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jueves, 14 de marzo de 2013

UN PAPA ES UN PAPA

 
Parafraseando a Gertrude Stein, quien hiciera famosa su sentencia "una rosa es una rosa", decir que un papa es un papa es lo más sensato que se me ocurre añadir a tantas y tan delirantes declaraciones, de expertos y de católicos de a pie, como he escuchado en las últimas horas. Un papa siempre es un papa y siempre acaba comportándose como un papa. Perded toda esperanza los que aún la abrigabais, porque, me temo, que no hay nada que hacer.
Dijo anoche el flamante papa Francisco que habían ido a buscarle al fin del mundo y, acto seguido, se desataron las lecturas sobre el significado de tal elección. Latinoamérica, dijeron, donde vive el 45% de los católicos del mundo. Latinoamérica, han dicho, la iglesia que se ocupa de los pobres, la teología de la liberación y, así, todos los etcéteras que seáis capaces de añadir. Y, sin embargo, el cardenal Bergoglio, el elegido, proviene de la más conservadora de las iglesias latinoamericanas, la que, en el momento más oscuro y más sangriento de la reciente iglesia argentina, la terrible dictadura de Massera y Videla que hizo de ser joven en peor de los delitos, que asesino, hizo desaparecer a tantos y tantos jóvenes argentinos y que robó los hijos de mujeres a las que conservó la vida sólo para que parieran.
Las abuelas de mayo, las que luchan por encontrar a esos centenares de niños robados, llevaron a Bergoglio ante la justicia, acusándole de connivencia con los militares en estos crímenes. Allí tuvo que dar explicaciones, además, de la desaparición de dos de los sacerdotes que trabajaban con los pobres en las chabolas de las villas miseria. Hay quien se atreve a decir que en aquellos años era difícil hacer otra cosa, que lo normal era mirar para otro lado. Pero incluso ese limitarse a mirar para otro lado sería una mancha terrible y, en parecidas circunstancias, la iglesia del otro lado de los Andes tuvo claro que no debía hacerlo y no lo hizo- Además no hay que olvidar aquello que dice un proverbio judío "quien salva a un sólo hombre, salva a la humanidad". Del mismo modo, creo que quien condena a un sólo hombre, condena a la humanidad.
Eso, en cuanto a una mancha, una duda no resuelta, que, en el parlamento de un país democrático, le inhabilitaría para asumir cualquier cargo de representación. En cuanto a cuestiones de moral, el historial del papa Francisco, radical contra el aborto y la igualdad de derechos de los homosexuales, de la que he hizo una cruzada personal, una "guerra de dios", como el mismo dijo, dice poco sobre un hipotético cambio de actitud del Vaticano respecto a lo que muchos países, la mayoría socialmente católicos ya han asumido como legal y, sobre todo, normal.
Otra cuestión es la de la lucha contra la pobreza. Habría que saber a este respecto si la receta del hasta ahora arzobispo de Buenos Aires tiene más de caridad o de justicia. En el primero de los supuestos, no me sirve, porque sería sólo un paliativo que no corrige el origen injusto de las desigualdades,  y, si la labor de la Compañía de Jesús a la que pertenece Bergoglio en América Latina inspirada en la "Teología de la Liberación", es sabido que, desde la enfermedad del padre Arrupe, la compañía estuvo intervenida por orden de Juan Pablo II, que nombró un sustituto. Pues bien, parece que Bergoglio ha sido  cualquier cosa menos defensor del movimiento rebelde y castigado por Roma.
En fin, que cuanto más sabemos del nuevo papa, cuanto más nos apartamos de las tres o cuatro "folcloradas" que nos enseñan y nos cuentan, más negro vemos el futuro de la iglesia católica y más lejano el esclarecimiento de todo lo que tiene que ver con el consentimiento de la pederastia y las oscuras finanzas de la banca vaticana (IOR).
Durante días, nos han tenido hipnotizados o aturdidos con quinielas, razonamientos para que el papa fuese así o asá. Al final, no dieron una y, con el mismo mecanismo, nos han vendido una imagen más que glamurosa del nuevo papa. Pero, como decía, una rosa es una rosa y un papa es un papa.
 
 
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domingo, 17 de julio de 2011

EL FÚTBOL COMO METÁFORA

Tienen razón quienes ven el fútbol como una simulación más o menos incruenta de la vida, incluso en lo que tiene de guerra más o menos -también- incruenta. Un fin de semana tras otro, sobre el campo y en las gradas, se demuestra que hay equipos ricos y pobres que encarnan la representación de ciudades o barrios ricos y pobres, y hay odios y amores que se heredan, pasando de generación en generación, de padres a hijos, como se heredan las viejas afrentas entre países vecinos.
Lo que ocurre es que. Como mantienen los hombres prudentes, tampoco en el fútbol hay nada escrito y en que no se puede tener razón por haberla tenido. La derrota que sufrió ayer la selección argentina de fútbol frente a su rival ancestral del otro lado del Plata es una muestra de ello.
A nadie se le escapa que los argentinos, en especial los porteños, han mirado siempre por encima del hombro a sus vecinos del norte, por cómo son, por cómo toman el mate, que llevan a todas partes y todos los días en sus peculiares termos, y, claro está, por lo bien que juegan o dejan de jugar al fútbol. Desde aquel mundial de Maracaná que ganó Uruguay hace medio siglo y desde aquellos tiempos heroicos del Peñarol de Montevideo, está claro que Argentina, en fútbol, ha sido siempre superior a Uruguay. Sin embargo, ayer Argentina se apeó de la Copa América, de la que es el país anfitrión. Y digo "se", porque fue incapaz de vencer a Uruguay que, no sólo se adelantó en el marcador y fue capaz de aguantar el intento desesperado de desempatar de los argentinos, sino que acabó por superarles en la tanda de penaltis.
Os preguntaréis cuál es la enseñanza que encierra este "partido metáfora". Pues bien, en mi opinión, esa metáfora es que un equipo, como un país, funciona mejor cuando es una suma de intereses que cuando sólo es un saco de estrellas. También que cambiar el timonel, aunque este fuese el perturbado Maradona, no garantiza el resurgimiento de la gloria.
Argentina, al igual que Brasil, es una potencia mundial del fútbol, entre otras cosas, porque sus calles están llenas de chavales que sueñan con ser los nuevos pelés, maradonas o messis. Una potencia que, sin embargo, ya no funciona como equipo nacional, porque todos esos niños que sueñan mientras dan patadas a un balón, en cuanto despintan un poco, son "comprados" por los grandes equipos europeos y trasladados a sus escuelas de fútbol, como esas frutas y verduras exquisitas -primor, les llaman- que apenas conocemos en el país donde las producimos, porque pasan del árbol o la mata al camión que las lleva a miles de kilómetros de la tierra donde se producen.
Estoy seguro de que a estas horas habrá millones de argentinos deprimidos como hubo millones de españoles entusiasmados cuando nuestra selección ganó la Copa del Mundo y, aunque parezca una contradicción, creo que no hay razones para lo uno ni para lo otro. El fútbol es sólo eso, una metáfora, y lo que debería deprimirnos o alegrarnos es el triunfo o el fracaso del país real y no los de su selección.