y consecuencias de cada una de las anotaciones? Sería iluso esperarlo. Y así nos va.
Tenemos un comercio deprimido, que tiene difícil cubrir gastos, salvo aquel que vende lujo para los que viven de los despojos de quienes van cayendo en la cuneta. Algunas de las grandes empresas de la distribución, El Corte Inglés, por ejemplo, se mantienen "en el chasis" para seguir vivos. Otras tratan de retener a sus clientes con "marcas blancas" y ofertas de todo a un euro. No hay trabajo y, por tanto, no hay dinero. Y cuando no hay trabajo, no hay dinero y el comercio se ahoga no hay IVA que recaudar por muy alto que se ponga.
Es la pescadilla que se muerde la cola, el bucle infernal en que nos han metido quienes solo saben anotar en el debe y el haber de un cuaderno, pero, en absoluto, planificar. Los que sólo entienden de meter y sacar cubos en la ciénaga no pueden hacerse cargo de las cuentas de un país que se tambalea. Han optado por ser obedientes y sumisos. Por seguir al pie de la letra las consignas, no de quienes saben o pueden dar ejemplo, sino las de quienes tienen el poder para imponer sus razones. A veces, ni eso, porque Rajoy ha tratado de jugar las cartas de Francia o Italia, pero siempre a destiempo, con el pie cambiado y huyendo de Génova para acabar en Bruselas, de donde también se escabulle, pidiendo compasión a la prensa porque está "muy cansado" y no ha podido dormir. Es para echarse a llorar y para pensar, si no fuesen tan terribles las consecuencias para unos y otros, que tenemos lo que nos merecemos.
Prometieron tres millones y medio de puestos de trabajo, transparencia y control del déficit. Algunos vieron en ellos el salvavidas que les mantendría a flote en medio de la crisis. Lo que tenemos, en cambio, es una profundización en la crisis, económica y socialmente hablando y un crecimiento de la deuda que el año pasado, el primero de Rajoy al frente del Gobierno, alcanzó niveles de hace más de un siglo, como nos cuenta hoy EL PAÍS.
Bienvenidos a la sima del tiempo, en los túneles se entra, en las simas se cae. No cabe duda, corren malos tiempos para las cuentas, para las suyas y para las de todos.
 
 
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